A Él sea la gloria

 1pedro511

A él sea la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén.

1ª Pedro 5:11

“El Dios de toda gracia, que nos llamó a su gloria eterna en Jesucristo, después que hayáis padecido un poco de tiempo, él mismo os perfeccione, afirme, fortalezca y establezca. A él sea la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén.”(1ª Pedro 5:10, 11).

Estas palabras contienen una oración por una bendición especial. Pero para obtenerla tenemos que fundirnos con el Dios de toda gracia – quien perfecciona todas las cosas para nosotros. Así, pues, aquí, en este versículo, tenemos cuatro cosas:

(1) El Dios de toda gracia. (2) Su efectivo llamamiento. (3) El padecimiento necesario. (4) la segura bendición.

1. El Dios de toda gracia. Ahora no podremos detenernos demasiado con este primer punto (si queremos considerar los demás), puesto que por sí mismas estas palabras ya son un sujeto – un vasto sujeto. Pues nos quedamos maravillados, llenos de amor y alabanza en el momento en que comenzamos a considerar “el Dios de toda gracia”, y contemplamos Su gracia soberana, Su remisiva gracia, Su gracia salvadora, Su gracia justificante, Su gracia gratuita, Su abundante gracia, Su sobre excelente gracia: y toda esta gracia intachable es además, gracia invencible y gracia ilimitada e inmutable. ¡Cuán grande gracia! Toda ella atesorada en Jesucristo, y solo en él, quien es, de por sí, el único “lleno de gracia”. Por eso nunca pudo decirse de cualquier persona mortal lo que perversamente se imputó de María, “¡Salve, María, llena de gracia! – Esto es una perversión de Lucas 1:28, que después continuaron todas las Versiones Romanizadas. ¡No puede ser! Toda gracia se atesora en Cristo, y solamente en Cristo, y Él es quien únicamente la mantiene a su entera disposición.

Pasemos al siguiente punto:

2. Su efectivo llamamiento. “Que nos llamó a su gloria eterna”, observe que NO dice que nos esté ahora llamando ¡No! Ni tampoco que pueda venir a llamarnos algún día, sino que es pasado, – “aquel que nos llamó”. Es un hecho completo en el pasado, y no es un llamamiento para una gloria temporal, o una gloria fugaz y transitoria, sino un llamamiento para una gloria de la cual no se sabe su comienzo, ni se puede conocer su final. Si es verdad que nos llamó, entonces ese Su llamamiento ha sido para Su gloria eterna.

El día que reconocemos Su llamamiento, enseguida entonces reconocemos, al mismo tiempo, experimentalmente, nuestra absoluta incapacidad para obedecer o responder a Su llamado. Ese es precisamente el motivo por el cual se dice aquí: “El Dios de toda gracia”.

Cuando Dios ordena, la primera cosa que descubrimos es nuestra incapacidad para obedecer; esto es lo que nos llena de ganas de ser salvos y completos – de ser totalmente revestidos. Cuando Él nos llama, nosotros descubrimos inmediatamente que somos como Mefi-boset, en 2ª Samuel 9. Y como Mefi-boset, nosotros también habitábamos en Lo-Debar, un “lugar sombrío y sin pastos”. No tenemos nada que realmente nos mantenga o sustente, estamos revestidos de ropas andrajosas, no somos dignos de entrar en la presencia del Rey ni de estar sentados a Su mesa, y, además, como Mefi-boset, “lisiados de ambos pies” (vers.13).

Cuando el Rey David llamó a Mefi-boset, ¿cómo iría a serle posible responder al llamamiento, si era lisiado de ambos pies? – Sin embargo, David no le llamó por sus propios méritos que tuviese, o para que se presentase ante Él por su propio esfuerzo; ¡no! no podía, sino que enviando a llamarle dijo indagando primero: “¿Ha quedado alguno de la casa de Saúl, a quien haga yo misericordia por amor de Jonatán?” (vers.1). “No tengas temor, porque a la verdad yo hare contigo misericordia por amor de Jonatán tu padre” (vers. 7). Pero una vez más, pregunto, ¿cómo le sería posible obedecer, siendo como era lisiado de ambos pies? – En el versículo 5 aprendemos que le fue posible, porque el Rey envió por él, para que pudiese ser traído y transportado. Pues de igual manera sucede con nosotros. El propio Señor tiene que ser quien nos transporte, quien sea primero enviado y quien cargue con nosotros; y además, que sea responsable enteramente, no solo por nosotros, sino por todos los que así sean juntamente llamados.

Igual como le sucedió al hombre paralítico, que tuvo que ser transportado hasta el Señor Jesucristo en la cama, nos ocurre a nosotros. Y en esa ocasión, está escrito “Jesús, viendo la fe que tenían”. Generalmente se piensa solo en las cuatro personas que transportan el lecho en este relato del hombre paralítico. ¿Por qué se piensa inmediata y universalmente que en este pasaje sean solo cuatro las personas, y no cinco como realmente son los que intervienen? ¿Por qué se excluye al hombre que propiamente estaba enfermo? ¿Será que él propio no tenía aquella fe y aquel deseo de los demás? ¿Cómo iríamos a suponernos que no hubiese sido él mismo a pedirles apresuradamente a sus amigos que lo llevasen? – Ese tipo de suposiciones, que remarcan que nosotros la Iglesia somos los cuatro hombres que llevan la cama, y no el enfermo, nacen todas de la propia naturaleza del hombre, que pervierte todas las cosas y limita la gracia de Dios.

¡Sí! Y “Cuando Jesús vio la fe que tenían” lo que vio fue el deseo de Su propio corazón, la obra de Sus propias manos. Allá donde se encuentre la gratuita llamada del Maestro, habrá siempre también Su cuidadoso transporte, y Él propio es quien lleva al enfermo a la gloria.
¿Quién nos llamó a Su gloria eterna? ¿Cómo nos llamó? – A través de Jesucristo; así está escrito. ¡Sí! ¡Es todo por Cristo, con Cristo, a través de Cristo, en Cristo!

Al haber sido llamados por Cristo para que experimentemos nuestra identificación con Él en la gloria de Dios el Padre, hemos sido también consolados con el hecho de que, al igual que la Cabeza es, así somos nosotros los miembros del cuerpo de Cristo. De la manera como el Padre le ve a Él, así mira también a cada uno de Sus miembros. Todos han sido juntamente glorificados en el propósito de Dios. Pero, al mismo tiempo que el Espíritu de Jehová les ilumina sus entendimientos, de lo que son en Cristo, ellos entonces van descubriendo, entre tanto, su corrupta y depravada condición. Y ahí es entonces cuando claman: “Yo soy un inútil,” “yo soy un ser muy vil”, “soy una nulidad”. – Sin embargo, la declaración de Sus labios llenos de gracia es: “Tú eres mi delicia, mi amor, no hay en ti mancha alguna”.

¡Eso es Gloria! ¿Puedes creerlo? – Solamente Él puede traernos de vuelta a casa con esta preciosa verdad a través del poder del Espíritu Santo. Es precisamente por eso que nosotros, como miembros de Su cuerpo, nos damos cuenta de la gloria que poseemos en y a través de Él.

3. El Necesario padecimiento. “Después que hayáis padecido un poco de tiempo”.

¿Hemos sido llamados a Su gloria eterna? Entonces también hemos sido llamados al padecimiento. ¿No es verdad que Cristo nos ha legado Su paz (Juan 16:33)? Pues también es verdad que nos ha legado Su tribulación. Además, ya se nos avisó que en el mundo tendríamos tribulación. ¿Abundan en nosotros las consolaciones de Cristo? Entonces es porque también abundan los padecimientos (2ª Corintios 1:5). Pero tenemos este testimonio con respecto a los que así padecen y consuelan:

“A fin de que nadie se inquiete por estas tribulaciones; porque vosotros mismos sabéis que para esto estamos puesto. Porque también estando con vosotros os predecíamos que íbamos a pasar tribulaciones, como ha acontecido y sabéis.” (1ª Tess.3:3,4).

¿No te parece provechoso saber esta bendita verdad, para que podamos mantenernos firmes? ¿No será bueno saber, que no hay dolor o ansiedad o tribulación que no venga envuelta en toda sabiduría, y sea acompañada por un amor infinito? ¿Has experimentado alguna vez cualquiera de estas cosas? ¿Qué es lo que has hecho con ellas? ¿Te ha condenado tu conciencia por haberlas depositado en otros brazos que no sean los Suyos, en las manos de quien, a través de esas mismas tribulaciones, te llamó para Sí Mismo? ¡Ojalá que el Señor nos capacite algún día, para que le entreguemos a Él todas nuestras ansiedades, nuestros cuidados, nuestros pesares y nuestros peligros! – Solo Él puede confortarnos, solo Él puede liberarnos a Su tiempo. Por eso mismo oramos en nuestras reuniones:

“Encomendamos a Tu bondad Paternal todos aquellos que se hallen en alguna aflicción mental o corporal, para que te dignes a consolarlos y liberarlos de acuerdo a sus necesidades, dándoles paciencia bajo sus padecimientos, y un final feliz en todas sus aflicciones”.

¡Nuestros corazones responden a ese llamado! ¡Aquí hay verdadera comunión!
“El Dios de toda gracia que nos ha llamado a Su Gloria eterna por Cristo Jesús, después que hayáis padecido un poco de tiempo, Él mismo os perfeccione, afirme, fortalezca y establezca”.

Los cristianos respiran la consolación que hay en esta oración. Si bien en verdad hemos sido llamados a Su gloria eterna, también hemos sido llamados a padecer. Si bien es cierto que fuimos llamados a experimentar la unidad espiritual con un Cristo resucitado en los lugares celestiales, para que disfrutemos de la comunión con el Padre, el Hijo y el espíritu santo (Efesios 2:6), también es verdad que experimentaremos conflictos con espíritus inmundos en los mismos lugares celestiales (Efesios 6:12).

El corazón de la gracia y del favor se halla en los escenarios donde haya conflicto. Esto es lo que sucede como podemos ver en el caso del Señor Jesús mismo.

“Y he aquí que vino una voz del Cielo, diciendo, ´Éste es Mi Hijo amado, en el cual tengo complacencia`. Entonces Jesús fue impulsado para ser tentado en el desierto por el diablo”.

Podemos ver también que lo mismo sucedió en la vida de Su siervo Pablo (2ª Corintios 12:1-10). Pablo se hallaba en el tercer cielo, lleno de bendiciones con las extraordinarias revelaciones que tenía de la gloria eterna, sin embargo le era necesario padecer por un poco de tiempo, que “un mensajero de Satanás lo abofeteara”. El era “un hombre en Cristo”, y sin embargo y al mismo tiempo, era un hombre “abofeteado” por un mensajero de Satanás. Pero después de haber padecido por un breve espacio de tiempo, él fue perfeccionado, afirmado, fortalecido y establecido por estas gratuitas palabras:

“Que Mi gracia te baste, porque Mi poder se perfecciona en tu debilidad”.

Y ahora llegamos a…

4. La segura y cierta bendición: “Os perfeccione”.

¿Qué es lo que entendemos por estas palabras? Es una palabra de comprensión sencilla, pero está llena de instrucción. Significa ajustar, poner de nuevo en orden. Entre los griegos era un término técnico de cirugía para asentar un hueso, y también un término médico para la elaboración y producción del remedio. También era un término náutico para equipar, rellenar o reparar un barco. Tenemos sus varios significados, y todos sus significados son verdaderos en un sentido espiritual, expresados en esta oración. Esta es la oración que nos dice por lo qué debemos orar, y en ella se expresa la obra de Dios en sustitución de la nuestra.

Los siguientes registros contienen algunas de las ocurrencias de la palabra, y en cada una de ellas se ilustra su propio uso o empleo:

Mateo 4:21 – “Vio a otros dos hermanos… que remendaban las redes”.

Gálatas 6:1 – “Si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales restauradle”.
Hebreos 10:5
“…Mas (Tú, Padre) me preparaste cuerpo”.

1ª Corintios 1:10 “…Perfectamente unidos”.

¿Quién es el que podrá remendar nuestras vidas y nuestras redes? ¿Quién podrá restaurarnos cuando nos hallemos en falta, y podrá preparar nuestros corazones, juntándonos perfectamente en el mismo sentir que estaba en Cristo Jesús? ¿Quién sino el Dios de toda gracia? Él propio es Quien también nos afirma. Todo esto tiene que ver con permanencia.

“Cuando se cumplió el tiempo en que él había de ser recibido arriba, afirmó su rostro para ir a Jerusalén (Lucas 9:51)

Es decir, Su propósito se afirmó, fortaleció y estableció, de tal manera que nada podría hacerle mudar de ideas. “Y el Señor le dijo: `Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido (plural) para zarandearos como a trigo, pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos`” (Lucas 22:31, 32). Este es un relato donde vemos que Pedro está haciendo aquí lo mismo a través del Espíritu Santo que en nuestro texto. Se hallaba obedeciendo este mismo mandamiento. ¡Ojalá que estas palabras puedan también afirmarnos a nosotros sus hermanos ahora! Y que Su mismo ejemplo nos afirme de esa manera, pues aunque Pedro cayese, y ten por cierto que cayó, su fe sin embargo no se fue abajo; porque era la fe que operaba Dios en él, y ni hombre alguno ni demonio, ni tan siquiera los pecados de Pedro o las vacilaciones de Pedro, o las dudas de Pedro pudieron nunca mermar el brillo hermoso de aquella fe no fundada “en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios” (1ª Corintios 2:5).

La fe de Pedro tenía muchas conmociones o vacilaciones, pero se hallaba afirmada sobre la verdad de Su Dios, sobre la persona y obra y justicia de Jesucristo. Una fe, bien afirmada así por el “Dios de toda gracia”, es lo que reconcilia el corazón y lo atrae para Sus misterios, y algunas veces a providencias que nos dejan perplejos, y nada puede remover esa fe de sus cimientos.

Observa bien que Pedro no dice que tengamos que llegar a estado alguno de perfección, o que nos afirmemos por la oración, o por la creencia, o por algún tipo de acto de fe, o acto de rendición como se denomina comúnmente. ¡No! Sino que Pedro mira al Dios de toda gracia para que Él sea Quien haga todo en él, y en cada uno de nosotros y por nosotros.

5. “Fortalecidos”.

¿Por qué razón tendrían que ser los que estén afirmados en Cristo, también fortalecidos? -Sencillamente, porque, en ellos mismos, casi siempre son débiles, y generalmente desfallecen y andan cansados. Vea lo que leemos acerca del fortalecimiento en el caso de Pablo (2ª Corintios 12:5-10). Pablo no tenía fuerza alguna y era de apariencia insignificante fuera de Cristo, y sin embargo dice que era “fuerte en el Señor, y en el poder de Su fuerza” (Efesios 6:10). Él era capaz de hacer todas las cosas a través de la fuerza que le proporcionaba Cristo (Filipenses 4:13). Él estaba “fortalecido con todo poder, conforme a la potencia de Su gloria, para toda paciencia y longanimidad.”(Colosenses 1:11).
Dios, habiendo ordenado que Su pueblo recibiese fuerzas, asegura esa fuerza para ellos en el Hijo de Su amor, y la realiza Él mismo dentro de ellos a través de Su espíritu. Por eso suplican así:

“Confirma (fortalece), oh Dios, lo que has hecho para nosotros” (Salmos 68:28).

6. “Establecidos.” Establecidos significa plantados, arraigados como en una fundación. ¡Qué gran bendición es estar plantado y arraigado en la fe, de tal manera, como para no movernos de la esperanza del evangelio! (Colosenses 1:23). Es una gran bendición estar reposados sobre el seguro fundamento de Dios, pero aun mayor bendición es estar establecidos en él también. Si hemos aprendido algo de este andar establecido espiritualmente sobre la fundación única que Dios ha depositado en Cristo, sabemos también que ese asentamiento se experimentará en conexión con padecimiento, afirmación y fortalecimiento.

Aquellos quienes fueron llamados por el Dios de toda gracia a Su gloria eterna, y han padecido durante un corto periodo de tiempo en comunión con un despreciado y repudiado Señor, quienes únicamente en Cristo son perfectos, son aquellos a quienes está Él estableciendo, fortaleciendo y afirmando en la fe, en el temor, en la verdad de Dios, y ellos estarán capacitados para cantar la gloriosa doxología de 1ª Pedro 5:11:
“A Él sea la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén”.

Del Libro “Escritos Breves de E.W. Bullinger”. traducido por: Juan Luis Molina


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