Cuarenta días para ascender

hecho13

(Jesús) … apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del reino de Dios.

Hechos 1:3

Texto Hechos 1:1-4
1:1 En el primer tratado, oh Teófilo, hablé acerca de todas las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar,
 1:2 hasta el día en que fue recibido arriba, después de haber dado mandamientos por el Espíritu Santo a los apóstoles que había escogido;
 1:3 a quienes también, después de haber padecido, se presentó vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del reino de Dios.
 1:4 Y estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí.

1:1 — En el primer tratado, — el Evangelio según Lucas. Véase Lucas 1:1-4. El libro de Lucas fue dirigido a “Teófilo” (Luc. 1:3). El libro de Hechos fue dirigido también a Teófilo (Hech. 1:1). El “primer tratado” registra la vida de Jesucristo, desde su nacimiento hasta su ascensión: en él “hablé acerca de todas las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar, hasta el día en que fue recibido arriba”. El autor de los dos tratados era Lucas. Los pasajes en Hechos que dicen “nosotros” incluyen a Lucas (16:10, 11; 20:5, 6). Era compañero de Pablo desde Troas (Hech. 16:10) y estaba con él como ayudante en Roma (2 Tim. 4:11; Filemón 24). Se llama “Lucas el médico amado” (Col. 4:14,).

— oh Teófilo — Fueron dirigidos los dos tratados a “Teófilo”. Lucas le dice, “oh excelentísimo Teófilo” (Luc. 1:3); se supone pues que él era un oficial del gobierno (compárese Hech. 23:26; 26:25), pero no tenemos información exacta sobre su identidad. Algunos creen que se omite el título “excelentísimo” en Hechos 1:1 porque posiblemente el primer tratado le hubiera convencido y que tal vez hubiera obedecido al evangelio. En tal caso el saludo sería menos formal.
— todas las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar — ¿Por qué dice “hacer” antes de “enseñar”? Porque Jesús practicó lo que enseñó; lo que enseñó es lo que practicó. “Jesús predicó su propia vida” (Boles).
La expresión “comenzó a hacer” equivale a “hizo” (véase Mar. 6:7; también Mar. 14:65 y el texto paralelo, Mat. 26:67). Al decir “todas las cosas” quiere decir las cosas más importantes. El libro de Lucas es un registro adecuado de los hechos y enseñanzas de Jesús. Compárese Juan 20:30, 31; 21:25, “hay también otras muchas cosas que hizo Jesús, las cuales si se escribieran una por una, pienso que ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir”. Sin embargo, es importante observar que Juan habla de lo que Jesús “hizo” y no dice que se han omitido algunas de las enseñanzas de Jesús. No fue necesario registrar todo hecho de Jesús, pero sí fue necesario registrar toda la verdad que El enseñó.
Hechos es la continuación de la historia de “las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar”. El evangelio según Lucas pone el fundamento sobre el cual la iglesia se edificó (compárese Mat. 16:18). Aun el libro de Hechos no termina la historia, sino que es la historia de los principios del reino. La obra de Jesús continúa en su iglesia (su reino) hasta el fin del mundo. Jesús continúa con sus apóstoles: “he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”, Mateo 28:20.
En Luc. 4:18 se revela la obra del Señor: dar buenas nuevas a los pobres … sanar a los quebrantados de corazón … pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor. “Jesús anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo” (Hech. 10:38). Jesús hizo muchas señales y “éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo” (Juan 20:30, 31).
En cuanto a su doctrina, Mat. 7:28, 29 dice, “la gente se admiraba de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas”. La doctrina de Jesús es la que recibió del Padre, Juan 17:8, 14. Jesús entregó esta doctrina a los apóstoles. (El Espíritu Santo se la reveló, Juan 14:26; 16:3). Si obedecemos la doctrina de Cristo, hacemos la voluntad de Dios (Mat. 7:21-23). Es importante observar que Jesucristo predicó su propia vida (lo que El vivió) y vivió su propia doctrina (lo que El enseñó). Su doctrina se encuentra en sus hechos, y sus hechos demuestran sus enseñanzas. Juan 8:46, “¿Quién de vosotros me redarguye de pecado?” Compárese Hech. 7:22, “Moisés … era poderoso en sus palabras y obras”. Así también eran los otros grandes personajes de la Biblia. Se observa en Hech. 20:18, 19, 33, 34; 26:4 que la vida de Pablo era consecuente con su doctrina.
El libro de Lucas habla de Jesús y Hechos habla de su iglesia. La obra de la iglesia es la extensión de la obra de Cristo.

1:2 — Hasta el día en que fue recibido arriba, — Los libros de Lucas y Hechos tienen en común un detalle muy importante: la ascensión de Jesús. Véanse Luc. 24:50, 51 y Hechos 1:9-11. La ascensión de Cristo al cielo es el fin de su ministerio terrenal y el principio de su reinado desde el cielo. Véanse 1 Tim. 3:16; Heb. 6:19, 20.
— después de haber dado mandamientos por el Espíritu Santo a los apóstoles que había escogido; — Lucas se refiere a las palabras finales de Jesús, es decir, la Gran Comisión de ir y predicar el evangelio a todas las naciones, Mateo 28:18-20; Mar. 16:15, 16; Lucas 24:47. De esta Gran Comisión los apóstoles recibieron la autoridad para hacer los Hechos de los Apóstoles. Durante su ministerio personal Jesús no autorizó a los apóstoles a anunciar que El era el Cristo (Mat. 16:20; 17:9), porque ellos no entendían la misión de Cristo ni la naturaleza de su reino, pero ahora, bajo la Gran Comisión deberían predicar a Jesús como el Cristo, guiados por el Espíritu Santo.
Por lo tanto, ya que los apóstoles pronto comenzarían a predicar a Cristo resucitado, a éstos Jesús apareció, pues, dándoles pruebas indubitables de su resurrección. De esta manera ellos estarían plenamente calificados como testigos de Cristo.
Mar. 3:14, 15, “Y estableció a doce, para que estuviesen con él, y para enviarlos a predicar, y que tuviesen autoridad para sanar enfermedades y para echar fuera demonios”. Los apóstoles fueron escogidos por Cristo para estar con El y aprender de El y su enseñanza para poder predicar el evangelio a todas las naciones. La “escuela” o “instituto” que Jesús estableció para entrenar a sus apóstoles era todo sitio donde Jesús enseñaba (junto al mar, en la montaña, en la sinagoga, en el templo, etcétera). La “escuela para predicadores” establecida por Pablo para entrenar a Timoteo, Tito y otros compañeros era todo sitio donde él enseñaba (en la sinagoga, en la plaza, en la cárcel, etcétera). Las iglesias primitivas no tenían “escuelas para predicadores”, como las que existen entre las iglesias liberales.
Los apóstoles fueron escogidos para ser los testigos de Cristo, Juan 15:27; Luc. 24:48; Hech. 1:8; 10:41.
Los apóstoles fueron escogidos para ser los embajadores (representantes oficiales) de Cristo, plenamente vestidos de poder para continuar la obra de El, 2 Cor. 5:20.
Por lo tanto, los cristianos perseveran en la doctrina de los apóstoles, Hech. 2:42; 2 Ped. 3:2; 1 Cor. 14:37.

1:3 — a quienes también, después de haber padecido, se presentó vivo con muchas pruebas indubitables, (convincentes, LBLA) — El tema central de la predicación de los apóstoles era la resurrección de Jesucristo. Era indispensable, pues, que ellos creyeran firmemente en este evento tan importante. Jesús tuvo que asegurarse de que sus apóstoles no se equivocarían ni se engañarían a sí mismos.
Al decir “pruebas indubitables” — pruebas convincentes — Lucas se refiere a lo que los apóstoles vieron, lo que oyeron, lo que tocaron (1 Jn. 1:1, 2), no solamente una vez, sino repetidas veces, durante cuarenta días. De otro modo ¿cómo podían ser testigos? 1:8; 2:32.
Los apóstoles no estaban predispuestos a creer. Al contrario, véanse Luc. 24:11 (cuando las mujeres dieron nuevas de la resurrección de Jesús a los apóstoles, “a ellos les parecían locura las palabras de ellas, y no las creían”) y Mar. 16:14 (después de su resurrección Jesús “les reprochó su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que le habían visto resucitado”).
Algunos suponen que los apóstoles fueron engañados debido a que reinaba gran expectación entre ellos por la resurrección de Jesús, pero estos textos revelan que ellos no esperaban la resurrección de Jesús.
Además, al recordar que los apóstoles estuvieron con Jesús durante todo su ministerio personal (más de tres años), sabemos que no podían equivocarse en cuanto a la identidad de Jesús.
Estos once testigos eran competentes, pues eran hombres honrados, y no lo vieron solamente una vez sino varias veces durante cuarenta días, en distintos lugares (en Galilea, en el camino a Emaús, en el monte de Olivos, etc.), y por último eran testigos oculares de su ascensión al cielo.
La resurrección de Jesús confirmó su Deidad, Rom. 1:4, “fue declarado Hijo de Dios con poder … por la resurrección”.
El “fue resucitado para nuestra justificación”, Rom. 4:25. “Si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe … somos hallados falsos testigos … aún estáis en vuestros pecados. Entonces también los que durmieron en Cristo perecieron. Si en esta vida solamente esperamos en Cristo, somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres”, 1 Cor. 15:14-19.
La resurrección de Jesús fue confirmada por la naturaleza de la tumba: fue “un sepulcro nuevo, en el cual aún no había sido puesto ninguno” (Juan 19:41). Había sepulcros familiares, por ejemplo, en cuevas, pero la sepultura de Jesús no fue así. No podía haber confusión en cuanto a la identidad del cuerpo de Jesús. Su sepulcro fue labrado en la peña (Mat. 27:60); José de Arimatea tomó el cuerpo de Jesús “y lo puso en su sepulcro nuevo, que había labrado en la peña”. Si Jesús hubiera sido sepultado en una cueva, los enemigos habrían podido decir que sus discípulos habían sacado su cuerpo por alguna de las salidas de la cueva, pero en el sepulcro de José, labrado en la peña, no había tales salidas. José hizo “rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro” (Mat. 27:60). Para evitar que el cuerpo fuera robado, los judíos “aseguraron el sepulcro, sellando la piedra” (Mat. 27:66). Y, por último, pusieron “la guardia” (Mat. 27:66).
Después, varias personas inspeccionaron el sepulcro el primer día de la semana y lo encontraron vacío, Juan 20:1-8, 11. Entonces, ¿Cómo se puede explicar “el sepulcro vacío”? La verdad es la única explicación razonable: ¡Cristo resucitó!
— apareciéndoseles durante cuarenta días –– De aquí en adelante apareció a sus discípulos y estuvo con ellos por cuarenta días. El apareció a varias personas. Apareció a María Magdalena el primer día de la semana. Mar. 16:9, “Habiendo, pues, resucitado Jesús por la mañana, el primer día de la semana, apareció primeramente a María Magdalena”. (Véase también Juan 20:11-). Apareció a otras mujeres, Mat. 28:9, 10. Apareció a Pedro solo, Luc. 24:34; 1 Cor. 15:5. Apareció a dos discípulos que iban a Emaús, Luc. 24:15. Apareció a diez discípulos en Jerusalén (estuvo ausente Tomás), Luc. 24:36-43; Juan 20:19-25. Apareció a los once apóstoles una semana después (estando presente Tomás), Juan 20:26-29; 1 Cor. 15:5. Apareció a los siete junto al mar de Tiberias, Juan 20:1-23. Apareció a más de quinientos hermanos a la vez, 1 Cor. 15:6. Apareció a Jacobo solo, 1 Cor. 15:7. Apareció a los once apóstoles, 1 Cor. 15:7; Luc. 24:44-49; Hech. 1:3-8.
Por lo tanto, la evidencia para confirmar la resurrección de Jesús es amplia e innegable. “Se presentó vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoseles durante cuarenta días”.
La palabra “apareciendo” se traduce “siendo visto” en la Versión Moderna. Les habló, Juan 20:14-16, etc. “Palparon nuestras manos”, 1 Juan 1:1; Juan 20:26-29. Le palparon para ver que en verdad El tenía cuerpo de carne y sangre (Luc. 24:39, “Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo”). Comieron y bebieron con El, Hech. 10:41. Durante cuarenta días podían verle, palparle, conversar con El, expresar dudas, reflexionar y considerar las “pruebas indubitables”.
— y hablándoles acerca del reino de Dios” — Jesús siguió instruyendo a sus discípulos. No hay registro de las palabras que el Señor les habló pero tenemos la plena seguridad de que los libros del Nuevo Testamento contienen no solamente la enseñanza pronunciada por Jesús durante aquellos cuarenta días, sino también “toda la verdad” acerca del reino (Juan 16:13).
Juan el bautista, Jesús y los apóstoles habían dicho: “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado” (Mat. 3:2; 4:17; 10:7). Las expresiones “el reino de Dios” y “el reino de los cielos” se usan indistintamente. Jesús había descrito el carácter de los habitantes del reino de los cielos (Mat. 5:3-10 y todo el sermón del monte; 18:3). Jesús habló varias parábolas para explicar la naturaleza de su reino (Mat. 13; 18:23; 20:1; 22:2; 25:1, 14; Juan 18:36). Sin embargo, durante el ministerio personal de Jesús los discípulos no podían comprender la naturaleza verdadera del reino debido a sus conceptos materialistas.
Pero ahora seguramente sus ideas de un reino terrenal fueron grandemente modificadas, porque ya entendían que el Mesías no vino para conquistar los ejércitos de Roma sino para sufrir y morir por nosotros. Durante los cuarenta días Jesús siguió hablándoles acerca del reino de Dios y, sin lugar a dudas, ellos habían entendido mucho mejor la naturaleza del reino. Entonces cuando vino el Espíritu Santo les recordó la enseñanza de Jesús (Juan 14:26), y les guió a toda la verdad. De esa manera se corrigió cualquier malentendido que hubieran tenido los apóstoles en cuanto al reino.
¿Cuándo vino el reino? Jesús había indicado claramente cuándo sería establecido su reino. Juan el bautista y Jesús anunciaron que el reino se había acercado (Mat. 3:2), y Jesús dijo, “Hay algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte hasta que hayan visto el reino de Dios venido con poder”, Mar. 9:1. José de Arimatea “esperaba el reino de Dios”, Luc. 23:51. Después de su resurrección, Jesús dijo a los apóstoles, “quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto”, Luc. 24:49. Inmediatamente antes de ascender al cielo, Jesús dijo a los apóstoles, “seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días … recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo”, Hech. 1:5, 8. Esta promesa se cumplió el día de Pentecostés, Hech. 2:1-4. El reino iba a venir con poder; los apóstoles iban a recibir poder; lo recibieron cuando el Espíritu Santo vino sobre ellos. Por lo tanto, el reino vino cuando el poder (el Espíritu Santo) vino en el día de Pentecostés.

1:4 — Y estando juntos, — De esta ocasión hablan Mateo 28:16-20; Marcos 16:14-18; y Lucas 24:36-49, en la cual Jesús les dio la “Gran Comisión” de ir y predicar el evangelio a todas las naciones.
— les mandó que no se fueran de Jerusalén –– Esto corresponde a Lucas 24:49, “pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto”. Por esta razón “les mandó que no se fueran de Jerusalén”. Iban a predicar el evangelio a todas las naciones, pero no podían hacerlo sin la ayuda del Espíritu Santo. Deberían, pues, esperar su venida en el día de Pentecostés. Dice Lucas 24:52, “volvieron a Jerusalén con gran gozo”. Hechos 1:12 dice, “Entonces volvieron a Jerusalén desde el monte que se llama del Olivar”.
Al hablar del reino el profeta Isaías dijo (2:3) que la palabra de Dios saldría de Jerusalén.
— sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí. — Es decir, la promesa del Espíritu Santo. Véase el ver. 5. El “poder” prometido a los apóstoles fue el bautismo con el Espíritu Santo. Luc. 24:49, Jesús habla de “poder desde lo alto”, y en Hech. 1:5 dice, “seréis bautizado con el Espíritu Santo”; y otra vez en Hech. 1:8 Jesús habla de “poder”.

El reino de Dios en cuarenta días – Pastor Miguel Núñez

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