De la creación a la cruz

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En el principio creó Dios los cielos y la tierra.

Génesis 1:1

El problema del pecado

En Génesis, el primer libro de la Biblia, se nos cuenta la historia de la creación y la caída del género humano. Allí se nos dice que “…dijo Dios: hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree … sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Génesis 1.26-27). Las palabras “imagen” y “semejanza” no necesariamente tienen distintos significados. En hebreo, a menudo se usa la repetición para aclarar o ampliar el significado de aquello a lo cual se refiere.

El hecho de que el hombre haya sido creado a imagen y semejanza de Dios no quiere decir que sea una copia exacta de su Hacedor. Esto lo sabemos porque: “Jehová, Dios formó al hombre del polvo de la tierra” (Génesis 2.7). Los hombres fueron creados “a la semejanza de Dios” (Santiago 3.9). El hombre fue hecho, de manera marcada, diferente a las demás criaturas, porque Dios “…sopló en su nariz (la del hombre) aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente” (Génesis 2.7).

Esto le dio al hombre una naturaleza y lugar especiales en la creación.
(Véase Génesis 1.26-28; 5.1; 9.6; 1 Corintios 11.7; Santiago 3.9). Al ser creado a imagen y semejanza de Dios y teniendo un alma, nosotros podemos concluir que el hombre está dotado de una naturaleza espiritual, un intelecto único y el poder de razonar. Y así como Dios es justo (véase Salmo 7.9; 11.7; 116.5; Juan 17.25; 2 Timoteo 4.8; 1 Juan 2.1) y santo (véase Éxodo 15.11; Levítico 19.2; 20.26; 21.8; Josué 24.19; Salmo 99.9; 145.21; Isaías 6.3; Efesios 4.24; 1 Pedro 1.16; Apocalipsis 4.8; 6.10; 15.4; etc.), el primer hombre y la primera mujer vivieron en un ambiente perfecto y libre del conocimiento del mal. Ellos entendían la voluntad de Dios y tenían una disposición natural para hacerla. Así como Dios es un ser moral y aprueba lo bueno y aborrece lo malo (véase Deuteronomio 16.22; Salmo 5.5; 11.5; Isaías 1.14), de igual modo, el hombre es un ser moral capaz de escoger entre las opciones morales.

El término hombre tiene dos significados: Uno se refiere al hombre mismo y el otro se refiere al género humano (tanto al hombre como a la mujer). El término usado en este libro es al que se refiere este versículo para referirse tanto al hombre como a la mujer.

El hombre no fue creado como un títere. De manera que para que el libre albedrío del ser humano tuviera sentido, Dios le dio el derecho de escoger entre el bien y el mal en el huerto del Edén. Allí el hombre podía vivir por medio de una fe sencilla en la palabra de Dios, la cual consistía en aquel momento en no comer del “árbol de la ciencia del bien y del mal” (Génesis 2.17). Esta opción nos da a entender que ya el mal existía en el mundo, pero que el hombre, por naturaleza, no tenía conocimiento de ello. Sin embargo, Satanás, un ángel caído a causa de su orgullo, retó a la mujer a que reconsiderara el mandamiento de Dios. Al hacerlo, ella notó que era un “árbol bueno para comer” (Génesis 3.6), agradable a los ojos y codiciable para alcanzar la sabiduría, de modo que ella “… tomó de su fruto y comió”. Ella compartió del mismo fruto con su esposo, quien también comió. Entonces al dudar de la palabra de Dios, el hombre escogió desobedecerle (véase Génesis 2-3).

La desobediencia del hombre a la palabra de Dios resultó en su caída.
Así fue como él se convirtió en un pecador y recibió una naturaleza depravada (veáse Génesis 6.5; Romanos 5.12, 14, 18-19; 1 Corintios 15.21-22; 1 Timoteo 6.5). Una de las consecuencias inmediatas de la caída fue la separación del hombre de Dios (véase Salmo 5.4; Isaías 59.2; Habacuc 1.13; Romanos 8.7-8). Dios es santo por naturaleza (el más mencionado de todos los atributos de Dios) y, por tanto, él no tolera el pecado. El pecado produjo una brecha entre nuestro Dios santo y el hombre pecaminoso y caído.

El amor de Dios

Ya que Dios es un Dios de amor fue así que él proveyó el camino a la redención. Después del primer pecado del hombre, Dios prometió que la simiente de la mujer aplastaría el poder de Satanás, haciendo así posible la restauración de la relación entre Dios y el hombre (véase Génesis 3.15). Para hacerlo, Dios escogió a Abraham y a sus descendientes a fin de que prepararan al hombre para la venida del Redentor, Jesucristo.
Después de lo que sucedió en Caldea, Dios hizo un pacto con Abraham (véase Génesis 15.7-17). Al pasar por la sangre, por entre los cuerpos muertos y sangrientos de los animales, ambas partes prometieron guardar sus promesas. Y de no hacerlo, al que no cumpliera le costaría su sangre.

Este pacto entre Dios y Abraham fue hecho cuando se vio una “vasija con fuego humeando” con brasas encendidas (véase Génesis 15.17; 19.28; Éxodo 19.18; Hebreos 12.29) y una “antorcha de fuego” (véase Génesis 15.17; Éxodo 3.2-4; 2 Samuel 21.17; 22.7, 9, 29; 1 Reyes 11.36; 15.4; Salmo 27.1; 132.17; Isaías 62.1) que pasó por entre los animales divididos.

La vasija con fuego humeando representaba a Dios y la antorcha encendida a Jesucristo, la luz del mundo. Entonces Dios hizo la función de ambas partes en el pacto. Si Abraham se hubiera representado a sí mismo y luego sus descendientes hubieran violado el pacto, les habría costado la sangre de ellos. Pero siendo Dios ambas partes entonces sólo costaría la sangre (es decir, la vida) de su Hijo, si los descendientes de Abraham fallaban. Y como veremos más adelante, al Hijo le costó su sangre (véase Marcos 14.24; Lucas 22.20; Juan 6.53-56; 19.34, etc.).

Al principio de su evangelio, Juan escribe: “Y aquel Verbo [Jesús] fue hecho carne, y habitó entre nosotros … lleno de gracia y de verdad. … de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia. Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo” (Juan 1.14, 16-17). Y aunque los judíos eran el pueblo escogido, a través de su historia ellos aprendieron que lo único que podían hacer era estar indecisos entre el bien y el mal. Ellos necesitaban algo que sobrepasara a la ley para poder llegar a ser buenos; ellos necesitaban una nueva naturaleza. “Cuando vino el cumplimiento del tiempo”, Dios envió a su Hijo como el Hombre perfecto para redimir al hombre caído (véase Gálatas 4.4). Cuando Jesús tuvo unos treinta años, él comenzó su ministerio para establecer un camino nuevo de manera que Dios tratara con el hombre. Por medio de su muerte, él llegó a ser “…el Mediador de un nuevo pacto” (véase Hebreos 12.24; 8.8, 13; Lucas 16.16; Romanos 10.4), “…lleno de gracia y verdad” (Juan 1.17; 1 Pedro 1.10; 2 Timoteo 2.1).


Por Su Causa ’10: 01 — Desde la Creación Hasta la Cruz

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