Devocional 03/11/2018

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+ Lectura y Audio de la Biblia:
El texto bíblico de hoy: 1ª Samuel cap 5 al 14
1ª Samuel capítulo 06

1ª Samuel capítulo 07

1ª Samuel capítulo 08

1ª Samuel capítulo 09

1ª Samuel capítulo 10

1ª Samuel capítulo 11

1ª Samuel capítulo 12

1ª Samuel capítulo 13

1ª Samuel capítulo 14

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+ Banco de cheques de la fe
El banco de cheques de la fe 2011 de C. H. Spurgeon
3 de Noviembre

“Aunque la visión tardará aún por un tiempo, mas se apresura hacia el fin, y no mentirá; aunque tardare, espéralo, porque sin duda vendrá, no tardará.” Habacuc 2: 3.
La misericordia podría parecer tardada, pero es segura. El Señor ha establecido, con sabiduría infalible, un tiempo para las salidas de Su poder lleno de gracia, y el tiempo de Dios es el mejor tiempo. Nosotros tenemos prisa; la visión de la bendición estimula nuestro deseo, y acelera nuestros anhelos; pero el Señor guardará Sus señalamientos. Él nunca se adelanta; Él nunca se atrasa.
Se dice aquí que la Palabra de Dios es algo vivo que hablará, y que vendrá. No es nunca una letra muerta, como estamos tentados a temerlo cuando hemos esperado largamente su cumplimiento. La Palabra viva viene en camino proveniente del Dios vivo, y aunque pareciera dilatarse, en realidad no se está tardando. El tren de Dios no está retrasado. Sólo hemos de tener paciencia, y pronto veremos por nosotros mismos la fidelidad del Señor.
Ninguna de Sus promesas fallará: “no mentirá”. Ninguna de Sus promesas se perderá en el silencio: “se apresura hacia el fin”. ¡Qué consuelo hablará al oído de la fe! Ninguna de Sus promesas necesitará ser renovada como una factura que no pudo ser pagada en el día en que se vencía: “no tardará”.
Vamos, alma mía, ¿no puedes esperar a tu Dios? Descansa en Él, y quédate quieta en una paz indecible.
+ Programa de formación Bíblica
8- Homilética
Homilética es el arte y ciencia de predicar para comunicar el mensaje de la Palabra de Dios. Se estudia cómo organizar el material, preparar el bosquejo y predicar efectivamente. Presenta a través del estudio de sermones ejemplares un modelo útil para los que empiezan a lanzarse al dificil arte de la predicación, mostrándo cómo decir las cosas de un modo claro y concreto.

9- La conclusión del sermón

Si empezar bien es importante, no lo es menos terminar bien y terminar a tiempo.

Hay predicadores que no encuentran la manera de terminar y divagan repitiendo exhortaciones de carácter más o menos semejante, hasta que el público, en lugar de sentirse conmovido por tales llamamientos, sólo desea angustiosamente que el predicador ponga fin a su perorata.

“Di lo que tengas que decir y termina cuando lo hayas dicho”, es el consejo de todos los maestros en la predicación.

¿Pero cómo se tiene que terminar?

MÉTODO RECAPITULATIVO

Una de las mejores formas y más comunes es haciendo una recapitulación de los puntos principales del sermón. Esto no significa volver a explicar dichos puntos, sino simplemente mencionarlos para dar lugar con énfasis a un pensamiento final que será el llamamiento o exhortación. Esta clase de recapitulaciones suelen iniciarse con un:

“Puesto que…”

Supongamos que el sermón ha sido sobre: “Los privilegios del rebaño de Cristo”, que tenemos en la página ?  Una mención de tales privilegios, seguida de una exhortación de poner la fe en Cristo para poder gozar de los mismos, será una buena conclusión.

Lo propio diremos sobre el bosquejo del Salmo 23 del que le sigue, que lleva por título «Lo que ganaos por la fe en Cristo».

En cambio, el bosquejo «El poder de la oración», basado en Hechos 4 y 5, no permite una conclusión basada en los puntos principales, que son: “Calidad; la oración apostólica y resultados de la misma”, habrá que buscar otra fórmula de recapitulación basada en los subtítulos y no en los puntos principales. Por ejemplo: “Si nuestras oraciones son definidas, tienen un motivo especial, si son unánimes con nuestros hermanos y hechas con fe apoyándonos sobre las promesas de la Sagrada Escritura, recibiremos, sin duda, los mismos privilegios y recompensas que obtuvieron aquellos discípulos: gozo y valor y, por encima de todo, el don del Espíritu Santo.”

La forma recapitulativa no es indispensable en todos los sermones. Podemos terminar también el comentario de Filipenses 4 diciendo: “En vista de los grandes privilegios del creyente y ante la realidad de las cosas que Dios nos ha prometido, ¿quién no querrá ser como el apóstol San Pablo? ¿Por qué hemos de serlo? ¿Qué nos hará desistir de tal propósito? ¿Será el temor a la pobreza o al menosprecio? Lo había sufrido el apóstol (vers. 12). Pero las riquezas de Cristo superan a cualquier pérdida y la compensan mil veces. No dudemos, pues, en entrar y marchar con paso firme por el camino de fe.”

En el bosquejo del gráfico la recapitulación se ciñe a las subdivisiones del punto II porque son las de carácter activo, o sea, las que dependen de la voluntad del oyente; dicha mención puede ser corroborada por una breve alusión a los resultados que se describen en las subdivisiones del punto III. Pero en otros bosquejos la recapitulación puede ser una breve mención de todas las divisiones principales del sermón. Jamás debe ser una mención de todas las divisiones y subdivisiones, pues resultaría excesivamente largo y perdería por ello toda fuerza y vigor, viniendo a resultar más bien una repetición del sermón, lo cual debe evitarse a toda costa.

VARIEDAD  Y VIVACIDAD

La conclusión no debe ser estereotipada y monótona. No hay nada que produzca peor efecto a los oyentes que ver que el predicador se inclina a leer las palabras finales del sermón.

Se le dispensará al predicador la necesidad de mirar al bosquejo en otras partes del sermón, pero la conclusión es el punto culminante de su mensaje, y es en este momento cuando el predicador ha de hablar con la mayor solemnidad o el mayor ardor, según la naturaleza o carácter del sermón. Es entonces cuando su corazón ha de desbordarse de tal modo que el auditorio sienta que el predicador está, no leyendo unos pensamientos escritos en su oficina, sino, bajo el impulso del Espíritu Santo, tratando de hacer penetrar la palabra en los corazones.

Por esto hay que evitar, en este momento más que nunca, el pronunciar frases vagas y de poco sentido. Todo predicador ha notado que generalmente hay más facilidad de expresión al terminar el ser­món, pero de ningún modo ha de confiarse a su facilidad de palabra en ese momento solemne y de­cisivo. Tiene que llevar algunas frases bien estudiadas, que concreten el mensaje y lo hagan incisivo en el corazón de los oyentes; sin embargo, no debe imitarse a éstas. Si el Espíritu Santo le inspira nuevos pensamientos expóngalos sin temor, pero cuidando de que no sean simples repeticiones de lo ya dicho, sino pensamientos tajantes, más fuertes que todos los usados en el curso del sermón y penetrantes hasta partir el alma. Evítese la excesiva extensión. La conclusión nunca debe exceder de unos pocos minutos. Es difícil fijar cuántos de un modo exacto, pues depende del carácter del propio sermón; pero lo que debe evitarse es que sea la conclusión en sí misma un nuevo sermón en miniatura.

Tampoco debe ser una repetición de lo dicho en otros sermones. Hay predicadores que en cada conclusión usan argumentos muy similares como el de: mañana podría ser demasiado tarde para aceptar a Cristo. Está bien que en cada sermón se haga énfasis sobre la necesidad de tomar una decisión inmediata, pero si las frases son estereotipadas e idénticas para todos los sermones, el predicador se hará muy pesado y el público temerá verle llegar al final, por el fastidio de escuchar lo que ya se sabe e memoria.

LOS LLAMAMIENTOS

No queremos terminar sin decir una palabra sobre la cuestión de los llamamientos. No estamos en contra del sistema cuando el ambiente es propicio el predicador tiene la convicción de que hay entre el auditorio “oyentes maduros”, es decir, con bastante conocimiento del Evangelio para comprender en el paso que van a dar, faltándoles solamente la decisión. En tales casos el llamamiento puede ser una verdadera bendición del Cielo para tales almas, pero insistir e insistir hasta provocar decisiones inmaturas de personas que ignoran los principios esenciales del Evangelio, además de ser insensato para el predicador, puede resultar en perjuicio de tales almas, ya que tales personas pueden venir a considerarse convertidas por medio de un acto mecánico que no afectó su corazón y que nada tiene que ver con el nuevo nacimiento. Es verdad que algunas veces estos oyentes, acudiendo a los cultos, llegan a comprender más tarde aquella fe que profesaron inconscientemente, pero también puede ser motivo a algunos para que dejen de asistir a los cultos, avergonzados por las burlas de sus compañeros no convertidos, ya que no existe en ellos fundamento sólido para saber defender su fe y llevar el oprobio de Cristo. Y en otros casos pueden dar lugar al en­durecimiento, en un falso concepto de conversión, siendo causa de que se introduzcan en la iglesia miembros no regenerados.

Recuerdo el caso de una persona a la cual felicitaban los creyentes por haberse levantado manifestando aceptar a Cristo, la cual respondió: “No, yo no entiendo de estas cosas, pero me daba lástima aquel pobre señor que nos pedía que nos levantásemos con tanta insistencia.”

Evitemos tanto la frialdad como los excesos en este momento solemne del sermón; pues ni la excesiva insistencia ni la gritería extremada son señales evidentes de la inspiración del Espíritu Santo. Es al final, más que en otro momento del sermón, cuando debemos movernos enteramente bajo su santa influencia; dejémonos, pues, conducir por El, pero recordando que el Espíritu Santo jamás ha inducido a nadie a empalagar a la gente, sino que es su gran propósito y objeto llevar las almas a Cristo, o, por lo menos, dejar en ellas tan favorable impresión que vengan a ser inexcusables si no se convierten.

Se ha dicho con verdad que una conclusión fastidiosa puede significar una piedra de tropiezo para el corazón mejor impresionado por el mismo sermón. Es preferible que queden los oyentes con deseos de oír más, cuando el sermón ha sido bueno, que no que las buenas impresiones recibidas se borren por una inclusión desafortunada y desastrosa.

Podríamos resumir lo dicho en los siguientes

CONSEJOS PRÁCTICOS

1.° Sea cualquiera la forma de conclusión que uses, hazla adecuada al conjunto del mensaje. Que no a un nuevo sermón, sino la aplicación práctica de las verdades expuestas anteriormente.

2.° No uses frases estereotipadas en la conclusión; de cada sermón.

3.° Sé breve. No describas círculos y más círculos, como un aeroplano en descenso, repitiendo las mejores frases del mismo sermón y añadiendo nuevos materiales. Desciende en línea recta, en picado, desde las alturas de tu disertación al mismo corazón de los oyentes. Que nadie tenga que decir lo que aclaró cierta labradora escocesa acerca de un buen sermón de conclusión interminable: “El pastor llegó casa en un viaje magnífico, pero tenía los caballos desbocados y no los pudo parar.”

4.° Acentúa el lado positivo más que el negativo, la conclusión. Durante el curso del sermón puedes tener que tratar con el lado negativo, pero no termines con imprecaciones, lamentaciones ni expresiones desalentadoras. El mensaje del Evangelio es siempre mensaje de esperanza. Levanta los corazones a lo positivo, a lo bueno, a lo sublime de las promesas de Dios, por grave o solemne que haya sido el sermón. Una conclusión neurasténica es la peor conclusión de un sermón.

5.° Haz la conclusión personal, pero no excesivamente personal.

6.° Nunca distraigas la atención ni debilites la fuerza de la conclusión con una apología. En la introducción puede alguna vez el predicador pedir excusas por su dificultad en hablar el idioma, su falta de tiempo para preparar el mensaje o su incapacidad para tratar el asunto; pero esto jamás es permisible en la conclusión. Si el sermón ha sido bueno, tal apología demuestra pedantería y orgullo por parte del predicador. Si ha sido mediocre, sólo servirá para recalcar los defectos del propio sermón y desvalorizar lo bueno que en él haya podido haber.

La conclusión del segundo libro de los Macabeos produce una impresión penosa y es la mejor prueba de la no inspiración de tal apócrifo. Pero mucho más que en un escrito, es contraproducente toda apo­logía al final de un discurso hablado.

Termina el mensaje con la mayor dignidad, y en­comienda al Santo Espíritu de Dios lo que tú no has podido o sabido hacer, aun en aquellas ocasiones en que, por el motivo que sea, sientas en tu conciencia que fue un fracaso el sermón, comparado con otros tuyos o con lo que hubieses querido que fuera. Ten presente que esta experiencia ocurre no sólo a los predicadores mediocres (éstos generalmente quedan más satisfechos de sus propios sermones que lo que debieran quedar), sino a los más grandes predicadores. Resuelve en tu corazón en tales casos prepararte mejor otra vez. Tal resolución, hecha en el mismo pulpito al terminar un sermón deficiente, ha sido la génesis de otro sermón poderoso, en muchos casos, y en la propia experiencia del autor de estas páginas.

7.° Evita las expresiones humorísticas en la conclusión. Ya hemos indicado con qué limitaciones y prudencia debe hacerse uso de tales expresiones al principio o en el curso del sermón, pero no es permitido de ningún modo al final. Como dice Reinold Niebuhr en un artículo titulado “Humor y Fe”: “Puede haber risa en el vestíbulo del templo, y el eco de la risa en el templo mismo; pero solamente fe y oración, y no risa, en el lugar santísimo”, que es la conclusión del mensaje.

8.° Abstente de cualquier acto que distraiga la atención. Un gesto exagerado: quitarse y ponerse las gafas, levantar un himnario, o el accidente de caerse una hoja de los apuntes, no son incidentes tan graves en el curso de un sermón; pero debe hacerse todo lo posible para evitarlos al final. Algo semejante debe decirse del hábito de mirar al reloj de bolsillo o pulsera que tienen algunos predicadores. Unos porque, no sabiendo qué decir, les convienen cerciorarse de que el sermón no ha sido demasiado corto, y otros porque, teniendo demasiado material, temen excederse del tiempo. Huelga decir que la impresión que producen estos últimos en el auditorio (el cual suele darse perfecta cuenta de la situación en ambos casos) no es tan desastrosa como la que causan los primeros, pero aun en este último caso, más perdonable, esta sencilla acción puede ser perjudicial para muchos espíritus superficiales. Es conveniente que haya en las capillas un reloj, bastante grande, colocado en la parte posterior, jamás de cara al público, para que el predicador pueda seguir el curso del tiempo sin que el auditorio se aperciba. A falta de tal reloj, es buena precaución por parte del predicador poner su propio reloj sobre el pulpito en el momento de empezar, evitando hacerlo durante el curso del sermón, y menos al final.

LA IGLESIA EN LA CONCLUSIÓN

Los diáconos y miembros de cada Iglesia deberían ser educados acerca de la solemnidad de la conclusión. A veces son estos mismos los que contribuyen a distraer la atención sin darse cuenta de ello, haciendo preparativos para la terminación, tales como abrir las puertas, repartir himnarios para el himno final, preparar las bolsas para la ofrenda a la vista del público, etc.

Otras veces, miembros más entusiastas que discretos intentan corroborar el “éxito” del sermón susurrando exhortaciones o alabanzas acerca del mismo a personas inconvertidas, o lo que es todavía peor, incitándolas a levantarse. Nada más equivocado. Tales momentos han de ser solamente de aten­ción y oración silenciosa por parte de los fieles de la iglesia.

Algunas veces el autor se ha sentido tentado a detener el sermón y pedir misericordia a las personas que en aquellos solemnes momentos se les ha ocurrido levantarse para ir al patio o salir del templo, a pesar de ver que el sermón estaba terminando y no corrían peligro de perder ningún tren.

Y no diremos nada del desastre que significa un bebé que rompe a llorar o se inquieta durante los cinco minutos finales del sermón. Algunos predicadores tienen la costumbre de pararse y aguardar en silencio hasta haber pasado tal interrupción. Siempre es desagradable tener que hacer esto, por lo que cuesta recoger de nuevo la atención del auditorio. Ello es posible cuando se dispone todavía de muchos minutos, pero es casi imposible al final. En ese período del sermón, atención distraída es atención perdida. Por esto los miembros debieran conjurarse en ayudar al pastor: Los diáconos, atajando del modo más discreto y rápido cualquier perturbación. Los creyentes en general, bajando sus cabezas para orar, sin volverlas de un lado para otro para ver si se levanta alguien. Nada puede perjudicar tanto las decisiones como esta curiosidad imprudente. Sabemos cuan grato es para el creyente fervoroso, que está oando por un despertamiento, “ver” decisiones; pero ¡más sensato limitarse a oírlas” de labios del testificante o en la respuesta del pastor, y será siempre mucho más gozoso para su propia conciencia haber mudado a tales decisiones con oración que estorbarlas con actitudes inconvenientes.

Es necesario hacer énfasis sobre estos detalles en las reuniones de iglesia, para el mejor orden y provecho en los cultos, sobre todo en los evangelísticos.

Manual de Homilética por Samuel Vila

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Esta semana volvemos con el instituto moody
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El Cielo Gobierna – PISTA
Tu amistad me hace bien – PISTA
Al taller de maestro – PISTA
El sonido del silencio – PISTA
Me Robaste el Corazón – PISTA
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Supe que me amabas – PISTA
Dame Tus Ojos – PISTA Yo sé que mi Cristo vive – PISTA
Escucharte hablar – PISTA
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