El extremo del legalismo

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Esto solo quiero saber de vosotros: ¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe?

Gálatas 3:2

Por Jason Dulle. © Todos los derechos reservados.
Traducido por Julio César Clavijo Sierra, año 2012.

El legalismo es como una enfermedad, pues es altamente contagioso y mortal, y puede pasar desapercibido sin mostrar ningún síntoma fatal durante un largo periodo de tiempo. Sin embargo, al final siempre pagará su precio. Nunca he escuchado a nadie defender y proclamar con valentía: “¡Yo soy un legalista!” Si alguien se diera cuenta de que está siendo presionado por el legalismo, seguramente acabaría con dicha influencia. Desafortunadamente el legalismo es muy deslumbrante. Es más fácil que un pecador se dé cuenta de que es pecador, que un legalista se dé cuenta de que es un legalista. Si no podemos identificar lo que es el legalismo, no podremos estar a salvo de su esclavitud.

El legalismo es a menudo muy difícil de reconocer y puede ser difícil de distinguir de la verdadera santidad. Esto se debe a que las acciones de los legalistas y las acciones de alguien que posee una verdadera santidad, son generalmente las mismas. La diferencia es lo que motiva al corazón. La motivación de los unos es por salvarse a sí mismos o mantenerse salvos, mientras que la motivación de los otros es la de agradar a Aquel que murió por ellos. Ray C. Stedman, dijo:

“¿Puedes ver cómo esto puede ser tan sutil? El comportamiento real puede ser exactamente el mismo en el caso de un legalista o de un auténtico cristiano. Ambos pueden parecer verdaderos cristianos y su comportamiento puede ser exactamente el mismo, pero uno es legalista y el otro no. Lo que está pasando en su interior, es el tema en cuestión. ¿Se trata de una cuestión de confianza interior? ¿Sobre qué te estás basando para satisfacer dicha demanda? ¿Estás confiando en tu propia capacidad, tu propia suficiencia, tu talento, tu personalidad? ¿Es eso lo que cuenta como fin para lograr lo que tú esperas de ti mismo? Bueno, ¡Si tú confías en otra cosa aparte de la actividad de Dios obrando en ti, tú eres un legalista!… La forma más extendida de legalismo en la iglesia cristiana es la carne tratando de hacer algo delante de Dios que sea aceptable para él”.

Con el fin de reconocer lo que es el legalismo, primero tenemos que determinar lo que es el verdadero cristianismo. El cristianismo “es manifestar sinceramente un comportamiento parecido al de Cristo, dependiendo de la operación del Espíritu de Dios dentro de nosotros, motivado por el amor a la gloria y el honor a Dios. La verdadera vida cristiana es el cumplimiento de la ley por medio de un poder único, debido a un deseo abrumador. Esto requiere un estándar externo o código de conducta, un poder en nuestro interior que lo haga posible, y un motivo que nos impulse a hacerlo”.

De otra parte, el legalismo “es un comportamiento mecánico y externo, el cultivo de la confianza en uno mismo a causa del deseo de ganar una reputación, mostrar una habilidad o satisfacer una necesidad de poder personal… Se trata de una ceremonia religiosa, escrupulosa y meticulosa en su forma exterior, pero por dentro, como Jesús lo describió, “están  llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia”.

Muchos creen que para evitar el legalismo, uno debe ser un antinomianista (una persona sin ningún tipo de ley) ¡Nada más lejos de la verdad! Ninguno que deseche alguna norma podrá liberarse del legalismo, pues el legalismo no es solo el establecimiento de normas donde la Biblia no aborda una cuestión. Debemos establecer normas o limitaciones para nosotros mismos. Por ejemplo, si uno tiene problemas con el juego del tenis porque este nos ocupa mucho del tiempo que deberíamos pasar con Dios, uno podría hacer una norma para sí mismo de no jugar al tenis. No es que el juego de tenis sea malo en sí, pero el problema llega cuando el individuo se vuelve adicto al juego y pierde el control, permitiendo que las prioridades sean mal administradas. Esta limitación podría cambiar al madurar como cristiano, pudiendo volver de nuevo a practicar el deporte con moderación.

De otro lado, el legalismo es el establecimiento de normas para otras personas, cuando la Biblia no aborda el tema. Incluso las normas para uno mismo pueden ser peligrosas si tienen un criterio erróneo. Es posible ser legalistas bajo las normas que hemos establecido para sí mismos. El legalismo se convierte en hacer “demandas injustificadas para ti mismo o para alguien más, especialmente en áreas que no están prohibidas en las Escrituras”.

En las Escrituras hay algunas cosas que están en blanco y negro, pero a diferencia, otras están en un tono gris. ¡Aquellas áreas que están en blanco y negro deben ser predicadas, y predicadas con fuerza! Aunque la Biblia es dogmática acerca de muchos temas, hay otros en los que no lo es. Hay algunas cosas en las que “se nos ha dado mucha libertad personal, y es legalismo hacer normas (sobre todo para alguien más) en estas áreas”.

Legalismo es cuando un cristiano o un grupo de cristianos hacen normas para todo el mundo y además los obligan a obedecerlas. Si otros quieren hacer las mismas cosas que un grupo cristiano particular, teniendo las mismas convicciones que ellos, esto es significativo. Sin embargo, si se ven obligados a hacer algo en contra de su voluntad o sin el entendimiento, eso es legalismo. Nos convertimos en legalistas cuando hacemos demandas injustificadas sobre los demás, en las áreas que no están prohibidas por la Escritura.

Daniel Segraves, escribió esto con relación al legalismo:

“En esencia, el legalismo es una dependencia por mantener la letra estricta de la ley como meritoria, aun prescindiendo de la fe. Como el legalismo es confeccionado, se expresa a menudo como una exaltación de las tradiciones humanas a la categoría de igual o superior a los mandamientos de Dios, o en una adhesión servil a una norma específica, al mismo tiempo que no se tiene en cuenta el principio detrás de la norma y su aplicación en situaciones similares. Mientras que el atractivo del legalismo para muchas personas descansa en su promesa engañosa del aseguramiento de la salvación a cambio de una obediencia perfecta, lo que realmente produce es miedo, condenación, culpa e incertidumbre. Esto se debe a que la fe del legalista está fuera de lugar. Está en sí mismo y en su capacidad de adherirse a un código de conducta, pero no en Cristo”.

“El legalismo significa conformidad estricta o excesiva a un código legal o a un conjunto de reglas. En un contexto cristiano, el legalismo tiene dos connotaciones negativas: (1) El intento de basar la salvación en la realización de buenas obras, o en la estricta observancia de normas y reglamentos, y (2) la imposición de normas sobre sí mismo y sobre otros, que no están basadas en las claras enseñanzas o principios bíblicos. Somos culpables de legalismo, si damos a entender que una persona alcanza la salvación por sus obras, o si predicamos reglas sin principios”.  En efecto, la base sobre la cual el legalista por lo general justifica sus creencias y prácticas, es la mera tradición y la autoridad.

Uno de los defectos fundamentales de una persona legalista, es su punto de vista sobre la ley de Dios. La ley de Dios no es un código externo que Dios mantiene o ha realizado específicamente para la humanidad. Tampoco la ley de Dios es arbitraria. No se limita a decidir la aprobación de esto y la condenación de aquello. Más bien, la ley de Dios fluye de la naturaleza de Dios; se trata de un retrato de la persona de Dios. Cuando obedecemos la ley de Dios, no acatamos simplemente un código de conducta, sino que nos relacionamos con el mismo Dios. La ley no tiene ningún valor inherente o alguna dignidad al margen de Dios. Cuando observamos o desechamos la ley de Dios, nos relacionamos con el mismo Dios. El pecado no es sólo la ruptura de una ley, sino la transgresión contra la misma naturaleza de Dios, creando así un ataque personal contra Dios mismo. Por lo tanto el legalismo -la idea de que la ley debe ser obedecida por su propia bondad- es inaceptable. La Ley es el medio para relacionarse con el Dios personal. Cuando nos relacionamos con la ley como una entidad separada de la esencia de Dios y de su naturaleza, hemos entrado en el campo del legalismo.

Pablo advirtió acerca de un legalismo ascético que estaba atacando a la iglesia del primer siglo. En Colosenses 2:18-23, dijo que uno podría ser despojado de su recompensa en Cristo por cuatro cosas. Estas son: (1) humildad fingida, (2) culto a los ángeles, (3) No dar a Jesús su propio lugar como la cabeza del cuerpo de Cristo, (4) y someterse a mandamientos y doctrinas de hombres que enseñan que hay un beneficio espiritual en la abstención de cosas perecederas que no son inherentemente malas. Estas cosas tienen un aspecto de verdadera sabiduría, pero no son más que una religión auto-impuesta que no es capaz de ayudar a una persona a superar su naturaleza pecaminosa (v.23). La humildad y la adoración que estos ascetas estaban realizando, no provino de Dios sino de su propia voluntad humana, contrariando lo que Jesús enseñó acerca de la adoración a Dios, cuando dijo que la verdadera adoración debía provenir de nuestro espíritu (Juan 4:24).

Este pasaje deja claro que cualquier conducta que nos abstenga de participar de las cosas de este mundo físico, no nos ayuda a superar nuestra naturaleza pecaminosa ni nos acerca a Dios. Si acercarnos a Dios no es el motivo que hay detrás de nuestras normas de conducta, entonces esto es probablemente legalismo, y la obediencia a ellas no debe ser ordenada a nadie, puesto que son  sólo unas reglas hechas por el hombre. Si alguien cree que la falsa humildad, las auto-imposiciones y la religiosidad pueden concedernos la espiritualidad, la santidad o el favor de Dios, perderá su recompensa en Cristo.

¿Qué tipo de legalismo ataca a la fe apostólica hoy en día? La forma más común es la que conduce “al creyente lejos de la dependencia absoluta en Cristo, hacia una confianza en sí mismo basada en su capacidad de hacer o abstenerse de ciertas cosas que no estén específicamente elogiadas o prohibidas en las Escrituras”. En cuanto a este tipo de legalismo, Daniel Segraves, comenta:

“Pero la segunda forma de legalismo es más sutil, más difícil de detectar y resistir, y es más propensa a encontrar aceptación entre los creyentes de todas las edades, ya que se adapta ingeniosamente a cualquier cultura y tiempo. Este es el sistema que hace que la propia interpretación o aplicación de las Escrituras, sea igual en autoridad a la Escritura misma. Todas las prácticas ascéticas pueden, por ejemplo, ser defendidas por el llamado general de las Escrituras a la devoción, el compromiso y la santidad. Incluso la resistencia a los avances tecnológicos, se justifica apelando a que debemos  distanciarnos del mundo. Esto puede verse en las comunidades que surgieron dentro de la tradición de los anabaptistas, que repudian las cremalleras, la electricidad, los automóviles y otros inventos modernos”.

El legalismo enseña una salvación que se basa en las obras humanas en vez de la gracia de Dios. Este tipo de teología se desarrolla generalmente por un malentendido de cómo y dónde las obras encajan en la vida de quienes han nacido de nuevo. El legalismo es una mentalidad que lleva a una forma de vida que conduce a doctrinas que no se encuentran en la Biblia y lleva a una confianza en el rendimiento propio en lugar de la obra salvadora de Jesús en el Calvario, lo que finalmente lleva a la muerte espiritual.

Los problemas con el legalismo son infinitos. El peor problema es el factor eterno. Si alguien basa su salvación en sus propias obras, no irá al cielo sin importar cuán moral se vea, pues ha establecido su propia justicia en lugar de confiar en la justicia y la gracia de Dios (Gálatas 2:21; 5:1-4). La salvación sólo viene por la fe en la obra de Jesús en el Calvario. Uno no puede tener fe en la obra de Jesús y a la vez en sí mismo.

David Bernard comenta sobre las dificultades de un sistema legalista, diciendo:

“Además, los que siguen a un líder legalista finalmente comienzan a dudar de la validez del sistema, debido a sus reglas duras y arbitrarias. Cuando los niños crecen, empiezan a cuestionar las reglas del sistema. Cuando los nuevos conversos entran en el sistema, a menudo aceptan todo acríticamente, pero tarde o temprano, también empiezan a analizar las reglas. 
Si una iglesia está fundada sobre verdaderos principios bíblicos, resistirá el escrutinio de sus enseñanzas. El legalista, sin embargo, normalmente no da ninguna justificación sobre sus reglas hechas por el hombre, excepto apelando a la tradición y la autoridad, diciendo por ejemplo: -“¡Esto es lo que nuestra iglesia cree, y usted debe obedecer a la Iglesia!”-. “¡Esto es lo que el pastor enseña, y usted debe obedecer al pastor!”-. Este tipo de enseñanza no tendrá éxito en el desarrollo de la verdadera santidad.
Sobre todo en nuestra época de cuestionamientos eso simplemente no funciona. La gente de hoy es más sofisticada y educada que nunca antes. Hay una mayor disposición a desafiar la tradición y la autoridad. Los métodos autocráticos que a veces las personas aceptaron en el pasado, son menos eficaces en la actualidad. Además como la iglesia entrará en una era de gran renacimiento, debemos estar preparados para la llegada de miles de nuevos conversos. Si nos basamos en la tradición y el legalismo, los nuevos conversos se abrumarán o desaparecerán. Si enseñamos los principios bíblicos de la santidad, los nuevos conversos los abrazarán como su propia creencia”.

Los legalistas siempre exponen ciertas características. Entre las muchas, ellos exponen períodos de máximos y mínimos con base en su desempeño, se sienten frustrados por tratar de ser más santos, son contenciosos, condenan a otros que no hacen lo que ellos hacen, tienen falta de paciencia con otros que hasta ahora están creciendo en la santidad, y por lo general les gusta controlar a otros.

El legalismo no es la enseñanza de la separación del mundo; más bien, es creer que uno puede ser salvo sin hacerlo. La Biblia nos enseña a ser santos. Si la enseñanza de la separación del mundo es legalismo, entonces Dios sería el mejor legalista. Es Dios quien dijo que la amistad con el mundo es enemistad contra Él (Santiago 4:4). La Palabra de Dios es la que nos dice que la verdadera religión es guardarse sin mancha del mundo (Santiago 1:27). Es la Palabra de Dios la que declara que si tú amas al mundo, entonces no amas a Dios (1. Juan 2:15-16). Si tú no amas los mandamientos de Dios, entonces no amas a Dios. En la Biblia, no se encuentra el antinomianismo.

El legalista y un verdadero santo (hombre o mujer) de Dios, pueden hacer las mismas “obras”, pero ambos tienen diferentes interpretaciones y puntos de vista de cómo y dónde sus obras encajan en su salvación. El legalista cree que sus obras ganan o mantienen su salvación, mientras que el santo (varón o mujer) de Dios entiende que está viviendo como lo hace porque es salvo y sólo quiere agradar a su Amante. Como dijo Stedman: “Es por eso que en cualquier actividad cristiana, tú tienes que tener cuidado de que tu confianza interior esté en Dios y no en ti mismo. De lo contrario todo saldrá mal y esto hará toda la diferencia entre el cielo y el infierno, entre la vida y la muerte. Tú puedes hacer exactamente lo mismo que otras personas hacen, y si tú lo haces confiando el algo más que no sea el Espíritu de Dios, lo que ellos hagan bendecirá a la gente, pero lo que tú hagas los maldecirá”.

Entonces, ¿qué debes hacer si te das cuenta de que estás esclavizado en el legalismo? Es muy simple. Todo lo que debes hacer es arrepentirte de tus pecados, creer que la misericordia de Dios te ha perdonado y que su gracia te ayudará a vivir por encima de este vicio. Arrepiéntete y cree. Parece demasiado fácil para ser real, pero es el camino que Dios ha establecido. Tú no puedes hacer alguna obra para ayudar a Dios a favor de tu salvación, ¡Solamente ríndete y permítele a Dios que te justifique por la fe y la confianza en Él!

Hay diferentes aspectos o manifestaciones de legalismo. Las siguientes son las más notables:

1. Una confianza en nuestras propias acciones creyendo que con ellas merecemos la gracia de Dios, en lugar de confiar en el nombre de Jesús y su obra en el Calvario.

2. Intentar establecer una relación con Dios basada en las obras, en lugar de basarla en la fe (una extensión del punto anterior).

3. Confundir las convicciones/persuasiones personales con los mandamientos bíblicos, atribuyendo la misma autoridad para ambas categorías.

4. Imponer normas morales extra-bíblicas sobre los demás cristianos (una extensión del punto 3).

La diferencia entre las formas No. 3 y 4 de legalismo, se podría resumir como “privado vs. público”. La forma No. 3 de legalismo, es cuando uno está personalmente confundido y no es capaz de distinguir la diferencia entre los mandamientos bíblicos y las convicciones/persuasiones personales. La forma No. 4 de legalismo es una extensión de la tercera, que se manifiesta cuando el individuo que padece la forma No. 3, convierte su confusión personal en un mandamiento público, exigiendo a todos los santos que están dentro de su autoridad/influencia que cumplan con sus normas extra-bíblicas.

Ejemplos de Legalismo

Algunos de nosotros estamos familiarizados con el famoso cómic de Jeff Foxworthy. Mientras que él tiene su famosa prueba de palurda (“usted podría ser un palurdo, si…”), yo tengo mi no tan conocida prueba de legalismo (“usted podría ser un legalista, si…”). Estas son algunas ilustraciones de los cuatro tipos de legalismo mencionados anteriormente.

1. Si usted piensa que debe ser lo suficientemente bueno, o hacer un cierto número de buenas obras para ser salvo y/o mantener su estado de salvación ante Dios… podría ser un legalista. Si cuando usted peca siente que no puede presentarse delante Dios hasta que haya cumplido con algún tipo de período de prueba para recuperar su mérito… usted puede ser un legalista.

2. Si cuando usted piensa en la manera en que Dios lo ve, sólo puede pensar en sus obras buenas o malas, en vez de pensar en su aceptación delante de Dios por medio de Jesucristo… podría ser un legalista.

3. Si usted eleva las tradiciones cristianas (en particular las tradiciones morales) a un estado que las pone a la par con las enseñanzas de la Escritura… usted puede ser un legalista.

4. Si usted requiere que otros vivan de la misma manera como usted lo hace, y sin embargo usted no puede encontrar que dichos comportamientos sean prescritos o prohibidos en la Biblia… podría ser un legalista.

El Legalismo es Una Tendencia Universal de la Humanidad

El legalismo es común a todos nosotros en un grado u otro, ya que este es coherente con la naturaleza humana. Queremos hacer todo lo posible por medio de nosotros mismos, es decir, queremos ser autosuficientes. Incluso esto es evidente en los niños pequeños, que cuando la mamá o el papá tratan de hacer algo por ellos, suelen decir con gran ira y vigor: “¡Yo lo hago! ¡Yo puedo hacerlo!”. Los seres humanos queremos tener el control. Es por eso que desde el comienzo el hombre se rebeló contra Dios, no queriendo que Dios sostuviera ese lugar de autoridad sobre nosotros. Así que cuando nos fijamos en las buenas obras, tratamos con ellas como la forma en que podríamos controlar nuestra salvación. Si somos malos perdemos la salvación, si somos buenos nos la ganamos.

Es por eso que es difícil de aceptar por parte de nosotros el mensaje de salvación por la fe en Cristo aparte de las buenas obras. Queremos ser capaces de tener cierto control sobre nuestra salvación, para por así decirlo, hacer algún tipo de contribución. Sin embargo el evangelio dice: “Cristo lo hizo todo y no hay nada más que usted pueda añadir. Usted debe aceptar lo que Cristo hizo por usted, o morirá en sus pecados”. Es por eso que en Gálatas 5:3-4, Pablo señaló que si usted confía en sus propias obras (la circuncisión en el caso de los Gálatas) usted no sacará ganancia de la obra de Cristo. Él dijo que aquellos que confiaron en sus obras (la circuncisión) habían caído de la gracia. ¿Por qué?, porque estaban confiados en lo que ellos mismos podían hacer, intentando alcanzar por sus propias obras una recompensa (la salvación), en vez de confiar en lo que Dios hizo por ellos aceptando la salvación como lo que es, un don gratuito e inmerecido de parte de Dios. Las personas con una mentalidad legalista, olvidan que Dios es quien justifica al impío (Romanos 4:5), pensando más bien que ellos deben hacerse a sí mismos santos para entonces lograr que Dios los acepte.

Las obras se oponen a la fe/gracia. (Aquí estoy tomando el significado de “obras”, en el sentido de querer hacer las cosas bien con la idea de que al hacer así ganaremos el favor de Dios, pero no en el sentido de una obediencia a los mandamientos de Dios por un amor hacia Él y en la apreciación de su acto de salvación para nosotros). Las obras son la antítesis de la gracia. Estas son como el agua caliente y el agua fría. Usted puede obtenerlas a ambas del mismo grifo, pero no al mismo tiempo. Si está obteniendo agua fría no puede obtener a la vez agua caliente. Si está obteniendo agua caliente, no puede obtener a la vez agua fría. Del mismo modo, si usted basa su relación con Dios sobre las obras, no puede recibir la gracia. Pero si usted basa su relación con Dios sobre la fe, no hay lugar para las obras. Las obras requieren una recompensa, la gracia no. No podemos ser salvos por nuestras propias obras, porque esta no es la manera en la que el hombre puede apropiarse de la salvación. La salvación solamente es presentada como un don gratuito que proviene de Dios. Usted no puede dar un regalo a alguien que se lo ha ganado (Romanos 4:1-8). Así que cuando usted obra para alcanzar la salvación, Dios no le puede dar la salvación porque esta es gratuita y no es una recompensa por su buen comportamiento. Es por eso que la gracia no puede estar en presencia de las obras. Si usted confía en su propio esfuerzo para alcanzar su justificación delante Dios, usted ha caído de la gracia.

La Obediencia no es Una Obra

A partir de mi renuncia a las obras en el párrafo anterior, muchas personas entienden mal el significado bíblico de “obras”. Con demasiada frecuencia en los círculos evangélicos, esto se interpreta en el sentido de “cualquier cosa que nosotros hagamos”. Esto no es cierto. Una definición más precisa sería “cualquier cosa que nosotros hagamos para ganar nuestra salvación“. La palabra clave es “ganar”. Cuando esto se entiende mal, se puede dar lugar a enseñanzas falsas. Por ejemplo, en la Biblia aparece bastante claro que el bautismo es parte de la salvación (Hechos 2:38; Marcos 16:16; 1. Pedro 3:21), porque este implica la remisión de los pecados y la muerte al dominio del pecado sobre nuestras vidas (Romanos 6). Este logra una realidad espiritual y no es sólo una confesión pública de la fe en Cristo. Sin embargo, algunos teólogos han hecho uso de un poco de imaginación exegética para moverse en contra de la clara enseñanza de la Escritura, ya que ellos dicen que si el bautismo es algo que nosotros hacemos para alcanzar nuestra salvación, entonces el bautismo es una obra. Ya que la Escritura es clara de que no somos salvos por las obras, entonces ellos llegan a la conclusión de que el bautismo no es parte de la salvación. Eso es lo que sucede cuando una obra se define como “cualquier cosa que nosotros hagamos”. Pero el uso de esta definición extra-bíblica para las obras, no sólo haría que el bautismo aparezca como una obra, sino que haría que el arrepentimiento también aparezca como una obra, porque es algo que tenemos que hacer para ser salvos. Pero si el arrepentimiento es una obra, la salvación se hace imposible.

Puesto de forma significativa, algunos evangélicos han confundido las obras con la obediencia. Sólo tenemos que preguntarnos: “¿Quién está haciendo la obra durante el arrepentimiento y el bautismo? ¿Somos nosotros o es Dios?” Está claro que es Dios. ¿Qué es entonces lo que nosotros hacemos? Nosotros solamente tomamos la decisión de dar un giro a nuestras vidas confesando nuestros pecados en arrepentimiento, y posteriormente tomamos la decisión de entrar en el agua para ser bautizados. Simplemente estamos siendo obedientes a la Palabra de Dios. No estamos contribuyendo en nada para nuestra salvación. Nosotros no hacemos más que ponernos en el lugar donde Dios nos puede dar libremente su salvación. Es por eso que Pablo habló de “la obediencia a la fe” (Romanos 1:5). La verdadera fe conduce a la obediencia, pero aquella obediencia no es alguna obra, porque la obediencia en sí misma no nos hace ganadores de la salvación por nuestros propios méritos. Es evidente que cuando nos arrepentimos y nos bautizamos, no estamos contribuyendo en nada para nuestra salvación. No hay ninguna obra involucrada, sólo obediencia. Dios es el que realiza la obra espiritual. Si utilizamos la común definición extra-bíblica de “obras” junto con su aplicación consistente, esta nos conduciría a la conclusión de que no tenemos que arrepentirnos, ser bautizados u obedecer cualquiera de los mandamientos que se encuentra en las Escrituras. Evidentemente este no es el caso. Cuando nos arrepentimos, Dios es el que es misericordioso para con nosotros. Cuando somos bautizados, Dios es el que realiza la obra espiritual de perdonar nuestros pecados. Cuando vivimos conforme al derecho, lo hacemos solamente porque Dios nos da la gracia para hacerlo, y por el amor a Dios que nos salvó. Es sólo cuando pesamos que por ser obedientes, Dios nos recompensará dándonos la salvación con base en nuestras obras, que esta aparente obediencia se convierte en “obras” en el sentido bíblico de la Palabra.

El Conservadurismo no es Legalismo

Otra cosa que los cristianos a menudo confunden, es el conservadurismo con el legalismo. Esto es lamentable. Hay diferencia entre una persona moralmente conservadora y una persona legalista, aunque para la mayoría de los cristianos sean la misma cosa. La diferencia no está en sus acciones per se, sino en la manera como ellos piensan en sus acciones (su mentalidad). El legalista piensa que su recto comportamiento puede concederle el favor de Dios que de otro modo no hubiera conseguido, o cree que su recto comportamiento le puede conceder la salvación. Mientras tanto, un individuo moralmente conservador, entiende que ninguna cantidad de buenas obras puede ganar un favor de Dios, y que nadie puede hacer buenas obras sin la gracia de Dios, pero también entiende que tenemos que hacer buenas obras porque hemos sido salvados (Efesios 2:9-10). Para este, las buenas obras individuales son un acto de amor hacia un Dios lleno de gracia, porque hemos sido salvados por Él, y no por algunos logros personales que deberíamos cumplir para poder ser salvos.

No hay duda de que debemos ser santos, y que la santidad aplica a todas las áreas de nuestra vida. Sin embargo, muchos cristianos no aplican consistentemente los principios bíblicos de la santidad en sus vidas. Ellos no los aplican cuando se trata de los lugares que frecuentan, lo que dicen, lo que ven, lo que escuchan, lo que hacen, cómo se ven, etc. Cuando ellos se encuentran con otros cristianos que sí están preocupados por aquellas áreas y de la aplicación de los principios bíblicos sobre las mismas, fácilmente los identifican como legalistas o simplemente como conservadores, y muestran un tipo de desprecio contra ellos como si fueran demasiado radicales. No creo que haya personas que sean del todo conservadoras o también radicales. Pienso que la mayoría de nosotros estamos demasiado relajados cuando se trata de ser santos. Aquellos que a menudo catalogamos como conservadores o ultraconservadores, simplemente son consecuentes con su santidad, y no la están relegando a cierta parte de sus vidas pasando por alto la aplicación de la santidad a las demás áreas. Pero cuando usted está en el extremo izquierdo, a los que están a la derecha les parece que usted es muy radical, ¡incluso si ellos están sólo moderadamente a la derecha!

No creo que se pueda ser demasiado conservador cuando se trata de la moral bíblica y de la aplicación de los principios bíblicos a cada una de las partes de nuestra vida. Yo no me opongo a los ultra-conservadores en lo más mínimo. De lo que estoy en contra, es que los conservadores se vuelvan legalistas, condenando a los demás que no hacen lo que ellos hacen. Ahí es cuando el asunto se torna feo, y cuando el título de “legalista” es justificado.

Si lo que hacemos, lo hacemos para el Señor, es bueno. Incluso si hay algo que técnicamente no es un pecado ante los ojos de Dios, lo que importa es que si una persona se abstiene de hacerlo porque piensa que está mal, se abstenga de hacerlo como para el Señor. Eso es lo que importa y no si es bueno o malo en sí mismo (ver Romanos 14; 1. Corintios 8, 10). Ellos lo están haciendo por causa de Dios, tratando de agradar a Dios, y esa actitud es agradable ante Dios. El conservadurismo o el ultra-conservadurismo sólo se convierten en mal, cuando pensamos que nuestras obras pueden traernos la salvación, o cuando imponemos nuestras normas extra-bíblicas a los demás, o condenamos a los que no se alinean con nuestras propias normas morales personales.


Chuy Olivares – El extremo del legalismo

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