El nacimiento del Salvador

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Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.

Mateo 1:21

Toda la Palabra de Dios tiene un solo tema: La salvación de los pecadores. Pero además, tiene especial cuidado en enfatizar que nuestro Señor Jesucristo es el Único Salvador.
En la Biblia hallamos historias de esclavitud, sufrimiento y dolor que de verdad nos impactan.

Como la narración de la invasión y posterior cautiverio que vivió el pueblo judío a manos de Babilonia en el 606 a. C. El profeta Jeremías plasma con penosa claridad los horrores de aquel terrible sitio caldeo. Permítanme leer solo algunos pasajes en el libro de Lamentaciones: “Todo su pueblo buscó su pan suspirando; Dieron por la comida todas sus cosas preciosas…” (1:11). “Mis ojos desfallecieron de lágrimas, se conmovieron mis entrañas, Mi hígado se derramó por tierra a causa del quebrantamiento de la hija de mi pueblo, Cuando desfallecía el niño y el que mamaba, en las plazas de la ciudad” (2:11). “La lengua del niño de pecho se pegó a su paladar por la sed; Los pequeñuelos pidieron pan, y no hubo quien se lo repartiese” (4:4). “Oscuro más que la negrura es su aspecto; no los conocen por las calles; Su piel está pegada a sus huesos, seca como un palo. Más dichosos fueron los muertos a espada que los muertos por el hambre; Porque éstos murieron poco a poco por falta de los frutos de la tierra. Las manos de mujeres piadosas cocieron a sus hijos; Sus propios hijos les sirvieron de comida en el día del quebrantamiento de la hija de mi pueblo. Cumplió Jehová su enojo, derramó el ardor de su ira; Y encendió en Sion fuego que consumió hasta sus cimientos” (4:8- 11). Todo esto le pasó a Israel debido a su rebeldía y a su pecado.

Pues algo todavía peor, terrible y perpetuo es lo que le espera a todo pecador. La Biblia dice que le espera la condenación eterna en el infierno. Por esto Dios, en su Infinito Amor, envió a su Hijo Jesús para que ÉL nos salve de nuestros pecados.
Meditemos un poco en lo que significa esta hermosa profecía de Navidad que nos dice que Jesús salvará a su pueblo de sus pecados.

1. El perdón de Dios abarca todos nuestros pecados.

No importando su cantidad, ni su tamaño desde el punto de vista humano. Dios nos perdona en Cristo todos nuestros pecados, absolutamente todos. El apóstol Pablo escribe en una de sus epístolas: “Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados” (Colosenses 2:13).
Algunas personas, incluso cristianas, piensan que hay algunos pecados que Dios no puede perdonar, pero eso no es verdad, Dios nos perdona todos los pecados.

El único pecado que Dios no perdona y que la misma Biblia llama pecado de muerte en 1 Juan 5:16, o la blasfemia contra el Espíritu Santo en Mateo 12:31, es el voluntario rechazamiento de Cristo como Salvador por parte del hombre.

Pero si una persona viene a Cristo y honestamente le confiesa sus pecados y le pide perdón, el Señor le perdona total y definitivamente todos sus pecados, sean éstos homicidios, robos, adulterios, fornicaciones, mentiras, malos pensamientos, malos sentimientos, odios, etc.

Todos son perdonados por Dios en Cristo Jesús. Esto nos habla de la grandeza de la intención de perdonarnos de nuestro Señor. Nosotros entendemos que la gracia de Dios es inmensa, infinita, eterna. Pues según las riquezas de su gracia, es la medida del perdón de Dios para nosotros.

2. El perdón de Dios borra todos nuestros pecados.

En Cristo Jesús, todos los pecados son lavados, son limpiados, son borrados de nuestro registro personal. Así lo expresa David en su oración de confesión por su doble pecado de adulterio y homicidio: “Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; Conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones” (Salmo 51:1). Más adelante, en este mismo salmo dice: “Esconde tu rostro de mis pecados, Y borra todas mis maldades” (Salmo 51:9).

Uno de los himnos más breves es uno traducido por nuestro conocido y querido hno. Abel P. Pierson que dice: “ÉL borró de mi ser la maldad, mis pecados en la cruz ÉL llevó; ÉL borró de mi ser la maldad, con su sangre carmesí me lavó. Mis pecados borró en raudal carmesí. ÉL borró de mi ser la maldad, me lavó, me limpió y me salvó” (No. 338 ENHP). Sí. Nuestro Señor borrará por completo todos nuestros pecados y nunca más se acordará de ellos. El perdón de Dios lo impulsa a olvidar por completo nuestros pecados. ÉL lo dice así: “… Y nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones” (Hebreos 10:17).
Esta es su promesa y debemos creerla y gozosamente aceptarla.

3. El perdón de Dios sepultará todos nuestros pecados.

El profeta lo afirma: “El volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades, y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados” (Miqueas 7:19). Es decir, hará morir por completo todas nuestras maldades.

El pecado es como una enfermedad viral terrible, la cual solamente enterrándola totalmente puede dejar de ejercer su nociva influencia. La idea del profeta es que Dios destruirá nuestros pecados de tal forma que ya no nos causen daño alguno. La palabra hebrea que se traduce sepultará es cavas que literalmente quiere decir: pisotear, desdeñar, conquistar, subyugar, hollar, sepultar, sojuzgar, someter y sujetar. Si usted trae sus pecados a Cristo, ellos ya no revivirán ni tendrán más poder sobre su vida. El Señor mismo se encargará de sepultarlos por completo.

4. El perdón de Dios echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados.

Si continuamos con el pasaje de Miqueas dice al final: “… y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados” (Miqueas 7:19b). Ahora la idea es alejar de nosotros nuestros pecados lo más posible. Observemos que el profeta dice que Dios no los echará en la orilla donde puedan de nuevo levantarse, sino en lo más profundo del mar.

Si lo más lejano a nosotros, hablando terrenalmente, fuera la cumbre del monte más alto, allí llevaría el Señor nuestros pecados, pero sabemos que la montaña más elevada del mundo es el Everest con 8,850 metros de altitud. Así que Dios buscó un lugar todavía más alejado y lo encontró en lo profundo del mar. Hoy sabemos por el sonar que en la llamada “trinchera japonesa”, la fosa de Abisso Vitjaz tiene 11,022 metros de profundidad. ¡Qué profundo! Como quiera que sea, el profeta quiere aseverar esta afirmación: Dios hundirá nuestros pecados donde jamás se volverán a ver. ¿Cree usted todo esto con todo su corazón? ¡Entonces venga al Señor Jesucristo y tráigale todos sus pecados ahora mismo! David dice lo que Dios hará: “Cuanto está lejos el oriente del occidente, Hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones” (Salmo 103:12).

¿Esto quiere decir que si traigo a Cristo mis pecados y ÉL me perdona, aun así seré juzgado? Sí.

Usted será juzgado por sus pecados. La Biblia dice: “Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo” (2 Corintios 5:10).

Precisamente el juicio le revelará a usted dos cosas: (1) La magnitud de su pecado, pues ni idea tiene del impacto tan dañino que ha causado a otros, así como que hay pecados que le son ocultos, de los cuales ni cuenta se ha dado. Así se verá toda la terrible grandeza de lo que significa el pecado. (2) Pero también, el juicio le mostrará las infinitas riquezas de la gracia del Señor. Allí se revelará como el Hijo de Dios pagó por usted por cada pecado cometido. Cómo Dios cargó en ÉL el pecado de todos nosotros. La Biblia dice: “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo” (1 Juan 2:1).

El perdón de pecados es nuestra máxima experiencia cristiana, es el principio de todas las bendiciones de Dios, es el inicio de una correcta relación con Dios, es nuestra principal proclama a todos los que aún no conocen al Salvador.
Y es que no hay bendición más grande para algún hombre que saberse perdonado y más aún,
perdonado por Dios. El rey David tiene razón cuando escribe: “Bienaventurado aquel cuya
transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a
quien Jehová no culpa de iniquidad…” (Salmo 32:1-2).

En la Navidad nuestro Señor Jesucristo vino a este mundo para salvarnos de nuestros pecados.

¡Jesucristo es el Único Salvador!

¡Que el Señor encamine su corazón a la decisión más importante de su vida, traer al Señor Jesucristo todos sus pecados! ¡Así sea! ¡Amén!

Con sincero aprecio
Pastor Emilio Bandt Favela


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