El niño que vieron los magos

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Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron …

Mateo 2:11

Y POSTRÁNDOSE, LO ADORARON Por: JAMES L. MAY

Vinieron del oriente a Jerusalén unos magos que buscaban al niño Jesús. Habían viajado una gran distancia con el propósito expreso de adorar al recién nacido rey de los judíos. «Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron» (Mateo 2.11a). La palabra que se traduce por «adoraron» en este versículo, es una forma de proskuneo, la palabra griega que más a menudo se usa en el Nuevo Testamento para dar a entender la idea de «adorar». Significa «postrarse ante una persona y besar sus pies, el borde de su vestido, el suelo, etc. […] (postrarse y) adorar, tributar homenaje, postrarse, hacer reverencia, recibir respetuosamente».1 Con la postura física que se adoptaba al postrarse, uno mostraba una actitud de reverencia y de humildad. Cuando se dirige a Dios, esta actitud de postración tiene un profundo significado espiritual. Jesús y la mujer que estaba junto al pozo usaron esta palabra cuando hablaron sobre dónde y qué se debía adorar, según se narra en Juan 4.20–24.

Una palabra neotestamentaria que se usa con menos frecuencia para referirse a la adoración es latreia, que ha menudo se traduce por «servir» y se usa en relación con llevar a cabo ritos religiosos que incluyen servicio o adoración a Dios. El equivalente vereterotestamentario de esta palabra se usa más comúnmente en referencia a llevar a cabo los servicios del tabernáculo, o del templo.
Filipenses 3.3 se refiere al modo como los cristianos sirven a Dios, en contraste con el acto carnal de la circuncisión. Hebreos 10.2 usa esta palabra en el contexto de los ritos que se llevaban a cabo en el santuario vereterotestamentario. Jesús usó ambas palabras en la misma frase con que le respondió a Satanás su petición en el sentido de que se postrara La necesidad de humillarnos LA ADORACIÓN

«Y POSTRÁNDOSE, LO ADORARON»

y le adorara (Mateo 4.9–10). Satanás usó la palabra proskuneo (vers.o
9). Jesús respondió: «Al Señor tu Dios adorarás [proskuneo], y a él solo servirás [latreus]» (vers.o 10). Le estaba diciendo a Satanás que Dios era el único a quien esta clase de adoración debía darse.
Cada vez que en el contexto de la adoración se menciona la postura corporal, por lo general encontramos las palabras «doblegarse» o «postrarse». Son más de cincuenta veces que las Escrituras se refieren a alguna forma de postrarse ante Dios. A menudo se adoraba a Dios postrándose hasta hacer que el rostro tocara tierra. Esta clase de humillación incluye poner el rostro de uno tan abajo como sea posible, aun en medio de la suciedad.

LA POSTRACIÓN DEL CORAZÓN ES NECESARIA

Cuando el pueblo oyó el anuncio de Moisés y Aarón en el sentido de que Dios había visto la aflicción de los israelitas y les iba a liberar de la esclavitud que sufrían por parte de los egipcios, ellos «se inclinaron y adoraron» (Éxodo 4.31b). También, cuando Moisés les explicó el rito de la pascua «el pueblo se inclinó y adoró» (Éxodo 12.27b).
Después de que Moisés quebró las tablas de piedra sobre las cuales habían sido escritos los Diez Mandamientos, él volvió a subir al monte a encontrarse de nuevo con Dios. Cuando llegó a la cima, el Señor descendió en una nube y pasó delante de Moisés, proclamando Su presencia con las siguientes palabras: «¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad […]». En ese momento, Moisés se apresuró «[a bajar] la cabeza hacia el suelo [para adorar]» (Éxodo 34.5–8).
En 2o Crónicas 29 leemos que el rey Ezequías reparó el templo y volvió a abrir las puertas de éste para que, por primera vez en años, se llevara a cabo la adoración en él. Cuando acabaron de ofrecer el holocausto, «se inclinó el rey, y todos los que con él estaban, y adoraron. Entonces el rey Ezequías y los príncipes dijeron a los levitas que alabasen a Jehová […] y ellos alabaron con gran alegría, y se inclinaron y adoraron» (29.29–30).
En otra ocasión, que se registra en 2o Crónicas 20, el rey Josafat recibió noticias en el sentido de que los amonitas, los moabitas y otra tribu de los amonitas se habían aliado para venir contra él a la guerra (vers.os 1–2). Entonces él se volvió a Dios e hizo pregonar ayuno a todo Judá (vers.o 3). El pueblo de Judá se reunió en Jerusalén para pedir socorro a Jehová; Josafat se puso en pie en medio de ellos y empezó a orar. Cuando terminó de orar, el Espíritu de Jehová vino sobre Jahaziel, y éste dijo: «No temáis ni os amedrentéis delante de esta multitud tan grande, porque no es vuestra la guerra, sino de Dios (vers.o 15). El profeta indicó al pueblo que descendieran hasta el extremo del valle, antes del desierto de Jeruel, y que se pararan donde pudieran ver la salvación del Señor (versos 16–17). Concluyó: «no temáis ni desmayéis; salid mañana contra ellos, porque Jehová estará con vosotros» (vers.o 17b). A continuación «Josafat se inclinó rostro a tierra, y asimismo todo Judá y los moradores de Jerusalén se postraron delante de Jehová, y adoraron a Jehová» (vers.o 18). Después, se levantaron los levitas y alabaron a Dios con alta voz (verso 19).
En un momento cuando todo parecía irle bien a Israel, Esdras el profeta recibió noticias preocupantes: Aun los sacerdotes y los levitas, y los príncipes del pueblo, habían violado los mandamientos del Señor al mezclarse con los pueblos de las tierras (Esdras 9.2). ¡Esdras se espantó! Se sentó y guardó silencio hasta la hora del sacrificio de la tarde; después se postró rostro a tierra, extendió sus manos a Dios y oró. Más adelante, Esdras reunió al pueblo para leerles la Ley. Cuando abrió el libro de la Ley, todo el pueblo estuvo atento. Cuando Esdras alabó a Dios, ellos respondieron: «¡Amén! ¡Amén! alzando sus manos; y se humillaron y adoraron a Jehová inclinados a tierra» (Nehemías 8.5–6).
Aún otro ejemplo de postración se narra en el libro de Job. Cuando Job recibió la noticia de que había perdido todo en una serie de eventos catastróficos, «se levantó, y rasgó su manto, y rasuró su cabeza, y se postró en tierra y adoró» (1.20). Esto no era lo que Satanás esperaba. Es interesante observar, por lo tanto, que cuando le ofreció a Jesús la gloria del mundo, Satanás quiso que Jesús lo adorara postrándose ante él (Mateo 4.9).
No debe sorprendernos que se presente adorando de esta manera a los que están alrededor del trono de Dios. Los veinticuatro ancianos siempre adoran al que está sentado en el trono, postrándose delante de Él y arrojando sus coronas delante de Su trono (Apocalipsis 4.10). En apocalipsis 7.11b, leemos que los ángeles, junto con los veinticuatro ancianos y los cuatro seres vivientes, «se postraron sobre sus rostros delante del trono, y adoraron a Dios». Cuatro capítulos más adelante, leemos que los veinticuatro ancianos, aun teniendo sus propios tronos, «se postraron sobre sus rostros, y adoraron a Dios» (Apocalipsis 11.16b).

LA POSTRACIÓN DEL CORAZÓN ES SINÓNIMO DE ADORACIÓN

La adoración no solamente requiere postración; la adoración es postración. ¿Significa lo anterior que la adoración debe ser siempre solemne y sombría? ¡No! La adoración bíblica se describe a veces como una celebración llena de gozo. En Salmos 95.1–6, el canto, la aclamación alegre y el entrar ante la presencia de Dios dando gracias son mencionados en un mismo contexto junto con la postración.
Cuando los judíos que habían vuelto del exilio a Jerusalén escucharon la lectura de la Ley, lloraron.
Esdras, Nehemías y los levitas les dijeron: «Día santo es a Jehová nuestro Dios; no os entristezcáis, ni lloréis […] Id, comed grosuras, y bebed vino dulce, y enviad porciones a los que no tienen nada preparado […] No os entristezcáis, porque el gozo de Jehová es vuestra fortaleza» (Nehemías 8.9–10).
Era el momento de celebrar. El momento de la postración vendría más adelante, después de siete días de fiesta. Al octavo día se llevó a cabo la asamblea solemne (Nehemías 8.18), en la cual ayunaron, con cilicio y tierra sobre sí, con el fin de reconocer su pecaminosidad e indignidad (Nehemías 9.1).
En 2o Samuel 6 leemos acerca de lo ocurrido cuando el arca del pacto, puesta sobre los hombros de los sacerdotes, fue llevada a Jerusalén. David había preparado especialmente una tienda para el arca. Cuando la procesión pasó por la casa de David en el camino hacia la tienda, «David danzaba con toda su fuerza delante de Jehová; y estaba David vestido con un efod de lino» (verso 14).
Mical, la esposa de David, lo vio danzando y le menospreció en su corazón. A Mical no parece haberle inquietado la danza o la celebración en sí, sino la manera como David iba vestido. Ella consideraba que el atavío era poco decoroso para el rey. Lo acusó de descubrirse delante de las criadas, como lo haría una persona cualquiera. Un comentarista dijo: «La ofensa de David, según consideraba Mical, no consistía en la danza, sino en haberse despojado de sus ropas reales, y en haber aparecido delante de sus súbditos vestido con ropas de una clase inferior».2 Evidentemente, Mical consideraba que el efod de lino, que originalmente llevaban puesto los sacerdotes (Éxodo 39.2–7), estaba por debajo de la dignidad real de David. Ella hubiera preferido que él orgullosamente mostrara su túnica y corona reales, marchando pomposamente a la cabeza de la procesión. Ella reflejaba el orgullo y las actitudes, a menudo irreligiosas, de su padre —Saúl, el rey anterior. David, sin embargo, se postraba aun en la celebración. Era a propósito que se había vestido con el atavío de los humildes sacerdotes que portaban el arca. Por primera vez en muchos años, la presencia del Señor en la forma del arca del pacto estaba con Israel. David estaba agradecido, y a la vez se sentía indigno, delante de la presencia del sobrecogedor Dios del universo. Él demostró que la celebración sin postración es celebración sin adoración. ¡La celebración sin postración puede ser arrogante!

LA POSTRACIÓN ES UNA ACTITUD,NO UNA POSTURA

¿Significa lo que hemos venido diciendo que debemos caer de rodillas de cara al suelo cada vez que entramos en la presencia de Dios? Ken Neller planteó una interesante pregunta: «¿Qué haría usted si de pronto fuera arrebatado hasta la presencia misma de Dios?».3 Yo no sé lo que haría.
Podría ser que me desmayara, sin embargo me gustaría hacer lo mismo que hizo Juan, según se relata en Apocalipsis 1.17.
Juan estaba «en el Espíritu» en el día del Señor (Apocalipsis 1.10). Por lo general se piensa que estar «en el Espíritu» es un estado de éxtasis espiritual,4 tal como sucedió con los que hablaron u oraron por la inspiración del Espíritu Santo. (Vea Ezequiel 3.12–14; Hechos 22.17.) Juan oyó una voz detrás de él, y esta voz le dijo que escribiera en un libro lo que estaba viendo. Cuando se volvió para ver quién era el que le hablaba, se dio cuenta de que estaba en la presencia misma del Hijo del Hombre.
El apóstol cayó como muerto a Sus pies. La postración es la postura natural del que se acerca al Dios del cielo y de la tierra.
Una vez que aguardaba yo en la sala de abordaje del aeropuerto de Kiev, Ucrania, observé a varios hombres, vestidos a la usanza oriental, que se dirigieron a una esquina y se postraron sobre sus rostros en una alfombra que se había dispuesto especialmente para ello. Estuvieron allí varios minutos. Eran musulmanes, y les había llegado el momento de observar una de sus horas de oración.
Tal vez haya algo que los cristianos podríamos aprender de ellos en cuanto a la postración.
Podríamos aprender, por ejemplo, que la postración no se avergüenza en presencia de otros, y que al humilde no lo desalientan ni lo incómodo, ni lo poco práctico de la situación. Sin embargo, coincido con Jack Hayford cuando dijo:
[…] aunque es completamente posible hacerlo cuando se ora en privado, el estar postrados de cara al suelo no es ni práctico, ni exigido, ni generalmente recomendado cuando los creyentes están reunidos en asamblea. Sin embargo hay una postración que debería exigirse siempre, y ésta es la postración del orgullo y el allanamiento de la voluntad humana, que tan fácilmente cede a la tendencia a afirmar su propia dignidad a expensas de la humilde participación en una adoración que sea de todo corazón, que esté viva espiritualmente y que se exprese corporalmente.5 Independientemente de la postura corporal que se adopte —ya sea que se esté de rodillas, con las manos extendidas, sentados o de pie— la postura del corazón deberá ser siempre de postración.
Todavía recuerdo cuando los que dirigían a la asamblea en oración a menudo se arrodillaban.
Había un hermano que, sin sentir vergüenza alguna, se salía de la fila de asientos e hincaba una rodilla sobre el pasillo. Había otro que caía de rodillas a un lado del púlpito cada vez que dirigía a la congregación en oración.
Alfred P. Gibbs, comentando sobre la humildad del adorador de Deuteronomio 26.5–9, dijo: No se hizo previsión para el orgullo, ya fuera por la raza, por el lugar de procedencia, por la apariencia o por el estatus. Su confesión fue: «Un arameo a punto de perecer fue mi padre».
No se dio «aires» de importancia, no mostró asomo alguno de complejo de superioridad ni asumió actitud de mando al venir a la presencia de Dios. No debía haber glorificación de sí mismo, ni despliegue de esa parte tan detestable del ser humano, como lo es la carne, sobre la cual Cristo declaró que «para nada aprovecha» (Juan 6.63).6 Que Jesús estaba en contra del adorador arrogante es algo que se evidencia en la parábola que Él cuenta en Lucas 18.10–14. Un personaje de esta parábola, fariseo, daba gracias a Dios porque no era como el otro hombre que había venido a adorar.
El fariseo estaba más admirado de sí mismo que de la presencia de Dios. Se jactaba de su propia «justicia» delante de Dios, mientras que el otro adorador, cobrador de impuestos, ni siquiera alzaba los ojos a Dios. En vez de esto, se golpeaba el pecho y le pedía a Dios que fuera misericordioso con él. El humilde cobrador de impuestos se fue a casa agradando más a Dios que el orgulloso fariseo.
Esto fue así porque Dios siempre exalta al adorador humilde (Vea Santiago 4.10.)

CONCLUSIÓN

El adorador orgulloso de la parábola de Jesús comparó la impresión que tenía de sí mismo con la que tenía de otra persona; cuando debió haberse comparado a sí mismo con Dios. Y es que cuando nos comparamos con Dios, es inevitable que caigamos de rodillas. Una característica de la verdadera adoración es que nos libra de la pomposidad y el orgullo. En cambio, la adoración que exalta el ego, que exige que se llenen las necesidades personales o que insiste en incluir las preferencias personales no es adoración del todo.
El problema que Pablo observaba que tenían los cristianos que estaban en Corinto era el egocentrismo.
El haber preferido a diferentes líderes les causó que se dividieran (1era Corintios 1.12–13).
El insistir en sus derechos personales les llevó a aceptar la inmoralidad, a llevarse unos a otros a juicio y a darse gusto comiendo carne de animales Que habían sido sacrificados a los ídolos, sin tomar en cuenta la conciencia de los demás (1era Corintios 5; 6; 8). En la adoración, su egocentrismo les había llevado a hacer gala de los dones espirituales dados por Dios, compitiendo unos contra otros (1era Corintios 12—14). Estaban incluso profanando la Cena del Señor poniendo énfasis en sus propios apetitos; en lugar de centrarse en hacer celebración en memoria del Señor (1era Corintios 11.17–34). La reprensión inspirada que les hace Pablo no deja duda alguna acerca de lo que Dios pensaba sobre la adoración de ellos: «Pero al anunciaros esto que sigue, no os alabo; porque no os congregáis para lo mejor, sino para lo peor» (1era Corintios 11.17).
Aun los ángeles ocultan sus rostros delante de Dios (Isaías 6.2). Las huestes celestiales se postran delante de Él (Apocalipsis 4.10; 7.11). ¿Habrá otra actitud aceptable con la que los mortales nos podamos acercar a Dios? ¡Festeje, sí, pero hágalo con humildad, con un corazón postrado! Festeje la victoria que tiene en Jesús; pero reconozca que tal victoria tuvo un costo, y humíllese delante del que lo pagó. (Vea Filipenses 2.10–11.)

REFERENCIAS

1 Walter Bauer, A Greek-English Lexicon of the New Testament and Other Early Christian Literature (Un léxico griego-inglés del Nuevo Testamento y otra literatura cristiana antigua), trans. William F. Arndt y F. Wilbur Gingrich, 2nd ed., rev. and aug. F. Wilbur Gingrich y Frederick W. Danker (Chicago: University of Chicago Press, 1958), 716.

2 R. Payne Smith, The Pulpit Commentary (El comentario del púlpito), vol. 4, Ruth and 1 & 2 Samuel (Rut y 1o y 2o Samuel), eds. H. D. M. Spence and Joseph S. Exell (Grand Rapids, Mich.: Wm. B. Eerdmans Publishing Co., 1950), 147.

3 Ken Neller, “Revelation and Christian Worship” («Apocalipsis y la adoración cristiana»), Harding University Lectures, (1992): 154.

4 J. W. Roberts, The Revelation to John (The Apocalypse) (La revelación dada a Juan [El Apocalipsis]), The Living Word Commentary Series, ed. Everett Ferguson (Austin, Tex.: Sweet Publishing Co., 1974), 33.

5 Jack Hayford, Worship His Majesty (Adorad a Su Majestad) (Dallas: Word Publishing, 1987), 132

6 Alfred P. Gibbs, Worship: The Christian´s Highest Occupation (La adoración: La más sublime ocupación del cristiano), 2d ed. (Kansas City, Kans.: Walterick Publishers, n. d.), 36.


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