Jesús vino a salvar

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Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero.

1ª Timoteo 1:15

Nuestro versículo contiene un resumen del Evangelio, por tanto puedo afirmar que contiene al Evangelio completo. Cuando ustedes reciben notas resumidas de un sermón o de una conferencia, muchas veces no pueden percibir el alma y la esencia de ellos; pero aquí ustedes reciben toda la condensación posible, como si las grandes verdades del Evangelio hubieran sido comprimidas por medio de una prensa hidráulica sin perder ni una sola de sus partículas. Es una de esas “pequeñas Biblias”, a las que solía referirse Lutero; el Evangelio en un solo versículo, la esencia de toda la Biblia se encuentra aquí: “Fiel es esta palabra y digna de toda aceptación: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero.”

I. Voy a ser breve al tratar cada punto y, por lo tanto, me voy a referir de inmediato al primer tema. Aquí encontramos NUESTRO NOMBRE, DESCRITO DE UNA MANERA MUY AMPLIA: “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores.” Una de las preguntas más importantes que se puede hacer alguien es ésta: ¿Para quién está destinada la salvación? La respuesta es dada por el Espíritu Santo, en la inspirada Palabra de Dios: “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores.”

Jesucristo vino para salvar a toda clase de pecadores. En tanto tú encajes dentro de la descripción general de “pecador”, no importa qué forma haya tomado tu pecado. Todos los hombres sin excepción han pecado, pero no todos han pecado de la misma manera. Todos se han desviado del camino y, sin embargo, cada uno ha ido por una ruta diferente. Cristo Jesús vino al mundo para salvar tanto a pecadores respetables como a pecadores vergonzosos. Vino al mundo para salvar tanto a pecadores orgullosos como a pecadores desesperados. Vino al mundo para salvar a los borrachos, a los ladrones, a los mentirosos, a los que frecuentan a las rameras, a los adúlteros, a los asesinos y semejantes. Cualquiera que sea el tipo de pecado existente, esta palabra es maravillosamente amplia e incluyente: “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores.” Ellos conforman un grupo negro, un equipo horrible y el infierno es la recompensa que se merecen; pero ésta es la gente que Jesús vino a salvar.

Si hubiera personas en el mundo libres de pecado, Jesús no habría venido para salvarlas, ya que tales personas no necesitan un Salvador. Si hay alguien que se atreva a decir que nunca ha pecado, entonces esa persona no necesita escucharme, porque no tengo nada que decirle ni tampoco tiene algo que decirle este Libro de Dios, excepto que esa persona está bajo un terrible error y un gravísimo engaño. No puede haber misericordia para un hombre que no ha cometido ninguna falta.

Hace tiempo, un hombre fue condenado al destierro por una ofensa que nunca cometió, y cuando se descubrió que no era culpable, me parece que Su Majestad la Reina lo insultó, otorgándole un “generoso perdón”. El pobre desgraciado nunca cometió el crimen por el que había sufrido y ¡había estado al menos un año preso como un criminal, aunque en realidad era inocente! Pienso que la Reina debió de haber solicitado su perdón y debió de haberle compensado en gran manera. El perdón y la misericordia no son para gente inocente, sino para los culpables; y el Señor Jesucristo, por lo tanto, vino al mundo, no para salvar al inocente, al justo, al bueno, sino para salvar a los pecadores.

Consideremos a continuación que Jesús vino para salvar a los pecadores tal como son. Algunas personas tienen el hábito de agregar adjetivos a la palabra pecador, por ejemplo, en el siguiente himno:

“Ven, humilde pecador, en cuyo pecho…”

y así sucesivamente. Creo que el mismo autor de ese himno continúa después:

“Ven, trémulo pecador, en cuyo pecho
mil pensamientos se retuercen.”

Pero cuando Jesucristo invita a los pecadores, lo hace de esta manera: “¡Pecadores, vengan a Mí!, Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores.” No encontramos ningún adjetivo antes del nombre. No hay ningún calificativo especial, sino simplemente son pecadores. Cristo Jesús vino para salvar a pecadores endurecidos, pues Él es quien suaviza el corazón. Él vino para salvar a los peores pecadores, ya que Él rompe los músculos de hierro del cuello y doblega la terca voluntad. Él vino para salvar a pecadores que no tienen nada bueno dentro de ellos. “Si tienes algún mérito, si hay algo bueno en ti, es tan sólo como una gota de agua de rosas en un mar de inmundicia.” Sin embargo, definitivamente, no hay ni siquiera una sola gota de agua de rosas en nuestra naturaleza; ni tampoco la requerimos para que Cristo pueda salvarnos. Él vino para salvar a los pecadores: eso es todo lo que nos dice Pablo. No pretendo limitar lo que no tiene límites; no quisiera dar calificativos a lo que no tiene calificativos. “Pecadores”: eso es todo lo que el apóstol dice. ¡Cómo! ¿A pesar que no tengan ni una pizca de bondad, ni una sola señal de excelencia? Así es. “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores.”

Esto quiere decir también que Cristo Jesús vino para salvar a los pecadores en medio de su corrupción. Recordemos que el pecado es algo sumamente ofensivo. Cuando la conciencia realmente se despierta y descubre la corrupción del pecado, se ve tal como es, como algo verdaderamente horrible. Las escrituras nos enseñan a aborrecer aun la ropa contaminada por la carne; y existe algo conocido como la justa indignación en contra del pecado; pero el Señor Jesucristo ha venido al mundo para salvar a los contaminados, para salvar a aquellos a quienes la virtud condena, para salvar a los rechazados por la sociedad.

Qué cosa tan maravillosa es la “sociedad”, ella misma a menudo podrida hasta en sus entrañas; sin embargo, si alguna pobre mujer se desvía, esa “sociedad” grita: “¡Destiérrenla! ¡Llévense a esa miserable criatura lejos de nosotros!” Conozco a una de esas mujeres que no puede hospedarse en ningún hotel. No pueden tolerar el tener cerca de sus correctas personas a alguien que ha roto, aunque sea en algo mínimo, las leyes de la sociedad; pero Cristo no era así.

A pesar de todo Su repudio y horror al pecado -por cierto muchísimo mayor que el nuestro, puesto que Su mente es sensible debido a Su pureza suprema-, entonces, a pesar de todo eso, vino al mundo para salvar a los pecadores y con los pecadores convivió, incluyendo a publicanos y prostitutas. Comió con pecadores; vivió con pecadores; murió con pecadores; compartió Su sepulcro con malvados; entró al paraíso con un ladrón; y hoy, todos aquellos que cantan un cántico nuevo en el cielo confiesan que fueron pecadores, puesto que dicen: “Porque tú fuiste inmolado y con tu sangre has redimido para Dios gente de toda raza, lengua, pueblo y nación.” Sí, a pesar de toda la contaminación del pecado, Cristo vino para salvar a los pecadores.

También vino para salvar a los pecadores que están bajo la maldición. El pecado es una cosa maldita. Dios nunca ha bendecido el pecado y nunca lo hará. Aunque pueda parecer que el pecado florece durante un tiempo, siempre está sobre él la plaga enviada por Dios; el aliento del gran Juez de todos se encargará de secar todo lo que provenga del mal. Él no puede soportarlo; su fuego arderá hasta las regiones más bajas del infierno, en contra de toda iniquidad.

Sin embargo, aunque estemos bajo la maldición, Jesucristo vino al mundo para salvar al pecador maldito tomando la maldición sobre Sí mismo, colgando Él mismo en el madero de la maldición y soportando la maldición por nosotros para que nosotros pudiésemos ser salvos. ¿Sientes la maldición de Dios en tu espíritu este día? ¿Tienes la impresión de que se secan todos los manantiales de tu vida? A pesar de todo ello, recuerda que “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores”.

Además, Cristo vino para salvar a pecadores débiles. El pecado acarrea la muerte. Dondequiera que reina el pecado, el poder para hacer el bien se extingue. “¿Podrá el hombre cambiar el color de su piel o el leopardo sus manchas? Así tampoco vosotros podréis hacer el bien, estando habituados a hacer el mal.” Pero cuando tú estás débil, ¡ah!, cuando aún estás débil para creer en Él, débil para darte cuenta de tu pecado, débil para sentir siquiera el deseo de ser mejor, aun en esa situación, es cierto que “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores”.

Sé que esto es así, puesto que nuestros primeros buenos deseos son un don de Él; nuestras primeras oraciones nos vienen de su propio aliento; nuestro primer suspiro bajo la carga del pecado es obra Suya. Jesús lo hace todo. Vino al mundo para salvarnos. “Porque aun siendo nosotros débiles, a su tiempo Cristo murió por los impíos”, en quienes no existía absolutamente nada de bondad; “los impíos”, aquellos que estaban sin Dios y sin ninguna esperanza en el mundo. Es para salvar a tales personas que Jesucristo vino al mundo. No sé cómo abrir más ampliamente esta puerta; la sacaré de sus goznes y despegaré sus pilares y sus barras de seguridad y todo; y hasta reto a los demonios del infierno a que vengan e intenten cerrar esta ciudad de refugio para cualquier alma pecadora. Si has pecado, mira, la voz del amor eterno te habla con fuerte voz estas palabras hoy: “Fiel es esta palabra y digna de toda aceptación: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores.”

II. No puedo demorar mucho en cada palabra de nuestro texto, así que prosigo. En segundo lugar, encontramos aquí NUESTRA NECESIDAD O UNA AMPLIA PALABRA DE SALVACIÓN. Nosotros pobres pecadores necesitamos la salvación, y “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores”.

Jesús vino para salvarnos. No vino para condenarnos. Cuando Dios bajó a la tierra, pudo pensarse que debió de haber venido para condenar; pues cuando bajó para inspeccionar la torre de Babel y vio el pecado que había en el mundo, dispersó a los pecadores sobre la faz de toda la tierra. Ahora podría pensarse que, si viniera a la tierra, se conmovería y estaría horrorizado como resultado de Su investigación personal del pecado y luego diría: “Voy a destruir al mundo.” Pero Jesús dijo: “El Hijo del Hombre no ha venido para perder las almas, sino para salvarlas.” “Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.” Si perciben alguna condenación en el Evangelio, es simplemente porque ustedes mismos están introduciendo esa condenación. No es el Evangelio, sino el rechazo de ustedes al Evangelio, lo que los condenará. Por lo tanto, le pido a Dios que ustedes nunca desprecien la Palabra de Dios, ni se juzguen a ustedes mismos indignos de la vida eterna, como hicieron aquellos a quienes Pablo y Bernabé predicaron en Antioquía.

Seguidamente les diré que Cristo no vino al mundo para ayudarnos a que nos salvemos a nosotros mismos. Él vino para salvarnos; no para ayudarnos a ponernos de pie diciéndonos: “Ahora tú haz esto y esto y Yo me encargaré del resto.” No, sino que Él vino para salvarnos. De principio a fin la salvación es totalmente por gracia y totalmente el don de Dios por Jesucristo. Insisto en que no vino al mundo para hacernos salvables, sino para salvarnos; ni vino para ponernos en un camino donde de una forma u otra podamos hacer méritos para la salvación; sino que vino personalmente para ser el Salvador y para salvar a los pecadores.

¿No pueden darse cuenta, ustedes que han estado tratando de hacerse un traje de justicia, que todo lo que hacen en el día se deshace en la noche? Ustedes que han estado cosiendo una parte de un traje para cubrir su desnudez, hagan a un lado sus agujas de costura y tomen lo que Cristo ha hecho de manera completa. Vengan todos ustedes que han estado trabajando arduamente, como prisioneros en trabajos forzados, tratando de llegar al cielo de esa manera, ya que nunca lo van a lograr. Contemplen esa escalera, como la que Jacob vio en otros tiempos, que se extiende desde el cielo hasta la tierra, y de la tierra al cielo; ¡y que Dios les permita subir a Él por esa vía y no por sus propios esfuerzos! Jesús no vino para ayudarnos en nuestro proceso de autosalvación. Él no vino para salvarnos en parte, para que nosotros hagamos el resto. Toma mucho tiempo lograr que algunos se den cuenta de esto. Conozco a un buen número de cristianos que todavía tienen un pie sobre la roca y el otro en la arena.

Hay una cierta doctrina, o más bien debería decir una incierta doctrina que invariablemente hace que la gente se sienta insegura. Esta doctrina afirma que no debes decir que eres salvo; pero que si no te apartas del camino y mantienes la ruta correcta, entonces, tal vez, cuando estés a punto de morir, puedes albergar esperanzas de que tú eres salvo. Yo no daría un centavo por un evangelio como ése. Queremos que se nos dé la salvación de manera indiscutible y que se nos otorgue de una vez por todas, y esto es lo que Cristo nos da cuando vamos y confiamos en Él. “El que cree en él no es condenado.” Es salvo en ese mismo instante, por obra de Dios. “El que en vosotros comenzó la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús.” Él no vino para salvarnos parcialmente.

Y el Señor Jesucristo no ha venido para dejarnos contentos en nuestra condenación. He escuchado a ciertas personas hablar a los inconversos de esta manera: “Ahora debes de esperar. Tú debes de esperar. No puedes hacer nada; por tanto, siéntate tranquilo y espera hasta que te suceda algo.” Eso no es el evangelio. El Evangelio es: “Cree en el Señor Jesús y serás salvo.” Lee la Biblia de principio a fin y aprende lo que Dios nos ha revelado por medio de ella. Haz a un lado tu propio esquema y tus conceptos. No encontrarás que el Señor Jesucristo le dijo al hombre en Betesda: “Permanece quieto junto al estanque hasta que venga el ángel para agitar el agua.” Quien hace así es el antiguo judaísmo; pero Jesús dijo: “Levántate, toma tu cama y anda.” Cuando Jesús habla a los pecadores de esa manera, ellos ciertamente se levantan y toman su cama y andan. Alguien dice: “Pero tú, que eres un pobre ministro, no puedes decirle a la gente que tome su cama y ande, y lograr que efectivamente lo hagan.” Sí, sí podemos, cuando el Maestro habla por nuestro medio, y cuando compartimos el mensaje del Señor con fe, descansando en el poder del Espíritu Santo. Todavía podemos ser usados por el Señor para realizar milagros. Los huesos secos son hechos capaces de escuchar la voz del siervo del Señor cuando el Espíritu Santo acompaña a esa voz, y les es dada la vida por el poder divino.

“El evangelio es fuerza que revive muertos;
si obedecen su voz los pecadores, viven;
los huesos secos se levantan y revisten de una nueva vida,
y los corazones de piedra en carne se convierten.”

De nuevo, les digo, Jesús no vino para hacer que los pecadores se queden contentos en su perdición o para que se sienten y esperen como si la salvación no les incumbiera; no, sino que vino para salvar a los pecadores.

Entonces, ¿qué significa que Jesucristo vino al mundo para salvar a los pecadores? Quiere decir que vino para salvarlos del castigo que merecen sus pecados. Sus pecados no les serán tomados en cuenta y no serán condenados. Eso es una cosa. También vino para salvarlos de la contaminación de su pecado, de tal forma que, aunque su mente ha sido corrompida y su gusto ha sido viciado y su conciencia ha sido endurecida por el pecado, Él vino para quitar todos esos males y para darles un corazón tierno, para que puedan odiar el pecado y amar la santidad y desear la pureza.

Pero Jesús vino para hacer algo más grande. Vino para erradicar nuestra tendencia a pecar, tendencia que es innata y crece con nosotros. Vino para erradicarla por medio de su Espíritu, para arrancarla de raíz, para poner dentro de nosotros otro principio que va a combatir con el antiguo principio del pecado y va a dominarlo hasta que solamente Cristo reine y todo pensamiento sea llevado cautivo a la obediencia de Él. Vino para salvar a su pueblo de la apostasía. Vino al mundo para salvar a los pecadores, conservándolos fieles hasta el fin, no permitiendo que regresen a su perdición.

“Sí, yo voy a resistir hasta el fin,
tan cierto es esto como la garantía otorgada;
más felices, pero no más seguros,
están los espíritus glorificados en el cielo.”

Una parte muy importante del trabajo de la gracia es éste. Hacer que un hombre cambie es poca cosa; pero lograr que ese hombre se mantenga firme hasta el fin, esto puede ser solamente el triunfo de la gracia Todopoderosa, y para esto es precisamente para lo que vino Cristo. Jesús vino al mundo, no para salvarte a medias, no para salvarte en relación con esto o con lo otro, o con la luz de esto o de aquello, sino para salvarte del pecado, para salvarte de un temperamento irascible, para salvarte del orgullo, para salvarte del alcohol, para salvarte de la ambición, para salvarte de todo lo malo y para presentarte sin mancha ante la presencia de su gloria con sumo gozo. Ésta es una palabra grandiosa: “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores.” ¡Ojalá tú pudieras creer esto!

Pido a Dios que, de esta congregación que es sorprendentemente grande para un día como hoy, pero no tan grande en comparación con el número usual de nuestros congregantes, pueda haber muchos que digan: “Sí, yo creo que Jesús vino para salvar a los pecadores, y yo confío en que Él va a salvarme.” Ustedes serán salvos en el momento en que hagan eso, pues la fe es la señal de su salvación, la prueba de que Él los ha salvado.

III. Pero ahora, en tercer lugar, hay un nombre aquí. Nosotros hemos tenido nuestro propio nombre: pecadores. Ahora aquí tenemos SU NOMBRE O UNA GLORIOSA PALABRA DE HONOR: “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores”, Cristo Jesús; no un ángel, no el mejor de los hombres, sino Cristo Jesús.

“Cristo” significa, como ustedes ya saben, ungido; esto es, enviado por Dios, ungido por su propio Espíritu, preparado, capacitado, calificado y dotado para el trabajo de la salvación. Jesús no viene sin una unción de Dios. No es un Salvador aficionado que vino por su propia cuenta, sin una comisión ni autoridad, sino que Dios lo ha ungido para que Él pueda salvar a los pecadores. Cuando entró en la sinagoga de Nazaret, en el día de reposo, Él se apropió las palabras del profeta Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado para proclamar libertad a los cautivos y vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos y para proclamar el año agradable del Señor.”

La otra parte de su nombre es “Jesús”, esto es, Salvador. Él ha venido, por tanto, para ser el Salvador ungido, comisionado para ser un Salvador; y si Él no es un Salvador (lo digo con toda reverencia), Él no es nada. Vino al mundo para salvar; y si no salva, no ha dado en el blanco. Se despojó de sus glorias celestiales para asumir esta gloria aún mayor: ser el Salvador de los pecadores. Los ángeles cantaban refiriéndose a Él: “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz entre los hombres de buena voluntad!” Y el ángel del Señor dijo a José: “Llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.”

Queridos amigos, presten atención a esto: el Salvador de los pecadores no es la Virgen María; los santos y las santas no son salvadores; sino que “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna”. Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores: “Dios verdadero de Dios verdadero”, el Creador de todas las cosas, sosteniendo todas las cosas por la palabra de su poder. Él vino al mundo, al pesebre de Belén, y posteriormente a la cruz del Calvario, con este único propósito: salvar a los pecadores. ¿No es capaz de salvar? ¿No es precisamente el Salvador que necesitamos? ¡Dios, pero también hombre en una Persona, es capaz de entendernos porque Él es un hombre, y puede salvarnos porque Él es Dios! ¡Bendito Dios-hombre, Jesucristo, Tú puedes salvarme!

No puedo detenerme más tiempo en esta parte de mi tema, pero deseo que todos los que están buscando la salvación, quieran concentrar sus pensamientos sobre ese tema hasta que verdaderamente puedan confiar en Él como su Salvador.

IV. El cuarto tema en nuestro texto es SU ACCIÓN, O UN HECHO QUE HABLA POR SÍ MISMO. “Cristo Jesús vino al mundo.” No tenemos que mirar lo que va a hacer para salvar a los pecadores, puesto que ya lo ha hecho.

Él vino al mundo. Él existía desde mucho antes que descendiera del cielo para venir a este mundo. Él era en el principio con Dios, y vino aquí con nosotros. Tú y yo comenzamos nuestra existencia aquí; pero Él existía desde el principio, en la gloria del Padre, y en el tiempo señalado Él vino al mundo.

Él vino voluntariamente. Así lo dice nuestro texto: “Cristo Jesús vino al mundo.” Hay un tipo de acción voluntaria que se hace evidente en esas palabras. Él fue enviado, puesto que Él es el Cristo, el Mesías; pero vino por su propia voluntad.

“Desde el reluciente trono arriba
con prisa gozosa descendió veloz.”

Él vino al mundo. Lo digo de nuevo, la salvación de los pecadores no es una cosa que tendrá lugar en el futuro. Si Dios la hubiera prometido, podríamos confiar tal como lo hizo Abraham, cuando vio el día de Cristo a lo lejos, y se gozó; pero Jesús ha venido, ha estado aquí, Dios Todopoderoso ha estado aquí en forma de hombre, viviendo entre los hombres. Él vino al mundo para salvar a los pecadores.

Él vino al mundo de tal manera que conoció los dolores del mundo y los llevó consigo, el castigo del mundo, la vergüenza y el reproche del mundo, la enfermedad y la muerte del mundo. Él vino al mundo, al propio centro y corazón de este mundo impío, y allí moró: “Santo, inocente, y puro.”

Cristo Jesús vino al mundo; y cuando Él vino aquí, fue tan maravillosa su venida, que se quedó aquí. Estuvo aquí aproximadamente treinta y tres años; y todo ese tiempo estuvo continuamente buscando salvar a los pecadores. Durante los últimos tres años anduvo haciendo el bien, siempre buscando a los pecadores; y al llegar al fin de sus servicios en favor de los pecadores, extendió sus manos y sus pies y se entregó a Sí mismo a la muerte por los pecadores. Entregó su alma en suspiro por los pecadores: “Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero.”

No tengo ninguna necesidad de encontrar palabras mías para tratar de adornar este Evangelio de la gloria del bendito Dios. Es el más grandioso tema sobre el cual habló hombre alguno; no requiere de ninguna oratoria cuando se lo predica. La propia historia es maravillosa: “La vieja, vieja historia, del amor de Jesús.”

Dios no podía, en justicia, pasar por alto el pecado humano sin mediar una expiación; pero Él mismo hizo la expiación. Jesús, que es uno con el Padre, vino aquí y se ofreció a Sí mismo como sacrificio para así poder salvar a los pecadores. Ahora, si Él no salva a pecadores, su venida aquí es un fracaso. ¿Creen ustedes o pueden imaginar, que la venida de Cristo al mundo pudo ser un fracaso? Creo desde lo mas profundo de mi alma que todo lo que se había propuesto lograr en Su venida al mundo lo va lograr, que ningún hombre podrá alguna vez señalar la menor falla en el más grandioso de los proyectos divinos. No hay ninguna falla en la Creación; no habrá ninguna falla en la Providencia; y cuando toda la historia llegue a su final, no habrá ninguna falla en este grandioso trabajo de la Redención. “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores”, y los pecadores serán salvos. ¿Te contarás tú entre ellos, mi querido lector? ¿Por qué no podrías estar entre ellos?

V. Tenemos ahora, en quinto lugar, NUESTRA ACEPTACIÓN, O UNA PALABRA SOBRE LA PERSONALIDAD. El apóstol dice: “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero.” No voy a discutir con el apóstol; sin embargo, si estuviera aquí, tendría ciertas dudas acerca de su derecho al título de “el primero de los pecadores”, y le plantearía que si él fuese el primero, yo entonces sería el siguiente. Supongo que hay muchos que dirán: “Pablo no pecó más terriblemente que nosotros antes de nuestra conversión”. Recuerdo que yo estaba predicando en una ocasión y dije que cuando llegara al cielo, estos versos se podrían aplicar a mí:

“Mi voz se escuchará muy fuerte en medio de la multitud,
en tanto que las mansiones celestiales resuenan,
con exclamaciones de gracia soberana.”

Cuando terminé de predicar, una dama vino a mi encuentro en el pasillo y me dijo: “Usted cometió un error en su sermón.” “¡Cómo cree!” -le repliqué-, “me atrevería a afirmar que por lo menos cometí veinte errores.” Ella me replicó: “Pero el error que usted cometió es éste: usted dijo que cuando llegara al cielo su voz se escucharía la más alta en la multitud; pero no será así. Cuando yo llegue al cielo, la gracia de Dios habrá trabajado más en mí que en usted; usted no ha sido tan pecador como yo.”

Pues bien, me di cuenta de que todos los santos que estaban a nuestro alrededor querían participar en la lucha acerca de quién debía alabar más a Dios por las grandes cosas que Él había hecho a favor de ellos al salvar sus almas.

Ralph Erskine escribió un himno que trata de un concurso entre los pájaros del paraíso para determinar quién debía alabar más a Dios, y describe a los diferentes tipos de personas, todas compitiendo unas con otras para engrandecer el nombre del Señor que los ha redimido. Pero ése no es el tema de este sermón.

Cuando venimos y nos apropiamos de este Salvador de los pecadores, lo hacemos, primeramente, por medio de una confesión. “Señor, soy un pecador. Lo sé. Lo lamento. Te confieso que he transgredido tu santa ley.” Se une a esa confesión un sentido de humillación. ¿Acaso Jesús vino al mundo para salvarme a mí? Entonces soy peor pecador de lo que pensé; primero, puesto que necesito al Hijo de Dios para que me salve; y seguidamente, porque yo peco en contra de un amor tan sorprendente, tan impresionante, rebelándome en contra de quien vino al mundo para salvarme. Entre más valoremos a Cristo que salva a los pecadores, menos nos valoraremos a nosotros mismos. Quien tiene a tan grandioso Salvador se sentirá verdaderamente un gran pecador; y quien tiene la perspectiva mejor y más clara de Cristo es el hombre que dice: “De los cuales -es decir, de los pecadores perdonados- yo soy el primero.”

Ahora, esta apropiación de Cristo, que comenzó con una confesión y continuó hacia una profunda humillación, florece en la fe, porque fíjense bien que el apóstol dice: “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero.” Aunque dice que él es el primero de los pecadores, también nos dice: “Yo soy uno de los que Él vino a salvar.” “De los cuales yo soy el primero. ¡Oh sí, yo soy uno de esos que Él vino a salvar!” La fe capacita al alma a decir eso.

Mis queridos amigos, confío ciertamente en que, por la gracia de Dios, muchos lectores dirán precisamente eso: “Señor Jesús, confío en Ti. Yo soy uno de la multitud que Tú has venido a salvar, que somos descritos como pecadores.”

Esta apropiación de Cristo por medio de la fe nos llevará a la abierta confesión de Él. El apóstol verdaderamente confiesa que, a pesar de que era el primero de los pecadores, Cristo murió por él; y tú serás guiado a hacer esa confesión. Espero que hagas tu confesión de igual manera que nuestros amigos la van a hacer hoy (un grupo que iba a bautizarse ese día), por obediencia a la ley de Cristo en el bautismo, según Él nos invita: “El que cree y es bautizado será salvo.”

Observo una cosa en el texto que me deleita en gran manera. Pablo dice: “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero.” No, no, Pablo; eso que dices no es válido. Mi querido hermano, tú eres un sabio; ¡y sin embargo has cometido un error en la conjugación del tiempo del verbo! No es soy, sino fui. “No, no” -me replica Pablo-, “no traigas tu gramática aquí. Mi expresión ha sido clara: Yo soy el primero.” “¡Cómo! Después de ser salvado, después de ser perdonado, ¿todavía eres el primero de los pecadores?” “Sí” -responde Pablo-, “así es”; y es posible que haya hombres que estén muy cerca del primerísimo de los apóstoles, y que también sientan, al contemplar su vida en su conjunto, que tienen que tomar su lugar en medio de los pecadores, ¡sí, a la cabeza de ellos, como los más grandes pecadores!

Creo que ya les he mencionado que alguna vez intenté el plan, que algunos de nuestros hermanos intentan, de orar a Dios como santo. ¡Caramba! ¡He visto a algunos de nuestros hermanos, en el día domingo, vestidos de sus mejores galas, hablando de que ya son perfectos, luciendo exactamente como un pavo real al que vemos con su cola desplegada, paseándose majestuosamente! Pues bien, me gustó ese fino espectáculo, había algo muy bello en él; por tanto, yo lo intenté una vez. Me presenté ante Dios en oración, jactándome acerca de mis virtudes y mis logros y mi crecimiento en la gracia y mi servicio a Él. Supongo que tengo tanto derecho como cualquier otro. He servido a Dios con todas mis fuerzas, y he puesto todo a sus pies. Pero cuando intenté orar de esa manera, toqué a la puerta y nadie me abrió.

Toqué nuevamente, pero nadie respondió. Hay una pequeña ventanilla que se abre solamente para verificar quién está allí. A través de ella me preguntaron: “¿Quién toca?” Yo respondí: “¡Oh, es uno de los santos! Es alguien que ha crecido en la gracia hasta el punto de llegar a la perfecta santificación, alguien que ha predicado el Evangelio durante muchos años.” Entonces simplemente cerraron la ventanilla; no me conocían bajo esas características; así que me estuve parado allí, sin poder obtener nada. Al fin, con el corazón destrozado y lleno de dolor, toqué nuevamente a la puerta con todas mis fuerzas, y cuando preguntaron “¿quién toca?”, yo dije: “Un pobre pecador, que a menudo se ha presentado ante Cristo como pecador y lo ha tomado como su sola justicia y salvación, y ha venido nuevamente de la misma manera que ha venido antes.” “¡Ah!” -dijeron- “¿eres tú, no es así? Te conocemos desde hace muchos años; tú eres siempre bienvenido.” Descubrí que yo tenía acceso a mi Dios cuando dije: “Soy el primero de los pecadores. Soy todavía un pecador.”

Pues bien, poniéndome en esa posición, donde siempre debo estar, y donde siempre espero estar, le diría a cualquier pecador, quienquiera que sea, ven amigo, ven conmigo a la cruz. Alguien dirá: “Pero yo no puedo ir contigo; tú has sido un ministro del Evangelio durante mas de treinta años.” Mi querido amigo, soy todavía un pobre pecador; y tengo que mirar a Cristo cada día como lo hice el primer día. Ven conmigo. Ven conmigo. Hace muchos, muchos años, en una mañana invernal con abundante nieve, yo lo miré y recibí la luz. Deseo que en esta noche invernal, alguna alma Lo mire y viva.

Tendría muchas otras cosas que decir, pero el tiempo se acabó, así que los dejo con el texto: “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores.” Ésta es una palabra bendita; una palabra apostólica proverbial; pero es una palabra verdadera: “Fiel es esta palabra.” Cualquiera que la haya probado la ha experimentado verdadera. Es digna de la aceptación de todos ustedes, y es digna de toda la aceptación que cualquiera de ustedes pueda darle. Pueden venir y confiar con toda el alma en ella, en todo momento hasta la eternidad. Pueden venir con toda la carga del pecado sobre sus hombros. Pueden venir aun no sintiendo nada, en la dureza de sus corazones, y solamente tomar como su Salvador a este Jesucristo, que vino al mundo para salvar a los pecadores. Solamente confíen en Él; y cuando hayan confiado en Él, habrán hecho mucho más de lo que se han podido imaginar.

Algunos piensan que no hay nada en la fe; pero a Dios le agrada y “sin fe es imposible agradar a Dios”. Si a Dios le agrada, hay muchísimo más en ella de lo que algunos se imaginan. Esa fe contiene en sí misma una vida futura de santidad. Es la única semilla de la cual nacerán innumerables bosques. ¡Ten fe! ¡Que el Señor te ayude a creer en Jesús inmediatamente! ¡Antes de que termines esta lectura, confía en Él! Confía plenamente en Él. Él vino para salvar a los pecadores. Deja que te salve. Ése es su oficio; no es el tuyo. Entrégate en sus manos, y Él te va a salvar, para alabanza de la gloria de su gracia.

Por Charles Spurgeon

Jesús vino a salvar: 1 Tim. 1:15

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