La autoridad de la Biblia

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Mientras él aún hablaba, una nube de luz los cubrió; y he aquí una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd.

Mateo 17:5

«La fe no es un problema de racionalidad, sino de autoridad»

La Iglesia de Jesucristo ha nacido de la Palabra de Dios, la Palabra eterna que por el Evangelio le ha sido anunciada (1 P. 1:23-25). Esa Palabra llega a nosotros mediante la Sagrada Escritura, reconocida por la Iglesia cristiana como fuente de revelación divina (en las iglesias protestantes, fuente única). Tal hecho justifica que la Biblia sea tenida por digna de todo respeto, confianza y sumisión. Esta triple actitud, sin embargo, no es en nuestros días característica distintiva en algunos sectores teológicos. Si la Iglesia del primer siglo tuvo que hacer frente al error de los judaizantes, la de los siglos inmediatamente posteriores a herejías relativas a la persona de Cristo, la de la Edad Media a falsas doctrinas soteriológicas, y la de tiempos modernos a corrientes de pensamiento surgidas de la Ilustración, en los últimos tres siglos -y todavía hoy- la batalla se ha venido librando en torno a la Biblia y su autoridad.

En los albores del cristianismo, tanto entre los judíos como entre los cristianos, las Escrituras del Antiguo Testamento eran determinantes de la doctrina y de toda forma de piedad. El mismo Señor Jesucristo recurrió a ellas para rechazar las incitaciones del diablo. Usó las Escrituras tanto para refutar los errores de sus adversarios como para confirmar la fe de sus discípulos. Y siempre sus declaraciones estaban avaladas por el categórico «Escrito está». Los apóstoles siguieron su ejemplo, y en la Iglesia cristiana de los primeros siglos se mantuvo la misma reverencia hacia los textos sagrados. En días de la Reforma el principio de sola Scriptura informó todos los postulados de la teología protestante. Pero el racionalismo de la Ilustración primeramente, el deísmo en el siglo XVII y la crítica histórico-literaria después vinieron a socavar no sólo los elementos históricos de gran parte de las Escrituras, sino también las enseñanzas doctrinales y morales que contienen. La autoridad de la Biblia como testimonio de la revelación quedaba así menospreciada. Tristemente famosa se hizo la frase del crítico Lessing al definir la Escritura como un «papa de papel».

Fe y desmitologización

En su afán de mantener a toda costa una interpretación naturalista de todos los relatos bíblicos en que aparecen hechos sobrenaturales, algunos teólogos, imbuidos de prejuicios filosóficos, han recurrido a la categoría del mito, explicando los milagros existencialmente al estilo de Bultmann(1). El mensaje de la cruz, por ejemplo, no radica en el hecho de que el sacrificio de Cristo tuvo un carácter vicario y expiatorio. Esto -se dice- es mito. Su verdadero significado es que cada uno de nosotros debe hacer morir sus propias aspiraciones a fin de lograr unos objetivos nobles en sí, pero aparte de un Dios todopoderoso. Se pone en tela de juicio o se rechaza abiertamente el milagro, haciendo a Dios esclavo de las leyes naturales que él mismo estableció para el buen orden de la creación. A todo prodigio milagroso se le busca una explicación naturalista en una complicada tarea de desmitologización. A toda costa hay que desmitificar cuanto de sobrenatural hay en la Biblia. Incluso la resurrección de Cristo, fundamento insustituible de la fe cristiana, es explicitada valiéndose de medias tintas. Cristo «resucitó» en la mente de los discípulos, que, inspirados por la fe y el amor, actuaron como si realmente se hubiese levantado de los muertos; es decir, resucitó subjetivamente en la mente de ellos, pero en realidad, objetivamente, no resucitó; sí, pero no… En concreto, ¿qué quieren decir los sucesores de los antiguos miembros del sanedrín, empeñados en negar lo acontecido aquel «primer día de la semana»?

Bultmann, a quien muchos han seguido sin titubeos ni matizaciones, todavía hoy tiene adictos poco menos que incondicionales. Muchos sostienen con Moltmann que «el hombre que durante toda la semana se rige técnicamente con la validez de las leyes naturales no puede creer, el domingo, en milagros sobrenaturales. Pero ¿de verdad está unida la proclamación cristiana a la imagen de un mundo mítico? ¿Exige la fe en Cristo adicionalmente el reconocimiento de la ideología anticuada del mundo? Y puesto que esto no puede ser así, el mensaje cristiano debe librarse de esa cosmovisión mítica, para que en un mundo moderno, racional, pueda hablar a los hombres desde un lenguaje que no sea mitológico».(2) Algunos bultmannianos han llevado el pensamiento de su maestro tan lejos que han presentado su opinión como la única conclusión lógica en un sistema aceptable para el hombre de nuestro tiempo.

Fe y secularización

Otra versión del pensamiento liberal aparece a mediados del siglo pasado, cuando adquiere realce la teología de la secularización con su visión reduccionista de la realidad, lo que en la práctica equivale a la exclusión de Dios y de lo sobrenatural. Es el momento histórico en que suscita mayor interés la llamada «Teología de la muerte de Dios». Toda la preocupación religiosa de la Iglesia ha de centrarse, más que en residuos pietistas de tiempos pasados, en la dimensión horizontal de la fe. Esta prioridad otorgada al secularismo reduce el cristianismo a mero humanismo, privándolo de sus creencias básicas, distintivas en la Iglesia de todas las épocas. De hecho, lo único que queda del mensaje cristiano es lo que el hombre puede hacer en favor de sus semejantes, pero prescindiendo de Dios (ut si Deus non daretur, como si Dios no existiese). Dietrich Bonhoeffer, aun sin proponérselo, suministró oxígeno a los secularizadores con expresiones como «mundanidad cristiana» o «interpretación no-religiosa de la terminología bíblica».(3) Sintetizando se puede decir que tanto la teología existencial de Bultmann como la secularista presentan un cristianismo sin Cristo (me refiero al Jesús de los Evangelios) y una salvación sin cruz. No faltaron, sin embargo, líderes cristianos que, frente a secularistas como Gogarten, Harvey Cox, Paul van Buren o John Robinson opusieron en las décadas de los 70 y los 80 del siglo pasado una tenaz resistencia al avance de las nuevas ideas. Su benéfica influencia todavía se deja sentir hoy. Figuras como Carl F. H. Henry, William L. Craig, R. K. Harrison, Donald Guthrie o John Stott (incluido por la prestigiosa revista Time entre «las cien personas más influyentes en el siglo XX») son luces de esperanza y fuente de estímulo para que el pueblo de Dios prosiga sin desfallecimientos «la buena batalla de la fe» (1 Ti. 6:12).

Quienes asumen las formas modernas de pensamiento teológico consideran que son partícipes de un saludable proceso de actualización de las ciencias bíblicas; pero cualquier interpretación existencialista o humanista de la Escritura que se adopte es sospechosa de error, pues nace de un subjetivismo que abre el camino a todo tipo de interpretaciones, aun las más arbitrarias, casi siempre disolventes.

La fe ante la crítica histórica

Algo parecido puede decirse de la crítica histórico-literaria de las Escrituras. Su práctica puede aportar algunos datos útiles sobre los autores bíblicos y el contexto histórico de sus textos, por lo que no debe ser satanizada totalmente sin más objetivas consideraciones. Justo es reconocer que algunos de los especialistas en crítica histórica han llevado a cabo un trabajo de investigación serio y valioso; pero cuando la investigación se ha emparejado con la teología, las más de las veces ese maridaje ha tenido efectos deplorables. En vez de presentar una exposición respetuosa y edificante de la Escritura ha hecho una desmembración de la misma, reduciéndola a un montón de huesos secos. La exposición se ha trocado en disección. Sólo un milagro comparable al visto por Ezequiel puede remediar la situación infundiendo vida nueva por la acción del Espíritu de Dios (Ez. 37:1-14).

Con razón se ha dicho que la crisis más grave de la fe cristiana, y hasta hoy no superada, se debe en su mayor parte la crítica histórica. Por eso es importante estar en condiciones de criticar a los modernos críticos de la Escritura. Aunque no sea intención de éstos, su labor socava la fiabilidad histórica de relatos bíblicos fundamentales, sólidamente insertados en el mensaje global de la Escritura, con lo que se ha sembrado la duda y la confusión en la mente de muchos creyentes piadosos. El resultado final demasiado a menudo ha sido el derrumbamiento de su fe. Al principio, el deterioro afectó sólo a cuestiones periféricas de escasa importancia (autoría y fecha de composición de los libros de la Biblia, exactitud de la información geográfica, cuestiones de fechas y cifras, de culturas y costumbres, etc.). A ello se añadieron después dudas sobre la fiabilidad histórica de hechos básicos narrados en los textos canónicos. Algunas de las propias palabras del Señor Jesucristo fueron puestas en tela de juicio, pues según algunos «eruditos» es imposible saber lo que él dijo realmente (su ipsissima verba). Esto conduce a la desconfianza en cuanto a fiabilidad de las Escrituras como depósito de la revelación. Un paso más y se deslegitima a los escritores sagrados, sobre todo cuando se trata de puntos que chocan frontalmente con las opiniones de moda en nuestra época posmoderna. Puede servir de ejemplo actual lo retorcido de las interpretaciones que algunos hacen de textos bíblicos relativos a la sexualidad.

Conclusión del proceso crítico según sus defensores: debo interpretar la Biblia de acuerdo con particulares criterios que no choquen con mi razón personal (o mis prejuicios) o con el pensamiento de los teólogos de vanguardia, que a su vez atraen a su posición a los de segunda o tercera línea. La consecuencia frecuente de este proceso es que se llega a un punto en que la fe es ahogada por la duda, y la estructura espiritual levantada sobre la base bíblica se desmorona, ello a pesar de que los críticos discrepan ostensiblemente entre sí (lo que uno afirma otro lo niega). No se necesita una capacidad de percepción extraordinaria para comprobar que el rechazo de la autoridad de la Escritura afecta negativamente a la vitalidad de la Iglesia. En palabras de C. G. Berkouwer, «cuando la Biblia ha estado en crisis, la Iglesia ha estado en crisis». Y no han faltado observadores agudos que ven en la situación actual signos catastróficos.(4) Personalmente he conocido tres casos de estudiantes de teología formados en diferentes seminarios abiertos a tendencias liberales. La evolución espiritual de esos jóvenes no podía ser más deplorable. Dos de ellos habían sido miembros de mi iglesia que, concluidos sus estudios, con los fundamentos de su fe arruinados, renunciaron al ministerio cristiano; uno de ellos incluso perdió su fe.

Con Barth se puede estar o no de acuerdo, pero es significativo que él escribió su famoso comentario a la carta a los Romanos prescindiendo por completo de la crítica histórica, como si la autoridad de Pablo fuese incuestionable. «Él repudiaba la idea de que uno puede sentirse satisfecho con un análisis de palabras griegas y grupos de palabras, como si la investigación filológica y arqueológica pudiera dar la Verdad de la Palabra.»(5) Y añadía: «No hemos entendido las Escrituras si no hemos oído el mensaje de la Palabra viviente de Dios para todos los tiempos».(6) Eso, el mensaje de la Palabra, es lo decisivo, no las observaciones críticas sobre las palabras.

El hecho de no reconocer explícita o implícitamente la autoridad de la Escritura no sólo tiene efectos negativos en la estructura teológica de la fe. Los tiene también en el campo de la ética. Cuestiones como el divorcio por causas banales, el aborto como medio de control de la natalidad, los problemas de índole sexual, etc. han adquirido en nuestros días un relieve que no podemos ignorar. Soy consciente de su complejidad, así como del drama que suele torturar a quienes han de tomar decisiones ante problemas como los mencionados. Por otro lado no me parece que la inhibición -el silencio por temor a errar- sea correcta.

En la decisión de muchas personas, frente al problema moral prevalecen criterios que la sociedad considera «posturas de progreso». Tales criterios están invadiendo de modo imparable, en una metástasis profunda, el tejido social de nuestro tiempo, con las inevitables y deplorables consecuencias que ello está teniendo. Según el adagio popular, «con el pecado va la penitencia». En términos más serios la Escritura nos previene de los efectos nefastos que en el orden moral tiene vivir de espaldas a Dios. Basta leer el capítulo 1 de la carta a los Romanos para ver el grado de degradación a que los seres humanos pueden llegar cuando, tras su desvarío religioso, se entregan a formas nefandas de comportamiento.

Una opción sabia en un mercado de ideas

Ante el mare mágnum de ideas y conclusiones de teólogos, críticos y moralistas, empeñados en desvirtuar el testimonio bíblico, se impone una decisión personal. Por mi parte prefiero admitir la veracidad sustancial y la autoridad de los textos canónicos del Antiguo y del Nuevo Testamento. Tales escritos me merecen más confianza que los de sus impugnadores. Hay motivos para pensar que los moralistas del siglo XXI, al igual que los defensores de la crítica histórica, generalmente modelan su pensamiento según su propia idiosincrasia; en cuyo caso, apropiándome frase de Montgomery, «la teología degenera en autobiografía». En algún lugar he leído de alguien que se asomó al pozo de la historia y al mirar al fondo vio reflejado su propio rostro. ¡Cuánto mejor mirar al fondo de las Escrituras! En lo que a mí se refiere, prefiero lo declarado por Moisés, Marcos, o Pablo a lo sugerido por muchos profesores de teología o de ética liberales. Permítaseme una nota de carácter personal: cuando alguna vez determinadas lecturas de autores radicales han empezado a marearme, me he puesto a leer el Evangelio de Juan, lo que siempre ha sido para mí fuente de estabilidad reconstituyente, algo así como el descanso a la sombra de un oasis después de haber andado kilómetros por un árido desierto.

La lectura directa de las Escrituras, no la lectura de lo que los críticos han escrito sobre ellas, ha confirmado mi fe y consolidado mi estructura doctrinal. No quiero decir con esto que en mi estudio de la Biblia no haya tenido que afrontar problemas y dificultades. No todo en ella es meridianamente claro, fácil de interpretar o asumir, pero siempre procuro examinarlo a la luz de la cristología bíblica. Cuando Cristo instó a sus contemporáneos a escudriñar las Escrituras, de importancia vital para ellos («os parece que en ellas tenéis la vida eterna»), les dio su razón fundamental: «ellas son las que dan testimonio de mí» (Jn. 5:39). Lo que los autores bíblicos escribieron era un mensaje que tenía a Cristo como centro. Las sombras que en el Antiguo Testamento puedo hallar las más de las veces se desvanecen con la luminosidad de los Evangelios y los restantes escritos del Nuevo. Si alguna dificultad subsiste, pido a Dios la guía de su Espíritu para alcanzar un conocimiento más pleno de la Verdad. Y mientras espero respuestas, que no faltan, descanso en la esperanza de que algún día «conoceré como soy conocido» (1 Co. 13:12).

Una fe intelectualmente honesta

Subrayo a renglón seguido una doble apostilla sobre la honestidad intelectual y la fe asentada sobre el fundamento inconmovible de la revelación cristiana.

¿Creyentes bíblicos intelectuales? En opinión de algunos, negarse a aceptar los postulados de los críticos o de teólogos existencialistas es un sacrificium intellectus. ¿Es cierta esa aseveración o debemos rechazarla por gratuita? El creyente evangélico tiene suficientes razones intelectuales para mantener sus convicciones relativas a la fiabilidad y la autoridad de las Escrituras, y con Lutero puede declarar: «Soy un cautivo. No puedo escapar. El texto es demasiado fuerte para mí; las palabras no me permitirán evitar su significado».

Por otra parte, ¿hemos de condenar tajantemente todas las proposiciones críticas? En determinados casos, algunas sugerenciass del pensamiento teológico contemporáneo abren perspectivas nuevas que pueden enriquecer el contenido de la fe. Este beneficio, cuando se da, es digno de reconocimiento en su justo valor, pues no todo, absolutamente todo, en sus conclusiones finales es recusable. Pero es triste que más frecuentemente la labor de muchos entusiastas de la critica se haya realizado con un sentimiento de superioridad, tildando a los teólogos más conservadores de ingenuos, tradicionalistas retrógrados, empeñados en ignorar los avances científicos de la historiografía y de la teología. La integridad intelectual de los teólogos «conservadores» es puesta en tela de juicio y la ortodoxia evangélica tradicional es vista como la arena en que el avestruz esconde su cabeza. Eso es falso. Pero aun si en cierta medida fuera cierto, ¿acaso no son la ingenuidad y la sencillez elementos esenciales en el conocimiento de la verdad cristiana? ¿No alabó Jesús al Padre celestial porque había escondido los misterios del Reino de los sabios y entendidos y los había revelado a los niños (Mt. 11:25)? Integridad intelectual, sí; pero para todos, conservadores y liberales, con actitudes de humildad; de apertura, pero también -y sobre todo- de fidelidad a la Palabra eterna que Dios nos ha dejado en el testimonio de las Escrituras. A sus textos debemos acudir con mente abierta. De ellos debemos nutrir nuestra fe ateniéndonos a los principios de una hermenéutica sana, exenta de prejuicios (dentro de lo posible), no ávidos de novedades aireadas por los teólogos más discrepantes de la tradición cristiana; a todas luces sus ideas son incompatibles con las enseñanzas clarísimas que nos dejaron profetas y apóstoles mediante sus escritos bajo el mandato de Dios mismo y la inspiración del Espíritu Santo.

La Palabra de Dios, roca de los siglos

Las conclusiones de teólogos e historiadores pasan y quedan las más de las veces sepultadas en el olvido tras haber chocado entre sí en un debate digno de más positivos fines. El testimonio que de la revelación divina nos ofrecen las Escrituras sigue siendo siempre la lámpara en el camino del creyente y de la Iglesia. Contra la Biblia se han estrellado las olas de muchos mares, las embestidas agresivas de la «sabiduría y el progreso» humanos. Pero el mensaje contenido en los textos canónicos permanece como testimonio eterno de la Verdad de Dios.

Con todo respeto me permito afirmar que las ideas de muchos críticos, amantes de ideas avanzadas, son generalmente comparables a las arenas movedizas de las playas; según sople el viento, formarán dunas cuya forma variará casi constantemente, pero nunca llegarán a ser cimiento sobre el cual pueda levantarse una catedral. Por el contrario, quien asume el mensaje central de la Escritura y de sus círculos concéntricos asienta su fe sobre la Roca de los siglos. Sus convicciones no serán conmovidas.

Una consideración de índole pastoral

El Señor dijo: «Por sus frutos los conoceréis». Y yo me pregunto: ¿Cuáles son los frutos de la teología liberal y la crítica histórica? ¿A cuántos espíritus desorientados han dado sus portavoces luz y paz? ¿Cuántos ateos o agnósticos han llegado a la fe en Cristo como resultado de su predicación? ¿Qué consuelo han hallado en sus enseñanzas los creyentes afligidos si las preciosas promesas de Cristo han sido oscurecidas por una crítica generadora de dudas e incertidumbre? Por algo Pablo renunciaba a las sutilezas de la filosofía griega y se aferraba al mensaje de la cruz que anunciaba «no con palabras de humana sabiduría, pues está escrito: “Destruiré la sabiduría de los sabios y desecharé el entendimiento de los entendidos”» (1 Co. 1:19).

Situados en terreno pastoral, obligado es que escuchemos al «gran Pastor» de la grey cristiana: «Las ovejas lo siguen porque conocen su voz; pero al extraño no seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños» (Jn. 10:4-5; cf. 1 Jn. 4:1-6).

Con razón decía el salmista: «Bienaventurados los que guardan los testimonios de Dios y con todo el corazón le buscan» (Sal. 119:2). Yo, con él, confiando en la gracia de Dios, añado: «En tus mandamientos meditaré; consideraré tus caminos…, no me olvidaré de tus palabras» (Sal. 119:15-16).

José M. Martínez

Publicado en la revista «Alétheia», número 28, 2/2005


La autoridad de la Biblia. JOHN STOTT

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