La cruz y la Gloria de Dios 3

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Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria.

Isaías 6:3

¿Qué significa decir que Dios es Santo? 1

Esta única visión en la que Isaías se encuentra con Dios en el templo hace hincapié en tres aspectos de la santidad de Dios: su trascendencia soberana, su pureza moral, y su costosa gracia.

Por Derek Tidball

Cuando se reveló a Moisés en la zarza ardiente, Dios mismo dio a conocer que Él es santo (Éxodo 3:5). La santidad es su naturaleza esencial, la esencia de su ser.

El Antiguo Testamento usa la descripción “santo” respecto al nombre de Dios más que cualquier otra forma. Isaías, “el profeta de la santidad”,2en muchas ocasiones llama a Dios “el Santo de Israel”. A pesar de que a menudo recurrimos a imágenes, como Roca, Padre, Pastor, o Luz, para describir al indescriptible Dios, cuando decimos que Él es santo no usamos metáfora alguna. No hay nada en nuestra experiencia humana con la que lo comparamos. Lo describimos tal como es.

¿Qué significamos al decir que Dios es santo? La santidad se refiere a la naturaleza completamente propia de Dios, su trascendente separación de todo lo demás, su sublime majestad, su extraordinario poder, su absoluta pureza, su inmensurable brillo, su insondable gloria, y su salvación redentora. Es una descripción en breve de la excelencia de su perfección.

La palabra santo es como un brillante fuego artificial que se desintegra en una diversidad de colores. Es imposible verlo todo de una vez. Mayormente nos centramos en un aspecto u otro del esplendor de Dios. Sin embargo, el capítulo 6 de Isaías, como ningún otro presenta una gloriosa descripción de la plenitud de la santidad de Dios. Esta visión única del encuentro que Isaías tuvo con Dios en el templo hace hincapié en tres aspectos de la santidad de Dios: su trascendencia soberana, su pureza moral, y su costosa gracia.

La santidad de Dios como trascendencia soberana (Isaías 6:1-4)

La visita de Isaías al templo se produjo el año que murió el rey Uzías (v. 1), al final del reinado de cincuenta años de Uzías. Había pasado una etapa de estabilidad y el pueblo se enfrentaba a un período de incertidumbre. La agresión cada vez mayor de Asiria y sus incursiones en territorios vecinos (2 Reyes 15:17-38) agravaban esta incertidumbre. En el momento en que era evidente la fugacidad y la debilidad de los tronos terrenales Dios le concedió a Isaías una visión de Aquel que es el verdadero Señor de todo, cuyo reinado es permanente y poderoso.

En esta visión, la tierra y el cielo se fusionaron e Isaías pudo ver al Señor “sentado sobre un trono” (Isaías 6:1). En la visión Isaías tuvo que mirar hacia arriba, al excelso lugar del trono. El trono de Dios no estaba al nivel de los tronos terrenales, como el trono de Uzías o el elevado trono asirio de Tiglat Pileser III. Ocupaba un lugar por encima de cualquier gobierno humano. Su ubicación nos habla de su supremacía sobre la tierra y sobre todos los gobernantes humanos que se levantan y caen a su orden.

La suprema grandeza de Dios era el fundamento de la fe de Israel. La intención de los salmistas en sus repetidos llamados a que el Señor “sea exaltado” no tenía como fin dar a entender la necesidad de apuntalar la posición elevada de Dios. Ellos sabían que “reinó Dios sobre las naciones; se sentó Dios sobre su santo trono. Porque de Dios son los escudos de la tierra; Él es muy exaltado” (Salmo 47:8,9). Más bien, ésta fue una manera de reconocer la posición de supremacía que siempre tuvo.

El trono de Dios era inviolable, en cualquier circunstancia que su pueblo vivió. Aun cuando la nación aparentemente había llegado a su fin por causa del exilio, Daniel se refiere al Señor como “Dios Altísimo” que “tiene dominio en el reino de los hombres, y que lo da a quien él quiere” (Daniel 4: 2,25).

Destellos de majestad rodeaban el trono que vio Isaías. El manto real se desplegaba desde el cielo hasta templo. Su longitud captura la grandeza del soberano gobierno de Dios, pero también, al hacer una conexión con la tierra, sugiere que Dios no está lejos o indiferente de las luchas de sus súbditos. El manto “llenaba el templo”, no el palacio, la sede del poder, o bien, los tribunales, la sede de la ley, sino el templo, el centro de la expiación. Esto sugiere, además, la voluntad de Dios de superar la falta de santidad de su pueblo, proporcionándoles un medio de purificación y reconciliación.

Cualquier soberano terrenal tiene asistentes. Aquí los serafines (Isaías 6:2,6) asistían al Rey de reyes. Estas criaturas abrasadoras, que se mencionan por su nombre sólo en estos dos versículos de la Biblia, no pueden mirar directamente a Dios. Por lo tanto, “con dos alas cubrían sus rostros, [y] con dos cubrían sus pies”. Probablemente se cubrían los pies porque “desautorizaban su intención de elegir su propio camino”. 3 Utilizaban el otro par de alas para volar, ya que estaban constantemente dispuestos a cumplir las órdenes de su Señor. Mantenían descubiertas sus orejas porque su deber era escuchar el mandato de Dios y obedecer.

Los egipcios decían que tales criaturas tenían la responsabilidad de extender sus alas para proteger a sus dioses, como los agentes del Servicio Secreto de nuestro tiempo que interponen su cuerpo entre el Presidente y cualquier posible agresor. Sin embargo, los serafines que sirven al Dios viviente de Israel son los que necesitan protección. Con sus alas no cubren al santo Dios. Se cubren a sí mismos ante la impresionante santidad de su majestad.

La atención de Isaías cambia de lo que ve a lo que oye. “Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria” (v. 3). Este cántico es algo sorpresivo. Considerando que la atención se ha centrado en la soberanía de Dios, podríamos esperar que los serafines celebren su gobierno: su legitimidad, su poder, y su autoridad. En cambio los serafines celebran su santidad. No se contentan con declarar su santidad y seguir adelante; tampoco la declaran dos veces, que es la manera usual hebrea de dar énfasis. Repiten tres veces su proclamación y con creciente intensidad. Él es absolutamente, completamente, perfectamente santo. Esto es, “una formulación enfática (que) equivale a una definición de la naturaleza de YHWH”. 3 La santidad de Dios es tal que se debe describir sólo con un “enfático superlativo”. 5

La segunda línea del cántico de los serafines habla de la esfera en que opera este Dios santo. Dios quiere que la gente en todo el mundo vea su gloria –la manifestación de sus atributos divinos. Isaías tiene un encuentro con Él en el templo, pero Dios no se limita a ese santuario. Isaías representa al pueblo de Israel, pero Dios no ha limitado su soberanía a su pueblo del pacto. Así como encontramos la huella de Dios en toda su creación, así también conocemos su ley en toda la tierra y las naciones observan sus obras (Salmo 19). Dios en esta visión no es una pequeña deidad tribal, limitado en su autoridad a un pequeño grupo de Judá. Él muestra su santidad en el escenario de todo el mundo.

Habría sido sorprendente si la irrupción de este poder divino “altamente activo, enérgico, dinámico, incluso amenazador” 6 no hubiera tenido un impacto inmediato en el lugar donde ocurrió. Sí lo tuvo. Isaías registra los signos clásicos de una visita de Dios al decir: “los quiciales de las puertas se estremecieron”, como en un terremoto, y “la casa se llenó de humo” (v. 4). Esto fue una reminiscencia del encuentro de Moisés con Dios en el Sinaí (Éxodo 19:16-20). En Isaías, el santo Dios del Éxodo y el Sinaí se reveló una vez más en un momento crucial de la historia de Israel.

La santidad de Dios como pureza moral (Isaías 6:5)

Tal experiencia fuera de lo común fue, naturalmente, profundamente inquietante. No nos sorprende que la respuesta de Isaías fuera el clamor: “¡Ay de mí! que soy muerto” (v. 5). Pero no leemos de él mostrara señales de pánico, o de profunda emotividad, ni que temblara, se postrara, o entrara en trance. Por el contrario, para nuestro asombro, el texto nos lleva por segunda vez en una dirección inesperada. La causa de su temor no radica en su terror emocional en la presencia del poder que lo ha enfrentado, sino en su indignidad personal en presencia de la santidad con que lo conmovió. En su respuesta dice que su destino está sellado porque: “siendo [yo, Isaías] hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos el Rey, Jehová de los ejércitos”.

Ante la santidad, Isaías se da cuenta de que su vida está lejos de ser limpia. Su confesión se centra en sus labios por una serie de razones. Los labios de los serafines habían proclamado la santidad de Dios y, por contraste, se dio cuenta de que sus labios no habían podido dar testimonio de la perfección de Dios.

El instrumento principal que usaba Isaías como profeta eran sus labios. Era natural, por lo tanto, concentrarse en ellos. No estaba confesando que hablaba disparates o que participaba en conversaciones inmundas, sino que predicaba mensajes indignos, que tal vez venían de su propia imaginación, sus frustraciones, su mal humor, o sus deseos de comodidad y de ceder a las circunstancias.

Era natural para Israel pensar en las palabras que se emitían en el templo, donde las expresiones verbales y los cánticos son fundamentales en la liturgia. Tal vez Isaías trataba el culto con la indiferencia que nace de la excesiva familiaridad. Más importante aún, los labios dan expresión a la mente y el corazón y revelan pensamientos de quien habla, que de otro modo permanecerían ocultos y silenciosos. Al centrarse en sus labios, Isaías no se refiere exclusivamente a los pecados de palabra; más bien usa los labios como símbolo de que toda su vida y las de sus conciudadanos no estaba sincronizada con Dios. Lo que allí expresa es su absoluta incapacidad de servir a un Dios santo. Cual sea el exacto significado de esto, Isaías no era el único culpable; toda la nación era igualmente culpable.

El difícil que sobreestimemos la importancia de la respuesta de Isaías en nuestra propia comprensión de la santidad. Algunos, siguiendo a Rudolf Otto, han tratado de reducir la religión a una emoción y han hecho hincapié en que “la idea de lo sagrado” se encuentra en un sentimiento de “creaturalidad” que nos hace temblar de asombro ante el misterio “del otro ser completo en sí mismo”.7

Seríamos claramente insensatos si negáramos algún elemento de emoción cuando Dios se revela en su impresionante santidad, como lo hizo a Isaías. Pero es una explicación muy inadecuada de lo que estaba sucediendo y hace caso omiso de la propia respuesta de Isaías. La moralidad, no el misterio, por buenas razones caracteriza la respuesta de Isaías a esta irrupción de abrumante poder. La educación de Isaías en la Ley y la formación como miembro de la comunidad del pacto, el entorno en el templo donde el sumo sacerdote hacía expiación por el incumplimiento de la Ley, y el canto de los serafines que llaman la atención, no al poder de Dios, sino a su santidad, se combinan para hacer que la reacción de Isaías sea la confesión del pecado. Como John N. Oswalt dice: “Para Isaías, el anuncio de la santidad de Dios significaba que él estaba en la presencia de un ser distinto —y diferente— de él mismo. Para Isaías, como hebreo, también significaba que la terrible alteridad no era solamente en esencia, sino también en carácter. Aquí estaba Uno éticamente puro, absolutamente recto, completamente verdadero”.8 Aquel que es completamente otro, se refiere a su pueblo de manera muy terrenal y espera de ellos que “[hagan] justicia, y [amen] misericordia y [se humillen] ante [su] Dios “(Miqueas 6:8).

La respuesta instintiva de Isaías fue autocrítica, porque él mismo se midió acertadamente a la luz de su encuentro con el Santo. Cito nuevamente a Oswalt: “El contenido de esta experiencia no es solamente numinosa, emotiva, no racional. Si Dios sólo hubiera deseado reflejar su alteridad a Isaías, lo habría podido hacer sin palabras. Pero aquí hay sustancia moral, que indica que la revelación no viene solamente a través de la mera experiencia, sino también a través de una interpretación que da Dios.”9

Otras deidades se dieron a conocer como “mera fuerza”, pero el Dios de Israel es único: su santidad no sólo es poder, sino moralidad; no sólo trascendencia, sino también ética. Otros dioses tal vez dieron leyes a su pueblo, pero esas leyes no reflejaban necesariamente su carácter. El Dios de Israel requería que su pueblo viviera de tal manera que reflejaran su propio carácter. Debían ser santos —para vivir éticamente— porque Él es santo (Levítico 11:45; 19:2;
1 Pedro 1:15,16). La respuesta de Isaías, por lo tanto, fue completamente adecuada y certera.

La santidad de Dios como costosa gracia
(Isaías 6:6-13)

La visión de Isaías revela otra dimensión de la santidad de Dios: la de costosa gracia. Los cristianos son propensos a distinguir la santidad de Dios de su amor, al enfrentar entre sí la ley y la gracia, el juicio y la salvación. Isaías no se identificaría de manera alguna con ese punto de vista. Porque es el Santo de Israel, Dios muestra compasión a su pueblo que no se caracteriza por la piedad, y le ofrece la salvación y lo invita a disfrutar de la reconciliación. Isaías también dice: “El Santo de Israel” es tu ayudador (Isaías 41:13), Salvador (Isaías 43:3; 52:10), y, con más frecuencia, el Redentor (Isaías 43:14; 47:4; 48:17; 49:7; 54:5).

Isaías 6 presenta tres maneras en que Dios manifiesta su costosa gracia: la purificación del profeta, el castigo del pueblo, y la elección de un remanente.

En respuesta a la confesión de Isaías, un serafín tocó los labios de Isaías con un carbón encendido del altar, y dijo: “He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa y limpio tu pecado” (vv. 6 y 7). Sorprendentemente, este acto no desfigura los labios de Isaías, más bien los limpia.

Este acto sólo tiene sentido en el contexto de la comprensión que Israel tiene del culto y el sacrificio, en que hay una fuerte conexión entre la santidad y el fuego. Dios se revela en el fuego, muestra su juicio a través de él, y ordena su uso en los sacrificios, todo lo cual se refleja este pasaje.

No sabemos de qué altar el serafín tomó el carbón. Pudo haberlo tomado del altar del holocausto, lo que significaría el renovado compromiso que Isaías habría hecho. Más probable es que lo tomó del altar de incienso que estaba en el santuario y que cumplía una función crucial en la ceremonia anual de expiación (Levítico 16). El humo, probablemente del incienso, sugiere eso. Cual sea el altar que se usó, a través de la identificación con el sacrificio ofrecido, Dios perdona a Isaías y expía su pecado y renueva la aptitud del profeta para el servicio. Este acto satisface la santa pureza de Dios, y manifiesta su santa gracia; cumplió con la pena del pecado y purificó al pecador.

Al tocar la boca de Isaías, Dios no sólo enfrenta a Isaías en el punto preciso de su necesidad, sino que también lo toca en el lugar que simboliza su llamado como profeta. Sus labios no fueron heridos sino preparados. Isaías comprendió certeramente este acto no sólo como uno de salvación, sino también de comisión. Inmediatamente después de la purificación de Isaías, Dios habló
(v. 8), e Isaías de una vez se puso a disposición de Dios. Su vida ya no era suya.

Así como la santidad de Dios marca su separación, también separa al profeta de los asuntos rutinarios para que se disponga completamente a hacer la voluntad de Dios. Era importante que el acto de encomienda de Isaías fuera inconfundible. Isaías debía hacer frente a llamados proféticos muy difíciles y debía hablar ante audiencias que eran extremadamente sordas a Dios.

La predicación de Isaías no dio como resultado que el pueblo volviera a Dios, pero la culpa no fue suya. En su comunicación no faltó habilidad ni perentoriedad, pero el pueblo no escuchó. Esto fue parte del plan de Dios. Aunque en su santidad Él es un Dios de gracia y salvación, Él no es un Dios de gracia barata o de salvación a precio reducido. Un ofrecimiento de gracia barata es incompatible con su santidad, como también lo es no satisfacer las necesidades de un pueblo pecador. Perdón global, junto con arrepentimiento fácil resultaría inútil. No llevaría a una verdadera reconciliación entre un Dios santo y su pueblo pecador, ni a una verdadera transformación en sus vidas. La gracia no sólo es costosa para Dios —que proveyó el sacrificio de expiación— sino también para los pecadores, porque debe haber evidencia de un estilo de vida transformado.

En consecuencia, antes de que Dios pudiera llevar a cabo la salvación para Israel, era necesario que Él los castigara para que enfrentaran la gravedad de su pecado y el precio que implica la renovación de la gracia. P.T. Forsyth dice que podríamos tratar a Dios a la ligera si lo vemos sólo como un padre, porque en verdad, Él es el Padre Santo. El pueblo hablaba mucho sobre el amor de Dios, protesta Forsyth, pero las personas no habían reflexionado lo suficiente acerca de Él. El amor de Dios es inseparable de su santidad, lo máximo que expresamos acerca de Él. “Uno puede sobrepasar el amor para ir a la santidad —escribe Forsyth—, pero no se puede sobrepasar la santidad.”10 “El evangelio no es solamente el hecho de que ‘Dios es amor’ —escribe Forsyth—. El amor no es evangélico hasta que se ha ocupado de la santa ley. En medio del arco iris hay un trono.” 11 Esto hace que la Cruz sea necesaria.

El perdón no se produce sin costo porque “el alma de la paternidad divina es el perdón por medio de la santidad”. 12 “Perdonar no es solamente olvidar. No significa cancelar el pasado. No es simplemente amnistía y restauración. Hay algo roto en lo que el pecado del alma destroza al mundo. “13 No hay una solución barata para el pecado.

Isaías aprendió esta lección duramente: Él predicó a un público que no respondía. De hecho, su predicación los hizo aún más duros de lo que ya eran. No es que Isaías fuera la causa de que tuvieran corazones insensibles hacia Dios. Ya lo eran. Pero él sacó a la luz la dureza, así como la herida que vemos antes de que haya sanidad. No es de extrañar que Isaías preguntara cuánto tiempo duraría este ingrato ministerio (v. 11). La respuesta no debe haber sido de mucho consuelo (vv. 11,12), porque lo ató a la tarea hasta que se produjo el exilio, e Israel, en efecto, dejó de existir.

La estricta misericordia de Dios, al parecer, refleja su santo amor al llevar a las personas a completa humillación, sus excusas y auto-justificación, antes de que estén preparadas para recibir el remedio de su salvación, asegurada, fundamentalmente, por el costo del sacrificio de su Hijo.

El exilio no sería el fin de la historia. El objetivo de Dios fue castigar a Israel, o por lo menos un remanente purificado de ellos, para que Él los pudiera devolver a su patria. Sólo Dios determinaría cuándo estaría completo el proceso de refinamiento y el nuevo éxodo se llevaría a cabo.

El texto hebreo del versículo 13 es incierto, pero la mayoría cree que señala hacia la esperanza más allá del exilio. Para la mayoría señala la supervivencia del tronco. Así como el tronco de un árbol caído irrumpe en vida nueva, así el tronco de Israel que regresaría del exilio sería portador de una nueva esperanza y sería heraldo de un nuevo comienzo. Tal mensaje es consecuente con los otros profetas de Israel.14

La gracia de Dios nunca es superficial. Las exigencias de la santidad deben ser satisfechas, y luego la otra faceta de su santidad, la de la gracia redentora y costosa, ocuparán un primer plano.

ConclusiÓn

Entonces, ¿qué es la santidad de Dios? La santidad define el carácter mismo de Dios, que es trascendente sobre la tierra, sobrecogedor en majestad, soberano en poder, perfecto en bondad, puro en su naturaleza moral, y misericordioso que es la esencia misma de su ser.


Por Su Causa ’10: 07 — La Experiencia de la Cruz y la Gloria de Dios (Parte III)

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