La justificación

justificación

Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo;

Romanos 5:1

La justificación es la acción y efecto de justificar o justificarse.

Y ahora hacemos referencia expresa a la justificación del pecador ante el Dios de toda justicia y santidad. Ante ese Dios que, por Justo, no pasa por alto injusticia alguna y, por Santo, no va a tolerar tampoco suciedad alguna en aquellos seres humanos que deseen irse con Él a su eterna casa: su palacio del cielo. Allí sólo se va “vestido de justicia”, y plenamente emblanquecido, Mateo 22:1-14.

La Santa Escritura es categórica en extremo afirmando que “todos nosotros, y sin excepción alguna, somos pecadores”, Romanos 3:10-12, pues todos hemos quebrantado la Ley de Dios, los 10 Mandamientos. Por tanto: todos precisamos ser
declarados justos, ser justificados.

El hombre, es bien sabido, en su injusticia declara muchas veces justos a injustos. Ahora bien, y en contraste, ¿podrá el Dios Justo declarar justos a los injustos seres humanos? ¡vaya preguntita! Y conviene que tú, lector, hagas alto ahora y la contestes para ti. Haz alto, sí, y concluye si el Dios Justo declarará inocentes a los culpables, a los que roban o matan, explotan a los niños, ordenan masacres para saciar su sed de sangre, o quebrantan cualquier precepto de la Ley Divina.

Tenemos, pues, que, “no habiendo para Dios nada imposible”, Lucas 1:37, le es posible declarar inocentes a los culpables; y ello, sin necesidad de alterar la inalterable justicia de
su inflexible Ley. Ahora bien, ¿cómo es posible lo que aparentemente es imposible?
Pues bien, Jesucristo un día cargó sobre Sí el peso de nuestras iniquidades. Él se responsabilizó de nuestras injusticias, y la justicia divina descargó sobre Aquel Santo Ser el golpe justiciero. Y así, la justicia de la Ley que tantas veces hemos quebrantado, está satisfecha, porque Cristo la satisfizo. De tal modo que “Cristo es quien puede salvar para siempre a los que POR ÉL se acercan a Dios”, Hebreos 7:25. Y no en vano es “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, Juan 1:29. Así, pues, en virtud de los méritos de Cristo: Dios puede declarar inocentes a los culpables; pero es sólo merced de la obra redentora de Cristo, que el Dios Justo declara justos a los culpables, los justifica. “Mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia. Como también David habla de la bienaventuranza del hombre a quien Dios atribuye justicia sin obras, diciendo: Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, y cuyos pecados son cubiertos”. Romanos 4:5-7.

En verdad que no hay muchas formas de justificación, o salvación, como erróneamente se afirma en nuestros días. Y es sólo en Cristo donde se halla provisión divina para el pobre
pecador, sin que nada valgan las provisiones imaginadas por la mano humana, pues no podrán justificar o salvar a pecador alguno ante el Trono del Juez Supremo. Y es sólo acatando las condiciones que Dios en su soberanía ha establecido, que podemos ser salvos del juicio que merecemos. Esos “requisitos”, impuestos y demandados por Él, se hallan definidos en clara constancia en Su Palabra; y es mi ánimo esclarecer este punto a fin de facilitar la labor al lector que desee dicho conocimiento.

Rechazar las condiciones divinas para justificación humana, trae privación de bendiciones. Y aquellos cuantos aceptan otras, (pues sabido es que el que no quiera creer la verdad va a creer a alguna forma de mentira, 2 Tesalonicenses 2:11), aquellos que constituyen otros principios opuestos a la Escritura, “a Dios ponen por mentiroso”, 1 Juan 5:10, añadiendo con ello más leña al incendio en que persisten. Y es que el hombre, experto fabricante de falsarios dioses según su imaginación, no puede suplantar el plan justificador de Dios, ni su divina autoridad.

Muchas son las maquinaciones que enjaeza el culpable y sus abogados para zafarse de la justicia. Y cómo contrasta ello con el desinterés general que se observa en lo referente a
la justificación divina para librarse de sucumbir al juicio y la condenación eterna. ¿Extraña conducta humana? Ver 2 Timoteo 2:26.Recuerda, oh lector, que “Dios justifica a aquel que es de la fe de Jesús, Romanos 3:26, y que el creyente VERDADERO, ya está justificado delante de Dios”, Romanos 5:9; 1 Corintios 6:11. No pierdas tu oportunidad, ni la sigas descuidando si aún no estás justificado.

JUSTIFICACIÓN POR LA FE

Lutero, el controvertido católico-romano del siglo XVI, que se apartó de su iglesia, ha sido acusado muy injustamente de haber “inventado” y difundido la doctrina de la justificación por la fe. Ahora bien, y en honor a la verdad, ni Lutero ni el mundo luterano, ni el cristiano evangélico (que existía antes que Lutero) somos herejes por cuanto nuestra fe descansa en la justificación divina mediante la fe en Cristo, pues esta doctrina es puramente bíblica, y perfectamente demostrable, y no mera invención del “rebelde fraile agustino”.

La aplicación de la justificación por la fe al pobre pecador, es posible gracias a Aquel Salvador que se puso en lugar del culpable. Cristo fue tratado como injusto para que los injustos pudiésemos ser considerados justos. Maravilla de la gracia divina, que en Cristo indulta a cuantos se refugian por la fe bajo la protección del Salvador.

El más descomunal y gigantesco error de la Iglesia Católica, posiblemente, es el haber asentado en su seno la doctrina de la justificación por la fe más buenas obras que se añaden a la fe, Trento, Sesión Sexta, Canon 32. Doc. Vat. 2º Pág. 62. Dicha iglesia mantiene en plena vigencia tal doctrina, y la concluyó, fundamentalmente, de una mala interpretación de la Epístola de Santiago, cap. II.

Pues bien, se discierne claramente que la justificación por la fe es una doctrina puramente bíblica, Romanos 5:1; Efesios 2:8; Tito 3:5, y no es invención humana.Esta doctrina, ya en el Antiguo Testamento se afirma, y es ponderado que: “el justo vivirá por la fe”, Habacuc 2:4. Y en el Nuevo Testamento, el más claro representante o exponente de ella, es el Apóstol Pablo. Él la explaya muy amplia y niveamente en sus Cartas, e incluso en ocasiones se expresa igualmente que Habacuc, Romanos 1:17; Gálatas 3:11; Hebreos 10:38.

Sentencias del Apóstol Pablo, no admiten la menor duda. Notemos algunas: “Mas al que no obra, sino cree en Aquel que JUSTIFICA AL IMPÍO, su fe le es contada por justicia”
Romanos 4:5. “Por tanto, es por fe…” Romanos 4:16. “Pues todos sois hijos de Dios por LA FE EN CRISTO JESÚS” Gálatas 3:26. “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” Romanos 5:1. “Y que por la Ley ninguno se justifica para con Dios, es evidente, porque el justo por la fe vivirá” Gálatas 3:11.

“Concluimos, pues, que el hombre se justifica POR LA FE SIN OBRAS DE LA LEY” Romanos 3:28.

Estas afirmaciones, y otras muchas afines, son irrefutables. Luego, entonces: ¿habrá contraposición a ellas en Santiago capítulo 2, o en otros puntos escriturarios? Si alguna
hubiere, la Escritura mentiría, y en tal supuesto NO PODRÍA SER LA PALABRA INSPIRADA DE DIOS, SINO UN LIBRO CON FALACIA, y quién podría saber con cuánta, y cuál o cuales calificativos merecería por falsario.

No obstante esta salvedad, mantenemos en alza nuestro pensar, pues “TODA LA ESCRITURA (no una parte de la misma) ES INSPIRADA POR DIOS” 2 Timoteo 3:16, y no hay error en ella.

CAUSA DE LA JUSTIFICACIÓN

El pecado es la fuente del mal, y el propio mal, del cual debemos ser librados.

La definición de la palabra pecado podemos transcribirla de las Escrituras, pues leemos que “el pecado es la INFRACCIÓN DE LA LEY” 1 Juan 3:4. O, dicho de otro modo, pecado es la desobediencia, quebrantamiento o incumplimiento de la Ley de Dios, o los 10 Mandamientos.

Actualmente se alzan infinitud de almas rechazando ampliamente el concepto “pecado”, pero Dios muestra y demuestra que el pecado existe. De hecho, “Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras”, 1 Corintios 15:3, y Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, 1 Timoteo 1:15; Lucas 19:10.

Así, pues, “el pecado, la desobediencia a Dios, forma una barrera de separación o muerte entre Dios y el pecador, Isaías 59:2, y pone a éste en enemistad contra el Ser Supremo”, Romanos 5:10, Colosenses 1:21, y también bajo su recto y justo juicio; por lo cual estrecha cuenta demandará el Creador a sus humanas criaturas que, habiendo transgredido sus santos mandatos, no quisieron convertirse a Él, Números 32:23; Salmo 50:21. Su inalterable justicia así lo determina y así lo demanda de manera indubitable e inexorable, y anula al ser humano toda oportunidad de poder alardear por propia cuenta “yo he limpiado mi corazón, limpio estoy de mi pecado”, Proverbios 29:9. Y esto es así porque “aunque el ser humano se lave con lejía y amontone jabón sobre sí, la mancha de su pecado permanecerá aún delante de Dios”, Jeremías 2:22.

Grave asunto el del pecado, ciertamente, pero existe todo un inmenso mar de gracia en Cristo, y sólo en Cristo, fuente de toda bendición y canal de toda gracia que del cielo
desciende a los habitantes de la tierra. De tal manera que Él extiende carta de indulto a todos cuantos fían en Él, Romanos 3:21-22. Dios dice que “donde ABUNDÓ el pecado,
SOBREABUNDÓ LA GRACIA”, Romanos 5:20, de modo que hay amplio recurso para cubrir todo pecado y que nadie desespere por su caso, 1 Timoteo 1:16.

Sí, es maravilla de la bondad divina el que Cristo se encarase con el obstáculo que impedía a los moradores del mundo poder acercarse a Dios y recibir sus magnánimas, magníficas e
innumerables bendiciones, Juan 19:30; Colosenses 2:14. Así, pues, el cáncer del pecado tiene cura en Cristo, el Médico Divino, el Salvador de los pecadores que a Él acuden, el que con su poder venció aun a su propia tumba, y hoy “vive para SIEMPRE y puede salvar para SIEMPRE a los que POR ÉL se acercan a Dios” Hebreos 7:25.

Sea notorio también que, debido a la santidad inmanente e inherente en Dios, no habrá ni persona ni cosa alguna que, hallándose en situación impura, pueda hacer entrada en su palacio del cielo, Apocalipsis 21:27, siendo tan sólo “la sangre de Cristo lo único y exclusivo que puede limpiar al hombre de todos sus pecados” 1 Juan 1:7. Y reside en la propia responsabilidad de cada individuo el tomar una libre decisión sobre su personal salvación.

De tal modo que, si se rechazare la sangre del Pacto Eterno, tan sólo puede hallarse la eterna separación del Divino Señor. Esto es muerte eterna: eterna separación del Dios eterno.

Y aunque muchas personas no se sienten pecadoras, pues no han atracado entidades bancarias, ni han puesto bombas practicando el terrorismo, la verdad es que Dios manifiesta que “todos somos pecadores”, Romanos 3:10-12, y Él jamás miente.

Muchedumbres no se sienten pecadoras y, por tanto, necesitadas del perdón divino. Ellos descargan sin contemplación alguna “SU SANTA JUSTICIA” contra los atracadores,
traficantes de drogas, terroristas, violadores y cualquier otros que “vengan a turbar los derechos humanos, la convivencia y paz social”, ven la paja en el ojo ajeno, e incluso la viga en el ojo ajeno, pero no ven “cómo Dios los ve a ellos en sus inmoralidades, idolatrías y otras “virtudillas de esas”, y por ello no van a Cristo a que les saque la viga de su ojo.

Estímese que “justo no hay ninguno” Romanos 3:10-12, y por ello TODOS necesitamos la salvación de Dios en Cristo. Y si no hemos cometido graves faltas a los ojos de la sociedad, no olvidemos que “con un sólo pecadito que tengamos en nuestro haber, la Ley de Dios nos culpa” Santiago 2:10. Y aquel a quien la Ley acuse, aquel sobre el cual el dedo indicador de la Ley apunte, Dios le juzgará y condenará, si antes no se ampara en Cristo.
Sí, el pecado humano es la causa que ha provocado la enemistad con Dios; pero Dios, en Cristo, puede justificar al pecador. Vé pues a Él, no te detengas, y después podrás decir
“justificado por la fe, tengo paz para con Dios mediante mi Salvador Cristo Jesús”, Romanos 5:1.

Forma parte del libro “LA SALVACIÓN DE LOS PECADORES”
Por: Antonio Rodríguez Galende

Mensaje de Jose de Segovia – Romanos 5:1-2

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