Los pastores también lloran

isaias385

Ve y di a Ezequías: Jehová Dios de David tu padre dice así: He oído tu oración, y visto tus lágrimas; he aquí que yo añado a tus días quince años.

Isaías 38:5

¿Por qué lloran los pastores y profetas de Israel en la Biblia? Es una pregunta que quise responderme a mí mismo. Todas las vías me llevaban siempre a otra pregunta, quizás, más relevante: ¿Por qué lloró Jesús?

Los pastores lloran por muchas razones. Lloran por las personas que aún no han encontrado descanso y esperanza para sus vidas, por esas personas que se sienten desesperadas, abandonadas y sin pastor. Esas lágrimas también las lloró Jesús (Mt. 9:36).

Otra faceta muy importante que provoca las lágrimas en un pastor: “estar viviendo en un estado de agotamiento continuo”. Haciendo un pequeño paréntesis en este punto que otro día veremos en detalle. (Hay cuatro cosas que todo pastor necesita cuando se encuentra en un estado de agotamiento. En primer lugar, tenemos que reconocer que necesita a alguien en quien confiar. En segundo lugar, necesita confesar y/o hacer frente al problema. En tercer lugar, necesita saber que otros se preocupan por él. En cuarto lugar, el pastor agotado necesita saber que él “está bien”).

Las lágrimas de un pastor por el sufrimiento de la gente son lágrimas conocidas y deseables. Y todos nos sentimos compelidos a mostrar ese tipo de lágrimas, tal como lo hizo Job (Job 30:25). Pero los pastores lloran mucho, a escondidas y en silencio. Lo confieso abiertamente. Y no es solo uno o dos, son todos los pastores los que derraman lágrimas silenciosas mientras continúan animando a otros incansablemente. Lloran como Jesús, por la ingratitud de la gente que hace daño al ministerio (Mateo 12:1-12), lloran por esa gente que está dentro de su iglesia y que la hiere constantemente (Josué 7). Los pastores lloran de alegría cuando ven el resultado de la obra de Dios en la vida de las personas a través de su Palabra (Nehemías 8:1-10). Los pastores lloran por las críticas despiadadas, las divisiones de la iglesia, las luchas de poder, la falta de compromiso, la deslealtad, la falta de recursos y la soledad.

Podemos ver por la mirilla de la puerta a uno de estos pastores dentro de su sitio secreto en una larga conversación con Su Señor, quizá como nunca antes la había tenido. Discutiendo largamente en un dialogo que aún no acaba cuando llega el nuevo día. (Hace algún tiempo esta idea la comparti con los pastores, diciéndoles “cuando oréis juntos, invitad a los muchachos con vosotros, que vean y escuchen la conversación que fluye entre el pastor y el Pastor de pastores”).

Esta podría ser un ejemplo de esa conversación larga entre el pastor y Su Pastor.

– Eso no fue lo que te pedí -me dijo- Te pedí que mostraras tus lágrimas.

Y la verdad es que no estaba mostrando lo que realmente había en mi corazón. Estaba devastado, llorando como un loco y sin esperanza. No estaba siendo sincero con la gente. Me sentía enojado, sin saber a quién endosarle mi furia y sin sentir el derecho a mostrarme débil.

-Enséñale a tu iglesia que los pastores se sienten solos, muy solos. Enséñales que los pastores se sienten abandonados y se deprimen. Enséñale a tu iglesia que los pastores siguen a Jesús, pero no son Cristo.

– Pero Señor -le reclamé- van a creer que soy un mal pastor, que no tengo fe. Ya me ha costado mucho que algunos crean en mí, si me muestro débil, lo perderé todo.

– Deja que en tu debilidad yo pueda crecer y me gloríe (2 Cor. 12:9). Muestra tu corazón tal como es , enséñales que los pastores también se asustan, tienen miedo, se esconden y quieren salir huyendo. Quiero que tu iglesia sea diferente, que todos se vean como humanos. Enséñales que los pastores también vuelven a ver a su alrededor y se preguntan lo mismo que ellos: ¿Quién podrá ayudarme?

Desde entonces ese pastor ha tenido que acostumbrarme a llorar en público. No guarda sus lágrimas, su dolor, su quebranto, su cansancio ni su desesperación. Se ha ido acostumbrando a llorar mientras predica, cuando toma un café, cuando camina por el pasillo de un hospital o cuando conduce. Seguramente más de una persona le habrá visto llorar en un semáforo. Seguramente la gente le habrá visto llorar muchas veces, sin preguntar nada. Y ha aprendido a matar su orgullo mientras recita el estribillo “Hay un tiempo para llorar, un tiempo para reír; un tiempo para estar de luto y un tiempo para saltar de gusto. ” (Eclesiastés 3:4).

-¿Y tu matrimonio? – otra área que Dios siempre toca – No intentes mostrar un matrimonio perfecto. No lo tienes. No mientas. Muestra lo que tienes, nada más que eso. Yo me encargaré de mostrar el resto.

Al igual que el pastor, tú y yo también lloramos. Hay momentos y situaciones que nos han llevado a derramar lágrimas como ríos enteros, pero al final siempre llega la paz. Recuerdo uno de aquellos días: “Hoy ha sido un buen día para mi esposa. Vuelve a respirar sin máquinas, vuelve a tomar agua y ya no está hinchada. Los doctores no se explican por qué aún sigue viva. Yo si sé por qué.”

Una y otra vez, él se ha encargado de mostrar el resto. Su amor, su fidelidad, su gracia, su poder. Me ha hecho entender que llorar abiertamente realmente nos hace bien (Eclesiastés 7:3) y que las lágrimas sinceras son semillas que germinan en primaveras de alegría (Salmo 126:6). He aprendido que somos dichosos los que lloramos (también en público) porque recibimos consuelo (Mateo 5:4).

Cuando llora el pastor, cuando lloras tu, cuando lloramos todos, suceden muchas cosas buenas. En nuestras vidas, en nuestras familias y en nuestras iglesias.

Que a Él sea toda la Gloria, la Honra y el Poder, por Su Misericordia con nosotros.

Quiero terminar esta sincera nota, con un pasaje que me llena de esperanza. Si has trabajado en el ministerio y lloras en lo oculto, si has servido en la iglesia y estás solo y herido, en Isaías 38:5 podemos encontrar una verdad que nos puede sanar: Dios ha escuchado tu oración y ha visto tus lágrimas. ¡Animo!

Ve y di a Ezequías: Jehová Dios de David tu padre dice así: He oído tu oración, y visto tus lágrimas; he aquí que yo añado a tus días quince años. Isaías 38:5
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