Matrimonios imperfectos

santiago32

Porque todos ofendemos muchas veces. Si alguno no ofende en palabra, éste es varón perfecto, capaz también de refrenar todo el cuerpo.

Santiago 3:2

Matrimonios imperfectos
Aunque jamás llegue a conocerte personalmente, sé algo muy cierto de ti y tu cónyuge: se casaron con una persona imperfecta.
Pero también conozco otra verdad sobre ti: la Biblia te llama a respetar y apreciar a tu pareja a pesar de todas sus imperfecciones. Esto es muy cierto seas tú el esposo (1 Pedro 3:7) o la esposa (Efesios 5:33).
¿Pero, prácticamente hablando, cómo se logra? ¿Cómo, de manera honesta y sincera, podemos respetar y apreciar a alguien tan imperfecto?

1) Acepta la realidad de las relaciones humanas
Santiago 3:2 expone la condición humana de forma clara y concisa: “Todos fallamos mucho.” Piensa en el impacto de las palabras “todos” y “mucho”. Santiago nos está diciendo que si te fueras a divorciar de tu esposa y comenzarás por entrevistar a doscientas candidatas como “reemplazo”, y las sometes a un sinfín de test psicológicos, luego le pides a tus amigos más cercanos que también las entrevisten, y pasas los próximos tres años teniendo citas con las más compatibles, y por último, dedicas cuarenta días de ayuno y oración para así saber a cuál escoger, igual terminarías con una esposa que te decepcionaría, te lastimaría, te frustraría y te fallaría un sinnúmero de veces.
La palabra “todos” significa que no hay excepciones. Un nuevo cónyuge tendrá sus propias faltas, pero igual son faltas. Esta es la realidad de las relaciones humanas a la luz del pecado. Tu cónyuge es un ser humano; por lo tanto, falla, y no sólo una o dos veces, sino muchas.
Una vez que acepto que mi cónyuge constantemente fallará, cambia dramáticamente mi punto de evaluación. Algunas personas comparan a sus parejas con un ideal perfecto. Bueno, la realidad es que sólo hay una persona perfecta que haya caminado sobre esta tierra, y él nunca se casó. Cuando acepto la verdad bíblica de que cada cónyuge falla de muchas formas—incluso mi esposa—me doy cuenta de que su comportamiento es normal. Esto significa que, en vez de enfocarme en la decepción que ocasionalmente siento, puedo agradecer las acciones positivas de amor: cada cónyuge falla, pero no todos actúan bondadosamente. Todas las esposas fallan, ¡pero no todas me soportarían por 22 años! Al aceptar lo negativo como algo inevitable, puedo apreciar y mostrar las evidencias de la gracia de Dios.

2) Acepta la realidad del matrimonio humano
Una vez una mujer me dijo: “Tengo un matrimonio muy difícil…”
“No necesitas decirme que tienes un matrimonio difícil”, le dije. “¡Eso es redundancia!”
Le tomó un momento procesar lo que yo estaba diciendo, pero finalmente lo comprendió y sonrió.
Debido a la realidad del pecado, cada matrimonio tiene momentos difíciles. ¡No nos casamos con dioses ni diosas! Nos casamos con personas que la Biblia asegura fallarán de muchas maneras. ¿Cómo podría esto ser fácil?
Una vez que acepto que el matrimonio es intrínsecamente difícil, no me resentiré cuando mi matrimonio se ponga difícil.
A menudo las decepciones y la falta de respeto nacen de expectativas irreales. No es justo comparar tu matrimonio con algo que viste en una película o leíste en una novela: esos matrimonios no son reales. Y aunque veas un matrimonio en la iglesia, tú desconoces lo que realmente sucede en sus momentos privados.
Aunque las cosas se lleguen a complicar mucho, tu cónyuge está allí contigo. Os confesáis vuestras faltas el uno al otro, os perdonáis mutuamente, y algunas veces tenéis que aprender a olvidar las acciones del otro. Qué maravilla es que otro ser humano quiera hacer esto contigo en vez de huir.

3) Acepta la realidad de tu propio pecado
¿Qué hace una esposa cuando su esposo no la ama como Cristo ama a la iglesia?”
Hay que conocer el resto de su historia: “Antes de casarnos leí muchas novelas románticas, y pensé que el matrimonio sería algo parecido. Por un tiempo así lo fue, pero luego las cosas se enfriaron. Un par de años después, volví a encontrar ese amor excitante al tener una aventura, que también se enfrió.”
A tal punto, ella se sumergió en la iglesia pero después de un tiempo hasta Dios llegó a parecerle aburrido. Ahí fue cuando ella “cayó” en otra aventura que—sin sorpresas de por medio—también se enfrió. En las secuelas de esas dos aventuras, ante la gran herida y humillación que solo una esposa puede provocarle a su esposo, ella escribió, consumida por la falta de amor de su esposo así como Cristo ama a la iglesia.
Ciertamente este es un ejemplo extremo, pero todos nosotros tenemos corazones que tienden a empequeñecer y disculpar nuestras propias faltas, mientras engrandecemos las de nuestros cónyuges. A veces necesitamos un ejemplo extremo para demostrar cuán oscuros son en verdad nuestros propios corazones.
Jesús no pudo decirlo de forma más clara: “¿Por qué te fijas en la astilla que tiene tu hermano en el ojo y no le das importancia a la viga que tienes en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Hermano, déjame sacarte la astilla del ojo”, cuando tú mismo no te das cuenta de la viga en el tuyo? ¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás con claridad para sacar la astilla del ojo de tu hermano”. (Lucas 6:41-42).
Si estás pensando: “Pero en mi caso, mi cónyuge es en realidad el que más peca”, debes saber esto: Jesús está hablando específicamente sobre de ti. Ésta es precisamente la actitud que él considera tan ofensiva.
Mientras que tendemos a clasificar ciertos pecados, debemos reconocer que en la gloriosa bondad de Dios, cada mancha de pecado—sea una actitud errante, un espíritu orgulloso, o la lujuria de la carme—es vil y ofensivo ante sus ojos. He visto esposas que abusan de la comida y miran con desdén a sus esposos que luchan con la pornografía. He visto a esposos controladores y arrogantes que desprecian a esposas que miran demasiada televisión. Ambos parecieran estar completamente ciegos con respecto a sus propios defectos.
Nunca fuimos llamados a juzgar a nuestros cónyuges. Estamos llamados a amarlos. No estamos llamados a contar sus faltas con el juego farisaico de “Yo soy más santo que tú”; estamos llamados a animarlos. No hemos sido llamados a acusarles por cuán bajo caigan de la gloria de Dios, somos llamados a honrarlos y respetarlos.
Aprendamos a apreciar a nuestro cónyuge imperfecto ante la realidad de nuestro propio pecado, pidiendo humildemente el perdón de Dios, y dándonos cuenta con toda honestidad que nunca se nos requerirá perdonar a alguien más de lo que Dios ya nos ha perdonado a nosotros.

4) Acepta el llamado a pensar favorablemente
Me parece que Filipenses 4:8 es relevante tanto para el matrimonio como para la vida en general: “Por último, hermanos, consideren bien todo lo verdadero, todo lo respetable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo digno de admiración, en fin, todo lo que sea excelente o merezca elogio.”
La obsesión sobre las debilidades de tu cónyuge no hace que desaparezcan. Tal vez llevas años con esa obsesión. De ser así, ¿de qué te ha servido?. Pensar habitualmente de manera negativa sobre tu esposo aumenta tu insatisfacción con él y con tu matrimonio. Tendrás que luchar contra la tendencia humana de obsesionarte con las debilidades de tu cónyuge. Cuando te urjo a reafirmar las fortalezas de tu cónyuge, no estoy minimizando sus muchas debilidades. Te estoy animando para que diariamente tomes la decisión espiritual de enfocarte en las cualidades que aprecias en él.
Pero para que esto sea posible, tienes que mantener presente que no existe ser humano que pueda estar siempre “conectado”. Esto explica por qué tu marido puede ser tan considerado, cuidadoso y atento un día, y al día siguiente estar tan distante, seco y criticón. Tienes que darle a tu cónyuge espacio para ser quien es: un ser humano imperfecto, que tiene días “malos” y “mediocres”, y se “desconecta”. El desafío espiritual está en tu tendencia a definir a tu pareja por sus malos días. Afírmate en lo bueno; comienza a definirlo por lo bueno; agradece a él—y a Dios—por las cosas buenas; y así estarás reforzando lo favorable.

5) Acepta la realidad de tu decisión
Todos llegan al matrimonio con sus propias heridas, golpes y “equipaje” espiritual. Puede ser que los hermanos de tu esposa se hayan burlado de ella. Es posible que una ex-novia de tu esposo lo haya engañado y destrozado el corazón. Tal vez los padres de tu cónyuge fueron abusivos o negligentes. Las posibilidades, penosamente, son ilimitadas.
Antes de que una relación casual se convierta en un compromiso permanente, muchos hombres y mujeres ven a una persona lastimada y sufriente y piensan: “Quiero ayudarle”. Pero a menudo el matrimonio cambia esas cosas y nos lleva a decir: “¿Por qué tiene que ser de esa manera?” Alguna vez las necesidades de nuestro cónyuge causaron sentimientos de compasión y deseos de ayudar. Ahora, esas mismas heridas nos arrastran hacia la amargura y el resentimiento.
Antes de casarnos debemos realizar una evaluación en base al carácter (“¿Realmente quiero vivir con las heridas de esta persona?”) Pasado el tiempo, y una vez que la ceremonia de bodas ha terminado, Dios nos desafía a mantener una actitud de interés y apoyo, en vez de resentimiento y frustración.
¿Puedes mantener un corazón suave y dulce respecto a las heridas del pasado y orar pacientemente por un cambio a largo plazo? ¿O vas a congelar las debilidades de tu cónyuge con tu prejuicio, resentimiento, condenación y crítica? ¿Puedes mantener una actitud de apoyo y ayuda en vez de enjuiciar constantemente? Recuerda: este es el cónyuge que tú escogiste. ¿Permanecerás fiel en tu propia elección?

6) Acepta el llamado Bíblico a respetar
En resumen, si eres creyente, la Biblia te llama a respetar a tu esposo (Efesios 5:33) o a tu esposa (1 Pedro 3:7). No dice que solo debes respetar a esposos perfectos, o incluso a esposos piadosos. No dice que los esposos deben respetar a las esposas agradables o muy amorosas.
No hay elementos calificativos, porque en un sentido, el respeto bíblico se debe a la posición y no a la persona. El apóstol Pablo insultó fuertemente a un hombre (“¡Hipócrita!”), pero de inmediato se disculpó al saber que había estado hablando con un sumo sacerdote: “Hermanos, no me había dado cuenta de que es el sumo sacerdote—respondió Pablo—de hecho está escrito: ‘No hables mal del jefe de tu pueblo.’” (Hechos 23:3-5).
Tu cónyuge, por el hecho de ser tu cónyuge, merece respeto. Puedes estar en desacuerdo con sus ideas; puedes cuestionar la forma en que maneja las cosas, pero de acuerdo a la Biblia, su sola posición te exige darle el debido respeto.

7) Moldea tu corazón con la oración
Una cosa es suponer que debo respetar a mi cónyuge, pero hacerlo es otra cosa completamente distinta. ¿Puedo reajustar mi corazón? ¿Puedo moldear a mi corazón espiritualmente para aceptarlo tal como es?
Sí, puedo hacerlo. La oración es una herramienta muy práctica en este sentido. Sencillamente haz oraciones positivas sobre tu cónyuge. Encuentra cinco o seis cosas que él o ella hace muy bien—¡o si quiera una o dos!—y procura cansar a Dios agradeciéndole por darte una pareja con esas cualidades. Sigue tus oraciones con comentarios o notas en las que le agradeces personalmente a tu cónyuge por quien él o ella es.
He practicado esto con mi esposa. Una mañana desperté temprano y de inmediato sentí mi frustración por lo ocurrido la noche anterior. Hay un asunto en nuestra relación sobre el que hemos hablado incontables veces durante los pasados veinte años. Lisa ha reconocido la necesidad de crecer en esa área, pero ciertos eventos en las semanas previas me convencieron de que nada había cambiado.
Me sentí resentido, y en mi resentimiento me puedo deslizar a lo que llamo “absorción cerebral”. Comienzo a organizar mis críticas. Tal como un abogado, recuerdo cada desaire, cada conversación, cada detalle y compruebo ante un jurado imaginario cuán errada está mi esposa y lo bien que yo estoy.
Pero comencé a agradecer a Dios por las cualidades de la personalidad de Lisa, por esas cosa que mucho agradezco. Esto me hizo recordar otra más, y luego otras. Después de unos quince minutos, comencé a reír, literalmente. Fue tan claro por lo que debo estar y ser agradecido que me pareció absurdo perder tiempo preocupándome por ese único tema.
Las oraciones de gratitud literalmente moldean nuestras almas. Moldean nuestros afectos de manera eficaz. Haz uso constante de esta poderosa herramienta. Debemos darle tiempo: una sola sesión de gratitud no bastará para suavizar del todo un corazón endurecido. Pero, con el correr del tiempo, la gratitud se hace un amigo constante y persistente del afecto.

8) Pide a Dios que te cambie
Tan pronto como comiences a ofrecer oraciones de gratitud por tu cónyuge, puedes estar seguro de esto: el enemigo de tu alma y potencial destructor de tu matrimonio te recodará las formas en que tu pareja te falla. Puedes estar seguro de eso.
Descubrirás un creciente resentimiento en ti: “¿Por qué debo agradecer a Dios que mi esposo trabaja tanto y cuando vuelve a casa ni siquiera me habla?” “¿Por qué debería agradecer a Dios que mi esposa me ha sido siempre fiel pero es tan criticona?”
Debes responder a esta tentación con un ejercicio espiritual muy saludable: cuando recuerdes las debilidades de tu cónyuge—en el mismo instante en que esas pobres cualidades vengan a tu mente—comienza a pedirle a Dios ayuda por alguna debilidad específica en ti. Así es: por contraproducente que parezca, responde a las tentaciones de juzgar a tu pareja pidiendo a Dios que te cambie a ti. Entra en oración armado con dos listas: una con las fortalezas de tu pareja, y la otra con tus propias debilidades.
Este ejercicio te ayudará a mantener un equilibrio espiritual positivo y estar consciente de tus propias debilidades y ser más sensible a las fortalezas de tu cónyuge.

El Matrimonio: Egoísmo y Aventuras Extramaritales | Cap #58 | Entendiendo Los Tiempos – Temporada 2

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