Taller familiar 123

Taller familiar
Samuel Clark
reclamando promesas para las familias

Queridos Amigos:

Hay muchas promesas generales en la Biblia que para los hijos de padres cristianos son una fuerte esperanza en estos tiempos de tantos problemas en la familia. Es bueno reclamar estas preciosas y grandísimas promesas siempre y cuando recordemos que Dios no va a cambiar Su Ley de la responsabilidad individual.

El capítulo 18 del profeta Ezequiel es un mensaje muy importante a los padres y a los hijos. Básicamente el Señor dice que las almas del padre y del hijo son suyas, por ser nuestro Creador. Por eso Él puede decir: “El alma que peque morirá”, a menos que se arrepiente y crea en Dios personalmente. Ni los pecados de los padres condenan a sus hijos, ni su justicia los salvará. Los pecados de los padres sí afectan a los hijos con sus malos ejemplos, sus negligencias y su falta de enseñanza espiritual, pero no los condenan. ¡Qué bueno! Muchos cristianos han venido a Dios por la fe en Cristo aunque sus padres fueron muy pecadores. Porque oyeron el Evangelio de Cristo y creyeron en Dios para ser perdonados, ya están justificados, santificados y hechos hijos del Padre Celestial.

Por otra parte, ¿cuántos hijos de creyentes no han creído, rehusaron creer y no se han arrepentido? Muchos, desgraciadamente, pues, cada uno es responsable ante Dios por su conducta. La justicia de los padres no cuenta para la salvación de sus hijos. Aquí encontramos un problema en la falsa creencia de promesas generales como estas:

Isaias 54:13 – Todos tus hijos serán enseñados por el Señor, y grande es el bienestar de tus hijos.”

Hechos 16:31 – “… Cree en el Señor Jesús, y serás salvo, tú y tu casa.”

1 Corintios 7:14 – “El marido que no es creyente es santificado por medio de su mujer (creyente), y la mujer que no es creyente es santificada por su marido (creyente); de otra manera vuestros hijos serían inmundos, mas ahora son santos.”

Estas promesas no quitan la responsabilidad del hijo o el cónyuge que tiene que arrepentirse y creer para ser salvo. Lo que promete es que con padres creyentes, aún uno de los dos, hay mucha influencia positiva y convincente que puede traerlos a la fe a los cónyuges o hijos inconversos. Inclusive si los hijos llegan a ser cristianos pueden influir en los padres inconversos para venir ellos a Cristo por el Evangelio que ellos viven y comparten.

Hay mucha más probabilidad de que se conviertan los incrédulos donde hay un cristiano fiel en la familia. Dios usa a éstos para enseñar a los hijos y a los padres para que lleguen a ser cristianos también. Pero “enseñar” no es lo mismo que salvar. La salvación es un proceso que a veces dura años y requiere del cristiano la fe, la paciencia y su propia obediencia. No podemos reclamar promesas para nuestros familiares si no perseveraos en oración por ellos y si no vivimos el Evangelio que proclamamos. Miren, amigos, estos dos versículos conocidos del libro de Hebreos:

6:14,15 – “Ciertamente te bendeciré y ciertamente te multiplicaré. Y así, habiendo esperado con paciencia, obtuvo la promesa.”

10:36 – “Porque os es necesaria la paciencia, para que cuando hayas hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa.”

¿Cuáles son las dos condiciones para obtener promesas? Una fe paciente que pueda esperar y no desfallecer, y una obediencia de la voluntad de Dios, nuestra parte, nuestra fidelidad.

Aplicando esta enseñanza a nuestra lección sobre la responsabilidad individual de cada persona, podemos ver que aunque sabemos que Dios quiere que todos sean salvos y vengan al pleno conocimiento de la verdad (1 Tim. 4:4) y no quiere que nadie perezca sino que todos vengan al arrepentimiento (2 Pedro 3:9), hay dos factores claves que están operando en cada familia:

  • 1. La fidelidad de por lo menos un cristiano que viva y proclame el mensaje de Dios: “Reconciliaos con
    Dios” (2 Cor. 5:19,20) por medio de la fe en Cristo y que esté orando por ellos.
  • 2. La respuesta del individuo que tiene la responsabilidad personal de arrepentirse y creer ese
    Evangelio de Cristo.

Por esto, amigos, estas dos responsabilidades son la parte nuestra en la salvación de miembros de nuestra familia y amigos nuestros que queremos que sean salvos. No podemos “reclamar promesas divinas” y no cumplir nuestra parte. Dios usará a cualquiera que esté dispuesto a permanecer en Cristo y pedir por otros para así llevar fruto como discípulo de Cristo. “Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis y os será hecho. En esto es glorificado mi Padre en que deis mucho fruto y seáis así mis discípulos” (Juan 15:7,8). “Vosotros no me escogisteis a mí sino que yo os escogí a vosotros y os designé para que vayáis y llevéis fruto, para que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo conceda” (Juan 15:16). Somos Sus pámpanos, Sus siervos/amigos, para colaborar con Dios en la evangelización de los que no le conocen, especialmente los de nuestra familia.

De hecho, la mayor parte del fruto de la evangelización en nuestros grupos en toda la América Latina ha venido de los miembros familiares o amigos/compañeros de clase o trabajo, vecinos o conocidos que ven el ejemplo y son atraídos al Evangelio por nuestras vidas.

Por esto es tan importante hacer énfasis siempre en el testimonio ante los incrédulos. Mi observación es que muchos se multiplican espiritualmente como recién convertidos, pero con los años dejan de seguir multiplicándose, porque se enfrían espiritualmente, vuelven a hábitos malos del pasado, son infieles, etc. Y es cuando casualmente, después de algunos años de mal testimonio, empiezan a preocuparse por sus hijos que ya son mundanos y quieren reclamar esas promesas para su salvación cuando no han cumplido bien su parte. Este no es el propósito de esas promesas hechas a los que permanecen en una vida de buen testimonio y obras.

Nunca es tarde para volver al Señor y vivir el mensaje de Cristo para luego predicarlo a los hijos y familiares. Dios es fiel para perdonar (Is. 55:7,8) y para darnos poder por Su Espíritu para ser Sus testigos fieles (Hechos 1:8). Sí, va a ser más difícil si no hemos hecho nuestra parte, pero Él quiere salvar a los perdidos tanto que aún usará a un creyente arrepentido para hacer Su obra.

Sí, creamos Sus promesas, pero vivamos como Dios manda y oremos pacientemente por Su misericordia y gracia en las vidas de los que amamos. Entonces Dios puede hacer Su parte: “Nadie puede venir a mí, si no lo trae el Padre que me envió…” (Juan 6:44).

Abrazos, Samuel

Publicado en los navegantes

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