Taller familiar 131

Taller familiar
Samuel Clark
el peligro de la amargura

Queridos Amigos:

Hay un veneno mortal que puede arruinar cualquier matrimonio o cualquier relación entre amigos, compañeros o familia. Hebreos 12:15 dice: “Mirad bien de que nadie deje de alcanzar la gracia de Dios; de que ninguna raíz de amargura, brotando, cause dificultades y por ella muchos sean contaminados…” La amargura invisible, brotando en la tierra de circunstancias incontrolables que nos sacan de nuestra vida cómoda, placentera y segura, nos hace sentirnos ofendidos o heridos, y causa malentendidos, acusaciones y quejas, dañando a veces relaciones permanentemente.

El gran problema de la amargura es esto: por una supuesta ofensa o falta, por algo que no entendemos, empezamos a pensar mal. Una raíz de crítica o auto defensa comienza a crecer y daña la relación. Cuando sucede algún golpe que nos sacude, no conocemos el porqué y el tren de pensamientos fácilmente llega a ser una amargura contra Dios: “¿Por qué sucedió todo esto a mí (a nosotros)?” No saben cuántas veces yo he oído este refrán de amigos cuando las tormentas de la vida pegan contra su débil barquito. Sacudidos, es fácil echar la culpa a Dios porque no nos protegió o no nos bendijo como estábamos acostumbrados. Decimos “No merezco esto. Soy inocente de pecado grave. ¿Por qué permitió Dios esto? ¿Estaba muy ocupado en otras cosas?” ¡Cuidado de cometer este error, amigos!

Una historia bíblica nos puede enseñar cómo la amargura puede brotar de esa raíz y casi destruir la fe. En el libro de Rut, en el Antiguo Testamento, encontramos a un personaje que ilustra este envenenamiento. Su nombre Noemí significa “Placentera”. No sabemos si ella trataba de ilustrar su nombre o no. La encontramos en el primer capítulo, junta con su esposo Elimelec y sus hijos Mahlón y Quelión, en una situación dificilísima. Una larga sequía les hizo dejar su hogar en Belén de Judá y salir como refugiados al país vecino de Moab, buscando sobrevivir esa tragedia. Debemos recordar que muchas veces las sequías largas afectaban a los israelitas debido a sus frecuentes caídas espirituales en los pecados de idolatría y otras corrupciones. En Deuteronomio 28 Dios prometió que esta clase de disciplina sería aplicada a toda la nación, afectando tanto a fieles como a infieles. Creo que esto es lo que les pasó, y abandonaron su heredad en Judá para buscar alivio entre los moabitas. Todo esto pudo haber sido la raicita de la amargura en Noemí.

Cualquiera que haya experimentado algo así en su vida sabe cómo vienen los pensamientos negativos. Las quejas y las críticas de los que han perdido todo son muy entendibles desde el punto de vista humana; tal vez especialmente cuando la esposa ya no tiene su “nidito”.

El relato cuenta poco de esos años aparte del casamiento de los dos hijos con mujeres moabitas. No sería extraño que eso causara unas raicitas de amargura también. Pero parece que les tocaron mujeres muy buenas, Rut y Orfa, quienes llegaron a amar mucho a Noemí. El golpe final fue la muerte de los tres varones, dejando a las viudas sin esperanzas de un futuro prometedor.

No creo que haya una prueba mayor que la muerte de un cónyuge o de un hijo. Noemí sufrió ambas, un golpe triple y una tragedia emocional casi incalculable. Fue entonces que Noemí oyó que Dios estaba bendiciendo otra vez a Su pueblo con lluvias y cosechas. Decidió volver a su terruño para vivir y morir entre sus compatriotas. Trató de lograr que sus nueras la dejaran regresar sola, pero después de mucha discusión, Rut le acompañó a Belén. Esta escena habla del impacto del testimonio de Noemí y sus difuntos sobre esta joven moabita y demuestra que a pesar de su desánimo enorme, Noemí no había perdido la fe. Con Rut regresó a su pueblo.

En Belén sus vecinas decían “¿No es ésta Noemí?” Noemí decía “No me llaméis Noemí (Placentera), llamadme Mara (Amarga) porque el trato del Todopoderoso me ha llenado de amargura” (1:20). Su queja demuestra que interpretó todo lo que había pasado como un testimonio divino contra ella y como una aflicción personal de parte de Dios. Nuestra interpretación de los eventos tristes de la vida puede dar lugar a la amargura. Si acusamos a Dios de una injusticia contra nosotros, nos llenamos de este veneno en vez de la fe que podría ayudarnos a sobrellevar las pruebas de la vida. Si estamos amargados es porque estamos viendo las cosas desde la perspectiva humana y no la divina.

El problema con la perspectiva humana es que desconoce el futuro. Sólo tiene sueños o planes o teorías en cuanto al futuro. Dios sabe el futuro porque El es eterno, no tiene principio ni fin. Así que nosotros necesitamos entregarnos totalmente a El, a Sus planes y Su voluntad. Su Palabra nos asegura que si lo hacemos, experimentaremos la verdadera voluntad de Dios que es buena, agradable y perfecta (Rom. 12:1,2). En esta forma podemos aceptar lo que sucede con acciones de gracias, como nos exhorta Pablo (Ef. 5:20; I Tes. 5:18). Podremos soportar las pruebas con paciencia (Rom. 5:3) y recibir Su consolación mientras recoge nuestras lágrimas en su redoma (Salmo 56:8).

El ejemplo de Noemí nos sirve en este punto, pues, ella no sabía lo que la esperaba en el plan de Dios. ¡Fíjense! Su nuera moabita Rut llegó a ser la abuela del gran Rey David, y además parte del linaje del Mesías Salvador. Era una de varias gentiles que son una prueba del amor de Dios y Su salvación a todas las naciones (Tamar, Rahab, Rut y otras). Noemí recibió otra vez la heredad familiar y gozaba del cuidado de Booz y Rut por muchos años. Dios tornó su sufrimiento en gran alegría. Ella pensó que todo había acabado con los eventos que le sucedieron en Moab, pero con Dios “Todas las cosas nos ayudan a bien” si somos llamados según Sus propósitos divinos y no perdemos la fe para seguir obedeciéndolo (Rom. 8:28,29).

Amigos, cuando nos llegan las tormentas, inundaciones y tsunamis de la vida tenemos que levantar nuestros ojos al Dios del Cielo. El no ha perdido Su control de todo. El está cumpliendo Su voluntad que es mucho más vasta y maravillosa que lo que nos pasa a cada uno de nosotros. La verdad es que la vida es como un rompecabezas que no tiene ninguna forma hasta que cada pieza está puesta en su lugar. Cada cristiano es una parte pequeña pero importante en Su gran diseño y forma parte de Su glorioso plan eterno para Su Iglesia. Un día entenderemos Su Plan.

¡Que sigamos confiando en el Todopoderoso sin resentimientos, quejas ni temores en cuanto a lo que El nos escoge para hacer!

Abrazos, Samuel

Publicado en los navegantes

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