Taller familiar 133

Taller familiar
Samuel Clark
consecuencias

Queridos Amigos:

Ahora quiero escribirles unos pensamientos sobre el tema de “Las Consecuencias”. No se encuentra esta palabra en la mayoría de las Biblias, pero hay muchísimos ejemplos de ellas. La razón por esta carta es que encuentro mucha confusión en la mente de mis amigos entre consecuencias y castigos divinos o disciplinas del Padre Celestial para enseñar a Sus Hijos a obedecer.

El Diccionario Manual de Sinónimos de la Lengua Española Vox (Año 2007 de Editorial Larousse, S.L.) dice que “La consecuencia…se deduce exclusivamente del raciocinio… Es inevitable y forzosa”. Además dice: “Si las premisas son verdaderas, la consecuencia no puede ser falsa.” Sinónimas comunes son: resultado, efecto, secuela. La Biblia expresa muchas veces lo que son consecuencias lógicas con las frases “por lo tanto”, “así pues”, “por lo consiguiente”, “de ahí qué”, etc.

Casi siempre usamos la frase en un sentido negativo: “Por haber tomado tal decisión, sufrió estas consecuencias.” Pero igual podemos ver que hay consecuencias como el éxito, la paz, la victoria, etc., que son consecuencias favorables: “Por haber andado agradablemente delante de Dios, por consecuencia tuvo paz y seguridad.” Debemos observar aquí que las consecuencias, buenas o malas, obedecen a leyes espirituales puestas por Dios en Su Economía Espiritual, Su Reino, Sus Leyes de la Naturaleza como de la moralidad que Él puso en Su creación. Por esta razón podemos encontrar tantas veces en la Biblia promesas después de Sus mandamientos como “Para que te vaya bien y goces de larga vida sobre la tierra”. Dios promete “consecuencias” y no podemos cambiar esas leyes. De hecho, no podemos evitarlas si desobedecemos Su voluntad. No podemos pedir, mucho menos demandar, consecuencias buenas como resultado de nuestras decisiones malas. Las promesas tienen sus “condiciones” y éstas determinan las consecuencias.

Estas son iguales para cristianos y paganos. A veces tardan mucho en llegar, como las que resultan de una mala crianza de los hijos, o el desarrollo de un negocio con buenos principios. Por este hecho muchas personas no creen que haya una ley de las consecuencias porque no lo ven en la vida de personas famosas de éxitos que viven vidas ruines. Pero es inevitable segar lo que sembramos, sea bueno o sea malo.

Un autor inglés de la generación de mis padres comentó mucho sobre las consecuencias con un sentido práctico aprendido de sus años como consejero de estudiantes seminaristas. Uno de sus comentarios me ayuda mucho: “Los hornos de pruebas de fuego vienen con el permiso directo de Dios… Es un error pensar que nos maduramos espiritualmente a pesar de las circunstancias: es la causa de ellas.” Viendo mi vida en Cristo desde la perspectiva de las circunstancias difíciles, puedo observar como cada uno produjo consecuencias positivas a pesar del sufrimiento de las adversidades.

Por el otro lado, podemos ver en nuestras propias experiencias las consecuencias negativas de nuestras malas decisiones, nuestra falta de una vida devocional de comunión íntima con Dios, nuestras caídas en las tentaciones de la vida, nuestra pereza en las disciplinas espirituales, etc. La Biblia nos da ejemplos de estas lecciones divinas: “Estas cosas les sucedieron como ejemplos y fueron escritas como enseñanzas para nosotros a quienes nos han alcanzado los fines de los siglos” (1 Cor. 10:11). El contexto de este capítulo es ejemplos de actos y consecuencias (vs. 1-10). El Espíritu de Dios inspiró a los autores de la Biblia para incluir este aspecto de la vida espiritual en las vidas de Adán y Eva, Caín, Abraham, Isaac, Jacob, Sansón, David, Salomón y casi todos los reyes, profetas y héroes de la historia del Pueblo de Dios.

David es el ejemplo que más me ha instruido en el asunto de las consecuencias negativas de mis actos. Cuando pecó en adulterio con la esposa de uno de sus soldados selectos, trajo consecuencias terribles y produjo otro acto pecaminoso en el asesinato del soldado fiel. Pero luego salieron las consecuencias, no el castigo, pues, según la ley debiera haber muerto David y Betsabé pero Dios quitó el castigo. El profeta le dijo: “El Señor ha quitado tu pecado: No morirás” (2 Sam. 12:13), pero no quitó las consecuencias: sus mujeres fueron violadas por un hijo de David públicamente, la espada destruyó a su familia varias veces, el niño que nació del pecado murió a pesar de las peticiones de David, y su nombre fue manchado para siempre. Aprendo que el castigo de mi pecado ha sido quitado por la sangre de Cristo para siempre, pero muchas consecuencias me han seguido a causa de pecados que entristecieron a mi Dios. Pero estas consecuencias han sido transformadas en bendiciones cuando doy consejos y enseño la Palabra. Es la diferencia en castigos y consecuencias: la vida de David siguió en comunión con Dios y con frutos buenos que hasta el día de hoy nos ayudan. El siguió como pieza clave en el Plan de Dios para Su Hijo Jesús el Mesías, heredero del Trono de David en el Reino futuro de Cristo.

Aprendamos a buscar las consecuencias positivas, aun en nuestros errores para madurar espiritualmente y ser hechos más aptos para el servicio de Dios. Vamos a tener ataques satánicos siempre que pidamos crecer en la fe, llevar fruto para Dios, vencer las tentaciones y aprender más a Cristo, pero son consecuencias que podemos aceptar con gozo y esperanza (Santiago 1:4; 1 Pedro 4:12-16). Toda decisión trae sus consecuencias y no nos debe extrañar esas consecuencias porque son “un peso de gloria” (2 Cor. 9:17).

Leí un libro interesante intitulado “¿Por Qué Hago Lo que Hago?” Hace unos días recibí una presentación que va bien con este tema de las consecuencias: ¿Por Qué Tus Hijos Hacen lo que Hacen? Espero que sea instructiva para todos, especialmente padres y madres jóvenes.

Que Dios nos fortalezca para seguir adelante siempre en la vida cristiana con todas sus consecuencias para la mayor gloria del Señor y el fruto nuestro para Su Reino.

Abrazos, Samuel

Publicado en los navegantes

Volver al taller de familia