Taller familiar 149

Taller familiar
Samuel Clark
Bendiciendo a la Familia

Queridos padres cristianos:

Una vieja costumbre que se está perdiendo hoy en día es la bendición paternal de los hijos. Cuando yo llegué a la América Latina en 1959 una de las cosas que me llamó la atención era como el papá o la mamá o ambos nunca dejaban salir de la casa a sus hijos sin la bendición. ¿Por qué se está perdiendo en estos años? Creo que hay dos razones principales.

Primero, en mi opinión, es la secularización de la cultura en casi todos los países americanos. Secularización es la separación de costumbres religiosas a una cultura sin la búsqueda de Dios. ¿Por qué sucede esto en países que eran muy religiosas? La edad presente es la más tecnológica en la historia humana. Casi todos nuestros problemas se resuelven tecnológicamente sin tener que buscar a Dios. Los padres les dan a sus hijos teléfonos, computadoras, iPads, etc., y se despiden de ellos con “si tienes un problema, háblame.” Antes no era así, y los padres bendecían a sus hijos al salir del hogar de seguridad a un mundo de estudios, trabajo o diversión con una oración de encomienda al cuidado de Dios.

Pero la secularización quitó a Dios de la responsabilidad y se perdió la fe en Dios al creer en los maestros de escuela, los policías en las calles, los médicos o enfermeras en lugares públicos; ya no hacía falta Dios. Además, esto abrió la puerta a la duda y luego la incredulidad de Su existencia. En sociedades altamente secularizadas no hay necesidad de Dios, el Ángel de la Guardia o El Buen Pastor Jesús.

Así que el enemigo número uno de la vida cristiana en el hogar es la fe efímera que apenas busca a Dios en extremas aflicciones – la muerte de un ser querido familiar, la guerra, la enfermedad grave, las tragedias naturales. Hay algo de razón en el dicho: “No hay ateos en la frente de la batalla.” Pero esa fe débil no produce mucha tranquilidad y fácilmente se convierte en incredulidad.

Tan secular ha llegado a ser la cultura que aún los cristianos tienen pena en mostrarse creyente al dar la bendición a sus hijos públicamente. Así que se va perdiendo la costumbre y hasta los hijos se avergüenzan de estas prácticas religiosas frente a sus amigos.

En segundo lugar, creo que hemos perdido el temor de Dios que nos hace guardar Sus mandamientos y no seguir las costumbres del mundo. El temor de Dios es el reconocimiento de nuestras debilidades que produce en el creyente un deseo de agradar y servir a Dios en todo lo que hagamos. El que teme al Señor no tiene que temer a nadie ni nada, pero el que no teme a Dios termina como cobarde temeroso de todo porque se ha separado del poder divino y las promesas de un Dios fiel y justo. El temor de Dios no es incredulidad sino fe absoluta en El y en Su Palabra de amonestaciones y exhortaciones de tener cuidado y andar cerca de Él.

Eva creyó las mentiras de Satanás para comer del fruto prohibido porque al creer en lo que no es la palabra de Dios, perdemos la motivación para vivir como Dios quiere. Adán vio que no le pasó nada a Eva cuando tocó y comió el fruto. Creyó la mentira y no creyó a Dios. Pero no temieron el mandamiento de Dios y pecaron resultando en la muerte espiritual, la separación de Dios.

Así nuestra experiencia nos hace creer que “nada nos va a pasar si pecamos” porque vemos a tantos que viven en desobediencia y no sufren, aparentemente. Sí, sufren, y tarde o temprano comienzan a sufrir abiertamente.

El temor de Dios en la vida cristiana es la práctica de la sabiduría que Dios nos enseña en Su Palabra. Vemos cómo sufrían Adán y Eva, Caín, los hijos desobedientes de los padres de la nación de Israel y las naciones perversas. Pero si leemos la Biblia y no decimos, “Esto me puede pasar a mí si no obedezco al Señor”, entonces nos engañamos a nosotros mismos y caemos en los mismos errores con los mismos resultados. Así que cuando bendecimos a nuestros hijos con oraciones por ellos en sus caminos por este mundo lleno de tentaciones y ataques diabólicos, les ponemos bajo el cuidado de Dios Todopoderoso y descansamos de toda la ansiedad de vivir con nuestros pobres recursos en vez del prometido poder divino. Nuestras oraciones nos conectan con todos los recursos espirituales que Dios nos ha dado, principalmente Su Espíritu Santo, el sello divino del creyente, luego las promesas de Dios que son para nosotros, la práctica de la fe en El y no en nosotros mismos ni en las cosas materiales.

Pero déjenme decirles, padres, nuestro ejemplo tiene que respaldar nuestras bendiciones o sólo son palabras vacías de poder verdadero. Entre más crecen los hijos, más importante es nuestro ejemplo porque ellos ven si somos hipócritas que sólo dicen y no hacen. El poder detrás de la bendición es una vida que practica lo que enseña. No sirve decirles “Haz lo que digo, no lo que hago.” Una vida de obediencia a Dios es una bendición a los hijos.

Yo no sé cómo vamos a volver a una vida más espiritual en la familia cristiana sin esta práctica de confianza en la vida diaria con tantos desafíos a la fe para los hijos como para los padres, abuelos y líderes cristianos. Hagamos una sincera evaluación de nuestras familias para ver si estamos bendiciendo a nuestros hijos (o …. ¿mal diciéndoles?) . Ciertamente hace falta bendecirlos, pero ¿cómo? Pregunta a Dios y pídele que te guíe. “Enséñame a hacer tu voluntad porque Tú eres mi Dios. Tu buen Espíritu me guíe a tierra firme” (Salmos 143:10).

Abrazos, Samuel

Publicado en los navegantes

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