Taller familiar 54

Taller familiar
Samuel Clark
Equilibrio en la Corrección

Queridos amigos:

Si la familia es la mejor escuela para el discipulado como venimos afirmando, entonces, como padres de familia nos urge aprender el arte de la corrección, y también como hijos que deben recibir la corrección como un acto de amor familiar. Es difícil esta tarea porque la cultura familiar nos ha dado un modelo malísimo = o nada, o demasiado fuerte. Los dos extremos hacen mucho daño a los miembros de la familia. ¿Cuál es el balance bíblico?

Primero es la enseñanza sobre el comportamiento deseado. Esto requiere un ambiente propicio. Yo sugiero que cada familia estudie poco a poco el libro de los Proverbios o aun los Evangelios, especialmente el de Mateo o el de Lucas que son didácticas. Esta es la base necesaria para poner las pautas divinas para nuestra vida familiar. En el estudio hay tiempo y frecuentes ejemplos de donde podemos discutir ampliamente las normas que Dios nos ha dado.

¿Cuántas familias tienen este tipo de enseñanza regularmente? Temo que muy pocas. Las excusas son muchas: falta de tiempo, falta de confianza de parte de los padres, falta de interés de parte de los hijos, etc. ¿No son pretextos que usamos para disculparnos por esta falta de enseñanza bíblica en el hogar? Si no tomamos en serio esta responsabilidad, no habrá un discipulado de nuestra familia. Créanme, amigos, nadie más lo va a hacer, así que no se hará.

Segundo, cuando hay una clara falta de cumplimiento de las cosas que Dios manda, debemos corregir la falta inmediatamente o muy pronto mientras esté fresca en la mente. Si la falta es de los padres, por supuesto debe haber una confesión humilde y sincera. Si es de los hijos, debe haber una llamada de atención que resulte en una confesión también de su parte. Así se enseña cómo hemos de pedir perdón siempre y buscar una reconciliación para seguir adelante en armonía y compañerismo. Esta clase de corrección no tiene que ser una reprensión fuerte sino más bien un repaso de una enseñanza y un nuevo compromiso a seguir la verdad.

Me parece que en la mayoría de los casos echamos a perder el intento de corregir comportamiento con una regañada tan fuerte que hay malas consecuencias. Nuevas costumbres de conducta son difíciles de establecer. A veces sencillamente se olvidan las lecciones y lo que hemos visto y acordado. Tomen el tiempo de repasar las lecciones como cualquier buen maestro tiene que hacer para enseñar su materia.

Tercero, si es caso de una clara rebeldía es tiempo de hacer una corrección más fuerte. Los padres que aprenden a hacer esto sin gritería y enojo van a tener más éxito que los que se ponen emocionales. Yo mismo fallé muchas veces en este paso, olvidándome de mis propias faltas y cuán paciente ha sido el Señor conmigo. Estas son las ocasiones cuando lastimé a mis hijos, causándoles heridas emocionales que difícilmente se sanan.

Es muy bueno en este paso tomar el tiempo de felicitarles por las cosas buenas que vemos en ellos antes de entrar en sus fallas. A veces, por un punto que estamos tratando de corregir, damos la impresión de que todo está mal. Pablo usaba este método cuando tenía que corregir a sus hijos espirituales. En las siete cartas del Espíritu a las Iglesias de Asia en Apocalipsis 2 y 3 hay varios ejemplos de esto: felicitaciones y luego “pero tengo algo contra ti…” ¿No es verdad que esto nos ayuda también en nuestro propio discipulado?

Cuarto, si sigue la rebelión con una desobediencia abierta, es tiempo de usar “la varita mágica de la corrección” mencionada en Proverbios 13:14,24; Proverbios 22:15; 29:15,17) o en el caso de los hijos mayores otras disciplinas (Prov. 3:11,12) como es el quitarle algunos privilegios. Aún aquí debería haber un tiempo de enseñanza y repaso para que vean por qué se están aplicando las disciplinas. Y siempre con amor, compasión y misericordia. Dios mismo se refiere a Sus disciplinas como “Su tarea, Su extraña tarea …Su obra, Su extraordinaria obra” (Is. 28:21). Por esto Dios se describe como “paciente, lento para la ira”. Como padres, esta debe ser nuestra meta siempre al administrar las disciplinas necesarias.

Aquí es donde tenemos que aplicar ese equilibrio del cual hablamos al principio. Se logra cuando Dios controla nuestras emociones y aplicamos todos los pasos en orden para no fallar en un proceso de discipulado que busca enseñar a los hijos a obedecer a Dios y a sus padres. Este proceso toma en cuenta el desarrollo espiritual de cada hijo, lo que puede entender y hacer. Los más jóvenes necesitan pocas reglas pero mucha firmeza. Los que van madurando pueden soportar más reglas pero necesitan mucha paciencia junto con la firmeza.

En todo este proceso es esencial que Dios sea el Señor, tanto de los padres como de los hijos. No es justo pedir a los hijos lo que no hacemos los padres.

No puedo garantizar que todos nuestros hijos sean grandes cristianos con la aplicación de estos pasos principalmente porque nosotros los padres no somos perfectos. Lo que sí procuro con estas sugerencias es animarles a hacer todo lo que esté en nuestro poder hacer para que nuestros hijos tengan la oportunidad de aprender a ser discípulos del Señor en nuestra familia.

Recordemos que no podemos crear el reino de Dios en nuestra familia con la Ley, o sea, un montón de reglas y mandamientos. La única manera de entrar en el Reino de Dios es por un nuevo nacimiento de arriba, del Espíritu (Juan 3:1-6). Luego el Reino de Dios entra a la familia cuando por gracia somos salvos y el Espíritu de Dios produce Su fruto en nuestras vidas (Gál. 6:16-23). El énfasis del Reino es amar a Dios con todo nuestro ser y al prójimo como a nosotros mismos. El ambiente del Reino en el hogar debe ser siempre positivo, sin ser legalista. Entonces, cuando hay necesidad de una corrección puede ser hecha con palabras de gracia y edificación.

Abrazos, Samuel

Publicado en los navegantes

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