Taller familiar 62

Taller familiar
Samuel Clark
Guerra y Paz

Queridos Amigos del Camino:

El famoso autor Tolstoy escribió la novela “Guerra y Paz” como una descripción de sus tiempos en Rusia en el Siglo IX. Bien podría un autor moderno escribir un libro verídico con el mismo título, describiendo el matrimonio durante los últimos años del Siglo XX y hasta la fecha en lo que corre del nuevo Siglo.

“Guerra y Paz” es lo que uno ve en los matrimonios actuales, con pocas excepciones. Cuando uno se encuentra con un amigo o una pareja no sabe si están en guerra o en paz. Pero pronto se sienten las vibras. Tal vez creemos poder convencer a otros que todo marcha bien pero más temprano que tarde se revelan las emociones. Casi cualquiera puede adivinar cómo está el panorama: de guerra, o de paz.

Lo que es trágico es que cristianos vivan en tal estado de “sube y baja”, a veces en guerra, a veces en paz. Es trágico porque es evitable. ¿Quién quisiera vivir en guerra si pudiera vivir en paz, especialmente con su cónyuge? A mí me gusta vivir en paz con otros. Romanos 14:19 dice – “…procuremos lo que contribuye a la paz y a la edificación mutua.” Este versículo viene en un contexto de diferencias doctrinales que separan a cristianos, los unos de los otros. Bien puede aplicarse al matrimonio: las diferencias no suelen ser doctrinales sino de gustos, preferencias y costumbres bien arraigadas. Sea lo que fuere la causa de la diferencia, las pequeñas grietas pueden llegar a ser cañones en las inundaciones de la vida. El principio aquí está claro en la palabra procuremos. Esta palabra quiere decir “hacer todo lo que esté de tu parte para lograr una meta”. Si la meta es la paz en vez de la guerra, tienes que preguntarte a menudo, ¿Estoy haciendo todo lo que puedo para arreglar este problema? ¡Cuántas veces sólo hacemos un pequeñísimo esfuerzo y si no fructifica con la paz, reclamamos “es su culpa, no la mía”.

Santiago, el apóstol hermano de Jesucristo, escribió estas palabras: “¿De dónde vienen las guerras y los conflictos entre vosotros? ¿No vienen de vuestras pasiones que combaten en vuestros miembros?” (Santiago 4:1). La palabra “conflictos” realmente significa “batallas”, así que las guerras y las batallas entre personas, aun cónyuges, vienen de las pasiones, los placeres, los deseos que tenemos, demandamos o manipulamos a otros para obtener. Estos placeres luchan en nuestros miembros. O sea, las luchas con otros vienen de las luchas internas en nosotros. Si no hay paz interna no va a haber paz con otros. Si estoy luchando con los miembros de mi cuerpo, muy pronto voy a estar luchando con otros también.

¿Cuál es esa lucha interna? Gál. 5:17 explica que hay una sencilla razón por esta lucha: “El deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra el de la carne, pues éstos se oponen el uno al otro, de manera que no podéis hacer lo que deseáis.” La carne es todo lo opuesto al Espíritu de Dios. Sólo tenemos que ver las obras de la carne (vs.19-21) y el fruto del Espíritu (Gál. 5:22,23) para entender esto. Nuestra vieja naturaleza formada por la cultura, las costumbres y el ambiente familiar nunca va a estar de acuerdo con el Espíritu Divino y Celestial quien ahora vive en el cristiano. Las luchas son parte de la vida mientras estemos en estos cuerpos humanos. No todos tienen las mismas pasiones carnales pero todos tenemos los deseos de la carne mencionados en 1 Juan 2:15,16 cuando Juan habla del espíritu de este mundo que nos tienta constantemente. Hay una infinidad de debilidades, vicios, hábitos malos y deseos que se manifiestan en los humanos. De una cosa puedes estar seguro: tienes pasiones en tus miembros que luchan contra el Espíritu para hacer desenfrenadamente lo que quieren. (Por favor, si alguien no tiene ninguna de estas luchas, escríbeme, pues quisiera conocer a la única excepción a esta verdad.)

Si las guerras y batallas vienen desde adentro, en nuestros miembros, ¿cuál es la victoria? Es una acción doble que encontramos en este mismo pasaje (Gál. 5:16-26). La primera acción es de andar en, o según, el Espíritu de Dios. Es a saber, obedecer su dirección clara sobre la situación donde debemos escoger lo que vamos a hacer. El Espíritu es “Cristo en nosotros, la esperanza de gloria” (Col. 1:27). Lo que Cristo no hiciera en Su vida humana, seguramente no lo quiere hacer hoy. Lo que hacía entonces es lo que quiere hacer ahora, ¿no? ¿Qué es lo que no entendemos de la palabra “obedecer”?

Siempre la obediencia ha sido el camino, el andar en la luz, el permanecer en Cristo, el andar en/según el Espíritu. Pero ¿qué obedecer? Dejen que el Espíritu Santo produzca Su fruto en cada situación y no errarán nunca. El siempre quiere hacer lo que produzca ese fruto en nosotros. Es nuestra la decisión de dejarle hacerlo en nosotros y no permitir que nuestra carne haga lo que quiere. Pero, ¿cómo podemos no hacer lo que es tan natural?

La segunda acción es necesaria: crucificar las obras de la carne (Colosenses 1:24). Así nos dice Pablo en casi todas sus cartas cuando habla de renovar nuestra mente, despojarnos del viejo hombre y vestirnos del nuevo. Los que realmente “son de Cristo”, los que pertenecen al Señor, “ya han crucificado la carne con sus pasiones y deseos”. Han tomado esa decisión de entregarse “cuerpo y espíritu” a Dios como un “sacrificio vivo, santo y agradable a Dios”, el único culto lógico que Dios acepta (Rom. 12:1). Esta decisión de aceptar a Jesús como Señor y Rey para no vivir más para sí mismo, es el cumplimiento del Evangelio en la vida, bajo el Señorío de Aquel que es Rey de reyes y Señor de señores. El Evangelio no es sólo para salvarte del infierno sino para cambiarte en siervo de Dios.

Ahora, ¿qué tiene que ver todo esto con el matrimonio y la familia? Mucho. Gén. 2:24 dice que el hombre y la mujer llegan a ser una sola carne. Jesús, comentando sobre este pasaje, dijo: “Por consiguiente, ya no son dos sino una sola carne” (Marcos 10:8). Esta unidad muy particular en el matrimonio demuestra que una guerra en el hogar es realmente una guerra civil que daña a todo el cuerpo. Un millón de muertos en la Revolución Mexicana y casi un millón en la Guerra Civil de los Estados Unidos testifican a esta verdad acerca de la guerra matrimonial. ¿Quieres destruir tu matrimonio? ¿Quieres destruir a tu cónyuge? ¿Te quieres destruir a ti mismo? Quererlo o no, esto es lo que estás haciendo en cada batalla que haces en tu matrimonio.

Mi esposa y yo hemos decidido practicar algunas cosas para no permitir la guerra entre nosotros:

-Si algo en el otro me/le irrita, lo llevamos ante la Palabra. ¿Es un pecado? ¿O sólo algo que no me gusta? Si es la primera, tenemos que hablar con el cónyuge como dice Gálatas 6:1. Pero si es del segundo, a la cruz con mis gustos y preferencias – Gál. 2:20.

-Si algo es difícil de llevar o aguantar, lo llevamos a Cristo para recibir Su ayuda, como dice Mateo 10:28-30.

-Oramos mucho por el cónyuge cuando vemos que está pasando un rato difícil, y nos examinamos a ver si podemos nosotros ser la causa de su malestar. Si es así, pedir perdón inmediatamente – Mateo 5:23,24 – y no dejar pasar una noche – Efesios 4:26.

-Orar juntos cada noche, por los asuntos nuestros y por cada miembro de la familia. Es maravilloso cómo esta oración sana tantas molestias.

Amigos, tal vez una de estas sugerencias te ayudará a tener más paz que guerra. Prúebala. ¡Y que la paz de Cristo sea sobre tu casa!

Abrazos, Samuel

Publicado en los navegantes

Volver al taller de familia