Taller familiar 91

Taller familiar
Samuel Clark
El Culpable Verdadero

Queridos amigos:

En muchos de los problemas en la familia o la familia extendida, es común escuchar esta excusa: “Fulano me hizo reaccionar mal” (o decir algo malo, o tomar venganza, o emborracharme, o ser infiel, etc.) Es cierto que las acciones de una persona afectan a otra persona, pero es mentira que esas acciones pueden hacernos pecar.

Miren a los cristianos maduros que no reaccionan cuando alguien les ofende, provoca o trata mal. No es que esas cosas no les duelen como a cualquier otro. No es que no tienen sentimientos. No es que son perfectos tampoco. ¿Cuál es su secreto? Si no sabemos cuál es el problema nunca podremos encontrar la respuesta ni entender cómo es que otros evitan una reacción mala. Tenemos que buscar el verdadero culpable para encontrar la solución verdadera. Pablo dijo:

“Y si lo que no quiero hacer, eso hago, estoy de acuerdo con la Ley, reconociendo
que es buena. Así que ya no soy yo el que lo hace sino el pecado que habita en mí.
Porque sé que en mí, es decir en mi carne, no habita nada bueno, porque el querer
está presente en mí, pero el hacer el bien, no. Pues, no hago el bien que deseo, sino
el mal que no quiero, eso practico. Y si lo que no quiero hacer, eso hago, ya no soy
yo el que lo hace sino el pecado que habita en mí” (Romanos 7:16-20)

Esta misma frustración del Apóstol Pablo, hablando en el tiempo presente, como cristiano con años de experiencia, es la de cada cristiano honesto consigo mismo cada vez que tiene un problema con otro o en su propia manera de vivir. Sabe lo que es bueno, pero no lo hace. Amigos, el verdadero culpable en mis problemas soy yo. No mi esposa, ni mi hijo, ni mi hermano, ni mi amigo. ¿Lo crees? Queremos culpar a otros por nuestras faltas porque no creemos, no queremos aceptar, que el único que puedo culpar soy yo. Los demás son fáciles de culpar porque nos ofenden o no hacen lo que queremos que hagan. Pero el problema soy yo.

Nuestra naturaleza humana es egoísta. Por eso es tan fácilmente molestada por los demás quienes muchas veces son egoístas también, o nos parecen así, y por esto reaccionamos tan mal. Pablo afirma que no hay nada bueno en nuestra naturaleza humana. Se llama “la carne” porque esta es la palabra bíblica por los humanos. Cuando habla de la humanidad dice “toda carne”, todos los vivientes de la raza humana.

Si echamos un vistazo a la historia humana podemos ver por qué Pablo dice que en nosotros, en nuestra carne, no habita el bien, sino el pecado. Cuando aparece un bien en la historia, siempre es una obra de Dios en el espíritu, no en la carne. El espíritu que responde a Dios puede producir el bien. Pero el espíritu necesita el conocimiento de Dios, quien es EL BIEN ÚNICO Y VERDADERO para producir un bien.

Si aceptamos la verdad que el mal está en nosotros y produce el mal, entonces podemos entender que la única solución al problema del pecado que habita en nosotros es recibir a Dios en nuestro espíritu para que El pueda producir el bien en nosotros. Suena tan fácil, ¿verdad?

¿Cómo podemos hacerlo? Entra el Evangelio, las Buenas Noticias de la venida del Hijo de Dios al mundo en la Persona de Jesús el Mesías/Cristo. El resolvió el problema del pecado cuando murió en nuestro lugar para pagar nuestra deuda tan enorme de pecados. En Su muerte y Resurrección produjo la paz con Dios en vez de la enemistad que heredamos de nuestros primeros padres Adán y Eva. Cristo Jesús es el Único Salvador de la perdición que merecemos, y el Único que nos puede dar la vida eterna nueva en la Persona de su Espíritu que El da a todos los que creen en Cristo.

Ahora vemos el problema verdadero: mi YO pecaminoso, y la solución verdadera: Cristo en mí. Esto es lo que significa aquel pasaje de Galatas 2:20:

“Con Cristo estoy juntamente crucificado y ya no vivo yo, sino Cristo en mí,
y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me
amó y se entregó a sí mismo por mí.”

Cuando Cristo reina en nuestro corazón se produce el bien, no el pecado. Esta es la razón por qué algunos cristianos no viven en la esclavitud al pecado y no practican el pecado.

Cuando permanecemos en Cristo y El en nosotros, producimos el fruto bueno de Su vida en nosotros. No el fruto de la carne pecaminosa. Esta es la vida de descanso que Jesús prometió a los cargados y cansados si aprendieran Su humildad y mansedumbre, y llevaran Su yugo fácil y Su carga ligera. Así fuimos creados, pero tenemos que venir a Cristo y recibirle como nuestra VIDA para que sea posible.

Por esto, lo más importante en la familia cristiana es tener a Cristo en el centro siempre. El debe ser el que nos enseña, guía, capacita y corrige en todo lo que hacemos, sin excepciones, áreas reservadas para nuestra naturaleza carnal. Creo que este es el error nuestro al creer que si practicamos la Presencia de Cristo a veces, o en unas áreas de la vida, que ya lo hemos logrado. Luego nos sorprende una caída inesperada y nos confundimos. La incredulidad aprovecha esas fallas para hacernos pensar mal y aceptar la mentira que fue otro el que me hizo caer justo cuando yo andaba tan bien. Se nos olvida esa frase, “el pecado que habita en mí..” y la otra, “No ya yo más Cristo habita en mí…”

Amigos, o es el pecado o es Cristo el que está produciendo nuestras acciones y reacciones. Esta es la verdad que tenemos que vivir.

El problema con nosotros es que no sabemos u olvidamos andar en la Luz todo el tiempo para estar en comunión con El y mostrar Su vida en nosotros. Recuerden, amigos, esas dos grandes ayudas para la vida de permanencia en Cristo:

La Palabra: “Este libro de la Ley no salga de su boca, sino que de día y de noche
meditarás en él…” (Josue 1:8)

La Oración: “Orad sin cesar…” (1 Tesalonicenses 5:17)

No me canso de recordarles estas cosas porque me han ayudado tanto y lo he visto en los que más admiro. Estas dos disciplinas o hábitos son el secreto de una vida de Luz.

Abrazos, Samuel

Publicado en los navegantes

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