¿Y no queréis venir a mí? 1

juan540

y no queréis venir a mí para que tengáis vida.

Juan 5:40

Un sermón predicado en el Tabernáculo Bautista de Los Angeles por Dr.R.L.Hymers,Jr.
“Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí; y no queréis venir a mí para que tengáis vida” (Juan 5:39-40).

Yo creo que estos versos en el Evangelio de Juan describen perfectamente lo que está mal con el evangelismo moderno. Los dos errores modernos más comunes son estos:

1.  La vida eterna viene por creer lo que la Biblia dice.

2.  La vida eterna viene por creer lo que la Biblia dice, más haciendo un cometido de obediencia.

 

Generalmente a estos se les llaman dos nombres:

 

1.  El creer fácil.

2.  La salvación por Señorío.

 

Hoy día ambos errores se enseñan a menudo. Pero Juan 5:39-40 corrige a ambos. En este sermón mostraré tres cosas: (1) que la vida eterna no viene por creer la Biblia, y que no viene por creer la Biblia más hacer un cometido de obediencia; (2) que el hombre en su estado natural no vendrá a Cristo; (3) que todos los que vienen a Cristo reciben vida eterna.

“Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí; y no queréis venir a mí para que tengáis vida”
(Juan 5:39-40).

I. Primero, la vida eterna no viene por creer la Biblia, ni por creer la Biblia
más hacer un cometido.

Está claro que a los hombres a los que Jesús les estaba hablando creían la Biblia. De hecho la esperanza de vida eterna de ellos yacía en la creencia de las Escrituras,

“a vosotros os parece que en ellas [las Escrituras] tenéis la vida eterna” (Juan 5:39-40).

Esto muestra que la “fe” de ellos no era mayor que la de un demonio. Los demonios creen en Dios.

“Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan” (Santiago 2:19).

Pero los demonios creen más que eso. Ellos también creen que Jesús es el Hijo de Dios.

“Y los espíritus inmundos, al verle, se postraban delante de él, y daban voces, diciendo: Tú eres el Hijo de Dios” (Marcos 3:11).

Los demonios también lo llamaban”

“Jesús, Hijo del Dios Altísimo” (Lucas 8:28).

Y los demonios también creían en el Infierno, y ellos creían que Cristo tenía el poder de arrojarlos al Infierno.

“Y clamaron diciendo: ¿Qué tienes con nosotros, Jesús, Hijo de Dios? ¿Has venido acá para atormentarnos antes de tiempo?”
(Mateo 8:29).

(Estas ideas son tomadas de “The Demon’s Creed” [El Credo del Demonio], idea del sermón de Wayne Jackson,Pulpit Helps, Abril 2008, pp. 16-17).

Así está claro que los demonios creen en Dios, creen que Jesús es el Hijo de Dios, hasta el “Hijo del Altisimo,” y que hay un lugar llamado Infierno, y que Jesús tiene la potestad de mandar a alguien allí. Así, queda claro que una persona puede creer todas esas doctrinas Bíblicas sobre Jesús, ¡y todavía estar tan perdida como un demonio!

“Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí; y no queréis venir a mí para que tengáis vida”
(Juan 5:39-40).

¿Qué de la otra alternativa que se da tan a menudo hoy? La otra alternativa es creer lo que la Biblia dice, más hacer un cometido de obediencia. Pero, ¿no es eso exactamente lo que hicieron los Fariseos, la gente a la que Jesús le hablaba en nuestro texto? ¡Los Fariseos no solamente creían la Biblia, sino que ellos también hacían lo mejor posible de obedecer la Biblia!

“El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano”
(Lucas 18:11).

Entonces, claro, debemos de lidiar con el error moderno de interpretar mal a Romanos 10:9-14, que hace que la salvación dependa de decir las palabras de una oración. El Dr. John Gill dijo correctamente,

Aquí [en Romanos 10:10] el Apóstol explica la naturaleza y uso de ambos, la fe y la confesión; ya que la fe verdadera no yace en el reconocimiento mental del Evangelio…tampoco yace, ni en el cerebro, ni en la lengua, sino que en el corazón; no es un cononcimiento mental de cosas a ser creídas; ni es decir que un hombre cree; sino que es obra del corazón, un creer con todo el corazón…es un ir del alma a Cristo… aventurandose a su presencia, postrandose a sus pies… apoyandose y dependiendo en él (traducción libre de John Gill, D.D., An Exposition of the Old and New Testaments, The Baptist Standard Bearer, reimpreso en 1989, tomo 8, pagina 521).

Así vemos que la vida eterna no viene por creer la Biblia, o por creer la Biblia más un cometido, ¡o por decir las palabras de una oración! Todas esas cosas son ideas y obras humanas. Ninguna de ellas, ni su combinación, salvarán a nadie.

“Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí; y no queréis venir a mí para que tengáis vida”
(Juan 5:39-40).

II. Segundo, el hombre en su estado natural no quiere venir a Cristo.

El texto implica que la gente está muerta.

“No queréis venir a mí para que tengáis vida” (Juan 5:40).

Esto muestra que no tenían vida. Cristo no les urge que vengan a Él. Él no les está diciendo que vengan a Él. Para nada. Él está describiendo la condición de ellos. Él dice, “y no queréis venir a mí.” Esa es la condición natural del hombre. El hombre natural se halla en un estado de “Yo no quiero venir a Él.” Y de hecho, Él tenía razón al describirlos a ellos, y a toda la gente en su estado natural, de ese modo. “No queréis venir a mí para que tengáis vida.” Esa es la condición natural de la humanidad. Muestra por implicación, que el hombre está muerto, que no tiene vida. Y en esta condición muerta el hombre no quiere venir a Él, y así, permanecerá sin vida.

Hay tres modos en que tú estás muerto. Primero, tú estás legalmente muerto. Leí en el periódico que un hombre fue ejecutado la semana pasada. Pero él estaba muerto legalmente meses antes de la ejecución. El juez pronunció la pena de muerte. Los abogados laboraron mucho para repelerla. No pudieron. Así que al fin el hombre fue ejecutado. Pero él estaba muerto legalmente mucho antes; cuando el juez le pronució la pena de muerte. Él fue encerrado en su celda, legalmente muerto.

Y esa es la condición tuya. No es que serás condenado en el Último Juicio. ¡Oh, no! La Biblia dice que tú

“ya ha[s] sido condenado” (Juan 3:18).

Tú ya has sido condenado. En el momento en que pecaste tu nombre fue grabado en el libro negro de justicia. En aquel momento tú fuiste sentenciado a muerte por Dios. “Ya…condenado,” estás viviendo los días hasta que finalmente la sentencia sea ejecutada, inexorablemente ejecutada, inflexiblemente, inmoviblemente, firmemente ejecutada, porque tú “ya ha[s] sido condenado.” Estás legalmente muerto. Y en tu estado legalmente muerto,

“No queréis venir a mí para que tengáis vida” (Juan 5:40).

Pero tú también estás espiritualmente muerto. Cuando tus primeros padres comieron el fruto prohibido ellos murieron. Y aquel veneno de la muerte geneticamente se te ha pasado a tí.

“Así la muerte pasó a todos los hombres” (Romanos 5:12).

Spurgeon dijo,

Y ahora, tocante a las cosas espirituales, todo hombre está “muerto en delitos y pecados”…Ni está el alma menos muerta en un hombre carnal de que lo está el cuerpo cuando es metido en la sepultura; está verdaderamente y positivamente muerto… Tú no eres perfecto; aquella gran palabra “ruina” está escrita en tu corazón, y la muerte está estampada sobre tu espíritu. No te imagines, hombre moral, que podrás pararte ante Dios por tu moralidad, porque no eres nada más que un cadáver envuelto en legalismo, un cadáver [vestido] en ropas finas…A menos que el Espíritu de Dios [lidie] con tu alma, ante los ojos de Dios tú eres tan repugnante como un cadáver [frío y podrido] lo es para ti. Tú no escogerías convivir con un [cuerpo muerto] sentado a la mesa; tampoco a Dios le gusta tenerte a la vista (traducción literal de C. H. Spurgeon, “Free Will – A Slave,” The New Park Street Pulpit, Pilgrim Publications, reimpreso en 1981, tomo I, pp. 396-397).

Tú estás muerto espiritualmente así como también legalmente.

“Y no queréis venir a mí para que tengáis vida” (Juan 5:40).

La muerte legal y espiritual lleva a lo que la Biblia llama “la muerte Segunda.

“Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda” (Apocalipsis 21:8).

La “muerte segunda” y “el lago de fuego” son identicos.

“Y la muerte y el Hades fueron lanzados al lago de fuego. Esta es la muerte segunda” (Apocalipsis 20:14).

“La muerte segunda” no significa que tú dejas de existir. Significa que estarás completamente consciente del Infierno.

Tu alma habrá llegado ante Dios en el Último Juicio. Dios abrirá Sus libros. Él leerá tu nombre. Él leerá tus pecados uno por uno. Pero el más grande pecado que leerá es éste,

“No queréis venir a mí para que tengáis vida” (Juan 5:40).

El predicador dijo, “¿Vendrás a Jesús?” Tú dijiste, “No.” Aquellas palabras te vendrán a espantar en el Último Juicio. “No, no quiero venir a Jesús.” Por miles de edades, conforme se extienda la eternidad, la condenación de tu alma al castigo eterno será marcada por aquellas palabras,

“No [quisiste] venir a mí para que tengáis vida” (Juan 5:40).

En cuanto las puertas de esta vida se cierren, no habrá otro chance. No habrá esperanza. No habrá escape. No habrá liberación.

“Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí; y no queréis venir a mí para que tengáis vida”
(Juan 5:39-40).

III. Tercero, aquellos que sí vienen a Cristo tienen vida.

Jesús dijo,

“No queréis venir a mí para que tengáis vida” (Juan 5:40).

En Dios el Padre no hay vida para un pecador. No hay vida en el Espíritu Santo para un pecador. La vida solamente está en Jesús, el Hijo de Dios. Jesús dijo,

“Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás” (Juan 6:35).

“Y al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37).

Hay vida legal en Cristo. Legalmente tú pecaste en Adán. Su pecado permanece en ti. Pero tú tienes tus propios pecados, pecado tras pecado en tu cuenta. Pero el momento que estás en Cristo, todas las deudas legales son pagadas, todas las transgresiones legales son canceladas, y tú eres perdonado de todo tu pecado por la muerte de sustitución de Cristo, en tu lugar, por tus pecados, en la Cruz del Calvario, porque Jesús fue a la Cruz,

“para dar su vida en rescate por muchos” (Marcos 10:45).

En Cristo toda la condenación por el pecado es quitada, pagada por Él en tu lugar, en aquella Cruz.

“Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Romanos 8:1).

Él fue flagelado para pagar el precio de tus pecados. Isaías dijo,

“Por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:5).

Él fue clavado a la Cruz para pagar la pena de tus pecados.

“Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados” (Isaías 53:5).

“Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Romanos 8:1).

Cuando tú estás en Cristo tienes vida legal.

También tienes vida espiritual en Cristo. Aunque estás espiritualmente muerto en pecado, Dios tiene vida espiritual para ti en Cristso. Pecador muerto, aunque estás espiritualmente muerto, hay vida en Cristo Jesús.

Tal vez hayas escuchado la predicación del Evangelio por mucho, mucho tiempo. Pero sin efecto. Te sentaste como cadáver, cuerpo sin vida, y toda la predicación te pasó de largo. Pero de repente, se te abrieron los oídos, como si Cristo hubiese metido sus dedos en ellos, el sonido del Evangelio finalmente entra en tu corazón. La mano de Dios toca tu corazón y la vida entra, aplastando tu orgullo, despertándote a tu pecado, derritiendo tu corazón con dolor y convicción, alzando tus ojos a mirar a Jesús, atrayendote a venir a Él en fe simple. Muchos de nosotros aquí recordamos cuando la gracia de Dios nos despertaba de la muerte, aquellos dolores de conciencia, aquellas lágrimas, la batalla y la agonía que atravesaban nuestras almas cuando al fin vinimos al Salvador. Cuando atravesamos aquella resurrección de los muertos, hallamos que era todo por gracia, que era la gracia de Dios en Cristo que nos sacó de la muerte espiritual. Cristo le dijo a Lázaro, “Ven fuera,”

“Y el que había muerto salió, atadas las manos y los pies con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: Desatadle, y dejadle ir” (Juan 11:44).

Y, así es cuando Jesús te llame a Él, por Su poder sobrenatural, tú vendrás a Él, tal como Lázaro vino a Él desde la tumba.

Finalmente, hay vida eterna en Cristo. La muerte en el Infierno es horrible, más allá de nuestra habilidad de describirla en términos humanos. Pero cuando estás en Cristo no hay chance de que veas, ni mucho menos entres a las llamas de aquel terrible lugar, porque,

“Por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios” (Hebreos 7:25).

Jesús salva a la persona que está en Él hasta el máximo alcance de su pecado, y al máximo tiempo de su existencia. En Jesús, tú eres salvo para siempre, tienes vida para siempre, mundo sin fin. Salvo perpetuamente, o como lo diríamos en Español moderno, “Puede salvar [para siempre] a los que por él se acercan a Dios” (Hebreos 7:25).

Jesús no le dará vida a los que están en Él y luego la quitará. En días que eran racialmente menos delicados a la persona que hacía eso se le llamaba “Dador Indio,” o sea, alguien que te daba algo y luego te lo quitaba. Yo nunca conocí a ningún Nativo Americano que hiciera eso, pero es un dicho [Inglés] antiguo. Te digo con seguridad que Jesús no es un dador indio. Cuando Él cancela tu pecado y te da la vida espiritual, jamás te la quita – Él jamás le quitará la vida que le da a aquellos que están en Él, porque Él dice,

“Yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás” (Juan 10:28).

Ningún Infierno le espera a la mujer o al hombre en Cristo, porque Él dice,

“Yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás” (Juan 10:28).

Tú verás, cuando vengas a Jesús, que tu alma ya no está libre de apartarse de Él otra vez. Es guardada por Dios en Cristo,

“Guardados por el poder de Dios” (I Pedro 1:5).

Todos estos grandes beneficios se hallan en Jesús, y en ningún otro lado. La deuda de pecado es pagada por Jesús. La vida espiritual está resucitada en Jesús. Todos los pecados son perdonados y cancelados en Jesús. El Infierno ya no es amenaza ni temor a aquel que está en Jesús. Pero la perversidad de tu corazón, la corrupción de tu naturaleza, la muerte de tu alma te detienen de Jesús. Esta idea debe de entrar en tu corazón, “Yo soy tan pecaminoso por naturaleza que no quiero venir a Jesús. Mi corazón es tan engañoso y perverso que no quiero venir a Jesús. Yo merezco ser enviado al Infierno por eso.” Y si ese pensamiento no rompe tu corazón y te convence de pecado, yo no veo cómo algún otro podrá hacerlo. Que Dios te humille, te convenza de pecado, y te atraiga a Jesús, es mi oración. En Su nombre, Amén.


Y no queréis venir a mí para que tengáis vida (Parte I)

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