Taller familiar 111

Taller familiar
Samuel Clark
la paz en el hogar

Queridos amigos:

No hay una cosa más evidente que la paz, o la falta de ella, en el hogar. ¿Qué es la paz en un hogar? Es la calma, a veces aun frente a grandes necesidades o problemas. Se nota porque hay confianza en el Señor. Con razón uno de Sus títulos frecuentes es el Dios de Paz. Donde el Señor está ejerciendo Su influencia, habrá paz, confianza, fe, esperanza. Es una de las evidencias de que el Reino de Dios ha llegado a esa familia (Rom. 14:17). Pablo pidió que el Dios de Esperanza llenara a los cristianos romanos con todo gozo y paz en el creer para que abundaran en esperanza por el poder del Espíritu Santo (Rom. 15:13). La paz siempre acompañará a la fe en Jesucristo como Señor de las circunstancias.

Perdemos la paz cuando hay pleitos entre esposos o entre padres e hijos. Primero hay un disgusto que nos quita la paz. Luego viene la guerra. Como entre países, así entre familias o amigos, cuando no hay paz, habrá guerra. Oímos tantas veces el viejo refrán, “El/ella me dijo…me hizo…no me dio…”. Cuando uno ve al otro como un enemigo, no hay paz; hay guerra. Santiago 4:1,2 dice, “¿De dónde vienen las guerras y los conflictos entre vosotros? ¿No vienen de vuestras pasiones (placeres, deseos, expectativas) que combaten en vuestros miembros? Codiciáis y no tenéis, por eso cometéis homicidios. Sois envidiosos y no podéis obtener, por esto combatís y hacéis guerra…” Nos enojamos cuando no obtenemos lo que queremos egoístamente.

Déjenme compartir la respuesta a esta clase de falta de paz que se encuentra en Hebreos 13:5,6: “Sean vuestras costumbres sin avaricia (una forma de idolatría – Col. 3:5), contentos con lo que tenéis porque El mismo ha dicho, ‘Nunca te dejaré ni te abandonaré,’ de manera que decimos confiadamente, ‘El Señor es el que me ayuda; no temeré. ¿Qué podrá hacerme el hombre?’” Tenemos que atacar el problema, no a las personas. El problema está en nosotros porque no tenemos paz en cuanto a lo que tenemos o no tenemos. ¡Cuántos problemas familiares tienen esta raíz de deseos egoístas! El resultado es pleitos y guerras sobre dinero y cosas que decimos que necesitamos para ser felices.

También perdemos la paz cuando estamos preocupados por situaciones en la familia y creemos que él o ella debe “hacer algo” para arreglar el problema….y no lo hace. Entonces comienzan las “sugerencias”, los “recuerdos” y la insistencia que definitivamente quitan la paz. A veces estas situaciones son realmente problemáticas y necesitan una solución, pero “el problema principal” se pierde de vista con “el problema de la falta de atención o interés”- de otra persona. Entonces tenemos dos problemas, lo que nos preocupa y aquella persona que no lo arregla. A veces el segundo problema llega a ser más grande que el problema principal que nos hizo perder la paz y comenzar a preocuparnos.

La respuesta para estas situaciones es: “Por nada estéis afanosos (preocupados), antes bien, en todo, mediante oración y súplica con acción de gracias, sean dadas a conocer vuestras peticiones delante de Dios. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestras mentes en Cristo Jesús” (Fil. 4:6,7). Es mucho más fácil preocuparnos y molestarnos con otros que orar a Dios, porque para esto tendríamos que ponernos bien con El y con los otros. Pedro también dijo “Echando toda vuestra ansiedad sobre El, porque Él tiene cuidado de vosotros” (1 Pedro 5:7). El Salmista dijo: “Echa sobre el Señor tu carga, y Él te sostendrá; El nunca permitirá que el justo sea sacudido” (Sal. 55:22). Así que, es nuestra culpa si andamos cargando una situación que nos preocupa. La mejor manera es orar con aquel que pensamos que debe arreglarlo en vez de regañarle y molestarle con nuestras quejas.

Una tercera manera de perder la paz es con una carga de culpabilidad que llevamos. Casi siempre el problema detrás del problema es el orgullo que nos impide tomar los pasos necesarios para ser perdonados. Si es contra otro que tenemos el problema, la confesión debe ser directamente con aquella persona. Humillándonos ante otros para pedir perdón es difícil porque nuestro orgullo propio no quiere doblegarse. Busca auto justificación para echar por lo menos parte de la culpa sobre el otro/los otros. La cruz de Cristo es la respuesta para poder hacer lo que debemos hacer en el poder de Cristo. “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo mas vive Cristo en mí, y lo que ahora vivo en la carne lo vivo por fe en el Hijo de Dios…” (Gál. 2:20).

Si la carga de culpabilidad es para con Dios, 1 Juan 1:9 y 2:1 me ayudan siempre. “Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados. y limpiarnos de toda maldad…Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis. Mas si alguno hubiere pecado, Abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el Justo…” No vamos solos a confesar, amigos, porque el diablo estará para acusarnos y la única respuesta es la sangre que nuestro Abogado mismo derramó por nosotros para asegurarnos de que somos perdonados y limpios. Así que, no hay excusa por andar sin la paz con Dios. Rom. 5:1,2 dice, “Por tanto, habiendo sido justificados por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido también entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios.” Esta es nuestra seguridad de una paz eterna con Dios siempre que estamos firmes en Su gracia y no en nuestra conducta ni en nuestras obras buenas.

Jesús dijo a Sus discípulos (y a nosotros), “La paz os dejo, mi paz os doy, no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo” (Juan 14:27). El mundo da la paz si uno se rinde. Pero Cristo nos la da porque somos de El y Su Espíritu nos da Su paz.

No podemos asegurar a nadie que puede tener paz con todos, pues hay enemigos de Cristo que no nos van a dejar en paz. Podemos hacer todo lo que hay de nuestra parte para tener relaciones pacíficas, pero si son necios van a aborrecernos como aborrecen a Cristo. Ahí es donde tenemos que aguantarlos y hasta orar “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” y seguir adelante con nuestro Príncipe de Paz, el Señor Jesucristo.

Ahora, el hogar es donde más se hacen ver estas victorias de la paz. ¡Qué lindo es oír a personas decir que sienten paz en nuestro hogar. Vienen de conflictos, preocupaciones, problemas y cuando entran a un hogar donde la paz reina ellos lo sienten inmediatamente. Si no hay esa paz de Dios, no vamos a tener mucha oportunidad de ayudarlos a conocer al Príncipe de Paz. Recuerda, amigo, la paz no es una bendición opcional; es esencial para vivir en Cristo.

Que Dios nos dé esta visión clara como meta para nuestros hogares para la gloria de Dios.

Abrazos, Samuel

Publicado en los navegantes

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