Taller familiar 51

Taller familiar
Samuel Clark
Nuestra respuesta a las consecuencias de nuestras acciones

Queridos amigos:

¿Has oído las palabras “casualidad” o “coincidencia” recientemente? Pareciera que hoy día la gente cree mucho en estos conceptos ligados a “la suerte”. Por esto hay un mercado muy grande de artículos para traer la buena suerte y evitar la mala, tales como pirámides, cristales de cuarzo, patas de conejos, etc.

¿Sabías que la Biblia no habla de la “suerte” sino de las “consecuencias”, buenas y malas, y la “soberanía de Dios”? He aquí un ejemplo. En 2 Cronicas 18:1-34 encontramos la historia de la ultima batalla de Acab, el peor rey de Israel. Unos profetas falsos profetizaban una gran victoria pero el Rey Josafat de Judea quería oír la profecía de un profeta del Señor. Así que, Acab llamó a Micaías quien profetizó una terrible derrota. Los dos reyes no le hicieron caso. Se unieron para pelear contra un enemigo mutuo. Curiosamente, el incrédulo Acab se disfrazó como un soldado cualquier pero quiso que Josafat fuese vestido de su ropaje real y montara su carruaje real, “por si acaso”. ¿Qué pasó? “Un hombre disparó su arco al azar e hirió al Rey de Israel (Acab) por entre la juntura de la armadura.” ¿Casualidad? ¿Coincidencia? Las junturas de su armadura ofrecían una entrada muy pequeña. Ese rey disfrazado era uno entre miles. Pero la flecha hizo lo que Dios quería.

Yo no creo en la suerte ni en las casualidades. Yo creo en las consecuencias de las decisiones malas que hacen los hombres y las mujeres. Yo creo en la soberanía divina que asegura que se hará Su voluntad. Buenas o malas, las consecuencias no son coincidencias.

¿Qué tiene esto que ver con la familia cristiana? ¡Mucho! Mi vida y la tuya es una historia de las consecuencias de nuestras decisiones. Lo único que puede cambiar esto es la misericordia y la gracia de Dios que podemos recibir si le buscamos a tiempo.

“Abandone el impío su camino y el hombre impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase al Señor, que tendrá de él compasión, al Dios nuestro, que será amplio en perdonar.” Isaias 55:7

El arrepentimiento y la confesión del pecado puede cambiar las malas consecuencias o hacerlas menos onerosas. Pero recuerda que aunque el Rey David recibió el perdón de Dios, no evitó la muerte del hijo engendrado en adulterio. Tampoco las tragedias sangrientas en su familia inmediata a consecuencia de su pecado de asesinar al esposo de Betsabé.

Tenemos que admitir que muchos de los problemas en nuestra vida, y aun en un matrimonio verdaderamente cristiano, son consecuencias de malas decisiones o acciones que hicimos en un momento de falta de autocontrol o de reflexión. Para dificultar aun más la situación, seguimos cosechando lo que hemos sembrado. Errores ocasionales llegan a ser hábitos. Los hábitos forman el carácter. El carácter determina el fin de una vida. Por esto, amado amigo, debemos tener un temor de Dios que nos guiará a evitar aquellas cosas que traen malas consecuencias, y practicar aquellas que producen buenas consecuencias.

Nadie puede decir que no pudo evitar un pecado, pues el pecado es una decisión. Siempre. La obediencia también es una decisión. Pero los hábitos malos nos ciegan al hecho de que estamos eligiendo el mal en vez del bien. Por eso los buenos hábitos son más difíciles en formarse, pues tenemos que romper malos hábitos bien arraigados. Cada vez que escogemos pecar, estamos creando unas consecuencias que nos van a dañar a menos que nos arrepintamos y busquemos la misericordia y el perdón de Dios antes de que sea demasiado tarde.

¿Qué puedes hacer si estás en medio de muchas malas consecuencias en tu matrimonio? Cómo primer paso es necesario confesar las causas de estas consecuencias y aceptar la responsabilidad por ellas (no “confesar” los pecados del cónyuge). El segundo paso es buscar la ayuda de Dios para cambiar en las áreas donde estás fallando y formar costumbres nuevas y santas que producirán los frutos buenos que quieres en tu matrimonio. El tercer paso es procurar la ayuda de otros para hacer las cosas nuevas: tu cónyuge, tus mejores amigos, un ministro o consejero. No es fácil, pero al que cree todo le es posible (Mateo 9:29).

Necesito asegurarte que el concepto de la soberanía de Dios no es siempre un asunto de consecuencias que podemos evitar. Un ejemplo de mi vida me recuerda esto. En 2003 me vacuné en contra de la pulmonía. Quince días más tarde estuve en urgencias, muy enfermo. ¿De qué? De meningitis y pulmonía. Más tarde supimos que esa vacuna contiene bacterias vivas. Existe el peligro de que uno entre miles contraiga una enfermedad causada por esas bacterias. Yo fui ese “1 entre…”. Hay gente que dirá que fue “mala suerte”. Yo creo en la soberanía de mi Dios, no en la mala suerte.

Sí, mi enfermedad grave fue consecuencia de una decisión mía pero la soberanía de mi Dios me eligió para que yo me enfermara de esa vacuna en ese momento de mi vida. Meses después supe que esa enfermedad trajo consecuencias buenísimas en la vida de otros, incluyendo la de mi hijo por quien habíamos orado por 15 años para que creyera en el Señor Jesús. La soberanía divina es muchísimo mejor que la suerte para entender la vida. Su soberanía puede cambiar todo lo “malo” en “bueno, agradable y aceptable” porque es Su divina voluntad (Rom. 12:1,2).

Por lo tanto, amigo, no hables más de coincidencias y casualidades. Alinéate con la soberanía de Dios y aprovéchala para experimentar plenamente Su voluntad.

Abrazos, Samuel

Publicado en los navegantes

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