«La generación post-adolescente»
La franja de edad de esta generación son aquéllos jóvenes entre los 18 y 30 años, es decir, se encuentran en la edad post-adolescente viviendo en una atmósfera verdaderamente paradójica de desafíos constantes que les afecta en todas las áreas. Una generación que…
Quieren hacerse psicológicamente autónomos buscando al mismo tiempo afirmar el propio yo. Para ser más precisos, cada uno de ellos necesita poder ser él mismo y renunciar a la educación recibida y a las presiones sociales.
Pueden estar bastante insertos en el campo del estudio o en una actividad profesional, mientras algunos pueden encontrarse en situaciones profesionales o personales bastante precarias: desocupación, inestabilidad psicológica, comportamientos disgregados y numerosos problemas de la vida.
Expresan el deseo de tener fe en sí mismos, quieren liberarse de las dudas respecto a la existencia y de los miedos ligados a la idea de un compromiso afectivo.
A veces piden ayuda a sus padres, a pesar de experimentar una cierta incomodidad en el trato con ellos.
La mayor parte de ellos sigue viviendo con sus padres, mientras otros, a pesar de vivir solos, aún son dependientes.
A menudo tienen necesidad de ser apoyados cuando se encuentran confrontados con la realidad, para poderse aceptar, para aceptar la vida y comenzar a actuar en la realidad.
Igualmente están en búsqueda de las razones para la vida sobre las que construir la existencia: la mayoría está lejos de preocupaciones religiosas y a menudo reconoce no haber sido sensibilizada ni educada en este campo.
La religión los atrae y al mismo tiempo los inquieta, sobre todo cuando es presentada como fuente de conflictos en el mundo, cosa que es un error de interpretación, porque los conflictos en cuestión son de origen político y económico.
En una sociedad que, por diversas razones, cultiva la duda y el cinismo, el miedo y la impotencia, la inmadurez y el infantilismo, los jóvenes tienden a asirse a modalidades de gratificaciones primarias y tienen dificultad en madurar, entendiendo por madurez la personalidad que ha completado la organización de las funciones basilares de la vida psíquica y que por lo tanto es capaz de diferenciar la propia vida interior del mundo externo.
Muchos jóvenes, que aún permanecen en una psicología de fusión, tienen dificultad en realizar esta diferenciación; aquello que sienten e imaginan, a menudo es sustituido por los hechos y la realidad del mundo externo. Este fenómeno es ampliado y alimentado por la psicología mediática, que inerva hoy los ánimos y el universo virtual, creado por videojuegos y el Internet.
Todo esto los predispone a vivir en lo imaginario y en un mundo virtual, sin contacto con la realidad la que no han aprendido a conocer y que los delude y deprime.
Tienen un acercamiento lúdico a la vida, con la necesidad de ir de juerga, sobre todo los fines de semana, sin saber bien por qué; pero de este modo buscan ambientes totalizantes y sensaciones que les dan la impresión de que existen.
Queda aún por verificar si estas experiencias crean o no relaciones verdaderas y contribuyen al enriquecimiento afectivo e intelectual de su personalidad.
Son ambivalentes porque quieren encontrar el modo tanto de entrar en la realidad como de huir de ella.
Son como las generaciones precedentes: capaces de ser generosos, solidarios y comprometidos con causas que los movilizan, pero tienen menos referencias sociales y sentido de pertenencia que sus predecesores.
Son individualistas, quieren hacer su propia elección sin tener en cuenta el conjunto de los valores, de las ideas o de las leyes comunes.
Toman sus puntos de referencia de donde sea para después experimentarlos en su modo de vivir.
Tienden con facilidad al igualitarismo y a la tolerancia, embebidos de la moda y de los mensajes impuestos por los modos mediáticos, que de hecho les sirve de norma en la cual se basan.
Corren el peligro de caer en el conformismo de las modas, como las esponjas que se dejan impregnar, en vez de construir su libertad partiendo de las razones para vivir y amar, hecho que explica su fragilidad afectiva y la duda sobre ellos mismos en la que se debaten.
Su vida afectiva está marcada por muchas dudas, comenzando por aquéllas sobre la identidad, el sexo, la familia. A veces experimentan una gran confusión respecto a los sentimientos y no saben distinguir entre una atracción a nivel de amistad y una tendencia homosexual.
La coeducación, en la que han vivido desde la infancia, puede complicar en el momento de la post-adolescencia la relación entre hombre y mujer.
Por último, el considerable aumento de los divorcios no favorece la fe en el otro ni en el futuro.
Estas personalidades han sido acostumbradas a vivir constantemente a nivel afectivo y sensorial, en detrimento de la razón en cuanto a conocimiento, memoria y reflexión, lo que da como resultado una inteligencia que no está suficientemente formada. De ahí que “pienso, luego existo”, se haya cambiado a “pruebo las sensaciones, luego estoy calmado”.
La educación contemporánea produce sujetos demasiado apegados a las personas y a las cosas, por lo tanto, aunque lo niegue produce seres dependientes a costa de la realidad, del saber, de los códices culturales y de los valores morales, sin ayudar a los jóvenes a edificarse interiormente.
Significativa es la experiencia de este padre con 28 años: «Me clasifican de adulto, pero no me reconozco como tal, y el mundo de los adultos no me interesa. Tengo dificultad en hacer mía esta dimensión. Para mí, los adultos son mis padres. Estoy en contradicción conmigo mismo: interiormente me veo como un niño o un adolescente, con angustias terribles, pero hacia afuera ya soy un adulto y en el trabajo me consideran como tal. En la sociedad nada nos ayuda a hacernos adultos.»
De ahí que cuando encuentran adultos que de verdad lo son, que están en el puesto correcto y que son en grado de transmitirles los valores de la vida, escuchan lo que se les transmite sobre la experiencia vivida, a la espera de poder a su vez inspirarse en ella.
«La generación post-adolescente»
Cuando acudes a la Palabra de Dios, y formas parte de esa generación post-adolescente, lo que vas a encontrar son desafíos, o por lo menos es lo que yo encontraba en mi época.
El primer desafío es leer la Palabra de Dios, pero no como si fuera cualquier libro, sino leerla de forma que conectes con lo que está escrito, de una forma más profunda, identificándote con los personajes y situaciones.
El segundo desafío es amar la Palabra de Dios, porque si la lees de la forma correcta, seguro tu vida irá cambiando, tú lo notarás, y acabarás deseando y amando esa Palabra y deseando pasar tiempo con ella.
Quieres hacer una prueba: Lee un capítulo y hazte estas preguntas: ¿Qué aprendo sobre Dios?, ¿Qué aprendo sobre mí mismo?, ¿Qué debo hacer al respecto?. Seguro que los resultados te llevarán a tener ese plan de lectura porque amas la Palabra de Dios, por lo que te va enseñando.
El tercer desafío es la responsabilidad que la Palabra de Dios, te dará, que no es otra sino la oportunidad de enseñar o compartir a otros lo que estás aprendiendo y experimentando, lo que será un buen reto que motivará tu propio estudio y lectura bíblica.
Obviamente, el nivel de responsabilidad va a variar según el nivel de madurez, pero la emoción cuando recibes responsabilidades es muy grande, porque experimentas que estás creciendo.
Ahora veamos un ejemplo de desafíos espirituales en la Palabra de Dios.
