¿Eres misericordioso?
La gran mayoría nos emocionamos hasta las lágrimas si vemos por televisión o por las redes sociales, la noticia sobre un perro que sacrificó su vida para salvar la vida al amo que lo castigaba.
La misericordia es la virtud que nos permite tener compasión de los males ajenos, que nos impulsa a perdonar las ofensas. Es la disposición para ayudar al que lo necesita, atributo considerado propio de Dios y delegado también al hombre y la mujer.
La misericordia se puede resumir en dos palabras, caridad y perdón.
Todos hemos tenido peleas y enfrentamientos por diferentes cuestiones, algunos de ellos quizá ni recordemos como empezaron, y a lo mejor nos han llevado a romper vínculos familiares (hermanos, padres, matrimonios), o profesionales o de relaciones sociales, y aunque las viejas heridas todavía sangren, tener misericordia de los errores ajenos libera al alma de una pesada carga.
El cerebro de una persona tiene un mecanismo natural que es saludable, porque olvida la mayor parte de las cosas que le pasan, principalmente lo malo que le acontece, pero tiene muy buena memoria para los recuerdos felices. De modo que estamos diseñados para tener misericordia de los otros.
Así como tenemos memoria tenemos que tener también misericordia; y además la inteligencia necesaria como para no tropezar dos veces con la misma piedra, porque tener misericordia es posible cuando nos damos cuenta que también nosotros hemos ofendido y cometido errores y necesitamos que nos perdonen.
Los odios eternos son difíciles de mantener, porque el cerebro olvida y a veces hay que hacer un gran esfuerzo para recordar la afrenta y cobrarse, por eso el que no puede olvidar queda bloqueado y emocionalmente perturbado, no puede avanzar ni vivir el presente porque está aferrado al pasado.
Pero… ¿Qué pasaría se te decidieras a ser más misericordioso?
Aquí tienes algunas maneras prácticas de llevar una vida más misericordiosa. ¿Te animas?
1 Atrévete a que realmente te importe: Imagínate que estás viendo a la otra persona y que esa persona te importa. Y luego decide cómo puedes ayudar a esa persona. Piensa… ¿Cómo cambiaría tu vida si realmente comenzaran a importarte los demás?
2 No juzgues: No importa lo que sucedió, tu trabajo no es juzgarle, tu trabajo es dejarlo en la misericordia de Dios, aunque ahora no creas en Dios, dale una oportunidad y que sea Dios el juez de lo que sucedió.
3 Evita los chismes: los chismes ofenden a los demás. Piensa que un chisme puede llegar a deshonrar y lastimar aún más a una persona que ya ha sido herida.
4 Niégate a la venganza: Si quieres ser verdaderamente misericordioso no guardarás resentimientos ni intentarás desquitarte cuando te sientas ofendido o herido por otros. Más bien abandonarás los rencores, de nuevo dale una oportunidad a ese Dios en el que aún no crees y ofrécele lo sucedido, porque ÉL se compromete a enseñarte y entonces perdonarás.
5 No te alejes: Seguramente la mayor tentación que enfrentas es la de dar la espalda. Es fácil justificarte pensando que seguramente hay otros más capacitados que tú para mostrar misericordia.
6 Cultiva un poco de bondad: Todos los días surgen oportunidades para ser bondadosos. Y no hay ocasión por pequeña o insignificante que sea, para mostrar y desarrollar esa misericordia.
7 Acepta la misericordia de los demás: Necesitas humildad para admitir que tú mismo también necesitas misericordia.
¿Eres misericordioso?
La respuesta es sí, somos misericordiosos, porque hemos sido creados con ese atributo, y es por eso que la Palabra de Dios, nos invita a conocer a Aquel que nos creó, que puso ese atributo de misericordia en nosotros a su imagen y semejanza, y que usa Su Misericordia con nosotros, en la forma que leemos en Su Palabra:
“Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad.” – Lamentaciones 3:22-23
Ahora ven conmigo a conocer a ese Dios y como muestra toda Su Misericordia con nosotros.
