Cuando se pierde la esperanza

El más terrible de los sentimientos es el de tener la esperanza perdida. – Federico García Lorca

O cómo dijo Antonio Machado en su poesía “Hoy es siempre”

– Hoy: “Aquí y ahora”.

– Es siempre: Aún es posible emprender un nuevo camino.

– Todavía: Mientras se está en la vida.

La esperanza es una elección, puede aprenderse y compartirse con otros, es activa, requiere de esfuerzo, y tiene un proceso que se compone de:

1. Definir metas – que consideramos más importantes, que nos emociona perseguir, que son claras, específicas y realistas. No consiste en desear pasivamente.

2. Confeccionar un agenda – es saber que mediante las acciones que realizamos vamos dándole forma a la vida ya sea para bien o para mal. Requiere tomar responsabilidad para mejorar las situaciones y asumir la responsabilidad de seguir adelante con el logro de los sueños.

3. Definir los pasos a dar – es la habilidad percibida para buscar y generar múltiples rutas hacia las metas y escoger los caminos más apropiados, monitoreando el progreso.

Cuando estos componentes son débiles la esperanza disminuye, pero cuando son fuertes aumenta la esperanza y podemos apreciar algunos de sus beneficios como por ejemplo:

– Bienestar emocional y felicidad:

– Salud física:

– Tolerancia al dolor:

– Afrontamiento del estrés:

– Salud mental:

– Mejores relaciones interpersonales:

Es más fácil tener esperanza cuando todo va bien, pero hay situaciones que pueden dar la impresión de extinguir toda esperanza de una vida y futuro mejor. Perder a las personas que más amamos, el desempleo, perder la funcionalidad física, la enfermedad mental, el diagnóstico de una enfermedad crónica…

Cuando tenemos esperanzas claras para el futuro vivimos bien, cuando no es así, podemos llegar a estar desesperanzados, desanimados o desesperados, o incluso a sentir que no vale la pena vivir.

Aunque a veces nos cueste, y sintamos que perdemos la esperanza, aún podemos afrontar la realidad y poner en práctica algunas actitudes:

1 Buscar el aprendizaje de la situación – aceptando la realidad pero al mismo tiempo preguntarnos: ¿Qué nos pide esta situación que aprendamos?

2 Enfocarse en lo que sí se puede hacer – permanecer en la acción porque así le damos sentido a la vida.

3 Recargarte en los tuyos – si te ofrecen algo y te hace bien, recíbelo y acepta. Son esas muestras de solidaridad, de cariño y de humanidad que genera el calor en el alma para volver a generar la chispa de la esperanza.

4 Lee a alguien a quien admiras – leer la biografía de algún personaje al que admiras, con sus propias historias, batallas, y desesperanzas, y ver sus logros al final de su vida te hará recuperar la esperanza de que sí es posible.

5 Recuerda crisis anteriores – recuerda las anteriores crisis, y recuerda cómo saliste de ello. Trata de volver a hacer aquello que te ayudó a salir adelante.

6 Recupera lo que un grano aporta a la arena – la inmensidad de los problemas nos hace sentir perdidos. Tú desde donde estás puedes colaborar a que las cosas sean distintas. Enfócate en tu parte.

7 Ve a la naturaleza – la naturaleza tiene el hermoso regalo de recordarnos que la vida es un milagro. Mirar los árboles, el cielo, el atardecer, las estrellas y volver a maravillarte es volver a recuperar mucho que se nos pierde en la rutina.

8 Acudir a ayuda profesional – hay veces que la crisis es fuerte, que el espíritu ya no puede, que los recursos personales ya no son suficientes o ya no se encuentran. Para ello es importante acudir a ayuda profesional.

9 Acude a tu líder espiritual -si tienes alguna religión, poder ir con tu líder o guía espiritual te puede ayudar a volver a encontrar el camino desde tus propias creencias espirituales.

Es interesante que desde la perspectiva humana se busque ayuda en la parte espiritual de la persona para recuperar la esperanza, y es que en la Palabra de Dios, tenemos personas que pasaron por momentos de desaliento y desesperanza, y que dijeron estas frases a Dios:

“No puedo yo solo soportar a todo este pueblo: es una carga demasiado pesada para mí… te ruego que me des muerte” (Nm. 11:14-15).

“Basta ya, Jehová, quítame la vida, pues no soy yo mejor que mis padres» (1 R 19:4).

“¿Por qué te abates, alma mía? Y le dice a Dios: “¿Por qué te has olvidado de mí? ¿Por qué andaré yo enlutado por la opresión del enemigo? (Sal. 42).

Por eso nosotros los que pasamos por esas experiencias, nos definamos cristianos o no, somos llamados a conocer lo que la Palabra de Dios tiene para nosotros, porque la Palabra de Dios es para todos.

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