Ya has descubierto
que puedes volver.
Que aunque te hayas alejado,
el camino de regreso existe.
Pero quizá al regresar
haya algo que te preocupe.
Quizá pienses:
**«¿Y ahora qué hago
con todo lo que he hecho?»**
Porque volver
no significa que el pasado
haya desaparecido.
Sigues llevando contigo
tus decisiones,
tus errores,
tus heridas
y todo aquello
que todavía no sabes cómo arreglar.
Eso también ocurrió
con un hombre llamado Zaqueo.
Era jefe de publicanos.
Y se había hecho rico
cobrando impuestos.
La gente sabía quién era.
Y no lo miraba con buenos ojos.
Un día supo que yo pasaba por allí.
Quería verme.
Pero era bajo de estatura
y no podía hacerlo entre la gente.
Así que corrió delante
y se subió a un árbol.
Desde allí podía verme
sin que nadie tuviera que acercarse a él.
Pero entonces
hice algo que él no esperaba.
Me detuve.
Miré hacia arriba.
Y lo llamé por su nombre:
«Zaqueo.»
Él seguramente no esperaba
que yo supiera quién era.
Mucho menos
que quisiera hablar con él.
Pero le dije:
**«Date prisa, desciende,
porque hoy es necesario
que pose yo en tu casa.»**
No le pedí que bajara
después de arreglar su vida.
No le pedí que demostrara
que había cambiado.
No le pregunté primero
qué había hecho con su dinero.
Simplemente
quise estar con él.
Zaqueo bajó del árbol.
Y me recibió con alegría.
Pero algunos comenzaron a murmurar.
No entendían
por qué quería entrar
en la casa de aquel hombre.
Yo sí sabía quién era Zaqueo.
Sabía lo que había hecho.
Sabía lo que la gente pensaba de él.
Y aun así,
quise estar con él.
Y ocurrió algo.
Después de encontrarse conmigo,
Zaqueo decidió cambiar.
No para conseguir
que yo quisiera estar con él.
Ya estaba con él.
Decidió devolver
lo que había tomado injustamente.
Decidió dar
a los pobres.
Su cambio no fue
el precio de nuestro encuentro.
Fue la respuesta
a haber sido recibido.
Quizá tú también
hayas pensado alguna vez:
**«Primero tengo que cambiar
y después podré acercarme.»**
Quizá pienses:
**«Cuando consiga arreglar esto,
entonces podré seguir caminando contigo.»**
Pero mira a Zaqueo.
Yo no esperé
a que estuviera preparado.
No esperé
a que hubiera arreglado su vida.
Fui a su encuentro
tal como estaba.
Y quizá contigo
pueda ser igual.
No tienes que arreglarlo todo
antes de acercarte.
No tienes que convertirte
en otra persona
para que yo quiera caminar contigo.
Puedes venir
con aquello que todavía
no sabes cómo cambiar.
Puedes seguir caminando
mientras aprendes.
Puedes comenzar de nuevo
aunque todavía tengas cosas
que reparar.
Porque mi amor
no es una recompensa
por haberlo hecho todo bien.
Mi gracia te permite seguir.
Y quizá descubras,
como Zaqueo,
que cuando alguien
te recibe de verdad,
algo dentro de ti
comienza a cambiar.
No porque tengas que demostrar
que mereces estar conmigo.
Sino porque ya has descubierto
que puedes estar conmigo
tal como eres.
Si has vuelto,
quédate.
Si todavía estás cambiando,
sigue caminando.
Y si todavía hay cosas
que necesitas reparar,
no tengas miedo de empezar.
No tienes que ser perfecto
para seguir caminando conmigo.
Mi gracia te permite seguir.


