«Matrimonios en peligro»
El matrimonio es la vocación para la que la mayoría de los seres humanos estamos llamados. Es una alianza fundamentada en el amor entre un hombre y una mujer. En él, pasamos a una etapa de practicar la donación y el desprendimiento constantemente cada día, desde que amanece hasta que vamos a dormir.
Pero existen peligros que pueden poner en riesgo a matrimonios, incluso a aquellos que parecen estar muy fortalecidos. Estos peligros suelen a veces ser imperceptibles por la pareja, en algunos casos porque surgen de entornos (educativo, laboral, familiar…) que no les vemos como amenazantes, sino como algo hasta cierto punto normal porque estamos acostumbrados a convivir con ellos, pero que aumentan en extremo el riesgo a caer en ellos y fracasar como matrimonio.
Un fracaso en el matrimonio es muy duro, a pesar que haya personas que expresen lo contrario y lo justifiquen como normal, siempre es una decepción que causa un efecto en el ánimo, a unos les afecta más que a otros, pero es indudable que deja heridas. Nadie se casa para romper; el objetivo es perseverar y alcanzar el desarrollo pleno junto a la persona que amas y has elegido para darle lo mejor y peor de ti en una donación total.
Por ello hoy es importante andar por la vida con el olfato sensible y la pisada fuerte para detectar y combatir todos esos obstáculos que pueden en peligro nuestro matrimonio. La lista es muy larga, pero vamos a considerar algunos de estos peligros y riesgos:
– Individualismo. En ocasiones algún miembro de la pareja de esposos le cuesta dejar hábitos y actitudes que en su soltería eran normales por estar solo. No cambiar a la actual realidad de ahora ser dos, puede ser el mayor de los peligros, de los cuáles se desencadenan todos los demás.
– Comunicación deficiente. Una buena comunicación con la pareja se logra con el tiempo, pero se debe poner en marcha desde el primer día. La sinceridad y la prudencia deben acompañar todo acto de diálogo entre los esposos, cuidando la forma, con firmeza en el fondo y en el entendimiento mutuo.
– Incapacidad para ceder. No es una guerra ni competencia en donde el vencedor logra imponerse ante el más débil. El matrimonio se trata de donación, no solo corporal, si no de tiempo, ideas, actitudes y actos. Ceder debe ser la acción primera que la esposa y la esposo busquen ante toda situación derivada de la buena comunicación.
– Distorsión de la sexualidad. La vida sexual de la pareja suele distorsionarse por la influencia y presiones sociales orillándola a rebajar al acto conyugal a su sentido más bajo que puede tener, el placer por el placer. Esto va construyendo actos hedonistas que posteriormente se ven reflejados en la vida diaria de la pareja. En algunos casos, la figura de la esposa también se rebaja a un objeto que solo está para cumplir las necesidades sexuales.
– Exposición a situaciones de riesgo. Malas amistades, compañías que no precisamente ayudan y alientan la perseverancia del matrimonio. Trabajos que son muy demandantes y que obligan, tanto a la esposa y al esposo, a descuidar la vida marital. Relaciones en el mismo trabajo en donde se pone en riesgo la fidelidad. Fiestas, reuniones, convivimos que se desarrollan en ambientes o lugares no propios para una persona casada. El riesgo más grande de este punto es que, la mayoría de las veces, es imperceptible y por consecuencia muy peligroso. Hay que recordar que el fuego siempre quema, y que por una vez que hayamos pasado sobre él sin ningún daño, no significa que nunca nos vayamos a quemar.
– El pasado, pasado está. Cuando uno se casa, acepta toda la realidad de la persona con la que se une, incluido todo su pasado. Ahora bien, esto no quita que sigamos unidos a ese pasado: antiguos novios/novias, relaciones terminadas, tienen que quedar así, terminadas. Son punto y final. Es mejor quedar como un estúpido, que dejar una puerta entreabierta a lo que pudo ser y no fue, tentación para una escapatoria cuando se nos presenten los problemas. Pues nadie sabe cómo, la realidad es que, ante una dificultad en la vida matrimonial, si no se dio el portazo a las citadas relaciones pasadas, estas personas aparecen como por arte de magia en el momento más inoportuno.
– Los amigos y las actividades, mejor en común. Hay que ser realistas: esta sociedad nuestra nos empuja hacia el individualismo, la autorrealización, y buscar nuestro propio espacio. Por ello, si en aquello que está en nuestra mano, en nuestro ocio, buscamos puntos de encuentro, actividades comunes, mejor que mejor. También con los amigos: personas que nos conozcan bien, y que sean de bien. Bien al cuadrado. Serán un buen aliado en la tempestad, fuente de consejos sabios, que no enfrenten a uno contra el otro. Especialmente si caminamos también junto a otros matrimonios.
– No esperes recibir. Te casas para hacer feliz al otro, para entregarte a él. Si tienes una lista de derechos y obligaciones, del debe y el haber, la puedes ir rompiendo. Esto no funciona así, al modo “tanto te doy, tanto he de recibir”. Hablamos de donación gratuita y desinteresada. La lista de “duras y maduras”, de “cales y arenas”, analizada desde nuestro hombre viejo, no te parecerá nunca equilibrada.
– Cuidado con el trabajo. Tristemente, lo común hoy en día es que sea una fuente de absorción de tus energías, tu tiempo, tu vitalidad, tus ilusiones. Si no se tiene sumo cuidado, tenderá a dañar nuestra vida familiar. Al trabajo no le gustan las esposas/esposos. Los ve como contrincantes de nuestro rendimiento. No dejemos que les ataque.
– Está prohibida la ley del silencio. Todo, absolutamente todo, ha de hablarse y compartirse entre los esposos. Bueno y malo. El primer pensamiento ante cualquier hecho de relevancia en nuestra vida, cualquier alegría, preocupación, dolor, etc., debe ser compartirlo con nuestro cónyuge.
Tenemos que aceptar la realidad de que el matrimonio es una relación viva y dinámica, sujeta a cambios internos y sobre todo que requiere el respeto de la individualidad de los miembros de esa unión. Es una relación horizontal donde ambos tienen derechos y reglas que van a entrar en conflicto con ellas, por lo que requerirá de nuestro esfuerzo para resolverlos cada vez que aparezcan.
«Matrimonios en peligro»
Cuando nos acercamos a la Palabra de Dios, encontramos que la unión matrimonial es una institución natural y divina establecida por Dios (Génesis 2:24). Él creó el matrimonio y la familia para que los seres humanos pudieran aprender a amarse unos a otros como él los ama (Efesios 5:25-33).
Cuando nuestro Creador eterno diseñó el sexo (ver Génesis 1:27; 2:18, 24), quiso que fuera un medio puro y maravilloso para que los esposos se expresaran amor uno al otro y se unieran íntimamente dentro de la relación matrimonial. También es el medio para que una pareja
engendre y produzca hijos en una atmósfera familiar cálida, tierna y alegre (Génesis 1:28; Malaquías 2:15).
Además, cuando Dios determinó la reproducción humana a través del sexo en el matrimonio para poblar la Tierra, su objetivo final era llevar “muchos hijos a la gloria” (Hebreos 2:10). De hecho, él está agregando miembros a su familia concediéndoles a las personas el potencial para que finalmente reciban la vida divina eterna en su reino venidero (Romanos 8:16). Además, la relación devota entre el esposo y la esposa debe reflejar la relación amorosa entre Jesucristo y su Iglesia (Efesios 5:31-32).
Por lo tanto, si consideramos lo que el matrimonio y la familia representan espiritualmente, debiéramos ver que Dios ha diseñado la relación sexual solo para los esposos en un matrimonio estable, duradero y lleno de amor (Génesis 2:24). Cualquier relación sexual fuera de lo que Dios originalmente pretendía con el matrimonio degrada, deshonra y corrompe la indispensable e importante relación familiar (1ro Corintios 6:15-20).
