«Pecado», esa horrible palabra.

Hablar de «pecado» resulta pecaminoso. Es paradójico para nuestra «muy avanzada» civilización. Podemos hablar de «errores», de «caídas» momentáneas que aparecen casi como elementos pedagógicamente necesarios para nuestro propio crecimiento personal.

Incluso se está de acuerdo con que hay conductas inadecuadas pero éstas se evalúan y juzgan a la luz de un relativismo cada vez más generalizado: «todo es correcto siempre y cuando se haga con responsabilidad» y «la libertad de cada uno llega hasta el límite de la libertad del otro».

Esto significa, en últimas instancias, que todo lo que hagamos es correcto siempre y cuando no se atente voluntariamente con lo que el otro piensa que es correcto. Pero yendo a términos prácticos todos estaremos de acuerdo en que existen comportamientos inadecuados o abiertamente perversos independientemente de lo que el consenso general decrete o acepte.

Robar, matar o mentir estarían dentro del rango de las conductas intrínsecamente malas o inaceptables, pero caemos, nuevamente, en el problema cuando consideramos que es correcto y aceptable siempre y cuando los demás lo acepten.

Un desfalco en el trabajo, podría contar con el beneplácito de los afectados o empleados tiranizados de esa empresa.

El robo, ¿Cuántas personas se benefician del robo (y lo promueven) comprando a sabiendas de que los artículos que se comercializan son producto del hurto premeditado?.

La mentira es un hábito general y aceptado socialmente siempre y cuando no se ponga al descubierto. La cultura del engaño ha impregnado todos los ambientes sociales, pero la cosa no pasa de ahí. Nuestra cultura es tolerante y tendemos a olvidar y hasta mostrarnos complacientes con el engaño.

Nuestra propia vida, sabemos que mentir no es correcto pero nos llenamos de argumentos para respaldar la mentira. Sin embargo, a la hora de descubrir el engaño nos rasgamos las vestiduras porque la mala acción del otro, finalmente, llegó hasta nuestros límites y fuimos afectados. ¿Dónde queda el relativismo?. Es probable que quien nos engaña considere que «es correcto», que se trata de una simple «mentira piadosa».

El asesinato, nadie se expone voluntariamente a la destrucción de la propia vida por manos de un tercero, pero muchos aprueban el asesinato con paliativos que, acaso, le resten el peso emocional que tal acción tiene sobre cada individuo: el aborto es permitido y aceptado por muchos porque no se lo considera un asesinato sino «la interrupción de un embarazo» y se esgrimen los argumentos más «piadosos» para aprobarlo o incluso para mostrarse indiferentes frente a él; muchos aceptan la eutanasia porque no se le considera un asesinato sino «una muerte digna, inducida con fines caritativos». En esos casos la acción de matar queda subordinada a la conveniencia o inconveniencia de conservar la vida del afectado.

El robo, el asesinato en todas sus formas, la mentira, como otros que no hemos visto, la impureza, la fornicación, la envidia, todos y cada uno de ellos, son pecado. No importa si nos afectan directamente o no, no importa si nos mostramos indulgentes o los rechazamos: son pecados y a las cosas es mejor llamarlas por su nombre.

Pero quien se atreve a hablar del pecado y a formar a los suyos en la conciencia de su existencia, es catalogado como «retrógrado», «fanático» o «reprimido». El estigma social antes destinado a las conductas intrínsecamente malas es ahora trasladado a quienes denuncian su existencia y son la voz moral de una sociedad cada vez más corrupta. El hombre de hoy quiere vivir a su guisa hasta que es golpeado por los efectos del pecado. Y habiéndolo erradicado como concepto no tiene los elementos para defenderse.

«Pecado», esa horrible palabra.


Cuando acudimos a la Palabra de Dios, el pecado está bien definido, veamos dos ejemplos, aunque hay muchos más:

1 Juan 3:4: “el pecado es infracción de la ley” – Dios tiene una ley y al pecar estamos en contra de esa Ley de Dios, que es la que un día nos pedirá cuentas.

Santiago 4:17 y al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado. – es un atentado contra nosotros mismos y contra el prójimo (física, moral, espiritualmente).

Quizá estamos escuchando de un Dios Justo y Misericordioso, que nos ama, pero preferimos quedarnos con la “misericordia” y el “amor” y rechazamos o eliminamos la justicia.

Pero Misericordia y Justicia son inseparables. Un padre es misericordioso al corregir en justicia, al hijo. La corrección proviene del deseo de preservar al otro de males mayores. Eso lo sabemos los padres, quienes nos enfrentamos continuamente con estos dos principios: justicia y misericordia.

Pero aún en el ejercicio de nuestra paternidad el enemigo de nuestras almas ha incursionado convirtiendo a los padres en «amigos», «compañeros» y «cómplices» privándolos de ejercer el deber de educar, formar y corregir a los hijos con base en un amor maduro y responsable.

Y esta actitud de “amigo”, “compañero”, “cómplice”, la hemos trasladado a nuestra relación con ese Dios al que no de aceptamos como Justo pero que tiene el derecho de ejercer su Justicia con nosotros

Pecado es pecado y es mejor acostumbrarnos a llamar las cosas por su nombre.

Por eso te invito a ver que dice y que solución encontramos en la Palabra de Dios a nuestro pecado.

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