¡Una pausa para mirar las estrellas del cielo!
Mirar las estrellas equivale a una pausa, a un momento de intimidad y un silencio que nos permite sentir nuestras auténticas aspiraciones, buscar respuestas, pensar en el futuro, descubrirnos a nosotros mismos.
Existen razones prácticas para mirar las estrellas, como orientarnos en el tiempo. El cielo nos da la noche y el día, las fases de la Luna, las estaciones, y eso nos permite organizar nuestra vida. Pero ¿Cómo se explica nuestra fijación por el cosmos mucho más allá de lo que nos afecta? ¿Por qué ya a nuestros antepasados les importaba tanto que el Sol girase o no mientras sirviera de energía a los tomates de su huerto? ¿Por qué Galileo o Copérnico se jugaron literalmente la cabeza con todo en contra —tradición religiosa y laica— para conocer la realidad de los fenómenos celestes?, son tantas las preguntas que salen de esa mirada.
Desde las primeras civilizaciones, observar las estrellas ha tenido una función utilitaria. En Mesopotamia encontraron una manera de manejar su agricultura. En Babilonia, identificaron y trazaron los movimientos de los planetas en mapas. Nuestros antepasados miraban al cielo para adorar a sus dioses, y aunque nosotros no nos postremos ante esas deidades, aún encontramos ahí arriba preguntas mucho más grandes que nosotros mismos.
Mirar al cielo donde la Luna y las estrellas tan distantes e inalcanzables, nos ayudan a cambiar la perspectiva de las cosas y a ser más felices, y a sentir una profunda conexión con ellas.
Cuantas veces nos olvidamos de ese cielo impresionante que tenemos encima nuestro, porque estamos poniendo nuestra mirada hacia abajo, en dónde los elementos, las novedades y los avances sobre todo en lo relacionado con las nuevas tecnologías, nos mantienen cada vez más atrapados, siendo incapaces de alzar la cabeza y elevar la mirada a las estrellas.
Al estar excesivamente sobreexpuestos a una cantidad enorme de mensajes, los efectos pueden ser muy negativos en diferentes dimensiones, principalmente dos:
Dimensión social: el exceso de exposición puede acabar atentando contra la propia dignidad de la persona, que llega a insensibilizarse ante mensajes poco adecuados, por lo que se revierte la riqueza que la información debería provocar. Además, la soledad e incomunicación está entre las consecuencias más extremas.
Dimensión económica: al estar expuestos a un exceso de estímulos, se estima que finalmente la mayor parte de los consumidores acaban adquiriendo productos innecesarios que les pueden crear serios problemas económicos, tanto en el medio como a largo plazo.
Por suerte, la “intoxicación” por exceso de información y publicidad tiene solución si aplicamos ciertos remedios. Uno de ellos sería el rebajar los niveles de exposición realizando otras tareas. ¿Qué mejor que retomar el contacto natural con el entorno que nos rodea?
Una escapada al aire libre y un tiempo observando las estrellas, supone un ejercicio muy saludable a todos los niveles. La belleza natural es excelente para mejorar el estado de ánimo, relajar el estrés e incluso permite socializar con iguales.
Cuando yo trabajaba por mi cuenta como analista-programador, y tenía un horario de 24 horas diarias, pude experimentar esas consecuencias de tanta intoxicación de trabajo e información externa, y por eso algunas noches hacia una pausa, me iba a la playa y allí sentado en la arena, miraba las estrellas del cielo para darme un tiempo de relajación.
¡Una pausa para mirar las estrellas del cielo!
En la Palabra de Dios, podemos apreciar la importancia que le da Dios a los cielos y al contenido de ellos, como el sol, la luna y las estrellas. Y cómo las usa en muchas enseñanzas, y en muchos momentos a lo largo de la historia.
Uno de estos momentos lo vemos detallado en la vida de unos magos, en dónde Dios usó una estrella para guiarlos desde muy lejanas tierras con el propósito de llevarles hasta un niño que hacía poco había nacido.
Estos magos que miraban las estrellas, observaron que esta actuaba de forma diferente, entendieron su propósito y obedecieron, siendo guiados hasta la misma presencia de ese niño.
Este niño era el Verbo hecho carne, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, Jesús el que salvaría a su pueblo de sus pecados.
Hoy nosotros no tenemos una estrella, tenemos la Palabra de Dios que también nos llevará a conocer a ese niño, y descubrir lo que descubrieron aquellos magos.
