¿Conoces a tu mayor rival?

Seguramente conoces esta historia:

«Salí a correr un día y me di cuenta de que una persona corría a lo lejos por delante de mí, más o menos a unos doscientos metros de distancia. Noté que estaba corriendo un poco más lento que yo y pensé: «Voy a tratar de atraparlo.»

Al fin y al cabo, aún me quedaba cerca de un kilómetro y medio de carrera por delante para completar el entrenamiento, así que empecé a correr más y más rápido. Cada manzana de edificios que atravesaba le iba recortando un poco más la distancia. Tras unos minutos ya estaba a tan solo unos cien metros detrás de él, así que aceleré el ritmo y me dije que tenía que esforzarme todavía un poco más.

En ese instante llegué a pensar, incluso, que no estaba haciendo jogging, sino corriendo el tramo final de una competición olímpica. Decidido a atraparlo, finalmente, lo logré. Le di caza y le sobrepasé con aire de suficiencia.

Por dentro me sentía tan bien. ¡»Le gané»!, me decía a mí mismo. Por supuesto, mi ‘rival’ no se había percatado absolutamente de nada, porque en ningún momento alteró su ritmo de carrera. Él estaba, simplemente, haciendo un poco de ejercicio vespertino y de ningún modo en una carrera contra mí o contra nadie.

Una vez me calmé tras la fatiga, me di cuenta de que había estado tan enfocado en competir, que me había despistado completamente. Me había ido casi seis manzanas más allá de mi calle. Di la vuelta mascullando al respecto de mi solemne estupidez…»

Aparte de la anécdota, ¿no es esto lo que sucede en nuestra vida cuando nos centramos en rivalizar con los compañeros de trabajo, los vecinos, amigos y familiares, tratando de superarles o de demostrar que somos más exitosos o más importantes o más sabios? ¿No nos enfocamos tanto en la competición que nos pasamos de manzana?

Hay gente que lleva compitiendo toda su vida, y no solo en el ámbito profesional. Y así, hasta que se dan cuenta de que la raíz de su afán de competencia es simplemente la aceptación. Nunca se han sentido plenamente aceptados y su vida se convierte en una constante necesidad de demostrar que son dignos de reconocimiento, bloqueando el conducto a la inspiración y la confianza en sí mismos. Gastan tanto tiempo y tanta energía corriendo detrás de las metas autoimpuestas, que se desvían de los caminos más simples en los que no se compite, sino simplemente se vive… y además, de forma bastante serena.

El problema con la competitividad mal entendida, es que es un círculo que nunca termina de completarse. Siempre habrá alguien en el ranking por delante de nosotros, alguien con un mejor trabajo, un mejor coche, más dinero en el banco, más educación o inteligencia, etc.

Compararse con alguien que está mejor es absurdo, pero también lo es, e incluso peor, hacerlo con alguien que está por debajo, porque si no se encuentran a nuestro nivel, eso no demostrará que nosotros hayamos obtenido mejores resultados. No te engañes.

Despertamos a la realidad cuando descubrimos que la carrera no está en contra de los demás, sino en contra de nuestro potencial personal.

Por lo tanto, compite contra ti mismo. Define el objetivo a lograr cada día. Trabaja con diligencia y evalúa tu desempeño a diario. Al día siguiente, trata de hacerlo mejor.

Nunca perderás tu motivación, ni tampoco enfermarás de las emociones que destruyen la mente (como los celos, la envidia, la amargura o el resentimiento), si te utilizas a ti mismo como tu propio estándar o punto de referencia. Si eres capaz de ser tú mismo, no tienes competencia. Todo lo que tienes que hacer es conseguir más y más de tu esencia.

No existe nada malo en admirar a alguien y que dicha persona sea tu inspiración para seguir sus pasos, sin embargo la competencia comienza contigo mismo y no con la persona que te inspira

Como he dicho antes, a veces la vida parece ser una competencia para ver quién es más bello, más inteligente, quién tiene más…creemos que la vida es tratar de superar a los demás y olvidamos que la vida es un camino de aprendizaje personal, donde el único que compite es uno mismo por ser mejor persona, más sabio y evolucionado

No es difícil encontramos en un gimnasio a quienes no se sienten satisfechos consigo mismo y quieren parecerse a alguien más. Quieren competir con otros, no consigo mismos. El objetivo es ser como el otro o mejor, y no mejor que uno mismo

Pero también nos ocurre en la sociedad en general y en las empresas en particular

Recuerda que siempre, siempre, existirá una persona más inteligente, más bella, con más dinero, con mejor posición en el trabajo…pero no compitas con ellos, trabaja contigo para alcanzarlo e incluso superarlo. El competidor no está en esa persona, está en ti

La única competencia que debe existir es contigo mismo. No te hagas daño a ti ni a los demás, queriendo ser alguien diferente a ti

La competencia es saludable entre compañías, no entre seres humanos. De hecho, cuando en las empresas la gente comienza a competir con sus propios compañeros de trabajo, se crea un ambiente hostil donde con tal de ganar y lucirse ante los demás, se antepone los intereses propios a los intereses de la empresa. Competimos con los demás y no con nosotros mismos

Los seres humanos somos como una vela encendida, que para poder prender otra vela, no es necesario apagar la primera

¿Y tú? ¿Con quién compites? ¿Quién es tu mayor rival?

Al preguntar por tu rival, quizás te vengan algunos nombres a la cabeza. Sin embargo, esta pregunta tiene una respuesta muy sencilla… ese adversario al cual nos referimos, se trata de ti mismo.

Porque tu eres responsables de las decisiones que tomas y debes asumir las consecuencias que cada proceso de elección implica; por supuesto, siempre estaremos expuestos a cometer equivocaciones.

Elegir es renunciar, y aunque a veces no quieras tomar la iniciativa a decidir el camino por temor a equivocarte. Es un gran error.

Porque necesitas establecer objetivos, información clara y precisa para que logres tus metas. Es decir, que “para transitar el camino tienes que saber hacia dónde vas”. Si te fijas solo en identificar lo que quieres evitar, lo indeseable, entonces perderás de vista el horizonte al que quieres llegar.

Indudablemente, tienes una capacidad increíble para superar cualquier obstáculo y conquistar el éxito. Lo único que hace falta es mirar hacia al inmenso universo interior, sincerarte con la sabiduría innata que llevas dentro para poder definir claramente si las acciones que proyectas al exterior coinciden con la verdadera esencia de tu ser.

Una vez que entiendes que el único rival a superar eres tú mismo, tienes que poner tu objetivo en cuatro obstáculos o peligros que puedes encontrar en tu camino.

– Pensar que si creces alguien se enfadará contigo. Antes de dar un paso adelante, puedes temer la envidia o frustración de los que no están preparados para hacerlo.

– Pensar que si creces perderás amigos. Al situarte en una liga diferente, algunos de los que te acompañaban hasta ahora podrían desaparecer, pero al mismo tiempo encontrarás nuevos aliados.

– Creer que con una pequeña modificación ya estás creciendo. La ley del mínimo esfuerzo nunca ha sido una escalera hacia el éxito.

– No darte cuenta de que hay que crecer. Este es el principal motivo por el que muchas personas se estancan, al no ir más allá de lo que ya han conseguido.

Mucha gente se asusta cuando ve que está creciendo: aparece el vértigo del éxito; o bien, el miedo al fracaso. El miedo a ser rechazada, a perder apoyos al salir de la zona de confort o a “no estar a la altura” hace que se frenen inconscientemente. Y tú no debes ser una de estas personas.

Si te gusta el futbol te sonará una frase de Johan Cruyff s el técnico holandés que fue entrenador del futbol club Barcelona, donde en una de sus frases dijo: ”Si tú tienes el balón, el rival no lo tiene”. Una lapidaria sentencia que da muestras de su concepción del fútbol ofensivo y de cómo controlar los partidos cansando al rival.

Así debes pensar, en la medida que conozcas a tu mayor rival (que eres tú mismos), y controles la situación, ¡no permitirás que sabotee tus sueños!.

¿Conoces a tu mayor rival?

Cuando nos acercamos a la Palabra de Dios, la rivalidad y la rivalidad sobre todo entre hermanos está muy presente, pero también encontramos cómo no hay que tratar a los hermanos.

Esa rivalidad se refleja en sentimientos como: el odio, el rencor, el aborrecimiento. Sentimientos que lo primero que provoca es tenernos en un estado de esclavitud continuo.

Para aquellos que se definen como cristianos y aún para todos aunque no se definan cristianos, pero que son conscientes que tienen sentimientos que les llevan a aborrecer, a detestar o a odiar, a sus hermanos, sencillamente no les quieren y no les aman, Dios tiene unas palabras en 1 Juan 4:20-21

“20 Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?

21 Y nosotros tenemos este mandamiento de él: El que ama a Dios, ame también a su hermano”.

Para los que nos definimos como hijos de Dios tenemos el mandamiento de amarnos unos a otros. Es uno de los mandamientos más descuidados por todos. Una de las características de los verdaderos discípulos de Jesús es el amor que se manifiestan unos a otros. Juan 13:35 “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros”.

De hecho Jesús mando que nos amaramos como Él nos había amado. Sabemos que el amor de Jesús fue y es inmenso, porque se despojó de lo que era en el cielo y murió en la cruz del calvario por nosotros. El entrego todo por nosotros, ese si es amor. Juan 13:34 2Corintios 8:9 Filipenses 2:5-8

Nosotros deberíamos amarnos de la misma manera, poniendo primero a nuestros hermanos que a nosotros mismos. 1Juan 3:16

En esto fallamos, muchísimo, no sólo no ponemos nuestra vida, sino que tampoco ponemos un poquito de tiempo para nuestros hermanos. No tenemos o no queremos apartar tiempo para compartir, visitarlos, animarlos, preocuparnos por ellos, reunirnos con ellos, compartir con ellos, servirles, ayudarlos, edificarlos, exhortarlos o reprenderlos. No tenemos ni tiempo ni ganas. Pero además de este pecado, añadimos otro: Aborrecemos a nuestros hermanos.

Ser libres de esta rivalidad entre hermanos y rivalidad contigo mismo, que en el fondo es una forma de esclavitud, solo es posible a través de la Palabra de Dios, si es tu caso y quieres conocer más, solo tienes que acompañarme.

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