¿Me amas?

Es la pregunta que muchas veces pensamos y en alguna ocasión hacemos, cuando tenemos delante a la persona en concreto.

Podemos responder de una forma automática y simple ¡Sí, te amo!

Pero cuando la pregunta se repite varias veces, es entonces cuando comenzamos a analizarnos y vemos nuestra debilidades y nuestros fallos y emitimos nuestra respuesta con otras palabras ¡Sí, tú sabes que te quiero!.

Sea cual sea las veces que se haga la pregunta, no cambia nada, el grado de amor es el mismo, pero en ese breve espacio de tiempo que respondemos, nuestra mente es más rápida y nos hace una serie de preguntas que condiciona la segunda respuesta.

1. Dejando de lado el físico, ¿Lo que más me atrajo de ti, sigue vivo?

2. ¿He sabido esperarte el tiempo que necesitabas?

3. ¿He cambiado aquellos aspectos que no eran buenos en nuestra relación?

4. ¿He modificado algunos de mis malos hábitos por el bien de los dos?

5. En el caso de los matrimonios, ¿Somos amigos, además de ser pareja?

6. ¿Sigo con el deseo que de estemos juntos por siempre?

7. ¿Te hago sentir completamente en paz cuando estás conmigo?

8. ¿Puedo ver que tu vida ha cambiado para bien luego de que comenzamos nuestra relación?

Hacernos preguntar y evaluarnos está bien si con ello buscamos mejorar, pero está el peligro de entrar en el juego de la margarita “hoy te amo, hoy no te amo”.

Por eso necesitamos fijar nuestros ojos en un acontecimiento similar que tenemos en la Biblia, y del que sacaremos una guía de cómo actuar correctamente.

Si quieres acompañarme, te espero dentro

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