“¡No me lo puedo creer…!”
¿Cuántas veces te has visto a ti mismo, te has oído a ti mismo repitiéndote esta frase?
En esos momentos, entramos en bucle, nos repetimos de forma “obsesiva”: ¿qué ha ocurrido?, ¿qué ha pasado?, ¿cómo?, ¿por qué?,… Y la respuesta es: “No me lo puedo creer…”, “Es que, no me lo puedo creer…”.
A esos momentos, los llamamos: “Incredulidad”. Hay diferentes tipos de incredulidad, veamos cinco de ellos relacionados con nuestra fe, y que podemos encontrar en las personas:
– Incredulidad por ausencia de valor religioso – es sin duda el más extendido y que en realidad no merecería el nombre de incredulidad, sino de indiferencia religiosa: no es que no se crea, es que no le interesa creer. Esta incredulidad puede prevenir de dos ángulos diferentes: indiferentes por ausencia del valor religioso, indiferentes por sustitución del valor religioso.
– Incredulidad por sustitución de valores – existe una variante de esta incredulidad, que si no es la más numerosa, sí es quizás la de más influencia, es precisamente ese grupo de hombres que por sus cualidades intelectuales que son la punta de lanza que con el esfuerzo de sus hombros van empujando la cultura y civilización a metas más altas. Ellos van abriendo brechas y el resto de la humanidad se va colando por las brechas que ellos abren. Y en una gran parte son incrédulos y la que hace aparecer a los que creen como unos pobres diablos, como ciudadanos de segunda clase en el mundo de la inteligencia.
– Incredulidad hostil – es la antipatía, personas que no son indiferentes en materia religiosa, sino que les molesta positivamente el Cristianismo; les provoca a una hostilidad más o menos intensa. Si para los anteriores el Cristianismo no era un valor, para éstos se convierte en un antivalor, en un enemigo. No sólo no creen en él: éstos anticreen en él. Tienen una actitud beligerante y cuando hablan del Cristianismo lo hacen en términos agresivos, insultantes o rencorosos.
– Incredulidad humana – este tipo de incredulidad es característica de nuestro tiempo como cultura, donde el hombre pasa a ocupar el centro del universo, se absolutiza y se construye en norma de lo que es bueno y lo que es malo y constituye, también, pues, en criterio de lo verdadero y de lo falso. Por consiguiente, para que el hombre sea, es necesario que Dios no sea. Dios no debe, pues, existir, luego no existe. No es que el hombre niegue propiamente su existencia, es que no le deja existir.
– Incredulidad seudo-auténtica – la impresión subjetiva que este tipo de incrédulos tiene y que no dudo que muchas veces es sincera por lo menos, a nivel consciente, es que no creen porque sencillamente no pueden creer; no porque no quieran creer. Más aún, muchas veces, y esto les confirma más en la conciencia de su sinceridad, sienten nostalgias de la fe que perdieron, quisieran volver a creer, pero sienten que no pueden. Si no estuvieran siendo sinceros, ¿cómo iban a sentir estas nostalgias? Son, pues, las razones, creen ellos, las que les impiden creer.
Lo que está pasando a un nivel más profundo, es que nuestro cerebro está buscando respuestas (de un hemisferio al otro) para integrar eso que ha ocurrido dentro de nuestra red neuronal (almacén de nuestros conocimientos y experiencias).
Una vez tenemos las respuestas, no sólo entendemos cognitivamente lo que ha ocurrido, sino que nuestra emocionalidad cambia, deja de ser tan intensa, la sensación de emergencia y alerta se apacigua.
De esta forma, el trauma, deja de ser tal, para pasar a ser una experiencia, tal vez dolorosa, frustrante,… pero no agónica.
Este proceso natural para nuestro cerebro, ya que está “construido” para ayudarnos y protegernos, no siempre ocurre por sí sólo.
En ocasiones, nos faltan conocimientos y/o recursos para llevar este proceso a cabo, en otras ocasiones, nuestro cerebro ya tiene lo que necesita para “procesar” lo ocurrido, pero tal vez necesite un “empujón” para acelerar el proceso o desbloquearlo si no está avanzando por sí mismo.
“¡No me lo puedo creer…!”
Cuando estamos leyendo la Palabra de Dios, nos encontramos también a muchas personas que les cuesta creer lo que están viendo y escuchando, veamos un ejemplo en este versículo:
Marcos 9: 23-24 “Jesús le dijo: Si puedes creer, al que cree todo le es posible. E inmediatamente el padre del muchacho clamó y dijo: Creo; ayuda mi incredulidad”. – aquí tenemos a un padre con gran incredulidad, pero esto no le impide pedir ayuda a Jesús para su hijo y para el mismo.
Cualquiera de nosotros podemos encontrarnos en esta situación, pero podemos reaccionar también de la misma manera que reaccionó el padre de este muchacho.
¿Y qué pasa con aquellos que llevando tiempo leyendo, escuchando, observando, aun así dicen no creer?. Veamos que dice Jesús a esto en:
