Devocional 13/09/2018

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El texto bíblico de hoy: Lucas cap 17 al 24
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Y los capítulos 1 y 2 de juan
Juan capítulo 01
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El banco de cheques de la fe 2011 de C. H. Spurgeon
13 de Septiembre

“También sus cielos destilarán rocío.” Deuteronomio 33: 28.
Lo que representa el rocío para el mundo de la naturaleza, en el Oriente, así es la influencia del Espíritu en el reino de la gracia. ¡Cuán grandemente la necesito! Sin el Espíritu de Dios soy una planta seca y marchita. Me doblego, desfallezco y me muero. ¡Cuán dulcemente me reanima este rocío! Una vez que soy favorecido con él, me siento feliz, vigoroso, elevado. No necesito nada más. El Espíritu Santo me trae vida, y todo lo que la vida requiere. Sin el rocío del Espíritu, todo lo demás es menos que nada para mí: oigo, leo, oro, canto, me acerco a la mesa de la comunión, y no encuentro ninguna bendición en todo ello, hasta que el Espíritu Santo me visita. Pero cuando Él me riega, todo medio de gracia es dulce y beneficioso.
¡Qué promesa es esta para mí! “También sus cielos destilarán rocío.” Seré visitado por la gracia. No me quedaré en mi sequía natural, o en el ardiente calor del mundo, o en el simún de la tentación satánica.
¡Oh, que en esta precisa hora sintiera el suave rocío silente y saturador del Señor! ¿Por qué no habría de sentirlo? Aquel que me ha hecho vivir como vive la hierba en el prado, me tratará como trata a la hierba: me refrescará desde lo alto. La hierba no puede pedir el rocío como yo puedo hacerlo. Seguramente, el Señor que visita a la planta que no ora, responderá a Su hijo suplicante
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6- Sinopsis del Nuevo Testamento
Sinopsis del Nuevo Testamento es un estudio sintético de cada uno de los libros del Nuevo Testamento: Se examina el propósito de cada libro, quién fue el autor, cuándo y a quiénes se escribió. Se identifica cuál es el mensaje de cada libro y cómo se relaciona este con los demás. La meta de esta materia es darle al alumno un concepto panorámico de la Biblia.

23- SEGUNDA DE PEDRO: FRENTE A LA FALSEDAD por Ray C. Stedman

Casi da la impresión de que Segunda de Pedro fue escrita para nosotros hoy, en esta hora en la que nos ha tocado vivir. Cada una de las palabras es pertinente, totalmente contemporánea, llena de consejos prácticos para el tiempo en que nos encontramos, que es al mismo tiempo una confirmación de la frescura y vitalidad de la palabra de Dios, que nunca pasa de moda. También nos sugiere que es posible que el ciclo ha dado ya la vuelta entera y que estamos actualmente viviendo en días muy semejantes a los del primer siglo y que las condiciones con las que nos enfrentamos en nuestro mundo son casi del mismo estilo, si no en cuanto al terreno que abarcan, si en cuanto a las condiciones ante las que se encontraron aquellos primeros cristianos.

Existe una considerable diferente entre las dos epístolas de Pedro. La primera rebosa de gozosa esperanza frente al sufrimiento, pero el tema de esta segunda epístola es la de la verdad fiel frente a la falsedad, cómo detectar el error, cómo vivir en medio del engaño, cómo distinguir entre el bien y el mal, cuando el mal resulta sutilmente seductor y engañoso.

Para empezar, permítame el lector ofrecer un breve bosquejo de esta epístola. Se compone de tres capítulos, cada uno de los cuales presenta algo totalmente diferente. En el primer capítulo, el apóstol hace a sus lectores una exhortación acerca de cómo es exactamente la vida cristiana. En el segundo, advierte acerca de cómo se puede reconocer a los falsos maestros y en el tercer capítulo, nos ofrece una palabra de garantía acerca de la venida de nuestro Señor Jesucristo, y aquellos hechos que sirven de fundamento a nuestra fe y a continuación llega a una conclusión. Es un resumen muy sencillo, ¿verdad? de una epístola práctica, como podríamos esperar de un cristiano tan práctico y tenaz como Pedro.

Es muy factible que esta epístola fuese escrita en el mismo lugar que la primera, cuando Pedro se hallaba prisionero en Roma, posiblemente por orden de Nerón. Es evidente, al menos, que se hallaba en terrible peligro porque en esta epístola dice que siente que se acerca el momento en que ha de dejar su cuerpo, esta morada, su habitación, para ir con el Señor y dice que el Señor mismo se lo ha declarado, según se nos dice al final del Evangelio de Juan. El Señor Jesús le había dicho a Pedro que llegaría un tiempo en el que los hombres le atarían las manos y le llevarían a donde él no desearía ir.

Pedro entendió que eso quería decir que tendría que sufrir y morir como lo hizo nuestro Señor, en una cruz, y la tradición nos dice que Pedro fue de hecho crucificado, que se sintió tan humilde ante el hecho de ser considerado digno de morir la misma muerte que el Señor Jesús, que suplicó a sus captores que le crucificasen boca abajo.

Al escribir a aquellos cristianos, en medio de aquellas aflicciones, no les está intentando animar en esta epístola ni diciéndoles que deben regocijarse ante el sufrimiento, sino más bien está intentando ayudarles a ser fieles ante la falsedad. En su primer capítulo, hallamos una maravillosa palabra en el primer versículo y la epístola va dirigida a:\

“…a los que han alcanzado una fe igualmente preciosa como la nuestra…”

¡Piense en eso! Nos hemos sentido tan tentados a pensar en estos poderosos apóstoles como hombres de un carácter intachable y de una fe tan abundante y tan superiores en su conocimiento de la verdad, pero lo cierto es que los apóstoles mismos nunca se consideraron a sí mismos de ese modo, sino como sencillos creyentes con la misma igualdad de oportunidad en la fe que disfrutaban el resto de los creyentes.

Hace años me encontré con esta expresión, y desde entonces ha sido algo que me ha servido de estímulo: “Hasta el más débil de los creyentes tiene en sus manos lo que poseyeron los más poderosos de los santos. Ese es el tema del primer capítulo de Pedro. Preste atención a estas palabras:

“Su divino poder nos ha concedido todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad…” (2ª Ped. 1:3)

Todas las necesidades, tanto para desenvolverse en la vida como para manifestar la justicia o la santidad, es decir la semejanza a Dios, en este mundo nos pertenecen. Eso significa que cualquiera que haya venido sinceramente a Jesucristo, sin excepción, tiene todo cuanto se precisa para afrontar todo lo que la vida puede poner en su camino.

¿Lo cree usted? Muchísimas personas no lo creen, buscando siempre algo más, alguna nueva experiencia, una reacción diferente, alguna revelación adicional, algún sentimiento especial sobresaliente y están convencidos de que sin esas cosas no pueden ser nunca la clase de cristianos que deberían de ser, pero ¿se da usted cuenta de que Pedro lo niega enfáticamente? Nos dice que si acudimos a Cristo, le tenemos a él y si le tenemos a él, tendrá usted todo cuanto Dios le dará jamás. Dispone usted de todo el poder y de todas las cosas que tienen relación con la vida y con la santidad mediante el conocimiento de Dios.

Ahora bien, si esto es cierto, no tenemos excusa para fracasar ¿verdad? Eso quiere decir que si lo tenemos todo en Cristo, solo necesitamos saber más acerca de él, y tendremos todo lo que necesitamos para resolver el problema con el que nos estemos enfrentando.

¡Ojalá que encontrase la manera de hacer que eso quedase claro de una manera práctica! Para mi, lo importante de ser cristiano es que en Jesucristo encuentro realmente las respuestas prácticas a cada uno de los problemas con los que me enfrento. Por supuesto que por el hecho de hacerse usted cristiano, eso no significa que sepa automáticamente todo lo que hay en todos los libros del mundo. Pero lo que sí consigue es tener una percepción más profunda y entendimiento al aumentar su conocimiento de Cristo, sabiendo desenvolverse ante cualquier dificultad, aprendiendo a afrontando los sufrimientos, los problemas, entendiendo la vida y a sí mismo.

Su divino poder ya nos ha concedido todo lo que necesitamos, pero al principio de conocer a Cristo, aunque tenga usted todo cuanto se precisa, todavía no lo habrá usted descubierto, no habrá encontrado usted todo en lo que se refiere a la experiencia.

Esto se produce por dos medios. Primero, las promesas:

“Mediante ellas nos han sido dadas preciosas y grandísimas promesas.” (2ª Ped. 1:4)

Estas no son solo palabras brillantes, no son solo disparates teológicos cuyo propósito es conmover un poco al corazón, sino que son garantías seguras que nos ha dado Dios, que él honrará con todo cuanto tiene. Su naturaleza misma, su mismo carácter, su magnificencia está en juego en estas palabras, que se refieren a las promesas que son seguras y están garantizadas.

Por lo tanto, lo primero que tenemos que hacer es enterarnos de lo que ha prometido, lo cual significa familiarizarnos con las Escrituras. Por eso es por lo que es imposible que se sienta usted realizado en la vida y que verdaderamente descubra la clase de persona que Dios quiere que sea usted, a menos que entienda usted la palabra de Dios.

Puede usted apuntarse en todos los cursillos que quiera y todo lo que conseguirá será acumular sabiduría humana, con su mezcla de verdad y error, sin capacidad para distinguir lo uno de lo otro. Por eso es por lo que hasta la persona más culta, que no conozca la Biblia, puede cometer las más espantosas y atroces equivocaciones, algo que sucede continuamente, pero si empezamos a entender todas estas grandes y maravillosas promesas, entenderemos de qué trata la vida. Para eso sirven, para revelar las cosas tal y como son.

Veamos ahora, el efecto que produce el depositar nuestra confianza en estas promesas:

“después de haber huido de la corrupción que hay en el mundo.”

Eso suena atractivo ¿no es cierto? ¡Hay tanta corrupción a nuestro alrededor! La corrupción implica todo cuanto deshonra, poluciona y destruye. ¿Cómo podrá usted huir de todo ello a menos que posea usted la verdad acerca de Dios? No hay escapatoria posible. Sin la verdad de Dios todos nos veríamos atrapados inexorablemente en una red de mentiras y de engaños.

La corrupción se encuentra en el mundo debido a la pasión y hay tres pasiones en el fondo de todos los males humanos: la lujuria, que significa la pasión sexual, en el mal sentido, que destruye el cuerpo; la avaricia, que es el materialismo y además la ambición, el orgullo del espíritu que busca popularidad, fama y la alabanza de los hombres. Esas cosas están destruyendo las vidas de hombres y mujeres por todo el mundo y esas son las tres cosas que la verdad de Dios nos transmite al entenderla y obedecerla.

La segunda vía para descubrir todas estas cosas, que están a nuestro alcance, se encuentran al principio del versículo 5:

“Y por esto mismo, poniendo todo empeño [siendo dilingentes] añadid a vuestra fe…[literalmente, para redondear vuestra fe] virtud, [lo cual significa básicamente el valor para enfrentarse con la vida] a la virtud, conocimiento; al dominio propio, perseverancia [paciencia] a la perseverancia, devoción, a la devoción afecto fraternal y al afecto fraternal amor.” (2ª Ped. 1:5-7)

Ahora tiene usted todo esto en Cristo, pero necesita usted esforzarse en descubrirlo y aplicárselo a su vida. Eso es lo que todos nosotros estamos haciendo ahora, intentando aplicar estas cosas en términos prácticos, con las personas con las que vivimos y trabajamos, además de con las personas que nos irritan y que siempre nos caen mal, nuestros cuñados y suegros y los menos allegados, sean quienes sean, con los que hemos de aplicar todas estas cosas. ¿Y cuál es el resultado?

“Porque cuando estas cosas están en vosotros y abundan, no os dejarán estar ociosos, ni estériles…” (2ª Ped. 1:8)

…como cristianos. ¿Quiere usted la receta para alcanzar el éxito como cristiano? Ahí la tiene usted: la fe y la obediencia. El conocimiento de las promesas de Dios y la aplicación de las mismas a situaciones concretas, serán lo que evitará que seamos estériles e inefectivos.

Además, “el que no tiene estas cosas es ciego y tiene la vista corta aunque sea cristiano, está viviendo como el resto del mundo y aparentemente se ha olvidado de que ha sido “purificado de sus pecados pasados. Ni siquiera su regeneración parece haberle hecho demasiado efecto. “Por eso procurad dice el apóstol “con mayor empeño hacer firme vuestro llamamiento asegúrese de ello.

“Porque haciendo estas cosas no tropezaréis jamás. Pues de esta manera os será otorgada amplia entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.” (2ª Ped. 1:10, 11)

Eso quiere decir que cuando llegue la hora de que parta usted para el hogar, las trompetas sonarán en la gloria al entrar usted en el reino porque habrá encontrado usted el secreto de la vida vivida con éxito.

Pedro nos enseña a continuación las dos garantías que apoyan esta declaración. En primer lugar, el relato del apóstol que ha sido testigo directo de lo sucedido. Nos dice:

“Porque os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo, no siguiendo fábulas artificiosas…” (v. 16)

Y a continuación relata un caso diciendo: “Porque yo estaba con él en el monte santo cuando fue transformado delante de mi y le vi, siendo testigo de ese acontecimiento y os estoy dando a conocer lo que vi, la venida del reino de nuestro Señor Jesucristo. Nosotros presenciamos su majestad.

En eso precisamente descansa la fe cristiana, en los relatos de testimonio de los hombres y las mujeres que estuvieron presentes y que sencillamente informaron acerca de lo que vieron y oyeron así como lo que hizo Jesús.

Pedro continua diciendo que esto lo confirma otra voz, la voz de los profetas del Antiguo Testamento. Estos hombres no escribieron por su propia inspiración, no escribieron sus propias opiniones particulares, sino que escribieron lo que les fue dado por el Espíritu de Dios, y predijeron con exactitud los sucesos que habrían de acontecer muchos siglos después. Si esa no es una confirmación de la verdad de todo ello, ¿qué podría ser? Hay dos cosas: el testimonio de los que lo presenciaron y las palabras proféticas son lo que se encuentran al fondo de nuestra fe.

En el segundo capítulo, Pedro nos advierte en contra de ciertos falsos maestros. Una vez más, esto suena como si hubieran sido escritas para nuestra época:

“Pero hubo falsos profetas entre el pueblo, como también entre vosotros habrá falsos maestros que introducirán encubiertamente herejías destructivas…” (2ª Ped. 2:1)

¡Qué cosa tan extraña que hayamos llegado actualmente a la etapa en la que una importante denominación tiemble y esté a punto de declarar que no existe lo que se llaman herejías, porque de hecho todo es verdad, o al menos nadie está seguro de nada y, por lo tanto, ¿cómo se puede acusar a nadie de herejía?

Pero Pedro dice que en la iglesia aparecerán algunos que “introducirán encubiertamente herejías destructivas, llegando aún hasta negar al soberano Señor que los compró lo cual nos dice que estos hombres no son sencillamente ateos antagonistas del Cristianismo, que siempre hemos tenido, sino que estos hombres que afirman ser cristianos, que profesan amar al Señor Jesús, que profesan ser seguidores de Cristo, enseñan todo cuanto niegan lo que representan. ¡Qué ecos de algunas de las voces que se escuchan en nuestros días!

“Y muchos seguirán tras la sensualidad de ellos, y por causa de ellos será difamado el camino de la verdad.” (2ª Ped. 2:2)

La gente mirará con desprecio a aquellos que creen en la Biblia como personas retrógradas, ignorantes, que no entienden los grandes temas de la actualidad, que viven en la edad del oscurantismo.

“Por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas. Desde hace tiempo su condenación no se tarda, y su destrucción no se duerme.” (v. 3)

A continuación habla acerca de la seguridad del juicio de estos hombres y cuenta tres casos del pasado, que demuestran que Dios sabe cómo manejar una situación así. No os alarméis cuando aparezcan falsos maestros, burlándose de vuestras creencias. Dios sabe lo que está haciendo y se ocupará de ellos. No perdonó a los ángeles cuando pecaron, sino que los juzgó. El no perdonó a Sodoma y Gomorra cuando pecaron, sino que los juzgó y no perdonó al mundo antiguo, sino que lo juzgo por medio del diluvio, pero a pesar de ello, a través de todo esto conservó a un remanente con integridad y, por lo tanto, la conclusión a la que se llega es:

“entonces el Señor sabe rescatar de la prueba a los piadosos y guardará a los injustos para ser castigados en el día del juicio.” (v. 9)

Después de todo esto, aparece una descripción gráfica de las características de estos falsos maestros. Para empezar, serán presuntuosos, es decir, serán elocuentes, usando palabras impresionantes acerca de cosas relacionadas con la vida, la muerte, la salvación y otros temas de gran importancia, pero serán realmente ignorantes, no sabiendo de qué están hablando. Pedro nos dice que serán como “animales irracionales, que por naturaleza han sido creados para presa y destrucción, también perecerán en la perdición. (v. 12) Por lo tanto, la segunda característica es la ignorancia y la tercera es su desvergüenza; animando a cometer lo licencioso y a la conducta sexual pervertida. Animarán abiertamente a las personas a ser indulgentes y a practicar libremente la lujuria, sin la menor vergüenza.

La cuarta señal es que serán avariciosos:

“Tienen el corazón ejercitado para la avaricia.” (v. 14)

Enseñarán, por amor al dinero, prácticamente cualquier cosa que crean que las personas quieren oír y, finalmente, serán pretenciosos:

“hablando arrogantes palabras de vanidad, seducen con las pasiones…a los que a duras penas se habían escapado de los que viven en el error.” (v. 18)

Y a continuación tenemos esta palabra, que es de lo más reveladora en nuestro tiempo: prometen libertad, pero ellos mismos son esclavos de la corrupción. ¿No suena eso como algunos de los actuales proponentes del uso de la droga, como las drogas alucinógenas conocidas como “ensanchadoras de la mente? Dicen que al consumirla se experimentará un ensanchamiento de la mente y se sentirá una sensación de libertad como jamás se ha experimentado. Y cuando las personas las prueban, se produce de verdad una sensación de libertad, pero va acompañada de una esclavitud que destruye. De modo que el apóstol concluye con algunas de las palabras más sobrias de las Escrituras:

“Porque si los que se han escapado de las contaminaciones del mundo por el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, se enredan de nuevo en ellas y son vencidos, el último estado les viene a ser peor que el primero. Pues mejor les habría sido no haber conocido el camino de justicia, que después de conocerlo, volver atrás del santo mandamiento que les fue dado.” (2ª Ped. 2:20, 21)

Piense en ello. Los hombres que trabajan con las Escrituras, que tienen sus manos sobre la palabra de Dios, que la estudian y que intentan explicarla y que ocupan puestos de maestros de la verdad, ellos mismos niegan todo lo que han enseñado y aprendido, convirtiéndose en víctimas de sus propios engaños.

Por lo tanto, la última palabra es una de garantía. No os desaniméis, dice, por este ambiente de error prevaleciente. Recordad que el que viene arreglará todas las cosas. Habla acerca de la seguridad de la venida del Señor. Afirma que habrá quienes se burlen y basen sus argumentos en contra de la segunda venida de Cristo sobre el hecho de que todas las cosas han continuado como lo han estado desde el principio de la creación.

Este es un universo estable, dirán, y nunca sucede nada fuera de lo normal; no puede haber intrusión alguna en este universo por parte de un poder divino que opere de una manera diferente a la que observamos a nuestro alrededor. Pero están equivocados, dice Pedro. Lo han estado en el pasado y lo seguirán estando en el futuro. Este no es un universo estable. Este universo se ha visto terriblemente trastornado en el pasado y volverá a estarlo. El diluvio es el dato fehaciente del pasado y apunta a un día en el pasado y apunta a un día en el futuro en el que el mundo volverá a quedar destruido, no por el agua, sino por el fuego. Y en un pasaje extraordinariamente descriptivo que encontramos aquí, muchos de nuestros científicos nucleares, que son cristianos, han visto una descripción de una explosión nuclear:

“Pero por la misma palabra, los cielos y la tierra que ahora existen están reservados para el fuego, guardados hasta el día del juicio y de la destrucción de los hombres impíos.”

A continuación pasamos al versículo 10:

“Pero el día del Señor vendrá como ladrón. Entonces los cielos pasarán con grande estruendo: los elementos ardiendo, serán deshechos y la tierra y las obras que están en ella serán consumidas.” (2ª Ped. 3:7-10)

Muy instructivo, ¿no es cierto? Pero es preciso recordar dos cosas acerca de esto, nos dice. Recordemos que el pasado ha demostrado lo que será el futuro y la constancia que ha quedado del diluvio es la garantía de que Dios se va a mover en el futuro, como dijo que lo haría. Y el mundo que existe actualmente se mantiene unido por la misma palabra que el mundo que existía antes del diluvio.

Lo único que hace que el mundo siga funcionando es la palabra de Dios, la autoridad de Dios. Por lo tanto, todo lo que necesita hacer Dios es alterar las cosas en nuestro universo físico, y todo comenzará a derrumbarse. Y Pedro nos dice que si nos sentimos impacientes y comenzamos a preguntarnos acerca del tiempo, recordemos lo siguiente: Dios no considera el tiempo de la misma manera que lo hacemos nosotros. Para el Señor un día es como mil años y mil años como un día y, por lo tanto, lo que a nosotros nos causa la impresión de que se hace interminable para él no es más que unos pocos momentos.

En segundo lugar, recuerde que Dios tiene un propósito al demorarse, por lo que deberíamos de sentirnos muy agradecidos porque una vez que Dios comience a juzgar, todo quedará incluido. El demora su mano de juicio a fin de darnos a todos la oportunidad de pensar en qué consiste la vida, que es lo que quiere decir la palabra “arrepentimiento; quiere decir pensar de nuevo, examinar los hechos detenidamente y actuar sobre esa base. Dios detiene su mano para que los hombres tengan oportunidad de pensar sobre las cosas y cambiar su manera de comportarse. ¿No es maravilloso? ¿No le alegra a usted que él le haya estado esperando?

Hace algún tiempo me contó un hombre que estaba paseando con un amigo y pasaron junto a una iglesia y sobre el tablón de anuncios frente a ella se fijaron que el título del mensaje para el próximo domingo era “Si yo fuese Dios y eso hizo que aquellos hombres se pusiesen a pensar. Uno de ellos se volvió hacia el otro y le dijo: “¿Sabes lo que haría yo si fuese Dios? ¡Sencillamente me inclinaría sobre las almenas del cielo, respiraría profundamente y soplaría acabando con toda la existencia! Bueno, por lo menos sabemos cómo pensaba aquel hombre ¿verdad?

¿Por qué aguanta Dios los insultos de los hombres? ¿Por qué soporta la violencia, la crueldad, la injusticia, las tinieblas, los engaños, las impurezas y las desvergüenzas que suceden en nuestro mundo? ¿Por qué? Porque es un Dios de amor y no desea que nadie se pierda. Espera y demora, a fin de que los hombres puedan tener la oportunidad de pensarse las cosas y ver a dónde les lleva todo ello.

La conclusión a la que llega el apóstol suscita una pregunta escrutadora:

“Ya que todas estas cosas tienen que ser deshechas, ¿qué clase de personas debéis ser vosotros en conducta santa y piadosa?” (2ª Ped. 3:11)

Teniendo en cuenta que así es como terminará el mundo, ¿qué clase de personas debemos de ser nosotros en términos de santidad y de semejanza a Dios, esperando y (esto es casi increíble, ¿no es cierto?) acelerando la venida del día del Señor?

¿De qué manera apresuramos la venida del Señor Jesucristo? ¿Cómo conseguimos que por fin se haga realidad lo que los hombres han estado esperando y soñando con ello durante siglos, un mundo en paz, un mundo de abundancia, de bendición, de calma y de gozo con oportunidades ilimitadas para todos? ¿Cómo conseguimos un mundo así?

Durante el año de elecciones, cada uno de los políticos lo promete ¿no es cierto? Y no sabemos a cuál creer porque, sinceramente hablando, en el fondo sospechamos que todos ellos son unos hipócritas, que ninguno de ellos es capaz de cumplir sus promesas, porque no están llegando al fondo del problema, pero esta palabra dice que nosotros, el pueblo de Dios, tenemos la habilidad para acelerar la venida de ese día.

Entonces ¿cómo se consigue? Hay tres cosas principales que sugieren las Escrituras. Primero, la oración. ¿Recuerda usted lo que nos enseñó a orar el Señor Jesús: Venga tu reino, sea hecha tu voluntad en la tierra como en el cielo. Esa es una oración que acelera el día de Dios. En segundo lugar, el testimonio. Es preciso predicar el evangelio del reino a todas las naciones y luego será el fin, dice el Señor Jesús. (Mat. 24:14)

De modo que al compartir nuestra fe, no de una manera mecánica, intentando meterles en la cabeza la verdad a las personas como con un martillo, sino mediante un amor genuino y compasivo, atendiendo a las necesidades de otros, hablando acerca de una esperanza que nos anima y que hace que creamos de todo corazón, estamos acelerando la venida del día del Señor.

Y en tercer lugar, por medio de la obediencia. Existe un dicho entre los judíos que dice que si toda Israel obedeciese totalmente la ley durante un solo día, vendría el Mesías. Lo que Dios está buscando es a hombres y a mujeres que sean obedientes, que le pertenezcan. La única libertad que tienen los hombres es la libertad para servir o bien a Dios o al demonio, al uno o al otro. Es la única opción que se nos ha ofrecido. Y la libertad que conseguimos por obedecer al demonio solo es temporal, es una libertad aparente, que no tarda en desvanecerse y se convierte en una espantosa desesperación que lleva al vacío.

Sin embargo, la libertad que ofrece el Señor Jesús es una libertad que va en aumento, que enriquece, que se ensancha y que nos lleva a la plenitud de vida. No acaba nunca hasta que todas las cosas se encuentran en nuestro poder, todas las cosas presentes y las venideras, el mundo y todo lo demás pertenece a los que conocen a Jesucristo.

“Por tanto, oh amados, estando a la espera de estas cosas, procurad con empeño ser hallados en paz por él, sin mancha e irreprensibles.” (2ª Ped. 3:14)

Y a continuación, en una postdata final, nos dice Pablo también está de acuerdo. Las cosas que nuestro amado hermano Pablo os ha escrito, dice, que los indoctos e inconstantes tuercen, como lo hacen también con las otras Escrituras, no les prestéis atención.

Y termina con dos versículos, que estoy convencido de que deberían de escribirse con grandes caracteres en el presente tiempo anárquico:

“Así que vosotros, oh amados, sabiendo esto de antemano, guardaos; no sea que, siendo desviados por el engaño de los malvados, caigáis de vuestra firmeza. Mas bien, creced en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A él sea la gloria ahora y hasta el día de la eternidad. Amen.” (2ª Ped. 3:17, 18)

Pedro nos dice que la estabilidad se basa en el conocimiento, en el conocimiento de toda la verdad inmutable, tal y como se encuentra en Jesucristo. Por lo tanto, teniendo en cuenta que contamos con los hechos, no debemos permitirnos a nosotros mismos ser arrastrados ni engañados, por aquellos que intentan minarnos. En momentos de verdadero ataque a la verdad, ahora como en los tiempos de Pedro, debemos de ejercitar nuestra libertad en Cristo y decidir permanecer fieles y obedientes a él.

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Nº de Catálogo 262

2ª de Peter

Mensaje Sesenta y dos

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En esta semana conoceremos el “encuentro evangelistico para jóvenes”
2° Encuentro Evangelistíco de Jóvenes 2016 | Juventud de Conquista | Parte 2 | Menap


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Esta semana podrás escuchar la música de Abraham Zelada
Usame
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Acuerdate de tu Creador
Ama a tu hermano
Mi ofrenda hoy
Cancion de Gratitud
Mi Proveedor
No le dejare de amar
Alabemos al Creado
Allí Esta Jesús
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