Devocional 02/11/2018

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El texto bíblico de hoy: Jueces cap 20 al 21
Jueces capítulo 20
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Y los capítulos 1 al 4 de Rut
Rut capítulo 01
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Rut capítulo 04

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Y los capítulos 1 al 4 de 1ª Samuel
1ª Samuel capítulo 01
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1ª Samuel capítulo 03
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+ Banco de cheques de la fe
El banco de cheques de la fe 2011 de C. H. Spurgeon
2 de Noviembre

“No quitará el bien a los que andan en integridad.” Salmo 84: 11.
El Señor puede quitar muchas cosas placenteras, pero no “el bien”. Él es el mejor juez de lo que es bueno para nosotros. Algunas cosas son indudablemente buenas, y estas las podemos obtener cuando las pedimos por medio de Jesucristo nuestro Señor.
La santidad es un bien, y Él la obrará en nosotros libremente. Él nos concederá gustosamente la victoria sobre las malas tendencias, sobre los temperamentos violentos, y los malos hábitos, y no hemos de permanecer sin ella.
Él otorgará la plena certidumbre, y la comunión cercana con Él, y el acceso a toda la verdad, y el valor que predomina delante del propiciatorio. Si no tenemos estas cosas, es por falta de fe de recibirlas, y no por cualquier renuencia de parte de Dios de otorgarlas.
Una disposición tranquila y celestial, gran paciencia, y amor ferviente: Él concederá todas estas cosas a la santa diligencia.
Pero noten que hemos de “andar en integridad”. No ha de haber propósitos encontrados ni tratos aviesos; ni hipocresía ni engaño. Si andamos suciamente, Dios no puede otorgarnos favores, pues eso sería un galardón por el pecado. El camino de la integridad es el camino de la riqueza celestial: una riqueza tan grande que incluye todo el bien.
¡Qué promesa es esta para argumentarla en la oración! Pongámonos de rodillas
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8- Homilética
Homilética es el arte y ciencia de predicar para comunicar el mensaje de la Palabra de Dios. Se estudia cómo organizar el material, preparar el bosquejo y predicar efectivamente. Presenta a través del estudio de sermones ejemplares un modelo útil para los que empiezan a lanzarse al dificil arte de la predicación, mostrándo cómo decir las cosas de un modo claro y concreto.

8- La introducción al sermón

Se ha dicho que las dos partes más importantes del sermón son la introducción y la conclusión. En la introducción obtenemos la atención de los oyentes. En la conclusión llevamos al auditorio al punto decisivo, que es el objetivo de todo sermón, y «lo que bien empieza, bien acaba», por lo menos con cierta probabilidad. Un auditorio bien dispuesto desde el principio escuchará con mayor atención al predicador y sacará mayor provecho de todo el contenido del sermón.

¿Cómo empezar de modo que se gane el interés y la simpatía de los oyentes?

VENTAJAS Y PELIGROS DEL HUMORISMO

Muchos predicadores modernos, sobre todo en Norteamérica, han tomado la costumbre de contar un chascarrillo que despierta la hilaridad. Como sería difícil hallar chascarrillos que se ajustaran al tema del sermón, la mayor parte de las veces tales introducciones no son sino una especie de bufonada con la cual el predicador trata de hacerse simpático a los oyentes, procediendo después a la parte seria y espiritual.

Aun grandes predicadores usan este método, el cual no es de censurar cuando el predicador sabe hacerlo con mesura y verdadera gracia. Lo malo son las burdas imitaciones de semejante proceder.

Hay predicadores que poseen un carácter tan simpático que no les «cae mal» este modo de despertar la atención de sus oyentes; sus maneras y su sonrisa natural son el marco adecuado de tales chas­carrillos inocentes. Pero ¡ay! del predicador que trate de hacerse «gracioso» sin serlo por naturaleza. Se hará soberanamente ridículo y despreciable a la concurrencia a la cual trata de interesar o cautivar con sus ridiculeces. Por esto los predicadores noveles deben comprender que lo que es permisible en un gran predicador, no lo es siempre a los que no poseen la fama, la autoridad o las dotes personales le aquel a quien vanamente tratan de parodiar.

El predicador que trate de ensayar este método, por el afán de hacerse gracioso, sino por el decidido y serio propósito de ganar la atención de los oyentes, debe andar con mucha cautela sobre ese terreno resbaladizo y no exagerar al principio sus frases graciosas, sino procurando, discretamente, conocer la opinión que ellas han merecido a las personas más sensatas de su auditorio. Las opiniones pueden diferir a este respecto, pues hay personas excesivamente serias o pesimistas que siempre juzgarán mal una broma desde el pulpito, y otras que quisieran hallar en el pulpito casi tanta diversión como en un circo. El predicador sensato no tardará en comprender cuál es el verdadero sentir de la generalidad de sus oyentes, pero el que se cree a sí mismo gracioso, puede pasar mucho tiempo sin darse cuenta de que en lugar de atraer repele y se hace ridículo por sus sandeces.

Aunque consideramos estas advertencias extraordinariamente importantes, no es de esta clase de introducción que tenemos que hablar en esta lección, sino de la introducción del sermón propiamente dicha.

DESPERTANDO EL INTERÉS

Se ha dicho con razón que nunca debemos empezar a servir la mesa de la predicación sin despertar el apetito de los oyentes. Nunca debemos empezar a exponer enseñanza, doctrina o exhortación sin haber antes hecho pensar a nuestros oyentes: «Hoy sí que vamos a tener un buen sermón.» «Parece que va a ser grandemente interesante lo que el predicador va a decirnos hoy.»

Para esto, no basta con anunciar desde el principio que vamos a predicar sobre un tema muy im­portante, pues cuando habremos usado esta expresión media docena de veces como introducción a nuestros sermones los oyentes ya no encontrarán interesante que lo digamos otra vez. El único medio para des­pertar el interés es hacer una introducción tan interesante que ponga a los oyentes en favorable disposición para escuchar el resto del sermón.

  1. Una de las mejores formas de introducción, siempre que exista tal posibilidad, es la referencia a un hecho actual, a un incidente que se ha publicado en los periódicos. Sin embargo, esta clase de introducción ofrece dos peligros:

1º Que la introducción tenga poca o ninguna relación con el tema y aparezca forzada y fuera de lugar.

2º Que el predicador, sobre todo si es más intelectual que un verdadero servidor de Dios, predique, no la Palabra, sino sus propios comentarios a los sucesos del día. Tal introducción debe ser siempre solamente una excusa para entrar en materia, un medio para llamar la atención de los oyentes, pero no el verdadero tema del sermón, el cual ha de ser siempre Jesucristo, su obra y sus enseñanzas. No tenemos otro tema los predicadores cristianos; de otro modo, el predicador tendría honradamente que dimitir de su cargo de predicador cristiano y hacerse conferenciante de club. Algunos predicadores harían un gran servicio a la obra de Dios si tomaran tal decisión.

  1. Otro método de introducción esexplicar el origen del propio sermón. Esta es una introducción extraordinaria, de la que no se debe abusar. El público tolerará que el predicador le cuente sus experiencias íntimas de vez en cuando, sobre todo si nota en el mismo un sentimiento de sinceridad. Pero se hace ridículo y petulante el que está contando con frecuencia cómo Dios le inspiró el sermón. El auditorio se apercibirá muy pronto de si el predicador está haciendo una sincera confesión o está jactanciosamente presentándose como una especie de profeta.

III. Puede empezarse algunas veces con una ponderación de la verdad o doctrina que nos proponemos exponer. Como todas las demás clases de introducciones, ésta es buena cuando no se abusa de ella, o que se alterna con muchas otras.

  1. A veces resulta necesario empezar el discurrir con una introducción sacada delcontexto. La ocasión en que fueron dichas las palabras del texto, las circunstancias que rodeaban a la persona que las pronunció o escribió, etc.

Supongamos ahora que el tema a desarrollar sea Mateo 11:28: «Venid a Mí todos los que estáis trabajados y cargados y Yo os haré descansar.» El predicador puede formular la introducción de las siguientes maneras:

  1. Del contexto.Leyendo atentamente los versículos 20 a 27 de este capítulo, encontrará que Jesús hizo en aquella ocasión una severa amonestación a las ciudades de Corazín y Bethsaida, y asimismo una oración de alabanza al Padre por haber escondido las cosas del Reino de los Cielos a los sabios y enten­didos y haberlas revelado a los humildes, terminando con las solemnes palabras: «Todas las cosas me son entregadas de Mi Padre, y nadie conoció al Hijo sino el Padre, y nadie conoció al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo lo quisiere revelar.»

El predicador puede empezar explicando en vigorosas frases los sentimientos del corazón de Cristo ante la incredulidad y dureza de corazón de aquellos privilegiados habitantes de Galilea, del gozo de Cristo mismo al ver que algunos habían comprendido las doctrinas del Reino y Su misión divina, como fue con el apóstol Pedro y otros. Cristo se ve a sí mismo como el único recurso para las almas entenebrecidas y perdidas en sus pecados y ardorosamente parece exclamar: «Puesto que es así, puesto que estáis en el profundo abismo de las tinieblas y del dolor humano y puesto que Dios ha enviado un Mediador Omnipotente para levantaros de vuestra condición caída y revelaros los sublimes misterios del Reino de Dios: No desaprovechéis tan precioso privilegio. Venid a Mí, etc.»

  1. Del autor del libro.El predicador puede también formular una buena introducción a este gran texto diciendo: «Había una vez un hombre que estaba terriblemente fatigado por el peso de sus pecados», pasando a contar muy brevemente la conversión de Mateo, y añadir: «A este publicano debemos el haberse conservado las palabras que mayor consuelo han producido a la Humanidad»: «Venid a Mí, etcétera.»
  2. Por un incidente personal.El predicador po­dría despertar interés para la enseñanza de este precioso texto si pudiera contar, por ejemplo, de un modo gráfico y vivo, de un hombre o mujer a quienes ido venir muy cargados, supongamos con un gran haz de leña, y lo feliz que fue tal persona cuando supo poner su carga sobre otro, quizás el marido o un hijo que salió en su auxilio. Pero tal ilustración carece de interés si el predicador no puede decir que es un incidente de su propia experiencia, y por su honradez como servidor de Dios y como cristiano no puede permitirse hacer tal afirmación si no fuera cierta.
  3. Haciendo referencia a unhecho de actualidad;por ejemplo, el descubrimiento de la bomba atómica. Bien podríamos empezar diciendo que «desde que se descubrió tal artefacto la Humanidad está viviendo con una pesada carga de temor sobre su corazón» de ahí empezar a desarrollar la doctrina del texto.
  4. Por una ponderación del propio texto.En tal caso, diríamos: He aquí unas palabras misteriosas que nadie se ha atrevido a pronunciar. Palabras que serían una terrible blasfemia en labios de un simple mortal; ni Sócrates, ni Platón, ni Buda, ni Confucio, ni ninguno de los grandes maestros de la Humanidad ha soñado siquiera en arrogarse la facultad de auxiliar personalmente a todo el mundo. Todos ellos se tan limitado a dar consejos para el buen vivir; pero he aquí Uno que se levanta en medio de los siglos y exclama: «Venid a Mí, etc.» ¿Quién era el que tales palabras pronunció? ¿Tenía autoridad para hablar de esta forma?, etc.

LIMITES DE  LA INTRODUCCIÓN

La introducción no debe ser excesivamente larga, se trata de preparar solamente el interés del auditorio, y es un peligro decir en el exordio lo que tiene que ser expuesto en el sermón. Igualmente lo es el divagar tanto con frases ampulosas y huecas en esta primera parte del sermón que, en lugar de despertar interés- el público lo pierda por cansancio. Spurgeon cuenta de una señora que decía de su predicador: «Cuando nuestro pastor prepara la mesa está tanto tiempo haciendo ruido con los cuchillos y tenedores que cuando llegan las viandas ya se ha perdido el apetito.»

A veces sirve bien, a modo de introducción, una referencia al asunto tratado el domingo anterior; no una repetición o resumen del sermón anterior, sino una mera referencia, quizá por contraste. Por ejemplo: «El domingo pasado hablamos de la fe, hoy tenemos otro asunto no menos importante, el de las obras.» «El domingo pasado se habló del Juicio, hoy de lo que sigue al Juicio, o sea, el Reino Eterno de los redimidos», etc. Pero esta introducción no es de las más interesantes y sería pueril hacerla si no existe una verdadera relación de continuación o de contraste con el tema del domingo anterior.

Entre las ilustraciones de carácter personal está la de referir algo de interés que el predicador ha visto y que sus oyentes desconocen, como un monumento, una obra de arte, una costumbre indígena. Pues ello sirve muy bien para cautivar la atención. El doctor Torrey dice que ha usado como introducción de un sermón que ha predicado un sin fin de veces, y con el cual ha ganado millares de almas, la descripción de un cuadro que vio en una galería de pinturas de Europa; de modo que acostumbraba decir que su viaje a Europa había quedado bien pagado por el interés despertado por ese medio. Al público siempre le gusta aprender, y por esto el predicador que viaja o lee mucho se hará cada vez más interesante, si es un buen observador y sabe almacenar en su mente, aquellos incidentes que pueden servirle como introducción o ilustración de sus sermones. Para el uso de tal clase de material el predicador debe, empero, hacerse cargo de que sus oyentes no han estado con él y la narración debe ser clara y detallada, pero omitiendo cuidadosamente aquellos detalles que no tienen referencia al tema u objeto que se propone.

Cierto predicador empezaba con frecuencia sus sermones sobre diversos temas refiriéndose al monumento a Colón en Valladolid, donde aparece el león de Castilla arrancando del escudo español la palabra «Non» y dejando el «plus ultra». El predicador refería en tonos muy patéticos el sentir de los antiguos que creían que el Estrecho de Gibraltar era el fin del mundo, y así escribieron en el escudo de Castilla la frase «Non plus ultra» («No más allá»), hasta que por la ayuda de la reina de Castilla, Colón descubrió que existía un más allá, el Nuevo Mundo.

Esta ilustración puede ser usada provechosamente como introducción, a causa del interés que despierta; pero es necesario recordar que su carácter es naturalmente introductivo y, por consiguiente, una vez presentada la ilustración, no se puede acompañar de consideraciones concluyentes tales como: del mismo modo, Cristo, el que es llamado el León de Judá, nos ha hecho evidente la existencia de un mundo más allá y nos ofrece una gloriosa esperanza de la «vida eterna», pues tales frases son más adecuadas para el final que para el principio del sermón. Por eso, si queremos usar una ilustración como ésta para introducir el sermón, no podemos agotar desde el principio las consideraciones naturales a que se presta, sino decir: «Los hombres piensan que no existe nada más allá de la muerte. Como los antiguos, han puesto sobre el escudo de sus vidas la marca del león plus ultra». ¿Pero puede conformarse el corazón con tan triste esperanza? ¿Será verdad que no existe nada más allá de la tumba?»

Si el predicador trae sus afirmaciones conclusivas al principio del sermón, la gente considerará ocioso seguir el curso del mismo, pero si formula preguntas de capital interés, poniéndose en el terreno del escéptico, se despertará el interés para saber cómo va a responder el predicador a tales preguntas y cautivará la atención hasta el final. Entonces, en muchas mejores condiciones de mente y espíritu de parte de los oyentes, podrá dejar caer la conclusión: «Ciertamente, Cristo ha venido a darnos una glorio­sa esperanza y la tenemos asegurada por tales y tales pruebas», las que habrán sido expuestas antes en el curso del sermón.

Hay predicadores que empiezan a lanzar exhorta­ciones al arrepentimiento y a la conversión desde la introducción misma. No puede hacerse mayor equivocación que ésta. Aun cuando muchos de los oyentes hayan asistido mil veces a los cultos y conozcan el Evangelio tanto como el mismo predicador, éste ha de desconocerlo al preparar el sermón y hablarles como si fuera la primera vez que lo oyeran. En primer lugar, porque es posible que entre los oyentes haya uno o muchos que se hallen en semejante situación, y en estas personas hay que pensar sobre todo. En segundo lugar, porque a los mismos oyentes an­tiguos no les gusta oír un sermón desordenado, en el cual se dicen las últimas cosas al principio, sino que escuchan con mucho mayor deleite un discurso que empieza y sigue en un orden lógico.

Manual de Homilética por Samuel Vila

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El Cielo Gobierna – PISTA
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