Ya has descubierto
que puedes acercarte.

Has comenzado a confiar.

Has visto que, cuando no puedes seguir,
yo puedo sostenerte.

Y has descubierto que,
incluso después de fallar,
sigo hablándote.

Pero quizá haya algo
que todavía no hayas hecho.

Mostrarme quién eres realmente.

Porque cuando uno falla,
a veces lo primero que quiere hacer
es esconderse.

Eso ocurrió al principio.

Adán escuchó que Dios se acercaba.

Y se escondió.

Dios sabía dónde estaba.

Y aun así preguntó:

«¿Dónde estás?»

No necesitaba encontrarlo.

Quería que Adán saliera
de donde se había escondido.

Quizá tú también tengas
un lugar donde esconderte.

Algo que no quieres que nadie vea.

Algo que te avergüenza.

Algo que preferirías olvidar.

Quizá incluso hayas pensado:

«Si me conociera de verdad,

no querría estar conmigo.»

Pero yo ya te conozco.

Conozco lo que muestras
y también lo que escondes.

Y sigo aquí.

No tienes que esconderte de mí.

No tienes que aparentar.

No tienes que arreglarte primero.

Puedes acercarte tal como eres.

Puedes decirme:

«Aquí estoy.»

Y cuando estés preparado,

podremos hablar.

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