Taller familiar 146

Taller familiar
Samuel Clark
La Fórmula Divina para el Matrimonio

Queridos padres de familia:

Cada vez hay menos parejas que siguen casados; otras continúan como pareja pero a duras penas. Es a éstas que estoy escribiendo (como también a los que piensan casarse un día). San Pablo, en un solo versículo, dio un resumen sobre los deberes matrimoniales, un resumen brevísimo de lo que todos los apóstoles estaban enseñando (Efesios 5:22-33). El vs. 33 dice: “En todo caso, cada uno de vosotros ame también a su mujer como a sí mismo, y que la mujer respete a su marido.” Por años he observado a los matrimonios de cristianos y de no cristianos, y concluyo que todas las parejas que son felices practican esta fórmula divina. Las que no la practican no son felices, y muchas veces se separan por lo que llaman incompatibilidad. Yo lo llamo falta de obediencia al Señor en estas sencillas ordenanzas.

No debemos pensar que en aquellos años la cultura era más fácilmente adaptable a estas normas, menos chocante con el cristianismo que nuestra cultura. La verdad es que cualquier cultura considera que el matrimonio cristiano es muy exigente y muy difícil de realizar tal como dice la Biblia. Debemos reconocer que aún después de 500 años de evangelización en América Latina, son pocos los matrimonios realmente felices (los que obedecen las enseñanzas de Dios) y los demás viven en un egoísmo que produce pleitos, separaciones, infidelidades y múltiples relaciones aparte de su unión legal.

¿Por qué es así? Todos queremos ser felices. Yo seré feliz si mi cónyuge me trata como dice esta fórmula y mi esposa será feliz si así la trato yo. Pero yo no quiero tratar a mi cónyuge como Dios ha ordenado. Quiero lo que yo quiero. “Tú sí, yo no”. El egoísmo es el camino a la tristeza y resulta en una separación emocional aunque no llegue a ser legal. Ese egoísmo es deslealtad al cónyuge y a Dios. Es lo que produce el adulterio y otros pecados sexuales comunes como la pornografía, las fantasías con otros que parecen más atractivos, compatibles, etc.

Hombres esposos, mujeres esposas, les reto a examinar sus vidas y ver si están dando lo que agrada a su pareja o sólo quieren recibir tus gustos. ¿Te estás quejando porque no te da lo que te debe dar? Esas reacciones son egoístas; no son de amor y respeto. Algunos estarán pensando, “Si yo le doy como Dios me ordena, mi cónyuge va a aprovechar de mí y me va a exigir aún más.” Vive como Dios dice, y puedes esperar milagros en vez de una reacción egoísta. El amor siempre gana porque cubre los pecados y las fallas del otro, así como Cristo nos amó primero y ganó nuestro amor.

Uno de los problemas del matrimonio en estos tiempos es la falta de un compromiso total a cumplir la voluntad de Dios expresada en Gén. 2:24: “Por tanto el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.” La fórmula matemática divina es 1+1=1. Los matrimonios modernos exhiben una matemática natural: 1+1=2 y esto no “hasta que la muerte nos separe” sino “hasta que un juez nos separe”. Si no hay un compromiso de dejar de ser “yo” y ser “nosotros”, nunca estarán dispuestos a luchar contra todo lo que los separa y edificar todo lo que los unifica.

Volviendo a Efesios 5:33, veamos qué significa en términos prácticos y modernos “amar a mi mujer” y “respetar a mi marido”. En vs. 25-30 el ejemplo de amor matrimonial es Jesús, el Esposo hacia Su Iglesia. Se dio a sí mismo por ella. Darse a sí mismo implicó dejar de ser soltero y aceptar la unión con Su Iglesia como una nueva y eterna realidad de Su vida. Esto explica por qué Cristo preguntó a Saulo de Tarso: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Cuando alguien toca a un cristiano, también le está tocando a Cristo. Tan unidos son Cristo y Su Iglesia que Él nunca la abandonará (Heb. 13:5). Ha hecho una promesa de amor inquebrantable. ¿Es así mi compromiso con mi esposa? Y no sólo de palabra sino de hecho. Él está con nosotros como Ayudador, por eso no tenemos miedo de lo que va a pasar con nosotros en esta vida.

Tal vez decimos que sí, que estamos comprometidos a esta clase de unión con la esposa que tenemos. La prueba está en la realidad de nuestra identidad como “una sola carne”. ¿Piensas en ella durante el día? ¿En viajes de tu trabajo? ¿Cuándo cumples tus quehaceres diarios? ¿Quieres estar con ella más que con cualquier otro? ¿Te hace falta? ¿Hablas con ella por teléfono aunque no haya algo urgente? Cristo nos ama así, nos habla por puro amor; oímos Su voz en Su Palabra. Así es como Él nos santifica continuamente, limpiándonos de malos pensamientos y deseos para que seamos santos como El en nuestra comunión. ¿Tienes un deseo de ayudar a tu esposa a crecer espiritualmente? ¿Estás dispuesto a procurar su santidad? Creo que muy pocos de nosotros amamos a nuestras esposas como Cristo nos ama.

Ahora, esposas. ¿Qué significa “respetar” a tu marido? Pablo no dice: “Si es que merece tu respeto, respétalo.” Esta es la razón que más he escuchado por la falta de respeto hacia el esposo. El ejemplo que las esposas tienen es cómo la Iglesia tan amada y bendecida se somete a Cristo como su Esposo, su Cabeza, su Autoridad. Pablo en 1 Corintios 11:3 muestra que Cristo es Cabeza de todo varón, el varón es cabeza de su mujer, y Dios es cabeza de Cristo. Esta es la línea de autoridad en el matrimonio. No es porque la mujer es “menos” sino que Dios siempre hizo al hombre “el responsable” en el matrimonio. Si no están bien unidos y comprometidos, esta línea de autoridad se cambia a una mera sociedad en vez de “una sola carne”.

Este respeto/sumisión se expresa con amor, servicio, confianza y la renuncia de su independencia. Ningún esposo cristiano puede demandar todo esto pero puede imitar a Cristo y ser un líder que siempre le considera a su esposa cuando toma decisiones ya que son una sola carne. Así quiere Dios crear un ambiente seguro de paz y gozo para la familia que van a producir.

Amigos, este tema es tan importante que tenemos que repasarlo a menudo, y mientras estoy en este cuerpo lo voy a hacer con confianza en el Señor para que lo use como Él quiere.

Abrazos, Samuel

Publicado en los navegantes

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