“La llamada perdida”

Si hay un momento traumático en la historia de España y concretamente en la ciudad de Madrid, fue el día 11 de Marzo de 2004 y en concreto en la estación de Atocha, donde se produjeron la explosión de unas bombas, y es en ese día cuando tenemos este testimonio.

El testimonio que nos impactó cuando lo escuchamos, el de una enfermera que al entrar en el vagón de uno de los trenes absolutamente destrozado por las bombas, lo primero que escuchó, lo primero que le llamó la atención fue el sonido de los teléfonos móviles, sonando en las bolsas y los bolsillos de los que ya no podían responder. Eran llamadas ya sin respuesta posible. Llamadas perdidas para siempre que le hicieron presente, de manera brutal, lo imposible de responder para cada sujeto en lo que había sido el encuentro más terrible con lo real de la muerte. Ese sonido de los móviles (que además era en serie, no era solo uno, iban sonando uno detrás de otro) es el sonido de lo más imposible de simbolizar que se añade a la experiencia que por eso, un poco después, devendría traumática. Pero después sería traumática para los que sobrevivieron, para ella que estaba escuchando en ese momento el sonido de los teléfonos móviles y que quedó como la señal de algo a lo que era ya imposible responder.

Y no hay que perder de vista que detrás del sonido de cada móvil que sonaba en los vagones de Atocha, había una historia singular, su historia, irrepetible, que no se podía homogeneizar con todas las demás. Es una observación a contracorriente de lo que se suele percibir precisamente por la globalización de las experiencias traumáticas. En acontecimientos de conmoción global, lo que no hay que perder de vista es la singularidad de cada respuesta del sujeto a lo real. En este caso, veremos que lo real es lo que no llegó a suceder en la realidad simbólica o imaginaria más o menos consistente en la que vivimos.

Lo interesante fue el testimonio de muchos sobrevivientes de esa experiencia traumática en masa. También sucedió algo parecido en las situaciones de los atentados en Londres o en New York. Los sujetos que habían sobrevivido explicaban que lo que había quedado como imposible de tolerar, como lo imposible también de recordar, pero que retornaba en los sueños traumáticos, no era tanto lo que había ocurrido, que había sido la experiencia común con otros, la experiencia que podían compartir con los otros, sino precisamente aquello que no había llegado a ocurrir. Por ejemplo, no haber podido ayudar a la persona que estaba muriendo justo al lado, no haber tomado el tren anterior que lo hubiera salvado de ese encuentro fatídico. En sus sueños y en sus recuerdos, lo que no dejaba de aparecer como lo más terrible de la experiencia no era solo lo que había ocurrido –eso también–, era sobre todo –vamos decirlo con una fórmula lacaniana que algunos recordarán– aquello que “no cesaba de no ocurrir”, aquello que se recortaba una y otra vez en el recuerdo de los sueños referidos a la experiencia traumática.

Experiencias hemos tenido todos, cuando hemos necesitado contactar con alguien por alguna circunstancia especial y las llamadas de teléfono se quedaban en llamadas perdidas. Aunque ahora hay otros recursos como los mensajes, o el wasap que hacen más agiles las comunicaciones, pero también nos hacen entrar en la ansiedad del siglo XXI

Si pensamos en el whatsapp, la obsesión por el doble check azul define esa ansiedad por recibir cuanto antes respuesta a nuestros mensajes. Más allá de lo que podamos pensar, esta realidad constituye ya el origen de muchos problemas, malentendidos y malestares.

¿Por qué no contesta mi mensaje? ¿Por qué me deja en visto? Si está en línea, ¿por qué razón no responde a lo que le he escrito? Esta y otras preguntas nos asaltan mientras la pantalla del móvil permanece imperturbable, sin vibrar, sin mostrar el icono del whatsapp avisando de una notificación… La desesperación aumenta y la falta de respuesta nos devora, nos arrebata la calma hasta convertirse en nuestra única preocupación.

Si esta situación nos es conocida, estaremos sufriendo lo que se conoce como la ansiedad del doble check azul. Y no, no es un tema trivial. La cantidad de tiempo que invertimos esperando ese feedback virtual es inmenso; por no hablar, del impacto mental y emocional.

La necesidad por obtener respuesta, contestación e interacción a nuestros mensajes es casi la misma que experimenta un adicto.

La hiperconexión, la necesidad de inmediatez y del refuerzo instantáneo ha cambiado desde hace un tiempo nuestro modo de relacionarnos. Es como si para muchas personas existiera un pacto no firmado, ese por el cual uno está obligado a responder de inmediato a cada mensaje, a cada foto o comentario donde nos etiquetan. Si no somos raudos en emitir algún tipo de interacción, surge en el emisor virtual la duda y la preocupación.

Malentendidos, discusiones, estrés, insomnio, bajo rendimiento en el estudio o el trabajo… La relación entre los servicios de mensajería inmediata y los trastornos de ansiedad es tan significativa como recurrente.

Sabemos que casi el 80 % de nuestros jóvenes la sufre y que, en la actualidad, es uno de los problemas más comunes en nuestras interacciones cotidianas con los demás.

¿Por qué no contesta mi mensaje? Han pasado varios minutos, quizá horas y aún no hemos recibido ningún tipo de respuesta. Ni un emoticono ni una cara sonriente ni tampoco el emoji de un pulgar hacia arriba, tan socorrido para casi todo. Para las personas con un carácter ya de por sí impaciente, este tipo de situaciones pueden ser desesperantes.

Además, sobre todo lo son si el receptor es alguien significativo. Como por ejemplo, esa persona que estamos empezando a conocer, que nos atrae y con quien esperamos establecer una interacción cotidiana.

Las relaciones afectivas se cimientan a golpe de mensajes de texto, de notificaciones cargadas de dobles sentidos, de mensajes de buenos días y buenas noches, de fotos y todo un sutil universo de lenguajes virtuales.

También se da lo mismo con nuestras amistades. De algún modo, aguardamos que ellos sean raudos en sus respuestas y que no nos dejen en el limbo de la espera. Al fin y al cabo, tal y como nos revelan ya múltiples estudios, las personas miramos el móvil -de media- cerca de una vez cada quince minutos y esperamos un flujo casi constante de interacción, de notificaciones que revistar y mensajes que enviar o responder.

Si ese flujo se interrumpe, si alguien importante para nosotros no contesta, no nos lee o deja pasar las horas sin dar muestras de interés, se enciende en nosotros un interruptor de alarma.

Podemos comparar la necesidad de recibir respuesta a un mensaje con la ansiedad que puede experimentar un adicto. Esa relación no es casual y la clave está en nuestros sistemas de recompensas cerebrales, orquestados por un neurotransmisor muy concreto: la dopamina.

Cuando enviamos un mensaje muy cariñoso, un audio o un meme divertido y original, si hay algo que nos encanta es que la otra persona responda. Esa interacción donde intercambiar frases, risas y complicidades nos hace sentir muy bien. Es como un «subidón», uno de tantos que experimentamos a lo largo del día con la mensajería inmediata y los likes.

Así, esa sensación de grato placer, emoción y bienestar viene mediada por la dopamina. De ahí que cuando este flujo de interacción falla y nos preguntamos con angustia ¿por qué no contesta mi mensaje?, lo que experimentamos es anhelo y es ansiedad. No estamos recibiendo nuestra «dosis» de dopamina y emerge, casi sin darnos cuenta, el síndrome de abstinencia.

La ansiedad del doble check azul es cada vez más común entre la población más joven. Estudios, como el llevado a cabo en la Universidad Estatal de Kent, en Reino Unido por parte del doctor Andrew Leph, nos señala que una de las causas de ansiedad más comunes entre los universitarios viene precisamente por el uso del móvil.

No solo hay una mayor dependencia y adicción a estos dispositivos. Además, la calidad de las relaciones es más deficitaria, se reduce el rendimiento académico e incluso la propia salud se ve afectada. Es más, se ha podido ver que es la población más joven la que más sufre esa necesidad por recibir una respuesta inmediata a los mensajes.

Sin embargo…¿cuáles son los motivos por los que alguien elige no responder o alargar más de lo normal esa respuesta?

La primera razón, y quizá la más evidente, es desinterés. En la actualidad uno de nuestros canales de comunicación más usuales es la mensajería inmediata. Quien no nos responde o no interacciona con nosotros es sencillamente porque no lo desea.

Otro motivo puede ser, como es obvio, que esté ocupado. Aún más, son muchas las personas que posponen esa respuesta para ese instante donde se sienta más libre y cómodo para responder. Hay quien en lugar de la inmediatez, valora la calidad.

Asimismo, existe otro factor que los expertos destacan porque cada vez se da con mayor frecuencia. Hablamos de quien experimenta ansiedad a la hora de enviar un mensaje, ¿la razón? Inseguridad. Hay temor a no expresar las cosas de manera adecuada, hay miedo a lo que nos puedan responder, a ser malentendidos, a ver el doble check azul y arrepentirse de haber escrito ciertas palabras, de haber incluido ciertos emoticonos…

Todo ello hace que demoren durante horas (o días) su respuesta.

Para concluir, las relaciones en la era de Internet son más complejas. Podemos establecer más conexiones, conocer más gente y tener incluso la oportunidad de descubrir con detalle cómo es alguien gracias a un flujo continuo de mensajes de ida y vuelta. Que esto ocurra nos hace sentir bien, pero si esto se interrumpe o falla, aparecen el estrés y las dudas.

La clave está en el equilibrio. Que me pregunte por qué no contesta mi mensaje esa persona especial es algo normal, que me obsesione con ello, hasta el punto de no hacer nada más, ya no lo es.

Hagamos vida, continuemos con nuestras cosas, con nuestras ocupaciones y responsabilidades mientras aguardamos la notificación. Porque si de verdad le importamos a esa persona, responderá.

“La llamada perdida”

Cuando nos acercamos a la Palabra de Dios, encontramos también ese concepto de “la llamada perdida”, cuando viene de Dios hacia nosotros, y cuando la enviamos hacia Dios.

Cuando la enviamos nosotros hacia Dios, podemos verlo por ejemplo en:

Habacuc 1:2 , pero leamos el contexto del verso 1 al 4

“1 La profecía que vio el profeta Habacuc.

2 ¿Hasta cuándo, oh Jehová, clamaré, y no oirás; y daré voces a ti a causa de la violencia, y no salvarás?

3 ¿Por qué me haces ver iniquidad, y haces que vea molestia? Destrucción y violencia están delante de mí, y pleito y contienda se levantan.

4 Por lo cual la ley es debilitada, y el juicio no sale según la verdad; por cuanto el impío asedia al justo, por eso sale torcida la justicia.”

La situación por donde estaba atravesando el pueblo de Israel era muy delicada y Habacuc se queja a Dios porque no obtiene respuesta a su clamor.

Otro ejemplo lo tenemos en: Santiago 4:3 “Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites.”

Parece que muchas veces vamos a Dios para pedirle cosas, pero cuantas veces esas peticiones no tienen respuesta, porque como dice el versículo, no hacemos correctamente la petición a Dios.

Dios siempre responde, aún su silencio, es una respuesta para nosotros.

Pero también Dios nos llama, nos busca a través de Su Palabra y no encuentra respuesta, ¿Por qué?. Bueno este pasaje lo explica muy bien, en Juan 3:19-20, pero veamos el contexto:

“16 Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.

17 Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.

18 El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.

19 Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.

20 Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas.

21 Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios.”

Dios nos amó de la forma que expresa aquí, y nosotros ahora tenemos la decisión de responder o dejar esa llamada de Dios, como si fuera una llamada perdida más.

Si quieres conocer más de la llamada de Dios, te invito a acompañarme.

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