Aquí estoy yo

Partimos de que todos en un momento de nuestra vida, quizá en este momento, estemos necesitando o conocemos de ese familiar o amigo que necesita un hombro en el cual llorar.

Cómo jóvenes estáis en ese periodo de tiempo que lo necesitáis sed consolados a menudo, aunque el buscar ese hombro de consuelo lo llevéis como último extremo a vuestros padres. Pero recuerda, nosotros estaremos ahí siempre, y siempre es… siempre.

Parece fácil hacer esto de consolar a la otra persona, ¿verdad? Incluso, muchas veces pensamos que es mucho más sencillo consolar que ser consolados. Pero, quizás, no actuamos de la forma correcta aunque pensemos que sí. Hay muchos errores de los que no somos plenamente conscientes, ni siquiera cuando comenzamos a sentir sus consecuencias.

Nunca tengas prisa en ayudar a una persona a que deje de pasarlo mal. Tal vez, lo único que desees es que pare ya de quejarse.

Escuchar solo lo que queremos, ofrecer un apoyo a medias, dar consejos que nosotros mismos no llevamos a cabo… ¿Te resulta familiar? Sí, en más de una ocasión creemos que ayudamos, cuando en realidad estamos haciendo todo lo contrario. Es el momento de abrir los ojos.

Si estás mal, escucharé todo lo que tengas que decir

Aunque queramos echarle una mano a otra persona, nosotros mismos tenemos problemas. Esto provoca que, a veces, no escuchemos de verdad. Quizás pienses que muchas de las cosas que dice son tonterías y, por eso, no te estás dando cuenta de cómo vive y siente lo que le está sucediendo. Has cometido un error. Haciendo esto, no podrás apoyarla.

Para una situación así, es recomendable que utilices toda tu empatía. Ponte en el lugar del otro. ¿Te gustaría que te escuchasen de verdad? ¿Qué desearías que te dijesen en sus circunstancias desde sus circunstancias? ¿Qué es lo que podría servirte en sus circunstancias desde sus circunstancias? La respuesta a estas preguntas te proporcionará la información adecuada sobre cómo ayudar en esos momentos.

Cuando escuches, evita responder con las palabras o frases “comodín”: esas que salen cuando no sabemos muy bien que decir y el silencio nos estrangula. “No te preocupes”, “todo esto pasará”, “volverás a estar bien”. Son fórmulas que se expresan cuando no hay nada mejor que decir y ¿sabes qué? Si no sabes qué decir, no pasa nada. Puedes solo escuchar, puedes preguntar.

Lanzar consejos y palabras de ánimo sin sentido, aunque sea con la mejor de las intenciones, será poco efectivo

No siempre hay que brindar palabras de apoyo. Este se manifiesta estando al lado de esa persona, no dejándola desamparada, escuchándola y haciendo esfuerzos por comprender el problema, no por solucionarlo.

Las acciones y saber escuchar valen mil veces más. Saber escuchar es una de las mejores cualidades que podemos cultivar como personas y para incrementar nuestras habilidades. Quizá sería el momento de que te preguntes si eres bueno escuchando a otras personas.

Cuando ayudas a alguien no le dices cómo tiene que actuar ni hacer las cosas. Si lo haces, has caído en un gran error. En la mayoría de las ocasiones, sirve de mucho contar tus propias experiencias para que la otra persona se sienta acompañada en las circunstancias que le han tocado vivir. No obstante, cuando lo hagas, sincérate.

Pongamos, por ejemplo, que te encuentras con esa amiga que lo está pasando muy mal en su relación de pareja. Ha tenido una infancia difícil y todas las relaciones han terminado siendo tóxicas. Tu amiga sufre de apego, de dependencia hacia alguien que “cree querer”. ¿Cómo le vas a ayudar?

Puede que hayas pasado por algo similar y le transmitas tu experiencia. Incluso, le proporcionarás consejos saludables sobre los beneficios de estar sola, de pasar un tiempo sin relaciones amorosas, de salir más con sus amigos para distraerse y ver que sin pareja se puede ser feliz… Pero, ¿predicas tú con el ejemplo?

Muchas personas dan consejos muy buenos, en verdad. Sin embargo, después, ellas mismas hacen lo contrario o son consejos que tienen un coste que en ese momento la persona a la que van dirigidos no puede asumir. Si te animas a hacer una sugerencia, cerciórate de que a la persona que la recibe no le va a generar más frustración aún.

Tampoco es positivo decirle a la persona que tenemos enfrente lo que quiere o necesita oír. Lo está pasando mal, pero no estará mucho mejor si no eres sincero con ella y le dices tanto las cosas buenas como las malas. Solo así podrás ayudarla de verdad. A veces, una crítica constructiva es mucho más positiva.

Animar a otro no es tan sencillo, ¿verdad? Requiere de un gran compromiso, una importante atención por nuestra parte y un apoyo incondicional a largo plazo en el que las mentiras no tienen cabida. Todo esto, puede aliviar la pena o arrojar un poco de luz sobre la situación de ese amigo o familiar que ahora, más que nunca, te necesita.

Por otro lado, en ocasiones no hacer nada significa hacer mucho, porque a veces lo mejor que puedes hacer por los demás, es precisamente, no hacer nada. Déjame contarte una historia:

“Cuenta una vieja historia que un hombre encontró el capullo de una mariposa tirado en el camino. Pensó que allí corría peligro y entonces lo llevó hasta su casa para proteger esa pequeña vida que estaba por nacer. Al día siguiente se dio cuenta de que el capullo tenía un orificio diminuto. Entonces se sentó a contemplarlo y pudo ver cómo había una pequeña mariposa luchando para salir de allí.

El esfuerzo del pequeño animal era titánico. Por más que lo intentaba, una y otra vez, no lograba salir del capullo. Llegó un momento en que la mariposa pareció haber desistido. Se quedó quieta. Era como si se hubiera rendido.

Entonces el hombre, preocupado por la suerte de la mariposa, tomó unas tijeras y rompió suavemente el capullo, a lado y lado. Quería facilitarle al animalito la salida. Y lo logró. La mariposa salió por fin. Sin embargo, al hacerlo, tenía el cuerpo bastante inflamado y las alas eran demasiado pequeñas, parecía como si estuvieran dobladas.

El hombre esperó un buen rato, suponiendo que se trataba de un estado temporal. Imaginó que pronto, la mariposa extendería sus alas y saldría volando. Pero eso no ocurrió. El animal permanecía arrastrándose en círculos y así murió”.

En ocasiones lo que no debes hacer por los demás es querer terminar tú con sus problemas. Las adversidades o problemas que afronten ellos mismos los harán más fuertes. Tu intervención puede ser un lastre en su camino.

El hombre ignoraba que la lucha de la mariposa para salir de su capullo era un paso indispensable para fortalecer sus alas. En ese proceso, los fluidos del cuerpo del animal pasaban a las alas y era así como se convertía en una mariposa lista para volar.

La moraleja de esta historia podría describirse así: no hagas por otros nada que ellos puedan hacer por sí solos. De pretender ayudar a los demás desinteresadamente a adoptar un papel salvador que les hace, y nos hace, daño, hay solo un paso. Enfrentar los problemas o situaciones adversas por nosotros mismos, nos fortalece y nos sirve de aprendizaje. Así pues, si solucionamos a los demás según qué problemas, les estaremos privando de la oportunidad necesaria para que aprendan a desenvolverse por ellos mismos.

Ayudar sin que alguien lo haya pedido, o realizar sacrificios gigantescos por otros, puede ser un gran error. Nos puede animar un sentimiento auténtico de generosidad, pero también la motivación puede ser un deseo secreto de generar dependencias de los demás hacia nosotros.

Con esa ayuda ilimitada podemos conseguir que las personas a nuestro alrededor se vuelvan pasivas y egoístas. Además, intervenimos en su desarrollo y probablemente estemos contribuyendo para que nunca “extiendan las alas”. A pesar de que nuestra voluntad pueda ser la mejor, corremos el riesgo de dar la mano y que nos cojan el brazo. Algunas personas podrán llegar a pensar que lo que en un principio era ayuda, con el tiempo será obligación. Esto es, cuando no les ayudamos, podremos ser objeto de reproches.

De este modo, fácilmente una persona puede dejar de ser el salvador para convertirse en víctima del “salvado”. Genera las condiciones para ser objeto de la explotación de otros y son los demás quienes toman el control sobre él. Es una situación en la que nadie sale ganando.

Evitarle esfuerzos o luchas a otros, es también evitarles logros y libertad. El secreto está en darle la mano a los otros cuando LO NECESITAN, no cuando LO QUIEREN. Alguien en condición de vulnerabilidad demanda nuestra ayuda, nuestra solidaridad: una persona enferma, física o emocionalmente; alguien que se encuentra en condiciones de limitación; otro que requiere un aporte puntual para seguir adelante.

El otro secreto es ofrecer una ayuda concreta. Ayudar a alguien no significa adoptarlo de por vida. El propósito es ayudarles a volar y no a seguir moviéndose en círculos eternamente. Así que la solidaridad bien entendida ofrece ayudas específicas, no contratos de apoyo a término indefinido.

Ayudar, apoyar, animar… Cualquier clase de aportación es buena en el momento preciso. Por lo que es conveniente recordar que si alguien tiene un examen, podemos ayudarle a estudiar, pero no podemos hacer el examen por él. Dice una máxima oriental que “Es mejor cumplir con nuestro deber que con el deber del otro, por bien que lo podamos hacer”. Gran verdad. ¿Sabías lo que no debes hacer por los demás? ¿Te has dado cuenta alguna vez que tu ayuda fue un lastre?

Si de verdad quieres ayudarme, guarda silencio, respeta mi espacio y déjame en soledad. No me digas que me lo advertiste, que siempre caigo en el mismo error, que no tengo remedio…no intensifiques más mi sufrimiento. Solo por una vez, entiende que a veces, la mejor manera de ayudar es “no ayudar”, muéstrame tu empatía, tu comprensión pero solo por hoy, al menos, quédate al margen.

Entonces, ¿cómo entender entonces que en ocasiones es mejor optar por el inmovilismo, por no ayudar, por mirar, callar y dar un paso atrás?

Decía María Montessori que cualquier ayuda innecesaria lo único que consigue es entorpecer el desarrollo. Esta idea tiene sin duda mucho que ver con el concepto de “Zona del desarrollo próximo” de Lev Vygotski. Un concepto que, aunque se aplique ante todo al ámbito de la educación, podría extenderse a muchos de nuestros entornos y relaciones más cotidianas.

La “Zona de desarrollo próximo” nos dice que para mejorar las habilidades de alguien hay que darle la ayuda justa y necesaria para que desarrolle sus propias potencialidades. Ello implica, por ejemplo, no asumir responsabilidades que no son nuestras e identificar los puntos en los que nuestra ayuda es realmente un estímulo para el aprendizaje y en qué grado.

Aquí estoy yo

Cuando nos acercamos a la Palabra de Dios, encontramos que el deseo de Dios es capacitarbos para que sepamos y podamos consolar a otras personas.

Aquí tenemos el proceso que Dios utiliza con nosotros, para que luego lo usemos nosotros con otros: 2 Corintios 1:4-7

“el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios. 5 Porque de la manera que abundan en nosotros las aflicciones de Cristo, así abunda también por el mismo Cristo nuestra consolación. 6 Pero si somos atribulados, es para vuestra consolación y salvación; o si somos consolados, es para vuestra consolación y salvación, la cual se opera en el sufrir las mismas aflicciones que nosotros también padecemos. 7 Y nuestra esperanza respecto de vosotros es firme, pues sabemos que así como sois compañeros en las aflicciones, también lo sois en la consolación”.

Dios se ha comprometido con nosotros, porque nos conoce y sabe de lo que tenemos necesidad, pero no es solo esto, hay más cosas en la Palabra de Dios, ¿quieres acompañarme?

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