Si Dios existe, ¿por qué sufrimos?
Este ha sido y seguirá siendo un debate religioso y filosófico
Preguntas relacionadas con la nuestra pueden ser: ¿Por qué Dios no acaba con la maldad?, ¿Por qué Dios no derrota a Satanás? ¿Por qué no evita los desastres naturales? ¿Por qué no acaba con la corrupción?… Todas ellas pasan por nuestras cabezas, ya seamos creyentes o no. Por eso es necesario indagar un poco más.
Leibniz filósofo y matemático (inventó “La pascalina” la primera calculadora) clasificó el mal en tres: el metafísico, el natural y el moral. Y con la ayuda de San Agustín, uno de los creyentes y pensadores que más apasionadamente afrontaron el desafío de conciliar la existencia de Dios y el mal, vamos a revisarlos.
El mal es metafísico
Esto quiere decir que el mal es un ser, ente o principio fuente de todo lo negativo. Tiene existencia propia. Su poder real se extiende sobre la naturaleza y las personas.
Epicuro lanzó una paradoja prácticamente insoluble. Asumamos que Dios existe y el diablo también. Si Dios puede acabar con el mal y no lo hace, es porque no quiere. No es tan bueno, le falta la bondad. Y, si quiere acabar con el mal pero no lo hace, es porque no puede. No es tan poderoso, le falta la capacidad. En ambos casos, la presencia del diablo o el mal como ente se vuelve un buen argumento para desprestigiar a Dios. Entonces, la existencia simultánea de ambos es incompatible.
El mal es físico o natural
El mal está presente en la naturaleza en la fragilidad y finitud de las cosas materiales. Los terremotos y otros desastres naturales, enfermedades y plagas son pruebas de que la creación no es perfecta. La naturaleza, en general, y el cuerpo humano, en particular, son vulnerables, imperfectos. En el siglo XVIII, los filósofos debatieron sobre la bondad de la naturaleza a partir del trágico terremoto que arrasó Lisboa. El alemán Leibniz había dicho que vivimos en “el mejor de los mundos posibles”, defendía el optimismo: el mundo es óptimo, ya que fue creado por Dios, quien es perfecto.
Voltaire, en cambio, restriega a Leibniz el terremoto de Lisboa: “¿Cómo puede Dios permitir la trágica muerte de miles de personas? ¿No se compadece de ellas?”, Y dedica una sátira, ‘Cándido’, a Leibniz para burlarse de su ingenuo optimismo.
Asumamos que Dios existe, es bueno y perfecto. De todos modos ¿no presenciamos terremotos y otros desastres no generados por acción humana?
No se conocía del movimiento de las placas tectónicas, que en cierto sentido le hubiera dado la razón. Tampoco. Los fenómenos del calentamiento global, en cambio, demuestran fallos humanos. En suma, si la naturaleza no es buena, al menos es neutra, pero nunca es mala. Por lo tanto, Dios no tiene que intervenir. Basta que el ser humano continúe el desvelamiento de las leyes naturales para adaptarse a ellas. No hay ningún milagro que esperar, sino mucho trabajo por hacer.
El mal es ético o moral
Agustín, luego de buscar en el cielo y la tierra, descubre que el mal estaba escondido en el corazón del hombre, en lo más profundo de su ser. Un producto exclusivo del ser humano. Recordemos que este no actúa poseído por Satanás o un semejante, pues ese sería el mal metafísico, descartado líneas arriba. Si obra por cuenta propia, es autor del mal. Son responsables de su maldad los violadores, asesinos, genocidas, tiranos y otros delincuentes y criminales. La persona es una criatura única cuya grandeza radica en su razón y voluntad: regalos magníficos de un Dios espléndido para guiarnos hacia él. La razón debe orientar nuestra voluntad hacia el bien. “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”, resumía Agustín.
No obstante, sabemos que no es así. Muchos erramos. Imaginemos un diálogo entre un inquieto humanista y Agustín:
—¿No es Dios creador de los delincuentes? —- Sí
—¿No los creó con libertad incluso para actuar mal? —- Sí
—Entonces ¿no es responsable de lo que ellos hagan? —- No
—¿Por qué? —- La voluntad está bien hecha, es buena, nos hace libres.
—Pero si un automóvil o un artefacto se malogran pronto o dejan de cumplir su tarea, ¿no es un problema del inventor? ¿No hizo mal su trabajo? —- Sí
—¿No se podría aplicar el mismo razonamiento a la voluntad que funciona mal y que sigue su egoísmo en vez del bien? —- No
—¿Por qué? —- Porque una cosa es crear un automóvil, que depende enteramente del inventor y su chofer, y otra, una voluntad libre. El concepto de voluntad implica elegir libremente.
—Pero ¿no es cierto que una voluntad es muchas veces influida por factores varios? No soy libre de no robar si tengo a mis hijos hambrientos o si el hurto es normal en mi barrio. —- Soy influido, pero también libre. Un extorsionador puede apuntarme con una pistola y amenazar con disparar si no soy su cómplice para cometer una acción injusta. Lo común es obedecer al chantaje, y cualquier juzgado aceptaría que mi voluntad fue condicionada, no fui totalmente libre. Sin embargo, es cierto que pude decir: ‘Dispare, prefiero el tiro que traicionar a mi país o dañar a un inocente’.
—¿No sería más perfecta una voluntad si fuera hecha de tal manera que solo elija el bien? —- No, porque en ese caso dejaría de elegir, no sería voluntad. El ser humano se convertiría en un animal que obedece a sus instintos.
—¿Es mejor un mundo de libertad o uno sin ella? ¿No eliminaríamos al menos el mal? —- Sí, pero a costa de eliminar al hombre, dejaría de ser tal. Dios no debe acabar con la corrupción. Nos toca a nosotros realizar ese milagro.
Autor: FRANKLIN IBÁÑEZ (Doctor en Filosofía y profesor de esta materia en la Pontificia Universidad Católica de Perú)
