¿En qué piensas?

El pensamiento es el diálogo interno que tenemos con nosotros mismos y que nos indica cómo vemos y describimos lo que nos rodea (situaciones, circunstancias, acontecimientos…)

Los pensamientos pueden ser de dos tipos:

POSITIVOS, que son aquellos que describen la realidad con objetividad y nos ayudan a avanzar para conseguir nuestros objetivos y nos hacen sentir bien.

NEGATIVOS, son los que aunque puedan tener mucho que ver con la realidad, están formulados de manera que nos hacen sentir mal y nos hacen difícil alcanzar las metas. En muchas ocasiones estos son frutos de nuestro estado de ánimo y no suelen ser objetivos, alejándose en muchas ocasiones de la realidad.

Estas autoafirmaciones negativas pueden ser:

Autoafirmaciones personales. Son valoraciones o pensamientos desagradables que nos decimos a nosotros mismos, ya sea de una forma interna o a otras personas (no sirvo para nada).

Autoafirmaciones interpersonales. Son pensamientos y opiniones que tenemos o expresamos de nosotros mismos cuando nos relacionamos con los demás (todo lo hago mal).

No se puede olvidar que lo que se piensa y se afirma acerca de uno mismo afecta a cómo te sientes o actúas, y si estos pensamientos o actuaciones son negativos se convierten en una gran dificultad para alcanzar los objetivos. Es fundamental saber detectarlos, porque normalmente no se acercan a la realidad, te destruyen y te hacen sentir muy mal con ellas mismas.

Los pensamientos negativos más frecuentes son:

Pensamientos generalizados .Consiste en extraer una conclusión general a partir de un hecho concreto y aislado (nadie, nunca, siempre…)

Pensamientos filtrados. Se toman los detalles negativos y se exageran, ignorando los aspectos positivos que evidentemente también están, a este tipo de pensamiento se le llama visión de túnel.

Utilización de términos frecuentes como terrible, tremendo, injusto, peligroso… La expresión más frecuente en estas personas es NO PUEDO.

Pensamientos polarizados. Percibir las cosas desde sus extremos, nunca desde posiciones intermedias. La persona se identifica en estos términos: éxito-fracaso, fuerte- débil…, o sea, una visión en blanco o negro.

Pensamiento catastrófico, que consiste en exagerar las consecuencias de los acontecimientos. En este caso es muy frecuente el uso del término “y si…”.

Pensamientos personalizados. Personas que piensan que todo lo que pasa alrededor suyo de forma negativa, tiene que ver con él y está continuamente comparándose con los demás.

Es fundamental eliminar estos pensamientos que hacen daño y destruyen, cambiándolos por otros que se ajusten más a la realidad; de esta forma conseguirás:

– Dejar de culpabilizarte por todo y te sentirás mucho más a gusto contigo mismo y con las demás personas.

– Tu estado de ánimo mejorará, te enfrentarás a la vida con energía y conseguirás tus metas.

– Te sentirás optimista y contento y empezarás a sentirte seguro de ti mismo, sin ansiedad y sin angustia.

– Todo esto aumentará tu autoestima y sobretodo conseguirás ser más.

Pongámonos en una situación lo más real posible para comprender mejor la relación entre lo que piensas y lo que sientes. Y esto será diferentes porque a ambas personas no les sienta igual la misma situación. ¿Por qué? Porque cada individuo percibe el mundo a través del filtro de su propia interpretación, es decir, de lo que piensa. Veamos esta situación:

Es sábado, son las 10 de la mañana, y hace 30 grados con un sol radiante y caluroso. Nieves había hecho planes de irse a la playa, por lo que esta situación le produce una emoción de alegría; mientras que Miguel quería trabajar en su ordenador, por lo que esta situación le hace sentir enfado.

La situación para ambos es la misma, pero entonces… ¿por qué le sienta diferente a Nieves que a Miguel? Es en este momento cuando entra en escena el tercero que media entre lo que pasa y lo que siento: mi pensamiento, o lo que interpreto sobre lo que pasa. Nieves ha pensado “Genial, hace buen tiempo, puedo hacer el plan previsto”, y es este pensamiento el que le ha hecho ponerse alegre. Miguel ha pensado “Vaya, con este calor imposible quedar online con los demás para terminar el plan previsto”, y es este pensamiento el que le ha hecho ponerse enfadado.

No es tanto el hecho en sí, sino cómo interpreto este hecho lo que va a suscitar en mí una emoción o sentimiento determinado. Ante una misma situación es posible incluso que me sienta un día bien y otro día mal; depende de lo que haya pensado sobre dicha situación.

Los pensamientos negativos generan más emociones negativas, y los pensamientos positivos generan más emociones positivas.

Veamos otra situación:

La última persona en llegar a la cola del control de seguridad del aeropuerto pide al resto de personas si por favor le pueden dejar pasar. Al señor de bigotes no le importa, a la joven de los cascos le da igual, a una pareja les molesta, a la mujer le enfada, al chico joven le pone furioso.

¿Por qué la misma situación ha provocado emociones diferentes en cada persona? Porque cada uno ha pensado algo diferente, ha interpretado a su manera la situación. El señor de bigotes pudo pensar “total, yo voy con tiempo suficiente”; la joven de los cascos pudo pensar “no quiero opinar”; la pareja pudo pensar “va a esperar menos que nosotros”, la mujer puedo pensar “si hombre, qué morro”; el chico joven pudo pensar “de mí no se ríe nadie, se va a enterar”. A cada interpretación le ha correspondido una emoción.

Lo que pienso influye en lo que siento, y lo que siento influye en lo que pienso. Por esta razón es tan importante hacerme la siguiente pregunta: ¿Qué he pensado sobre lo que ha pasado? ¿Cómo lo he interpretado? Es decir, hacerme consciente de mis pensamientos. Son los que, en gran medida, modulan mis emociones. Analizar el pensamiento que está asociado a lo que

estoy sintiendo es especialmente útil si quiero suavizar o manejar emociones como la tristeza, el enfado, la impotencia, la frustración, la rabia, la decepción, el malestar…

Frente a esta situaciones y las enfrentamos a diario con nuestros pensamientos y sentimientos, te propongo un pequeño ejercicio: la próxima vez que sientas una emoción que te resulte desagradable, párate a reflexionar sobre qué es lo que te ha llevado a sentirlo y modifica tu pensamiento original. Y observa después cómo tu emoción se va a ir suavizando poco a poco.

Pongamos por ejemplo que esta mañana te has levantado de mal humor porque no recordabas que iban a cortar el suministro de agua caliente; te has cogido un rebote fuerte y te ha costado toda la mañana tranquilizarte. Seguramente esta emoción surgió tras pensar “No hay derecho; yo necesito ducharme, no puedo ir así a trabajar. Esta gente lo hace justo a las 7:45 para fastidiar. Voy a trabajar mal”. Derivado de este pensamiento, tu emoción muy probablemente haya sido intensamente negativa ¿no? De hecho, todavía al llegar a casa a mediodía estabas enfadada.

¿Qué podrías haber hecho diferente para suavizar esta emoción intensa de rabia, frustración, impotencia, enfado? Pues cambiar tu pensamiento.

Mira qué hubiera pasado si esta mañana, al darte cuenta de que no te habías acordado que iban a cortar el suministro de agua caliente, hubieras pensado “Vaya faena, que rabia. Menos mal que solo es hoy. Ya me lavaré el pelo esta noche. Así tengo más tiempo para desayunar. Venga que no es para tanto”. Está claro que la situación te molesta, que no ha sido tu mejor despertar, pero no ha llegado a generarte emociones tan intensamente negativas. Has manejado mejor tus emociones.

No estoy diciendo que, como si de una varita mágica se tratará, un pensamiento sea capaz de pasar automáticamente del enfado a la alegría, o de no tener emociones desagradables, sino que sabemos que modificando el modo en que interpretamos lo que me pasa, podemos suavizar, es decir, manejar mejor nuestras emociones.

Recuerda: Si sientes una emoción negativa intensa, analiza tu pensamiento y trata de modificarlo.

¿En qué piensas?

Cuando nos acercamos a la Palabra de Dios, encontramos este versículo en Proverbios 23:7 “Porque cuál es su pensamiento en su corazón, tal es él. Come y bebe, te dirá; Mas su corazón no está contigo.”

La Palabra de Dios habla mucho sobre nuestros pensamientos. De hecho, la mayoría de las instrucciones de Jesús no se centraron en las apariencias externas o las cosas que la gente hacía, sino en los pensamientos de su mente y en las actitudes de sus corazones.

Jesús dijo: “El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca” (Lucas 6:45).

Los pensamientos del corazón de los hombres dan evidencia de lo que es su estado espiritual. En lo que piensas en tu mente, lo eres. En otras palabras, nuestra mente es poderosa y nos convertimos en lo que pensamos. Una persona es conocida por sus acciones, y debemos darnos cuenta de que las acciones comienzan con nuestros pensamientos.

El carácter de los pensamientos de una persona determina el carácter de su vida. Sus acciones están inspiradas desde adentro. Cada producto del alma, ya sea una acción o un propósito, es primero un pensamiento.

Porque nacemos con una naturaleza pecaminosa, el pecado está en el alma primero en pensamientos y, si lo dejamos enraizar, se revelará en acciones.

El éxito moral de la vida consiste en centrarnos en Cristo y no dejar que los malos pensamientos germinen en nuestra mente. En nuestro versículo aprendemos que el corazón determina nuestro destino eterno, porque un corazón sin santidad nunca verá al Señor (Hebreos 12:14).

La Palabra de Dios nos instruye a enfocarnos en: todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre… en esto pensad (Filipenses 4:8), y llevar cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo (2 Corintios 10:5).

El corazón como lo describe la Biblia, literalmente funciona como una conciencia; que nos da un ligero empuje o un sentido de advertencia. Y, como leemos en los siguientes versículos, la Palabra de Dios a menudo se refiere a los “pensamientos del corazón”.

Con toda diligencia guarda tu corazón, porque de él brotan los manantiales de la vida. (Proverbios 4:23)

Confía en el Señor con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propio entendimiento. (Proverbios 3:5)

Porque del corazón provienen malos pensamientos, homicidios, adulterios, fornicaciones, robos, falsos testimonios y calumnias… (Mateo 15:19)

El Señor nos conoce muy bien y nos dice que: Sucederá en aquel día que pensamientos vendrán a tu mente y concebirás un plan malvado (Ezequiel 38:10).

Y Jesús, conociendo sus pensamientos, dijo: ¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? (Mateo 9:4)

Nunca debemos olvidar que: “La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de dos filos; penetra hasta la división del alma y del espíritu, de las coyunturas y los tuétanos, y es poderosa para discernir los pensamientos y las intenciones del corazón” (Hebreos 4:12).

Tenemos que tener en cuenta que nuestro comportamiento sigue nuestros pensamientos, y no al revés. Los pensamientos que entretenemos son procesados por nuestros corazones y salen de nuestra boca y en nuestras acciones. Analizar y abordar nuestros pensamientos son componentes clave para conquistar los hábitos y comportamientos que parecen mantenernos como rehenes, y nos corresponde a nosotros llevar cada pensamiento cautivo a la obediencia a Cristo (2 Corintios 10:5).

La mejor manera de hacerlo es reconocer la necesidad de cambiar y de acercarse a Dios y Él se acercará a ti (Santiago 4:8). Nosotros, como el salmista deberíamos pedirle a Dios que crea en mí, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí (Salmo 51:10).

Ven y veamos los pensamientos de Dios y los pensamientos del hombre

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