Solo se vive una vez
La mayoría hemos oído el dicho: «Solo se vive una vez». Las estrellas de la música y los famosos se suelen escudar en esa frase para animar a la gente a hacer locuras o arriesgarse porque, a fin de cuentas, «solo se vive una vez».
Es una idea atractiva. ¿Para qué preocuparse del futuro? ¿Para qué aceptar la responsabilidad de las decisiones que tomamos cuando podemos hacer como si no importaran? ¿Para qué ocuparnos de otras cosas que no sean lo que más nos apetece en determinado momento?
La verdad es que cuando alcanzamos cierta madurez nos damos cuenta de que la vida no es así, y nos toca empezar a pagar las consecuencias de algunas decisiones tomadas en etapas anteriores. En la mayoría de los casos, quienes se han regido por ese lema llegan a un punto en que les gustaría haber tenido una visión de largo plazo un poco antes.
Ya que no tenemos sino una vida, ¿qué vamos a hacer con ella? ¿Qué recuerdo de nosotros queremos dejar para la posteridad? Para poder enorgullecernos en retrospectiva de nuestra vida, ¿cómo tendría que ser? La muy conocida locución latina carpe diem —«aprovecha el día»— es bien positiva. Sigue la misma lógica de «solo se vive una vez», salvo que en vez de tomar eso como un pretexto para hacer locuras y vivir el presente sin considerar las consecuencias, nos motiva a llegar más lejos, hacer más y no desperdiciar el tiempo.
La vida se compone de un cúmulo de días. Algunos son tranquilos, entretenidos; otros son duros. Pensemos un momento en los medallistas olímpicos. El día en que compiten y ganan pasa a la historia, y estoy seguro de que ellos lo recuerdan como uno de los mejores de su vida. Sin embargo, para llegar a eso son necesarios años de entrenamiento, de trabajo arduo y concentración. Imagínate a tu músico favorito tocando ante un público multitudinario. Una vez más, el artista solo logra eso después de innumerables días de constantes ensayos y repeticiones y de interpretar su música ante cualquiera que lo escuche, hasta que le llega su gran oportunidad.
Todas las decisiones que tomamos tienen consecuencias, desde las más triviales —como comer o no verduras— hasta decisiones como la de estudiar y esforzarse por alcanzar una meta o la de regirse por los principios divinos. El entender esto ahora nos puede ayudar a tomar decisiones acertadas, para que al final de nuestra vida se evidencien las maravillosas consecuencias de dichas decisiones.
No dejes que la vida se te escape. Sácale el mejor partido posible, de manera que al volver la mirada te sientas satisfecho con lo que lograste.
Porque aunque a veces digamos es de: “Sólo se vive una vez…” ¡No! Se vive todos los días… sólo se muere una vez… ¡cuánto me gusta esta reflexión!
Que no les hagan creer eso de que “sólo se vive una vez”… ¡qué va! ¡Se vive todos y cada uno de los días! Esa es nuestra suerte… al levantarnos cada mañana, tenemos por delante un montón de minutos por vivir: un montón de posibilidades, de experiencias, de sonrisas, de abrazos… un montón de buenas palabras que ofrecer y un montón de gestos bonitos para regalar… infinidad de razones que hacen de cada día algo especial.
No son necesarias las grandes experiencias: sólo necesitamos pararnos un momento a sentir, para apreciar que ese día es único y que en tu mano está el darte una razón para disfrutarlo.
Que te parece si hacemos un ejercicio: Toma un par de cascabeles, átalos con algo y cuélguenlos allí donde vayas a moverlos cada día: en el cajón de la mesita, junto al escritorio, en el espejo retrovisor del coche, en el llavero de las llaves de casa… ¡donde quieras! Cuando los oigas sonar “clin clin”, detente. Concédete un minuto y piensen: “hoy es tal día y estoy aquí haciendo esto”… piénsalo y siéntelo. Y tras sesenta segundos, continúa con lo que estabas haciendo… te aseguro que lo harás con otros ojos.
¡No se pueden imaginar lo revelador que es hacerlo! Ser consciente de cada día…es increíble cómo pasamos por los días, por la vida, sin ser conscientes muchas veces. Nos levantamos, duchamos, desayunamos, vamos a trabajar, el coche, el semáforo, el mismo camino… trabajo, vuelta a casa, comida, recados, mismas tareas… niños, o novio, o amigos… más recados, más tareas… baño, cena y a dormir. Y ha pasado otro día más, sin ser realmente conscientes de que hacíamos ninguna de esas cosas, porque las tenemos automatizadas y pasamos por ellas como el que está sentado en un cine viendo una película. Qué pena ¿no? Perderse tantas cosas… perdernos nuestra vida…
Se vive todos los días y la vida da para mucho. Está lleniiiiiiiita de días… ¡no dejen escapar ni uno!
Solo se vive una vez
Cuando nos acercamos a la Palabra de Dios, encontramos que aunque tenemos una vida para vivir, esa vida se vive todos los días… pero se sólo se muere una vez… ¡cuánto me gusta esta reflexión!
Hebreos 9:27 “Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio”.
Ahora bien, eso no significa que no debamos disfrutar de la vida. Dios no quiere que seamos infelices. «¡Felices los que viven así! —dice la Biblia—. Felices de verdad son los que tienen a Dios como el Señor»( Salmo 144:15). «No se entristezcan —nos manda—, porque el gozo del Señor es su fortaleza» (Nehemías 8:10). Jesús dijo: «Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia» (Juan 10:10). Él quiere que disfrutemos del amor de Dios y de las numerosas bendiciones que nos concede cada día.
Todos nuestros personajes favoritos de la Biblia experimentaron algo similar. Piensa en Noé cuando construyó el arca o en José cuando salvó a Egipto de la hambruna. Si conocieron el éxito no fue porque se dedicaron a hacer lo que les daba la gana, siguiendo la filosofía de que «solo se vive una vez». Hizo falta mucho esfuerzo y planificación para que, llegado el día, salvaran muchas vidas y dejaran su impronta en el mundo.
El hijo pródigo también tenía como lema «solo se vive una vez» (Lucas 15:11-32). No quiso aguardar para recibir su herencia. Tenía ganas de irse de juerga y pasarlo bien sin tener que esperar. Le dio la lata a su padre para que le entregara la parte que le correspondía y enseguida «se fue a un país lejano; allí vivió desenfrenadamente y derrochó su herencia» (Lucas 15:13 ). No dudo que lo pasó fabuloso… hasta que la plata se esfumó y con ella todos sus amigos de circunstancias. Cuando se quedó sin nada, lo abandonaron, y terminó mendigando comida vestido con harapos.
El libro de Eclesiastés nos advierte: «Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes que vengan los días malos, y lleguen los años de los cuales digas: “No tengo en ellos contentamiento”» (Eclesiastés 12:1).
