Quiero comenzar por algo muy sencillo.
Una vez, alguien se acercó a mí.
Tenía preguntas.
Quería saber qué hacer con su vida.
Quería saber qué debía hacer para encontrar la vida que buscaba.
Se acercó con lo que sabía,
con lo que había aprendido,
con aquello que pensaba que estaba haciendo bien.
Y me preguntó.
Yo podía haberle respondido inmediatamente.
Podía haberle hablado de lo que hacía bien
y de lo que todavía le faltaba.
Pero antes de hablarle,
hice algo mucho más sencillo.
Lo miré.
El evangelio cuenta ese momento
con unas pocas palabras:
Jesús, mirándole, le amó.
Quédate aquí un momento.
No hace falta que sigas todavía.
Piensa en esa mirada.
Una persona se acerca a Jesús
con su propia historia,
con sus preguntas,
con sus aciertos
y con aquello que todavía no sabe resolver.
Y Jesús la mira.
Y la ama.
Ahora imagina que esa persona eres tú.
No la persona que te gustaría ser.
No la persona que crees que deberías ser.
Tú.
Con lo que eres hoy.
Con lo que llevas dentro.
Con aquello que los demás conocen
y también con aquello que nadie conoce.
¿Cómo imaginas que Jesús te mira cuando estás contento o cuando estás triste?
Quédate un momento con esa pregunta.
Quizá una parte de ti piense:
«No puede mirarme así.»
Quizá pienses que primero tendrías que cambiar algo.
Todos tenemos cosas que nos cuesta enseñar.
Jesús te quiere igual.
Pero la mirada no ha cambiado.
La misma mirada con la que miró a aquel hombre
es la mirada con la que te mira a ti.
Te veo.
Sé quién eres.
Y te amo.
No tienes que hacer nada con esto ahora.
No tienes que responder.
Solo quería que conocieras
algo de cómo te miro.
Si quieres,
podemos seguir caminando.
Estoy aquí.


