Pedro había caminado conmigo.
Había confiado.
Había tenido miedo.
Y cuando ya no pudo sostenerse,
yo lo sostuve.
Después vino aquella noche.
Pedro dijo que no me conocía.
Una vez.
Otra vez.
Y otra vez.
Quizá después de algo así
uno espera que la otra persona
ya no quiera volver a hablarle.
Quizá uno piensa:
«¿Qué podría decirle ahora?»
Pasó el tiempo.
Una mañana,
Pedro estaba junto al mar.
Yo estaba allí.
Había preparado un fuego.
Y cuando nos encontramos,
no comencé preguntándole
por qué me había fallado.
No le pedí explicaciones.
No le recordé aquella noche.
Le hice una pregunta:
«¿Me amas?»
Pedro respondió.
Y volví a preguntarle:
«¿Me amas?»
Pedro respondió de nuevo.
Y una tercera vez:
«¿Me amas?»
Pedro había fallado.
Pero yo seguía allí.
Y seguía hablándole.
Quizá tú también tengas algo
que no sabes cómo contarme.
Algo que hiciste.
Algo que dijiste.
Algo que todavía te pesa.
Quizá pienses que sería mejor
esconderlo.
Pero no tienes que hacerlo.
No necesitas encontrar
las palabras perfectas.
Puedes hablarme
tal como eres.
Puedes contarme lo que llevas dentro.
O puedes quedarte en silencio.
Yo sigo aquí.
Cuando estés preparado,
podremos hablar.


