Ya has descubierto cómo te miro.

Has dado un primer paso para acercarte.

Has comenzado a conocerme.

Has descubierto que puedes confiar en mí

incluso cuando tienes miedo.

Y que, cuando fallas,

no desaparezco.

Puedes hablarme.

Puedes dejar de esconderte.

Y quizá ahora te estés preguntando

por dónde caminar.

Una mañana,

mientras caminaba junto al mar,

vi a unos hombres trabajando.

Tenían sus redes.

Tenían su trabajo.

Tenían su propia vida.

Me acerqué a ellos

y les dije:

«Venid en pos de mí.»

No les expliqué todo lo que iba a ocurrir.

No les dije adónde les llevaría cada día.

No les pedí que conocieran primero

todo el camino.

Solo les dije:

«Seguidme.»

Y ellos comenzaron a caminar conmigo.

Durante el camino

pudieron verme.

Pudieron escucharme.

Pudieron descubrir cómo trataba

a las personas.

Cómo me acercaba a quienes sufrían.

Cómo escuchaba.

Cómo respondía.

Cómo amaba.

No tenían que saberlo todo

antes de comenzar.

Podían descubrirlo

mientras caminaban.

Quizá contigo pueda ser así.

No necesitas tener ahora

todas las respuestas.

No necesitas saber

qué ocurrirá mañana.

No necesitas conocer

todo el camino.

Solo necesitas saber

quién va delante.

Yo.

Si quieres seguirme,

camina conmigo.

Mírame.

Escúchame.

Descubre quién soy

mientras avanzamos.

Habrá momentos

en los que no entiendas el camino.

Habrá momentos

en los que tengas que decidir.

Y quizá algún día

me preguntes:

«¿Por dónde voy?»

Cuando llegue ese momento,

seguiremos caminando.

No tienes que saber

todo lo que viene.

Solo da el siguiente paso.

Ven.

Mira.

Camina conmigo.

Sígueme.

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