“Necesito hablar con alguien”

Ante situaciones de dolor emocional o problemas en las relaciones, es muy normal querer expresarse.

Es una idea recurrente que surge en la mente de quienes se sienten mal emocionalmente, ya sea por un trastorno psicológico de causas biológicas (como la depresión endógena) o por sucesos dolorosos que han ocurrido en sus vidas, como un divorcio, un episodio de acoso sexual o el sentimiento de soledad.

Lo cierto es que resulta normal querer expresar lo que sentimos cuando el dolor psicológico desgasta nuestra calidad de vida. Por un lado, tener a alguien con quien conversar ayuda a ordenar nuestras ideas, el sistema de pensamientos a partir del cual percibimos y analizamos lo que ocurre. Por el otro, sentir el apoyo y la empatía de alguien es muchas veces algo que necesitamos para superar esa situación y seguir hacia adelante.

Esta necesidad de hablar aparece más en la crisis de los 20 o la de 30 o la de los 40. Y esto es así porque entre la adolescencia y la madurez muchos jóvenes se deprimen porque aún no saben en dónde están parados.

Tengo en mente la imagen de dos chicas jóvenes:

La primera está de vacaciones, mirando la carta de un restaurante, centrada en sus pensamientos…, y cae en un abismo existencial. ¿Patatas fritas o al horno? ¿Cuáles te gustan más? A fin de cuentas, ¿acaso importa? Ambas opciones no son más que un sustento barato a base de fécula. Por cierto, ¿deberías preocuparte un poco más por tu economía? ¿Y si despilfarras demasiado y no fueras capaz de mantener a tus hijos? Además, ya tienes 26 años y se te está pasando el arroz para el tema de la descendencia. El otro día viste unas estadísticas y la cosa no pinta bien. Probablemente tengas que adoptar; bueno, eso si eres de las que quieren hijos (¿cómo eres?).

Entonces le dice a su novio que prefiere las patatas fritas, y cuando se las traen están frías.

¿Empiezas a dudar de ti misma y te sientes atrapada en una relación o un trabajo, decepcionada con la «vida real»? Pues tienes todos los números para estar sufriendo una crisis de los veinte.

La segunda imagen es de una joven que llamaremos María:

María es una joven de 24 años y a pesar de que en apariencia no tiene ningún problema serio, no se siente feliz. Tanto es así que tuvo que acudir en ayuda profesional porque se sentía deprimida y era frecuente que se encerrara en su habitación a llorar. No quería hablar con sus padres sobre lo que le ocurría y, de hecho, ella misma no sabía qué era lo que estaba mal. María acaba de terminar su carrera de derecho, no tiene preocupaciones económicas y aunque no tiene novio en este momento, dice que ese no es el problema «Simplemente me pongo triste de repente, es un sentimiento de vacío que no puedo explicar. Creo que se trata de inconformidad con lo que estudié. A veces pienso que no quiero ser la abogada exitosa que la gente espera que sea», dice.

Pero esta angustia que ella tiene, es muy común en otras personas entre los 20 y los 30 años, ya que es una de las épocas más difíciles por las que tenéis que pasar. Como adultos jóvenes os encontráis en un escenario muy poco favorable porque si bien seguís siendo inmaduros en

muchos aspectos, debéis tomar decisiones trascendentales. Es el momento de entrar a la etapa productiva de vuestras vidas y pensar hacia dónde queréis ir.

Es el momento en que se adquieren más responsabilidades y asumen que ya no están bajo la tutela de sus padres sino que es el momento de afrontar su propia vida. Llegan las ganas de independizarse y los primeros retos laborales y afectivos. Después de la rebeldía de la adolescencia, todas las nuevas condiciones provocan un cambio existencial muy fuerte en los jóvenes, que genera angustia».

Los factores para aislarse y deprimirse en esta época de la vida son muy variados:

– Los que se ven enfrentados al desempleo o a trabajos mal remunerados. Eso los obliga a permanecer en sus casas y depender económicamente de sus padres. «Continúan en un papel de adolescentes que va en contravía de sus expectativas reales, lo que origina una sensación permanente de frustración que puede terminar en sintomatología depresiva o ansiosa».

– También están los que ni siquiera tuvieron la oportunidad de ingresar a una universidad y aquellos que desde muy jóvenes formaron una familia y se echaron a cuestas responsabilidades que riñen con su inestabilidad y su inmadurez. Para estas personas el mensaje es que no hay futuro. Y, como en el caso de esta joven, también entran en crisis quienes en apariencia tienen una vida perfecta.

El mayor agravante en estos casos es que los jóvenes no tienen con quién hablar de sus problemas. Por un lado, se sienten muy grandes e independientes para pedir ayuda y, por el otro, las redes de apoyo prácticamente no existen. Las familias cada vez son más disfuncionales, y las amistades, superficiales.

Algunos se involucran en amistades virtuales que les impiden profundizar en sus relaciones personales o buscan espacios de escape en la rumba, el trago y las drogas. Parece que el sistema en dónde nos movemos está montado para que exista este aislamiento. «El sistema educativo crea profesionales competitivos pero sin nociones de solidaridad. De la misma manera, muchas empresas fomentan el individualismo entre sus trabajadores y la competencia desleal. Es como si toda la maquinaria en la que nos movemos sólo se preocupara por el hombre robot al servicio de fines económicos».

Pero no todo es drama. Esta etapa es diferente a la crisis de la adolescencia en la que los jóvenes se encierran a llorar y a hacer pataletas. «Es un momento para disfrutar y vivir la vida intensamente, pero también para reflexionar y pensar en sentar cabeza». Entre los 20 y los 30 la crisis es también la oportunidad para afrontar con creatividad uno de los episodios más trascendentales de la vida y pasar por fin de la adolescencia a la madurez.

Si te parece, vamos a ver algunas ideas clave útiles para esos momentos en los que sentimos esa necesidad de hablar con alguien que escuche por lo que estamos pasando y cómo nos sentimos, una experiencia más común de lo que parece y capaz de alcanzar a cualquier persona. A veces será necesaria la ayuda de profesionales, y a veces será suficiente con amigos, la pareja o familiares.

Que sientas que necesitas explicarle a alguien cómo te sientes no es casual. Uno de los aspectos más importantes para superar los malos momentos consiste en comprender el sentido de lo que nos produce malestar, y esto a menudo es algo que cuesta mucho hacerlo a solas, sin ayuda.

Especialmente teniendo en cuenta que la tristeza, la melancolía o la ansiedad muchas veces no nos deja pensar bien, o hacerlo de manera sostenida y sistematizada, algo necesario para llegar a conclusiones coherentes.

Ahora bien… ¿qué debemos hacer ante ese sentimiento de “necesito hablar con alguien sobre lo que me pasa”? Aquí encontrarás varios consejos.

1. No te aferres a los prejuicios sobre los demás

El momento en el que nos abrimos para mostrar nuestras vulnerabilidades y expresar cómo es el malestar que sentimos funciona a través de unos códigos de comportamiento diferentes a lo que ocurre durante la mayor parte del tiempo en las relaciones sociales. Puede que normalmente todos intenten mostrar la mejor versión de sí mismos y actúen como si no tuviesen problemas graves, pero si tú muestras tus vulnerabilidades de manera honesta y en un contexto de intimidad, lo más probable es que los demás te correspondan y te apoyen totalmente en esa acción, e incluso se mostrarán también vulnerables hablándote de experiencias parecidas.

Por eso, no hay que dar por sentado que la reacción a lo que vayas a decir sea la indiferencia o las burlas; esto solo ocurre en relaciones claramente dañadas, las cuales probablemente ya sepas reconocer en tu día a día.

Así pues, busca apoyo en aquellos que sabes que te aprecian o te quieren, y no uses el miedo a la no aceptación como excusa para no dar el paso de decir qué te pasa y cómo te sientes. Te sorprendería saber hasta qué punto hasta relativos desconocidos pueden interesarse por tu bienestar.

2. Busca el contexto adecuado

Aunque te sientas muy mal y sientas una cierta urgencia para expresarte, es importante que elijas el lugar, el momento y la persona adecuada. Esto es incluso más prioritario que iniciar la conversación con todas tus ideas ordenadas y debidamente concretadas (algo que probablemente no consigas en tu estado de malestar, al menos antes de iniciar la conversación).

Si no planificas estos tres aspectos fundamentales, es muy probable que la primera toma de contacto con alguien que está ahí para apoyarte sea poco fluida y frustrante; por ejemplo, porque hay demasiado ruido ambiental o porque la otra persona tiene responsabilidades que atender y solo dispone de unos pocos minutos.

Expresar cómo te sientes es importante: merece que te tomes ese momento en serio y lo planifiques igual que si fuese una cita formalizada y anotada en la agenda. De no ser así, incluso puedes tener que lidiar con un problema añadido: miedos, inseguridades y prejuicios sobre lo que supone abrirse ante los demás. Si esto pasa, tenderás a querer aislarte más y comunicarte menos, de modo que ti te plantees buscar una solución a tu dolor psicológico.

3. No busques que te comprendan totalmente

El objetivo de hablar con alguien sobre lo que te hace sentir mal no es que te comprendan a la perfección. Esto es algo imposible, porque cada persona es única y experimenta lo que le pasa de maneras distintas.

Lo que debes buscar, además de la conexión empática, es justamente la pluralidad en la manera de ver las cosas: puntos de vista alternativos que te ayuden a lograr una percepción más constructiva y menos dramática y derrotista de lo que te pasa. Recuerda que el hecho de que tú hayas vivido lo que te ha hecho daño no hace que necesariamente tengas una perspectiva más objetiva de la realidad; muchas veces, ocurre justamente lo contrario.

Tal y como hemos visto, hablar con alguien acerca de los problemas que nos hacen sentir mal puede resultar una gran ayuda, pero muchas veces es necesario algo más. La ayuda de profesionales que te ayuden a superar situaciones de dolor emocional y problemas en nuestra manera de relacionarnos con el entorno y con los demás, y a aprender nuevas maneras de sentir, pensar y de comportarnos de una manera constructiva y acorde a nuestros intereses y valores.

“Necesito hablar con alguien”

Cuando nos acercamos a la Palabra de Dios, encontramos que en todo momento podemos acudir a Dios para hablar con Él, y lo podemos hacer desde el mismo lugar en donde estemos, porque Él escucha aún nuestros pensamientos.

Si me acompañas veamos uno de esos momentos en los que Jesús está hablando con Su Padre y aprenderemos muchas cosas, además de que nos daremos cuenta lo importante que somos tú y to para Dios. Lo que nos dará la confianza de acercarnos a Dios cuando necesitemos hablar con alguien.

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