“Necesito que me necesites”

Seguro que todos conocemos a alguien sumamente servicial, que asume como suyos los problemas de la gente que le rodea o que siempre está dispuesto a dejar sus intereses en segundo lugar para ocuparse de que otra persona cumpla sus objetivos.

Esta actitud suele darse en la relación de pareja, pero sobre todo entre padres e hijos. Un ejemplo: la madre hace la comida al hijo que ya no vive en casa porque piensa que come fatal, o el hijo que no deja hacer nada al padre porque piensa que es mayor. ¿Te sientes identificado?.

Todos hemos crecido con la enseñanza de que debemos ayudar y preocuparnos por las necesidades de los demás, y eso está bien, pero debemos hacerlo con cuidado, y examinarnos si detrás hubiera algún otro síntoma como por ejemplo:

Tenemos falta de amor – satisfacer ese hambre de amor proporcionando afecto y soluciones hacia quienes siente que lo necesitan.

Nos ponemos por encima – a medida que ayudamos, nos vamos engrandeciendo y haciendo pequeños a los demás, haciendo que no salgan adelante sin nuestra ayuda.

Nos enorgullecemos – lo que impide reconocer nuestras propias necesidades y pedir ayuda cuando la necesitamos.

Nos sentimos sobrevalorados – nos resistimos a no ser imprescindible, porque de lo contrario sentiríamos frustrados, poco valorados y muchas veces perdidos.

Evitamos mirar nuestras propias heridas – prefiere volcarse en los del otro, para no atreverse a enfrentarse a sus carencias y conflictos internos.

Tener el control – «Mientras el otro necesite mi protección, lo podré controlar. Además, como he creado en él la necesidad de que le proteja y le cuide no correré el riesgo de que me abandone».

Pero también tenemos la otra parte, cuando somos ayudados, y aquí también se puede producir una relación tóxica, dependiendo de nuestra reacción del porqué de esa ayuda:

– No nos hacemos responsables de nuestras propias acciones, y pasamos a una gran dependencia emocional.

– Tenemos una personalidad dependiente, con baja autoestima y poca seguridad en nosotros mismos.

– Mostramos un constante reproche de que nunca nos van a dar aquello que necesitamos.

Seguramente te habrás sentido identificado con alguna de estas personalidades en algún momento, yo si he pasado por esa etapa, por eso te presento estas pautas que podrían servirte de ayuda:

– Toma conciencia de tu comportamiento y empieza a vivir tu vida en vez de dedicarte a solucionar la de los demás.

– Aprende a confiar en el otro por mucho que te cueste. No pienses por ellas, deja que acierten (o se equivoquen). Y si alguien quiere tu ayuda, ya te la pedirá.

– Acostúmbrate a ocuparte de ti mismo. Atrévete a mirar dentro de ti y sincérate: ¿Realmente crees que tu vida está tan resuelta que ya puedes dedicarte a arreglar la de los demás? ¿O en realidad necesitarías que te rescatasen a ti?

– Aprende a decir “no”. Aprende a poner límites y mantenerte firme. Recuerda que tienes todo el derecho a pensar en ti y ponerte por delante.

– Aprende a diferenciar empatía de simpatía. La empatía es ayudar permitiendo que la otra persona crezca. La simpatía es la capacidad para solucionar los problemas de los demás desde nuestra propia perspectiva, es decir, desde la forma en que lo haríamos nosotros.

– Cultiva la flexibilidad y la reciprocidad. Unas veces apoyarás tú al otro y otras será el otro quien te ayudará a ti.

“Necesito que me necesites”

En la Palabra de Dios, también encontramos esta enseñanza de la ayuda mutua entre las personas. Y el mismo Señor no dice que le pidamos a Él, aquello que necesitemos.

Todos tenemos una necesidad muy especial, que alguien nos salve de la ira de Dios, que viene sobre los pecadores, y esos somos nosotros, y Dios que lo sabe, mandó a Jesús para que por su muerte en la cruz, fuésemos salvo.

La diferencia de Dios con el ayudador que hemos visto en la primera parte, es que para ofrecernos su ayuda, Él necesita que nosotros estemos de acuerdo, porque nunca recibiremos Su ayuda en contra de nuestra voluntad.

Dios quiere salvarnos, y mostrarnos que esa salvación tiene un alcance que comienza desde el momento que la aceptamos y se alarga por toda la eternidad.

Pero si no aceptamos la ayuda que viene del Señor, llegará su ira, y ¿Cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande?.

Ahora ¿Qué te parece si vamos juntos a ver ese alcance de la salvación que viene de Dios?.

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