No vivas con prisa
Si hay algo que os caracteriza a las nuevas generaciones es que el ritmo de vida es de un constante estrés que va cogiendo velocidad. Nos damos cuenta de que el tiempo no alcanza, que cada minuto cuenta. Siempre hay algo que hacer y no importa en cuántas partes intentemos dividir el tiempo, nunca es suficiente. Nuestros pensamientos son frenéticos, controlados por notificaciones electrónicas, tonos de móvil y agendas siempre repletas. Este es el estilo de vida de casi todos en la actualidad.
Vivir con tanta prisa implica siempre pensar en que “Nunca hay tiempo para más” y las frases más comunes que compartimos con los demás son: “Date prisa”, “Apúrate que vamos a llegar tarde” y otras por el estilo.
La prisa ayuda en ciertos momentos pero como todo en exceso, es dañina. Y es mucho más peligrosa cuando constituye el centro de tu carácter. Por eso, a partir de ahora tómate tu tiempo para las actividades que no sean imprescindibles.
Piensa que cuando vives con demasiada prisa puedes dañar a quienes te rodean: tu familia, tus amigos. Deja que cada cual marque su ritmo aunque sea más lento que el tuyo. Así aprenderás poco a poco a reducir tu velocidad hasta un nivel normal y te darás cuenta que vivirás mejor.
Cuando vivimos con prisas por cumplir el guion que otros nos han impuesto, olvidamos la importancia de disfrutar el camino.
Si fueses a morir mañana, ¿qué te gustaría hacer hoy?.¿Con quién pasarías tu tiempo?, ¿qué actividades te gustaría realizar por última vez?. Este planteamiento, que puede resultar un tanto extremo, nos ayuda a descubrir cuán alejados estamos de nuestro verdadero ser. Y nos invita a recordar la afirmación que traerá paz cuando la mente nos domine: tómate la vida con calma.
No resulta sencillo llevar a cabo esta propuesta. El mundo no está hecho para que encontremos la calma, para que vivamos y disfrutemos el presente. Al contrario, continuamente nos bombardean con obligaciones y exigencias revestidas de una urgencia que no es tal.
Debes estudiar, debes trabajar, tienes que triunfar, competir, conseguir más y más. Más dinero, más vida social, más estatus. Has de subir los peldaños de la vida a marchas forzadas y cumplir, en cada momento, con lo que la sociedad espera de ti. Han logrado convencernos de que si no vamos a toda prisa, haciendo malabares con los distintos roles de una vida que muchas veces no nos gusta, lo estamos haciendo mal.
Y es que, en realidad, todos esos objetivos serían muy loables si surgieran de nuestro propio convencimiento. Es maravilloso estudiar, conocer y nutrirse. Es fantástico tener libertad financiera, disfrutar del ocio con amigos y compartir una relación de pareja con otra persona. Pero cuando se trata de imposiciones y no de deseos, la satisfacción se convierte en una presión asfixiante.
¿Por qué has de estudiar una carrera a los 18 años por obligación, y no a los 25 por un deseo genuino de aprender sobre el tema?. ¿Por qué has de compartir tu tiempo con personas que no te aportan ni te llenan, sólo porque has de tener contactos?. ¿Realmente crees que es sano permanecer junto a alguien que te daña y no te valora porque la sociedad dice que, a tu edad, has de tener pareja?. ¿El qué dirán es un buen motivo para tener hijos sin estar preparado?.
Estamos tan inmersos en seguir un plan de vida diseñado por otros, que no nos permitimos reflexionar ni conectarnos con nosotros mismos. Tenemos tanta prisa por cumplir con el guion y las expectativas, que se nos olvida disfrutar la vida. La sensación de fracaso que nos invade cuando parece que vamos tarde, que no estamos haciendo lo debido, puede ser realmente paralizante.
Por ello, si sientes que la rutina te agobia, que la preocupación y la ansiedad se han hecho parte de ti, descansa un momento. No llegas tarde a ningún sitio, porque no hay sitio al que llegar. Tu vida es única y exclusivamente tuya, y eres tú quien debe decidir como vivirla. No hay una edad determinada para cada cosa, el tren no solo pasa una vez. Cada uno de nosotros tenemos nuestro propio camino y hemos de concedernos el derecho a vivirlo de forma individual.
No tengas prisa por decidir quién quieres ser o cómo quieres vivir. Permítete descubrir tus dones, tus anhelos y qué es lo que te hace feliz. Deja de poner tu energía mental en el futuro, en el debería, en la próxima meta que has de alcanzar, y céntrate en el ahora. Disfruta de tu cuerpo, de tu salud, de tu propia compañía y de la de tus seres queridos. Conéctate con tu entorno, pasea por la naturaleza, emplea tiempo en esa actividad que te resulta tan gratificante.
No sabemos cuándo será nuestro último día de vida. Por ello hemos de hacer que cada día cuente y tenga significado. ¿Te gustaría pasar tus últimos momentos agobiado, preocupado, sintiéndote insuficiente?. Valórate y recuerda tu derecho a vivir en plenitud, y según tus propios parámetros.
No te angusties si aún no tienes trabajo, si todavía no te ascienden. No sufras por no haber encontrado aún el amor, por no tener planes cada noche. Tómate la vida con calma. Todo llegará, no permitas que la presión te haga conformarte con lo que no te hace feliz. No dejes que tu mente se crea que tu valor depende de cuánto te ajustes al molde que otros te han impuesto.
Lo que tenga que ser será, a su tiempo y en su momento, porque el destino es incierto y a veces simplemente los vientos no soplan a nuestro favor ni nuestras velas están por la labor de izarse a pesar de nuestro empeño.
Dicen que las mejores cosas no se planean, que simplemente suceden y que es mejor no presionar al tiempo. Porque realmente si algo debe pasar, sucederá de todas maneras. Y si no debe hacerlo, pues no lo hará. Es simple.
Por eso de vez en cuando es bueno no planear ni esperar, dejar de exigir razones por las que seguir avanzando por un camino que no vemos muy claro y bajarnos del mundo de las expectativas y de las programaciones.
El hecho de que las cosas sean más sencillas de lo que en origen nos planteamos nos abre un gran abanico de posibilidades para disfrutar de la vida desde otra perspectiva mucho más relajada y simpática para nuestro bienestar.
Todo pasa, todo llega, todo se transforma
Probablemente todos estaremos de acuerdo en que somos producto de nuestras circunstancias y de nuestros deseos. Sin embargo, a veces estos resultan incompatibles o, al menos, nos cuesta digerir las consecuencias que acarrean. Esto genera preocupaciones que hacen que nos sintamos angustiados y, como se suele decir, amargan nuestra existencia.
En esta ocasión es bueno que echemos mano de un famoso proverbio árabe que encierra en sí mismo una lógica aplastante: Si tiene solución, ¿por qué te preocupas? Y si no la tiene, ¿por qué te preocupas?
Lo cierto es que sí, parece obvio que no deberíamos preocuparnos de aquello que no podemos resolver, pero dejarse llevar y mantener la calma en ciertos momentos puede ser prácticamente imposible.
Por eso quizás lo que debemos aprender es que hay ciertas cosas que se escapan de nuestro control y que dejar que la vida fluya y aceptar cuáles son las circunstancias es la mejor de nuestras opciones en muchas ocasiones.
No somos la coraza, somos la respiración
Somos aquello que digerimos, las piedras con las que tropezamos, los rasguños que no curamos y los finales trágicos de nuestra vida. No somos todo sonrisas, alegrías o verdades, también somos mentiras (las que nos cuentan y las que nos contamos), somos las críticas y las lágrimas que no lloramos.
Así que para abarcar con nuestras riendas todo lo que nos compone lo tenemos más que complicado. Pero esto no significa que tengamos que desconfiar de la felicidad o, simplemente, de las casualidades de la vida.
No se trata de creer o no creer en el destino, sino de dejar que las circunstancias nos sorprendan y así abrir las ventanas del relax emocional para que nos ayuden a reavivar nuestros sentimientos.
De vez en cuando es necesario huir de nosotros mismos y de nuestras expectativas. O sea, lavar nuestra mente para tomar perspectiva, contar hasta diez y rellenar de oxígeno nuestros pulmones.
Esto nos ayudará a no perder trenes y a no arrepentirnos de aquello que hemos perdido por nuestra inquieta manía de marcar los signos de puntuación de un texto. Cuando tenga que ser punto y final, que lo sea, pero respetemos los puntos suspensivos, las comas y los puntos y aparte.
Dicen que lo que no te mata te hace más fuerte y que es precisamente ese impulso el que te ayuda a recorrer kilómetros y kilómetros de caminos de piedras con los pies descalzos. La verdad es que la clave está en estrujar los errores y en disfrutar de los vientos del cambio.
Recuerda que aquellas partes de ti con las que no conectas habitualmente pierden la fuerza que necesitan para activarse. Por eso, no dejes que la vida pase mirando cómo se consumen las pilas de tu reloj, no retrocedas en el tiempo.
Dale continuidad, aprende a relajarte, a mirar con lupa aquellos pensamientos que te dañan y a contemplar la vida con paciencia. No intentes planear cada milímetro de tu recorrido, a veces
simplemente necesitas desenfocar tu cámara, dejar que pase el tiempo y dejarte llevar por las casualidades.
No pienses en “No tenemos tiempo para vivir” porque siempre se puede encontrar un espacio para hacerlo.
No vivas con prisa
Cuando nos acercamos a la Palabra de Dios, podemos apreciar en algunos casos que ese ritmo de vida es de un constante estrés que va cogiendo velocidad, estaba presente en algunas personas, no es nada nuevo.
Un ejemplo de cómo afectaba este ritmo de vida en una persona al compararse con otra, podemos verlo en este pasaje, donde tenemos a Jesús visitando a dos hermanas.
Juan 10:38-42
38 Aconteció que yendo de camino, entró en una aldea; y una mujer llamada Marta le recibió en su casa.
39 Esta tenía una hermana que se llamaba María, la cual, sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra.
40 Pero Marta se preocupaba con muchos quehaceres, y acercándose, dijo: Señor, ¿no te da cuidado que mi hermana me deje servir sola? Dile, pues, que me ayude.
41 Respondiendo Jesús, le dijo: Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas.
42 Pero sólo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada.
Lo que nos enseña este pasaje es que Dios tiene una cita con cada uno de nosotros, y cuando llega esa fecha, Jesús aparece en nuestra vida y nos hace parar en nuestras actividades para tener ese tiempo con nosotros.
Hoy es tu cita con Dios, si quieres presentarte debes acompañarme ahora.
