La persona jactanciosa
Es la persona que presume y alardea de sí misma y de sus propias cualidades. Otras definiciones serían arrogante, soberbio, engreído, vanaglorioso, petulante, fatuo, creído, fanfarrón, ufano, ostentoso…
Al carecer de tacto y presumir su arrogancia como orgullo excesivo de sí mismo, colocándose valores y ensalzando sus cualidades que en muchos casos llegan al extremo hacia su persona, creando un halo de perfección a su alrededor, vanagloriando virtudes muchas veces inexistentes, y desempeño de un jactar de acciones, llegando a un hablar provocador, molestando a otros y pasando a ser un fanfarrón o petulante.
Este rasgo de la personalidad, puede venir de una autoestima inflada (una autoimagen inflada y distorsionada, por lo que las personas actúan en base a su propia percepción), o una autoestima baja (una falta de autoestima y confianza).
Estas personas fracasan a la hora de tener en cuenta la perspectiva de los demás, y esto se nota tanto en su vida social como en el malestar que causan en los demás. ¿Cómo reconocerlas?
– Creencia de superioridad: creencia de ser merecedora de privilegios y de un mejor trato que el resto de personas.
– Actitud intimidante: con muestras de crueldad y agresividad hacia otras personas.
– Egocentrismo: le gusta ser el centro de atención y hablar constantemente de sí misma y sus logros.
– Incapacidad de autocrítica: Es incapaz de reconocer los errores propios y encajar las críticas.
– Excesiva preocupación por el éxito y su imagen de cara a los demás.
– Carencia de empatía: No hace el esfuerzo de comprender las emociones de los demás y de tener en cuenta cómo se sienten las personas de su alrededor.
– Egoísmo: la prioridad es cubrir las propias necesidades sin tener en cuenta las de los demás.
Si necesitas interactuar con estas personas, puedes seguir estos consejos:
– Toma distancia: en la medida de lo posible evita a aquellas personas que sientas que no te aportan nada o, si lo hacen, es de forma negativa.
– Mentalízate: antes de mantener contacto con una persona prepotente, intenta mentalizarte sobre ello y definir claramente aquello que quieres expresar o conseguir de la otra persona.
– Utiliza la asertividad: en cuanto a la actitud, se recomienda mantener una neutral y educada, sin involucrarse emocionalmente y mostrando asertividad a la hora de relacionarse.
– Cambia la perspectiva: intenta tomarte el encuentro como una oportunidad de aprendizaje y de práctica de tus habilidades sociales, para así cambiar el enfoque que le otorgas a la situación.
– Intenta que no te afecte: procura ser consciente de que esta es así en su contacto social en general, no contigo única y personalmente.
– Sorpréndela: muéstrale una actitud positiva y de compañerismo pueden descolocarlas.
– Usa el humor: emplea el humor como arma de protección de tu persona, busca el lado absurdo y cómico de sus actitudes en la medida de lo posible.
– No cedas: no cedas a las faltas de respeto de esta persona, intenta mantener el diálogo por la misma vía que lo harías con otra persona sin desviarte por sus comentarios.
– No le sigas el juego: no te dejes impresionar por sus supuestos logros, éxitos y narraciones acerca de ello, ya que esta persona se alimentan de la admiración y atención de otras personas.
– Defiende tu postura: de forma asertiva y procurando alterarte lo menos posible.
– Desmonta sus argumentos: dejar de darles la razón y mostrar, con argumentos y razones sólidas, que mantiene un punto de vista equivocado.
– Aborda el encuentro con confianza: Si mantienes seguridad y autoestima en tu persona a la hora de lidiar con esta persona te mantendrás invulnerable a ella.
– Establece tus límites: establece tus propios límites de tolerancia y márcalos con esa persona, si los sobrepasa da por finalizada la conversación o el encuentro de forma tajante.
La persona jactanciosa
En la Palabra de Dios, también está definida la persona que es jactanciosa, un ejemplo lo tenemos en el libro de Santiago capítulo 4, con la descripción del jactancioso, el descuido del jactancioso y el desafío al jactancioso.
Lo primero que vemos es que de forma deliberada y arrogantemente el jactancioso pone a Dios fuera de sus planes, al pensar que tiene derecho a manejar su vida a su propio gusto y por eso trata a Dios con indiferencia.
Los cristianos no nos pertenecemos a nosotros mismos, pertenecemos a aquel quien pagó el precio para comprarnos, al Señor Jesucristo. Nuestra vida por tanto no es nuestra. No podemos hacer lo que queramos con ella. Somos del Señor, no nos jactemos al manejar nuestra vida a nuestro antojo.
El jactancioso descuida la fragilidad de la vida. Ni usted ni yo sabemos si el día de mañana vamos a estar en este mundo. Es más, ni siquiera sabemos si la hora siguiente o el minuto siguiente o el segundo siguiente vamos a estar todavía en este mundo.
De modo que, conducir nuestra vida como queramos, independientemente del Señor es jactancia, y el que lo hace es jactancioso. Por eso es necesario conocer bien lo que la Palabra de Dios tiene que enseñarnos.
