Las heridas en nuestro matrimonio
Todas las relaciones matrimoniales enfrentan heridas y conflictos en varios niveles, pero no muchos de nosotros sabemos cómo lidiar con ellos de manera eficaz, por lo que no lo hacemos.
Las heridas mutuas son inevitables en el matrimonio. Siempre sucede que por mucho cuidado que tengamos en nuestra relación no podemos evitar que, en algún momento de esta relación toquemos un punto sensible del otro y que esto dé lugar a que se le hiera. No podemos actuar continuamente como si nada hubiera pasado, porque tarde o temprano nuestras diferencias chocan unas contra otras, se producen incomprensiones, malos hábitos y con tiempo también defectos de carácter. Con todas estas cosas complicamos la vida, aunque nos esforcemos en complacernos mutuamente.
Las heridas pueden tener una gran profundidad en el corazón del matrimonio, y unas tremendas consecuencias, tenemos miles y miles de testimonios reales de matrimonios, veamos dos ejemplos:
– Mi esposo y yo estamos por cumplir seis años de casados, pero no hemos tenido un buen matrimonio, nos hemos lastimado bastante, yo lo he perdonado pero el a mí no. Su familia le ha metido tantas ideas en su cabeza que me pidió el divorcio. Me odia, me aborrece, hay rencor en su corazón, lo ha endurecido. Quiero restaurar mi hogar, tenemos un pequeño de cuatro años, no quiero que el viva lo mismo que vivió mi esposo con el divorcio de sus padres, ya que veo cuán inestables quedan.
– Llevamos 14 años casado. Mi mujer me ha sido infiel por tres veces, la primera la perdoné, me decía que iba a cambiar, pero solo cambia de estrategia, y de ahí puras mentiras y engaños hasta que mis hijos la descubrieron. ¿Cómo hago para volver a confiar en mi esposa? yo intento arreglar las cosas y ella no hace nada.
Las heridas como cualquier otra herida física, hay que tratarlas rápidamente y de forma adecuada, porque estas heridas en el matrimonio dejan huella en nuestro corazón y en nuestra alma.
Las heridas no tratadas de forma adecuada debilitan nuestro amor y lo matan, más tarde o más pronto. Esas heridas quizá fueron tratadas en un principio, pero no fueron curadas, son heridas que han sanado superficialmente, pero por dentro están llenas de pus. Todo parece que está bien, pero por dentro el amor puede estar muerto. Por ejemplo, que la relación sexual deje de funcionar puede ser un síntoma de que los dos cónyuges, o al menos uno de ellos han tenido muchas heridas que no se han tratado.
Que estas cosas pasen, en la mayoría de las veces no es por mala voluntad sino por impotencia de no saber qué hacer ante estas cuestiones. Si es así, tenemos que usar la reconciliación.
Reconciliación. Es conveniente que cuando sientes que has herido al otro, procurar remediar la situación cuanto antes, porque cuanto más tiempo dejemos pasar más difícil será el tratarlo.
Muy bien. Pero ¿cómo se hace esto de la reconciliación?, hay tres pasos:
– Primer paso y fundamental es que quién ha herido al otro lo reconozca. Tenemos aquí la primera dificultad: con mucha frecuencia uno tiende a no reconocer esto, a que lo hizo sin intención. Entonces, ante esta negación lo que hace es añadir más daño al otro. Así no se
arreglan las cosas. “Lo cierto es que te he herido”, reconocerlo y decirlo es mucho más efectivo para la relación, porque esto te está pidiendo humildad con el otro.
– Segundo paso: pedir perdón. “Lo siento, perdóname” Sé que estas palabras a mucha gente les resulta extremadamente difícil. Significan que se reconoce la culpa y el error, dando entender entonces que estamos supeditados a la otra persona para que las cosas puedan volver a funcionar. Cuando hacemos algún daño a nuestra pareja necesitamos su perdón y tenemos que pedírselo. Es así de simple.
Con frecuencia, cuando el otro ha recibido de nosotros el reconocimiento de nuestra culpa y le hemos pedido perdón, muy a menudo se siente aliviado, y es posible que perdone de corazón.
– Tercer paso: a veces tenemos que dar este paso, porque las palabras ya no bastan y tenemos que añadir una “acción”, una obra de desagravio, para que pueda realmente perdonarnos de corazón porque con esto estamos demostrando tanto el reconocimiento de la herida producida como la compensación del daño producido. Así estamos realmente restaurando nuestra relación que se ha roto por esa herida.
Reconocer el daño causado, pedir perdón y desagraviar con obras son los pasos básicos que podemos dar, cuando hemos herido a nuestra pareja, para eliminar realmente el daño causado y conseguir la reconciliación. Naturalmente esto siempre que el otro quiera.
Pues muy bien todo esto, pero qué pasa en el “herido, en la víctima”.
¿Qué tiene que hacer el que ha recibido la herida de su pareja?
– Primero que ha de hacer es tomar conciencia, y en serio, de la herida recibida. Ha de tener el valor de reconocer que está enfadada con su pareja. Y mucho ojo con esta cuestión porque tendemos a eludir esta cuestión y entonces podemos tomar dos caminos: a) Uno mismo se rebaja y piensa que tampoco es para tanto; b) Uno se pone tan alto y está por encima que piensa «el pobre es que no da más de sí». Estas dos maneras de ignorar la herida tienen un alto precio y consecuencias más malas que buenas a largo plazo: pues uno se está despreciando a sí mismo o al otro. La herida está dejando una huella que con el tiempo saltará y romperá seguramente la relación.
– Segundo, es hacer comprender a mi pareja y de manera inequívoca que me ha herido y de qué modo lo ha hecho: «Estoy muy enfadada contigo porque…» Si no expresamos el dolor por el daño recibido y guardamos silencio quedándonos con la humillación o la ofensa, se crea una situación muy destructiva, pues semejante reacción confunde al otro, como que no ha pasado nada. Surgen así malentendidos fatales.
– Tercero, hay que tener presente que, cuando hemos sido heridos por nuestra pareja, siempre tenemos la posibilidad de iniciar una rivalidad destructiva: «¡Ahora te vas a enterar de lo que vale un peine!» Puedo guardar la herida en un registro secreto de faltas y añadirle nuevos apuntes cada vez que se repite. De este modo el otro es más culpable y más pecador y así puedo despreciarlo cada vez más, y en cada oportunidad que se me presente puedo mostrarle enseguida el registro de faltas, y de ese modo hundirle moralmente. Claro que así solamente consigo hacer imposible la reconciliación y que la relación se aleje cada vez más.
Por esto también es necesario que el herido sea humilde y que renuncie a tomar estos caminos. Toda herida que me provoque mi pareja es un arma peligrosa en mis manos. Lo peor que puedo decir es: «¡Esto no te lo perdonaré nunca!». Es como tenerle cogido por cierto sitio
(…pocas palabras, bastan…)y puedo hacer que rabie durante todo el tiempo que yo quiera. Lo lamentable es que ya la situación no tiene arreglo posible.
Si uno realmente piensa así, esta frase de esto no te lo perdonaré nunca, lo mejor que puede hacer es ser honesto consigo mismo, porque lo que está diciendo realmente es que la relación ha terminado. De hecho, no pocas ofensas entre cónyuges aniquilan realmente el amor, pero no perdonar equivale a no restablecer nunca la situación anterior. Entonces, sinceramente es mejor separarse y no amargar más la vida de mi pareja y la mía con mi ira y mi afán de venganza.
Pero si hay buena voluntad entre los esposos, en la inmensa mayoría de las veces se puede poner remedio a las ofensas producidas. Se puede iniciar así un proceso incluso de enriquecimiento de la relación al producirse la restauración de la dignidad de tu pareja: «Lo que eres es más importante para mí que lo que has hecho».
Las heridas en nuestro matrimonio
Cuando nos acercamos a la Palabra de Dios, vemos el primer matrimonio Adán y Eva, y en ellos vemos la primera herida en un matrimonio. Esa herida fue de tal magnitud y profundidad que nosotros estamos recibimos sus consecuencias, y de ahí vienen las demás heridas en nuestros matrimonios hoy en día.
Esa herida se produjo cuando ellos escucharon y obedecieron aquellas palabras que dieron lugar a desobedecer y a apartarse de Su Creador.
El pecado comenzó a herir la naturaleza humana del hombre y la mujer en su relación con Dios y a causa de eso todas las demás relaciones: consigo mismo, con el otro, con el mundo.
Hoy, todos los matrimonios seguimos con esa misma herida en nuestra naturaleza, llamada pecado, que nos lleva a desobedecer y a apartarnos de Dios, que sigue produciendo muchas otras heridas de muchos tipos.
Sólo hay una forma de curar esa herida y todas las demás heridas, y por eso es necesario conocer lo que la Palabra de Dios tiene para nosotros como matrimonios, y si quieres me puedes acompañar ahora.
